Ore wa Subete wo “Parry” Suru (NL)

Volumen 1

Capítulo 23: El Niño Maldito

 

 

Hoy era la primera vez que el chico iba a quitar una vida.

“Espero no meter la pata…”

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Él estaba aterrado. A pesar de ser del pueblo de los demonios, portadores de sangre maldita aborrecidos por el mundo, no soportaba ver sangre, porque sólo veía la suya.

Desde que tenía uso de razón, el chico había recibido patadas, palizas y un trato inferior a la dignidad humana. Si intentaba hablar, le pegaban. Mirar a alguien a los ojos era como pedir que le pegaran. Incluso cuando era reservado, siempre se fijaban en él por el mero hecho de existir.

Sin embargo, nunca había pensado en quejarse; al fin y al cabo, así era como se suponía que debían ser las cosas para los de su raza. A veces le parecía extraño. ¿Por qué la gente le hacía cosas tan horribles? Sin embargo, por mucho que le pesara la pregunta, se aseguraba de no hacerla nunca. La única vez que se había atrevido, lo habían golpeado hasta dejarlo irreconocible. Durante tres días le habían dado agua y nada más.

Los adultos le habían hecho muchas cosas terribles, pero nunca se le había pasado por la cabeza la idea de vengarse, de hacerles lo mismo. ¿Cómo iba a pasársele por la cabeza si sabía cuánto le dolía?

La mentalidad del chico no se debía a que fuera compasivo o simpático por naturaleza; no, era algo más fundamental que eso. Podía sentir los pensamientos de los demás. Le bastaba con estar cerca de alguien para saber qué emociones estaban experimentando y, con un esfuerzo consciente, podía ver sus pensamientos más íntimos sin ningún problema.

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Cuando los adultos se dieron cuenta de lo que el chico podía hacer, empezaron a tratarlo con más dureza. A nadie le gustaba que le leyeran la mente. Temían que el chico pudiera sentir lo que ellos sentían y ver lo que pensaban, e incluso tener acceso a sus secretos más profundos. Lo habían calificado de antinatural, repulsivo y perturbador: un repugnante animal vestido de humano.

Para los adultos, el niño no hacía más que justificar su odio hacia los demonios. Empezaron a evitarlo, a aislarlo y a golpearlo más que nunca. Era un objeto de su odio, del que abusaban cada vez que podían. En las ocasiones más amables, eso significaba inventar excusas para golpearlo o evitarlo. Otras veces, le daban patadas o lo ignoraban sin motivo alguno.

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Para el niño, ese horrible trato se convirtió en la norma. Todos los días recibía puñetazos, patadas y palizas sin falta. Con el tiempo, se insensibilizó al dolor, a pesar de que le atormentaba el cuerpo.

El trato que había soportado el chico era la razón por la que nunca se había planteado siquiera levantar la mano contra otro. ¿Cómo podría obligar a otra persona a pasar por la misma horrible experiencia? Podía sentir lo que otros sentían, así que sólo conseguiría el doble de agonía.

En consecuencia, el chico nunca había hecho daño a otra persona; incluso la paliza más salvaje palidecía en comparación con ese pensamiento. Pero hoy… no tenía elección. No sólo tendría que herir a alguien, sino que tendría que matarlo. De lo contrario, los adultos serían aún más terribles, no sólo con él, sino también con todos los demás niños esclavos.

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Tenía que quitar una vida. No podía meter la pata.

El hombre que le había dado las órdenes le había dicho: “Si haces lo que te digo, te daré algo sabroso de comer”. Así que el chico no tenía elección. Adultos, niños… Mataría a quien fuera necesario, sin dejar sobrevivientes.

A cambio de un trabajo bien hecho, el hombre había prometido no sólo alimentar al chico con comida deliciosa todos los días, sino también dejar de pegarle sin motivo. Parecía una promesa ambiciosa, ya que el hombre le pegaba a menudo al chico y a los otros niños, pero el chico nunca le había visto faltar a su palabra. Romper una promesa significaba recibir una paliza, mientras que mantenerla era motivo de elogio.

Y el niño había prometido matar.

A pesar de sus poderes, el chico había descubierto que era totalmente incapaz de leer la mente del hombre. Al parecer, la razón era una herramienta mágica protectora. Sin embargo, el chico se había acostumbrado y el hombre había sido lo bastante amable como para darle una promesa que cumplir.

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Pero eso no era todo: hoy, el chico tenía la oportunidad de ser útil a los demás. No sabía si viviría para ver el mañana, pero lo que estaba haciendo ayudaría a todo un país, y eso era algo de lo que sentirse orgulloso.

Al menos, eso le había dicho el hombre antes de enviarlo.

El grupo de personas a las que el chico estaba ayudando siempre le había rechazado y había abusado de él y de los demás niños. Sin embargo, él había nacido y crecido entre ellos. Quizá fuera bueno que por fin sirviera para algo.

Mucha gente va a morir pronto, pensó el niño. Y será por mi culpa.

Al fin y al cabo, había sido él quien había traído hasta aquí al vil Dragón de la Muerte Negra.

Los demonios tenían la capacidad innata de sintonizar sus pensamientos con los de un monstruo, un poder maldito que otorgaba al portador un control total sobre su objetivo. Esto se lo había enseñado al chico un demonio mucho mayor que él, a quien había conocido por casualidad. Al parecer, hace mucho tiempo, la habilidad de su raza sólo se utilizaba para manejar el ganado. Pero con el paso del tiempo, los demonios empezaron a usarla con monstruos y en guerras, matando a mucha gente.

“Por eso ahora todo el mundo nos desprecia”, dijo el demonio más viejo. “Así son las cosas”.

De nacimiento, el chico era una aberración -un animal maldito- que podía comunicarse con los monstruos. Eso era lo que siempre le habían dicho mientras crecía. Aun así, quería ser útil a la gente. Era un demonio, pero quería ayudar a los demás y escuchar palabras amables de ellos a cambio.

Por eso, por mucho que temblara, se empeñaba en hacer un buen trabajo. Aunque tuviera miedo, aunque no quisiera quitar una vida, cumpliría su promesa. Era lo único que por fin estaba en su mano.


Pero en cuanto el chico se armó de valor, la [Ocultación] que lo ocultaba se desvaneció.

” ¿Juh…?”

Estaba conmocionado; la [Ocultación] había sido reforzada con una herramienta mágica, ¿y ahora había desaparecido? ¿Así de fácil?

Al instante siguiente, el chico se dio cuenta de su error; ahora, era el blanco de la mirada del Dragón de la Muerte Negra. Un lapsus de concentración había roto su control sobre el monstruo, y pudo darse cuenta por su mirada depredadora de que ahora lo veía como una presa y nada más.

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El chico supo entonces que iba a morir. El dragón ya estaba familiarizado con matar y con arrancar la carne de los huesos de sus víctimas -el chico lo había comprendido desde el momento en que se lo trajeron- y no había tiempo suficiente para restablecer el control mental sobre él. Sólo pudo ver cómo abría las fauces y levantaba las garras por encima de la cabeza. Iba a despedazarlo.

En cuanto el chico se dio cuenta de que era el final, tuvo un pensamiento que le salió del fondo del corazón.

Me alegro.

Muriendo aquí, no tendría que herir a nadie. No tendría que sentir el dolor que les había causado.

Pero junto con su alivio vino la culpa. Aunque se había quitado un peso de encima, su fracaso probablemente provocaría que otro de los niños fuera golpeado con ferocidad.

Lo siento, dijo a nadie en particular. Nunca fui capaz de ser un buen chico.

El niño sabía que a los inútiles se les castigaba. Era una lección que ya le habían enseñado muchas veces.


Siento haber sido un inútil hasta el final.

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Sin duda estaba recibiendo lo que se merecía, pensó. Por ser un inútil. Por haber nacido con un poder maldito. Y por creerse más desgraciado que los demás.

Después de toda una vida siendo etiquetado como un niño maldito, este era su castigo por existir.

Justo cuando las monstruosas garras del dragón descendieron, el niño pronunció una oración silenciosa. Los demonios no tenían dioses, ni se les permitía tener fe… pero una vez había oído que los que morían renacían a una nueva vida. Él creía en esa idea, aunque sólo fuera un poco.

Y así, a nadie en particular, rezó con todo su corazón.

Si renazco, espero que no me golpeen tanto en mi próxima vida. Espero poder ser útil a alguien, sólo un poco.





No había mucho más que el chico quisiera… o eso creía. En sus últimos momentos, desde lo más profundo de su ser, una pizca de codicia asomó la cabeza.

Y una cosa más: si mi deseo se hace realidad… sólo una vez, espero poder comer algo sabroso.

Ante la muerte, eso era todo lo que el chico deseaba. Cerró los ojos y esperó a que llegara su hora… pero las garras del Dragón de la Muerte Negra nunca lo atravesaron. En su lugar…

[Parada]

Un extraño que había aparecido de la nada atrapó las garras del dragón contra su espada negra, que empuñaba con una sola mano, y envió el golpe que debería haber sido el final del chico de regreso volando hacia el paraiso.

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