Goblin Slayer

Volumen 2

Capítulo 3: Encuentro Inesperado

Parte 1

 

 

Un estridente chillido resonaba por las piedras que formaban el cauce, construido por aquellos antiguos pueblos.

Un goblin cayó hacia atrás, tenía un hacha enterrada en su frente.

Sin vacilar, Goblin Slayer arrojó el cadáver al río de aguas residuales que corría cerca. Al caer salpicó, y luego flotó entre las burbujas contaminadas durante un momento antes de perderse de vista.

—Ese parece ser el último de ellos. El sacerdote lagarto limpió la sangre de su espada, una espada de colmillos que había sido recientemente enterrada en la garganta de un goblin.

La llama de una antorcha abandonada en el suelo vaciló, y la luz bailó sobre la carnicería que había a su alrededor.

Los cuerpos eran quizás un cuarenta por ciento goblin; el resto eran restos podridos de aventureros.

Y allí, delante, donde el cauce del río se dividía en innumerables ramas, asomaba una sombra misteriosa.




—No… hay algo más.

La elfa no se perdía algo así. Mientras hablaba, puso otra flecha en su arco. Sus orejas se movían hacia arriba y hacia abajo; luego, con un leve siseo, ella tiró de la cuerda de seda de araña del arco y la soltó.

Con un tañido como el de un laúd fino, la flecha cortó el aire.

Se arqueó, giró en la esquina como si tuviera vida propia. Un momento después hubo un “¡Gyaa!” de tono alto y luego un suave ruido de algo golpeando el agua.

—Ése es el último de ellos.

—Uf… Buen tiro.




En la exclamación alegre de la elfa, la sacerdotisa, que había estado agarrando su bastón, suspiró.

Mantuvo su espíritu continuamente elevado, para poder invocar un milagro en cualquier momento. Sin embargo, se alegró de no haber necesitado usar uno, podía guardarlo para más tarde.

—Pero… encontrar tantos goblins bajo la ciudad…

—Esto es lo que esperaba.

Goblin Slayer apoyó con indiferencia el cuerpo de un aventurero. Un poco de carne podrida cayó al suelo.

Gracias ٩(^ᴗ^)۶

El cadáver había sido masticado por las ratas tan bien, que ya no era posible saber si era hombre o mujer, pero no dudó.

Una cota de malla oscurecida con sangre seca. Un casco roto. Probablemente alguna vez fue un guerrero. Su bolsa de objetos había sido destrozada. Goblin Slayer miró a través de todo lo que los goblins no habían robado ya, y tomó una espada larga con su funda, y todo lo demás de la cintura del cuerpo.

Desenvainó la hoja y encontró un filo nada oxidado en absoluto. ¿Quizás estaba bien engrasado?

—Deben haber sido emboscados. Un golpe en la cabeza, probablemente. Ni siquiera tuvieron oportunidad de sacar sus armas.

La espada era demasiado pesada para un goblin y más larga de lo que le gustaba a Goblin Slayer, pero no era un arma mala.

—Muy bien. Goblin Slayer asintió, envainando la espada otra vez. La sacerdotisa dejó respirar.

—No está bien. ¿Puedo?

—Adelante.

Goblin Slayer empujó el cadáver del aventurero a su lado.

La sacerdotisa se arrodilló junto al cuerpo, su expresión era oscura. No prestó atención al agua asquerosa que bañaba sus vestiduras blancas.

Madre Tierra Madre, abundando en misericordia, por favor, por tu venerada mano, guía el alma de quien ha dejado este mundo…

Con el bastón en la mano, los ojos cerrados, susurrando en un ritmo casi musical, rezó, cantó, imploró.

Oraba para que las almas de los aventureros y los goblins que habían muerto aquí, pudieran ser salvados por los dioses que residían en el cielo.

Ojalá pudiéramos dejarte en el suelo en vez de debajo de él…

El sacerdote lagarto, siguiendo el ejemplo de la sacerdotisa, juntó sus palmas haciendo un extraño gesto, rezando por el renacimiento de esas almas..

Pero nos reconforta que, al alimentar a las ratas y los insectos, volverás a la tierra a tiempo.

La Madre Tierra y el temible naga. Sus dioses eran diferentes, así también sus doctrinas.

Pero al desear la felicidad de las almas de los muertos, eran lo mismo. No sabían a dónde iban sus oraciones, sólo que había salvación.

La sacerdotisa y el sacerdote lagarto se miraban, sabiendo que cada uno había cumplido con su deber.

—Hmm, ahí.

Manteniendo un ojo en los dos, la elfa sacó una flecha del cadáver de un goblin.

Ella revisó la punta de la flecha  y, satisfecha de que no estaba dañado, la guardo en su aljaba (carcaj, bolso donde se llevan las flechas).

—Sólo para que lo sepas, no voy a hacer lo que tú haces, Orcbolg. Ella fijó sus ojos brevemente en el aventurero blindado con una expresión incomprensible. Un “vwip” vino de las orejas, como para mostrar su humor. —Parece que esta podría ser una larga pelea. Y no quiero usar flechas de goblin. Son tan rudimentarios.  Refunfuñó.

Los ojos de Goblin Slayer se volvieron hacia ella. — ¿Lo son?

—Sí, lo son.

—Ya veo.

—Dios mío. Suspiró el chamán enano, acariciando su barba.




Había tenido la mano en su bolsa de catalizadores, listo con un hechizo, pero…

Estaba mirando muy lejos, hacia el negro más allá de la luz de la antorcha. Los enanos, como moradores bajo tierra, podían ver bien en la oscuridad.

—Te hace preguntarte cuántos más hay.

Pero ni siquiera sus ojos afilados podían ver la cantidad de goblins que habían.

Habían pasado tres días desde que comenzaron su exploración de las alcantarillas, y esta fue la quinta vez que fueron atacados ese día.

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