Re:Zero Kara Hajimeru Isekai Seikatsu

Volumen 3

Interludio 1: Rem

Parte 1

 

Comparada con su hermana mayor, la pequeña niña llamada Rem tenía una vida diaria bastante difícil.

Incluso entre los humanoides, el poder y el maná poseídos por la raza del demonio estaban a la cabeza del resto. Sus robustos cuerpos y la calidad del maná que empleaban les otorgaba una fuerza de combate sin igual. Se jactaban del título de ser la raza más poderosa entre los humanoides.

La única debilidad que los demonios poseían era su población, la cual era bastante baja. Una raza dedicada a producir a los individuos más poderosos no dio aliento a producir grandes números, y así, a pesar de su fuerza, la raza demoniaca se vio obligada a vivir en pequeñas aldeas en las profundidades de las montañas.




Debido a que eran una raza que vivía lejos del hábitat de los humanos, había estrictos tabúes entre los demonios para proteger a sus limitados números.

Para su raza, los gemelos eran abominaciones. Esta era una de las leyes inquebrantables dentro de la clase demoníaca.

Por naturaleza, los demonios nacen con dos cuernos en la cabeza. Cuando se encuentran tranquilos, los cuernos permanecen ocultos, pero cuando las circunstancias cambian y sus instintos demoníacos despiertan, los cuernos aparecen en sus cabezas y consumen maná de la atmósfera, aumentando en gran medida sus capacidades de combate. Estos cuernos se convirtieron en el orgullo de su raza.

Pero, los gemelos nacían con un solo cuerno.

Entre los demonios, los “sin cuernos” eran considerados la peor escoria de la sociedad. El perder solo uno era motivo de burla. Los gemelos carecían de algo muy valioso desde el momento de su nacimiento. ¿Qué más podrían ser sino abominaciones?

Y así, se enseñó que los gemelos debían de ser desechados inmediatamente.

El destino de este par de gemelas debía haber terminado allí. Y habría sido así si una de las gemelas no hubiera exhibido el regalo que los dioses le enviaron con un tremendo estallido de poder mágico en el mismo momento en el que el jefe, habiendo tomado la amarga decisión, estaba a punto de juzgarlas por su propia mano.

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