Goblin Slayer

Volumen 8

Capítulo 5: Escena Maestra, Actores Tras Bastidores

Parte 2

 

 

Era de madrugada cuando la niña había aparecido ante él; él había estado cargando la carga en su carro.

«Um, discuuulpe…», ella lo había llamado con una voz dulce y nasal.

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Él se giró para ver lo que ella necesitaba, y ahí estaba: Una sacerdotisa de la Madre Tierra con vestimentas mal ajustadas y un sonoro bastón en la mano. Sus ojos estaban inyectados de sangre, ya fuera porque acababa de despertarse o porque no había dormido nada, él no podía discernirlo, y ella le parpadeó mientras él la miraba. Él podía ver trozos de paja atascados en su pelo que se asomaba por debajo de la gorra. Eso trajo una sonrisa a la cara del comerciante.

¿Una aventurera novata, tal vez?

«¿Sí? ¿Qué puedo hacer por ti, mi pequeña aventurera?»

«Me gustaría salir de la ciudad. ¿Puedo pedirte que me lleves?» Luego ella mencionó el nombre de una prima menor del comerciante. Una buena joven que servía en el palacio. Si ella era amiga de su prima, muy bien entonces. El mercader asintió.

«Muy bien. Pero voy al Norte. ¿No crees que tendrás un poco de frío?»

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«Estaré bien, gracias. El norte es justo la dirección que quería tomar».

La niña se rió a carcajadas y se sentó entre la carga. Ella era enérgica, pero sus movimientos parecían de alguna manera ambivalentes, de una manera que hizo que él se preocupara por ella.

Ella se apretó entre unas bolsas y luego pareció recordar algo. «Oh, esto es para agradecerle.»

Ella le ofreció al mercader un pequeño rubí. Sus ojos casi se le salen de la cabeza. La falsificación de monedas estaba muy extendida en estos días; había muchos que se afeitaban los bordes de sus monedas para «economizar». Las piedras preciosas eran ciertamente más confiables, pero…

¿Es ella realmente una novata?

Ese fue el momento en que tuvo su primera duda.

Ciertamente no parecía una forma de pago que uno esperaría de un discípulo de la Madre Tierra, los cuales juraron ser moderados, frugales y pobres.

Pero podría quedarse ahí parado preguntándose todo el día, o podría partir. El mercader terminó de cargar su carga y luego puso su carreta a rodar a lo largo de los surcos en las calles.

Las agujas de luz del amanecer atravesaban la lechosa niebla de la madrugada, pero la capital nunca dormía.

Había algunos clientes de las tabernas que habían estado bebiendo hasta el amanecer, tropezando por la calle, y un esclavo que llevaba un cubo de agua a un paso rápido.

Los sirvientes, despiertos antes que sus amos, abrían las ventanas, dejando entrar el aire de la mañana. Los fuegos de las cocinas explicaban parte del humo que salía de las muchas casas. Pero las ofrendas a este o aquel dios explicaban las demas.

Pasaron junto a una tienda a punto de abrir, y pronto llegaron a la puerta norte.

Fuera de la ciudad había una serie de campos de competición y combate, y se habían colocado pancartas que indicaban cuáles serían los eventos del día. Una fila de gente estaba de pie mirándoles, posiblemente esperando a que se les permitiera pasar por la casa de guardia. Había mucha gente; debieron de estar reuniéndose desde mucho antes de la hora en que se abriría la puerta.

«Bueno, bueno, es un día ajetreado», dijo el mercader, poniendo una mano sobre sus ojos y mirando hacia la linea de gente mientras ralentizaba el paso de su caballo. «Nos espera una pequeña espera, mi amigable aventurera.»

«¿De verdad?» La chica parecía abatida, y cuando él miró hacia atrás, vio que tenía las mejillas hinchadas. «Hmm… Supongo que no tenemos elección, suspiro

Él sonrió débilmente a la chica que estaba haciendo pucheros y luego esperó a que la línea empezara a moverse.

El área alrededor de la puerta estaba llena de aventureros y mercaderes, patrullas y viajeros, que iban y venían; de hecho, era una escena bulliciosa. Detrás de ellos estaba el horizonte de la capital con sus columnas de humo de las chimeneas y la gente comenzando sus días.

La ciudad estaba despertando. El mercader la miró con afecto, y luego le llegó su turno y llevó su carro hasta la puerta.

«Hola, soldado. ¡Buenos días!»

«Mmf. Tenemos uno muy animado. ¿Carga y destino?»

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«Tejidos de lana, claro. Me dirijo en dirección a la montaña sagrada».

«Huh», dijo el soldado, a quien el mercader parecía conocer; le entregó al hombre un pasaporte mientras hablaba.

Parecía que el comerciante pasaba por esta puerta todos los días. Ambos sabían cómo iba esto.

«Escucha», dijo el soldado. «Se rumorea que una roca ardiente cayó desde el cielo en esa zona. Ten cuidado.»

«¡Gracias, por supuesto que lo tendré! Oh, cierto,» dijo el comerciante, jalando las riendas justo antes de marcharse. «Hoy tengo un pasajero».

«¿Oh?», comentó el soldado con una sonrisa desagradable. «No te vas a meter en el negocio de los esclavos, ¿verdad?» Sonaba como si fuera una broma.

El mercader se encogió de hombros, y el soldado miró a la chica que cabalgaba entre el cargamento.

«Déjeme ver su identificación.»

«Sí, señor». La niña tocó a tientas su cuello hasta que sacó la insignia de rango que colgaba de su cuello.

«Rango Acero, pelo dorado, ojos azules, quince… No, dieciséis, ya veo. Sacerdotisa de la Madre Tierra, dice esto. ¿Eres una aventurera?»

«Sí, lo soy», dijo la niña, hinchando su pecho con especial audacia. «Estoy investigando los disturbios en el monte sagrado.»

El mercader no pudo ver la expresión del soldado bajo su casco. El hombre simplemente dijo: «¿Sí? Buena suerte con eso» con voz cansada y le dio al caballo una palmada suave. «Está bien, puedes irte.»

«Muchas gracias, señor.»

El mercader instó al caballo a salir a la carretera, siguiendo las señales que conducían en dirección a la montaña. Tal vez los rumores sobre el monte santo eran ciertos, pues pocos viajeros parecían ir en esa dirección. Como compañía en el camino, sólo tenían el soplido de la brisa, el golpeteo de los cascos del caballo, el estruendo de las ruedas y el canto de los pájaros.

El sol brillaba sobre el horizonte en el este; el aire de otoño era frio y refrescante.

Todo sería en vano si hubiera habido una multitud de viajeros. El mercader respiró hondo, llenando sus pulmones con ese aire dulce.

«¡Ahh, qué día tan bonito!»

«Ciertamente lo es. Estar afuera es maravilloso». La chica en la parte de atrás se estiró como un gato y entrecerró los ojos. Parecía estar disfrutando de la sensación de la brisa, y el mercader sonrió agradablemente.

«Suenas menos como una aventurera y más como una prisionera», dijo.

«Hay muchos lugares donde uno puede ser prisionero», susurró ella. «La cárcel, el templo… el castillo.»

Muchísimos. El mercader asintió. Su prima le había mencionado que la princesa llevaba una vida muy restrictiva.

«Bueno, en ninguna parte se está completamente libre de pruebas», dijo el comerciante.

«¿Eso crees?», contestó la chica. «Yo misma, no…»

Fue entonces cuando ocurrió.

El mercader pensó que había visto movimiento de un arbusto cercano. «…estoy de acuerdo», terminó la chica.

¿Fue sólo mi imaginación?

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Él instintivamente cogió la empuñadura de la espada que mantenía muy abajo de su cadera mientras echaba un rápido vistazo a su alrededor. No tenía intención de enfrentarse a ningún adversario, por supuesto. Pero incluso para huir, uno necesitaba un arma.

“¿…? ¿Qué pasa?»

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«Pensé que algo…»

…se movió, estaba a punto de decir, pero fue interrumpido por el aullido de un lobo. El mercader se sacudió en las riendas.

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«¡¡¡GORRBG!!!»

«¡GRROB! ¡¡¡GRROOBOR!!!»

“¡¿—?! ¡¿Goblins?!»

Perros salvajes, o una manada de lobos solitarios, habría sido mejor. Pero esto era peor. Goblins, montados sobre lobos y agitando rudimentarias lanzas.

Una horda de goblins… él se sorprendió al verlos. ¡¿No se suponía que estaban en el oeste?!

«¡Hrk! ¡Baja la cabeza!»

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«¡¿Ee-eek?!»

Ignorando el grito de la muchacha, el mercader hizo girar el caballo y lo azotó. El fiel animal relinchó una vez y luego salió corriendo hacia la capital. No tenían tiempo que perder.

Las caras de los goblins se retorcieron formando horribles sonrisas; deben haber notado a la mujer a bordo.

«¡¡GGBBGRBBBG!!»

«¡GBOOR! ¡GBBGROB!»

Ellos se rieron, moviéndose para rodear al mercader y cortarle el paso. Unas pocas lanzas torpemente lanzadas pasaron volando sobre su cabeza o se alojaron en el camino. No les importaría, estaba seguro, si golpeaban a la chica con un lanzamiento equivocado.

¡Si nos aciertan, estamos acabados…!

El mercader desenvainó su espada. La hoja brillaba con el sol de la mañana. Nunca la había usado en su vida; ahora la agarraba como lo haría con un picahielos.

«¿A-Así que vas a pelear? Bien, ¡ayudaré!» La niña levantó su sonoro bastón de forma inestable.

Absolutamente no. «¿Pelear?», gritó el mercader. «¡Vamos a huir!»

Sujetándose a las riendas, subió desde asiento del conductor hacia el lomo del caballo. El caballo no se detuvo ni por un instante. Un buen animal.

«¡Voy a soltar la carga! ¡Ven aquí!»

«¡¿Abandonar tu carga?! ¡No puedes! ¡¡Pelearemos!!»

«¡Son sólo goblins!», gritó ella, pero el comerciante apenas escuchaba.

La niña se puso en pie, tratando de encontrar su balancearse sobre el carro en movimiento. Uno de los goblins uso ese momento para lanzarle una lanza, que se alojó en el cargamento. «¡Eep!» exclamó ella.

«¡Tenemos que dejar la carreta! ¡Por aquí!»

“¡…! Muy bien…. ¡Entiendo!»

Era un espectáculo patético: La niña se dio la vuelta y se arrastró por el carro, resoplando y gritando. Su cola, por así decirlo, no pasó desapercibida por los goblins, que se rieron y sonrieron, añadiéndole sal a la herida.

El mercader miró hacia atrás y vio a la niña con lágrimas en los ojos, con la cara roja mientras se mordía el labio.

Pero ella llegó hasta aquí.

Él metió su espada en las hebillas, sostuvo las riendas en su boca, y se acercó a ella con su mano izquierda.

«¡Rápido, niña, ven hacia mí!»

«C-Claro. Estoy yen… ¡¿Ahhh?!»

Entonces el carro chocó contra una roca.

No fue un error, solo una cuestión de mala suerte. Era una maniobra muy difícil para una chica sin mucho entrenamiento físico.

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Ella no entendió inmediatamente lo que había sucedido; su mano aún estaba extendida, su boca aún estaba abierta. Era casi gracioso ver lo fácil que su pequeño cuerpo fue lanzado desde el inestable carro hacia el aire.

Estoy cayendo.

Ella se estrelló contra la tierra, golpeándola con su trasero y luego rodando por el suelo.

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«¡Ahh, ugh, oww…!»

El mercader, mirando hacia atrás, dudó por un instante, mordiendo las riendas en su boca. Levantó la espada y luego la bajó sobre las hebillas.

Un solo golpe no fue suficiente. Dos golpes, y luego tres finalmente cortaron los cierres de cuero, liberando al caballo.

«¡¡GOOBRRR!!»

«¡GROBOG!»

«¡¿Hyaaaaahhhh?!»

Él podía oírla gritar.

El hecho de que el mercader mirara hacia atrás mientras el caballo galopaba hacia adelante se debía únicamente a su buen corazón. Vio a la chica caer sobre el fango, rodeada de docenas de jinetes goblins.

Al final, uno de los monstruos saltó, lanza en mano, y avanzó amenazadoramente hacia ella. La niña balanceó el sonoro bastón en un amplio círculo, como una niña con un palo.

«¡¿Qué?! Detente ahora mis… ¿Qu… ¿Quién creen que soy?… ¡¿Hrgh?!».

Vio a la chica recibir un terrible golpe en la cara. Oyó el sonido sordo, vio algo rojo volando. Él sabía que su belleza poco común estaba estropeada para siempre.

El goblin agarró el pelo de la niña cuando salió desde debajo de su gorra y trató de apretarle algo en la mejilla.

¿Una mano…?

«¡GOOBOBOB!»

«¡GROB! ¡GGBORBG!»

Era una especie de rama seca que parecía una mano.

La chica agitó la cabeza débilmente, no, no, pero forzaron la cosa contra su cara.

Hubo lo que parecía ser un destello de luz desde las garras de la mano, pero el mercader no tuvo tiempo de mirar más. Incito a su caballo a que corriera hacia la capital a todo galope.

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¿De qué otra manera podría ayudarla?

¿Podría luchar contra los goblins él mismo? ¿Cortarlos con su espada? Y si él muriera, nadie sabría que la chica había sido secuestrada.

El mercader no era un hombre valiente, y tenía miedo de morir. Pero esa no era la razón por la que había huido. Sin embargo, cuando llegó a la capital, sintió una punzada de pesar por haber huido.

De hecho, se arrepintió de haber dejado subir a esa chica en su carro.

Porque esperándole en la puerta cuando llegó estaba su prima, con su cara completamente pálida.

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