Boogiepop And Others (NL)

Volumen 4

Capitulo 5: El Corazon Del Mundo

 

 

Un rato después de la puesta de sol, empezó a caer algo blanco del cielo.

―Sospechaba que hacía bastante frío. Y aquí está.

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Kentaro sacó las manos de los bolsillos y las calentó con el resoplido blanco de su aliento. El viento venía del mar, y el frío de la humedad lo hacía sentir aún más frío.

Se encontraba en un área abierta de la zona de desarrollo del puerto; la construcción básica se había completado hacía tiempo, pero no se había hecho ningún trabajo desde entonces. Estaba más o menos abandonada. Una vez que la construcción terminara en otras zonas, lo más probable es que la gente volviera, pero por ahora estaba desierta. Debajo de ellos había un laberinto de caminos subterráneos y tuberías para los cables que cruzaban la zona, pero estaban sellados por el momento.

En una esquina de la zona había un edificio anodino prefabricado. Algún día serviría de oficina para el capataz de la obra o de sala de descanso para los trabajadores.

Debería estar vacío, pero todas las cortinas estaban cerradas.

Sólo se filtraba un poco de luz a su alrededor.

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―¿Ves? Ahí, Nagi.

Kentaro se dirigió a la mujer que estaba a su lado, señalando el edificio.

Llevaba un overol de cuero y unas botas con punta de acero que podían soportar varias toneladas que les cayeran encima. Eran apropiadas para una obra de construcción, pero no para alguien que, a simple vista, era la clásica belleza tranquila.

Esta mujer aún era joven. Kentaro tenía diecisiete años, y ella tenía más o menos la misma edad, así que quizás » muchacha » sería más apropiado. Pero había un brillo en sus ojos que hacía dudar de llamarla así.

Su nombre era Kirima Nagi.

En la escuela, la llamaban La Bruja de Fuego.

―Los extranjeros que viven allí están entregando drogas a los chicos de preparatoria, haciendo dinero. Una mierda nueva de la que nunca he oído hablar, así que ni siquiera es ilegal todavía. La ley no puede hacer nada.

―Cierto ―dijo ella.

―No quieren cruzarse con los yakuza, así que sólo trabajan con niños… No fue fácil seguirles la pista. Los niños de hoy en día no quieren hablar con nadie mayor.

―Bien hecho. Gracias, Kentaro. Ya puedes irte ―dijo ella.

―¿Eh? ―Kentaro parpadeó al verla.

―Yo me encargo a partir de aquí ―dijo ella, en un tono que no admitía discusión.

―¡Oye, Nagi! ¡No puedes decir eso ahora! ¿No he sido útil?

―Te agradezco el detalle.

―¡No seas así! Te debo mucho, Nagi. Soy tuyo para que me uses ―dijo Kentaro, con una nota de desesperación en su voz―. Si no me hubieras salvado, ahora estaría en el reformatorio o en un psiquiátrico.

―Ya me pagaste. No hace falta que te pongas en peligro.

―Argh… ―Sus hombros se desplomaron―. Lo entiendo. No crees que merezca la pena tenerme cerca.

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―No… creo que eres un amigo.

―¡Entonces…!

―Y no pondré a mis amigos en peligro. Nunca más.

Nagi apretó los dientes.

―Naoko fue la última ―susurró. Tan suavemente que Kentaro no la oyó.

La nieve empezaba a adherirse.

Kit estaba sentada en un rincón oscuro, devorando la comida que le habían dado -un onigiri relleno de atún en lata- sin perder de vista al grupo de hombres sentados en airado silencio alrededor de la mesa.

Antes de que la trajeran aquí, Kit nunca había comido esa extraña bola de arroz envuelta en algas secas, pero se había acostumbrado a ella. Ahora le gustaba bastante. Pero no se los dijo.

Cuando terminó de comer, se quitó con cuidado todos los restos de algas de las manos y empezó a cepillarse su largo pelo negro.

No podía moverse por la habitación. Tenía esposas en los pies, conectadas a las vigas de hierro expuestas en las paredes de la habitación prefabricada.

Los hombres, al igual que ella, estaban comiendo comida chatarra de la tienda. A diferencia de ella, no estaban precisamente tranquilos. Su creciente frustración estaba estropeando la comida.

―Maldita sea, ¿qué está pasando? ―gritó uno, incapaz de aguantar más―. ¡Ha pasado un mes desde que Cavs y ellos se fueron! ¿Por qué demonios tardan tanto?

―¡Cállate!

―¡Sabes que tengo razón! ¡Dijeron que tenían vínculos con la industria japonesa que podrían darnos una ganancia inesperada! Incluso nos dieron las fichas de alto secreto.

―Por supuesto que lo hicieron ―dijo el mayor de ellos. Sólo tenía un ojo―. Esas fichas ni siquiera están terminadas, apenas se ha puesto nada en ellas. Sólo los japoneses las comprarían. Y no podemos salir de aquí sin dinero, o sin algo que podamos convertir en dinero. Y no podemos venderla aquí.

―Maldita sea. ¿Qué pasa con este asqueroso país? ¿Cómo es que están dispuestos a comprar mierda de alta tecnología pero no un arma?

Golpeó la mesa con tanta fuerza que las vibraciones alcanzaron a Kit en la esquina.

Ella no reaccionó. Siguió peinándose, como si el hecho de que la llamaran arma no la molestara.

―Pero tienes razón. Ya deberían estar de vuelta. ―¿Los compradores son precavidos? ―Esperemos que sólo sea eso. ―¿Cuál es tu punto?

―¡Todos lo estamos pensando! ¡La Organización Towa ya los tiene!

―Cálmate ―dijo el tuerto.

―¡Pero…!

―Si lo hubieran hecho, ya estarían aquí.

Todos los hombres se giraron y miraron a Kit.

Pero ninguno le habló, ni le pidió su opinión. Era como si ella fuera sólo un objeto que estaba allí por casualidad.

―Si pudiéramos usarla, podríamos deshacernos de ellos fácilmente.

―Y todo este país junto con ellos. Y nuestras vidas.

―Jesús. No vale nada si no podemos venderla.

―Necesitas instalaciones a escala de la Organización Towa para estabilizar algo así.

―Maldita sea, ‘Fuera de la norma’.

―La respuesta del experimento fue F-, por el amor de Dios.

Empezaron a hablar de Kit, escupiendo una jerga incomprensible para cualquiera que no estuviera en su línea de trabajo.

Kit no respondió y siguió trabajando en su cabello.

Entendía sus palabras. Sabía leer y escribir su idioma, el de este país y todos los idiomas importantes del mundo.

Pero prefirió no responder.

Mientras se cepillaba el pelo, acarició la diadema de oro que lo sujetaba. La suave superficie de la misma la reconfortó.

―Está muy bien, Kit. Te hace parecer una princesa con corona.

Era un trozo de plástico barato con pintura, ni siquiera estaba chapado en oro, pero eso se lo había dicho una amiga que ya no existía. Sólo eso había bastado para que fuera su único tesoro. Para evitar las sospechas de cualquier inspector de aduanas, los hombres le habían regalado ropa de niña rica, pero lo que valoraba era la mísera diadema.

Trabajaba mucho en su pelo. Para mantener su pelo tan bonito como la diadema, trabajó con diligencia, sin poner demasiada fuerza, pero con mucho amor.

Antes de darse cuenta, las lágrimas rodaban por sus mejillas. Intentó olvidar a los otros niños -sus amigos, los que murieron en los experimentos-, pero volvieron a aparecer en su mente y los recuerdos la hicieron llorar.

Pero sus lágrimas no molestaron a los hombres. Volvieron a su comida.

Estaban comiendo en silencio los bollos de judías rojas que habían comprado de postre cuando algo golpeó las finas paredes de la cabaña prefabricada.

―¡–!

Los hombres se tensaron y se levantaron, agarrando las armas que tenían a mano.

Todos los ojos se fijaron en la fuente del ruido, pero no se oyó ningún otro sonido.

―¿El viento nos tiró una piedra?

―Ve a comprobarlo.

Un hombre se acercó lentamente a la ventana y apartó la cortina, asegurándose de que no era visible desde afuera.

Observó cuidadosamente el mundo exterior. Por primera vez, se dio cuenta de que estaba nevando. Había una lata vacía de una bebida deportiva cerca de la pared.

Abrió la ventana cuidadosamente con la punta de los dedos, manteniéndose oculto.

No hubo respuesta.

Por fin, el hombre asomó la cara por la ventana. Miró a su alrededor, pero no había rastro de nadie, ni de ningún ser vivo. Había suficiente nieve en el suelo como para saber que no había huellas.

―¿Nada? ―dijo otro hombre, acercándose.

―Sí, parece que el viento acaba de arrastrar esta lata.

―Entonces cierra la ventana, esa corriente de aire está helada.

―Sí…

El hombre se acercó a cerrar la ventana… y otra mano se acercó y le agarró el brazo.

Lo sacó por la ventana de un tirón.

―¡¿—-?!

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Una pistola aturdidora fue presionada contra el hombre, dándole una descarga que sacudió todo su cuerpo. Cuando cayó al suelo cubierto de nieve, estaba inconsciente.

―¡¿Qué…?!

Otros hombres se movieron para apuntar sus armas por la ventana.

Al hacerlo, algo del tamaño de una cabeza humana salió disparado a través de ella. Los hombres lo llenaron de plomo.

Explotó, arrojando el contenido por todas partes.

―¡¿Qué es esto?!

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Era líquido.

Cubrió los cuerpos de los hombres y un trozo del suelo. Incoloro, pero salado: el objeto lanzado a la ventana era un globo lleno de agua de mar.

La persona que estaba en el techo lanzó algo más a la habitación. La misma barra eléctrica que había dejado inconsciente al hombre de fuera.

Siete millones de voltios recorrieron el agua salada, asaltando todo aquello con lo que había entrado en contacto.

―¡Unh!

Los hombres cayeron al suelo.

Por fin, la figura oculta -Kirima Nagi- entró en la habitación, atravesando la ventana como una gimnasta y aterrizando erguida en el suelo.

Rápidamente recogió las armas de los hombres y las lanzó por la ventana.

Naturalmente, se había acercado al edificio por el lado opuesto al que había lanzado la lata. Por eso no había huellas. Sabía que tenía más posibilidades de conseguirlo si bajaban la guardia una vez.

―Unh… ¿quién eres? ―dijo el tuerto, el único que seguía consciente.

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No hablaba japonés, pero Nagi respondió en su idioma.

―¿Dónde están las drogas que llevabas?

―¿Qué…? ¿No es la Organización Towa?

―Pelea con quien quieras. Pero no voy a dejar que arrastres a inocentes contigo.

―Unh… ―el hombre hizo una mueca.

Nagi hizo un balance de la habitación.

Y su rostro se congeló.

Acababa de darse cuenta de que Kit estaba sentada y maniatada en una esquina.

La chica estaba lo suficientemente lejos como para escapar de la electricidad por completo.

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Estaba sentada en silencio, mirando fijamente a Nagi.

―¿Por qué hay una niña aquí…? ―Gritó Nagi, aturdida. Vio las esposas en los pies de la chica, y se puso roja de ira―. ¿Cómo han podido…? ¡Es una niña!

Nagi corrió hacia Kit, sacó un alambre y abrió rápidamente la cerradura.

Kit se quedó con la mirada perdida.

―Estás bien. Estás bien, ahora ―Nagi asintió con la cabeza para tranquilizarla y le tendió la mano, pero Kit se estremeció y se apartó.

Nagi frunció el ceño, enfadada de nuevo. No con Kit, sino con los hombres que la habían hecho tan desconfiada.

Kit la observó atentamente.

Nagi buscó en sus bolsillos, luego sacó un pañuelo y se la tendió a la chica. Tenía las mejillas sucias de tanto llorar.

…Límpiate los ojos… Eres una niña muy linda, no puede ser que tengas esa

cara.

Kit no cogió el pañuelo, así que Nagi lo dejó a su lado.

Luego se levantó y se giró, erizada de furia.

―¡Explícame esto! ―dijo, con el eco de sus pasos. Agarró al tuerto por el cuello y lo levantó de un tirón.

―Uhh… jejeje… ―gimió, pero logró reírse―. Si no eres de la Organización Towa, ¿de qué hay que preocuparse?

―¿Qué?

Nagi frunció el ceño… y luego sus ojos se abrieron de par en par.

En el único ojo del hombre, había visto una sombra que se movía detrás de ella.

―¡-!

Se deshizo del tuerto y se agachó.

Algo pasó como un cohete por donde estaba su cabeza. Si eso hubiera golpeado… bueno, ella no habría sobrevivido.

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El hombre detrás de ella había estado completamente inconsciente hace un segundo.

Pero… había algo extraño en él.

No había luz en sus ojos, como si ningún pensamiento impulsara sus acciones, como la cara de una marioneta.

―¡¿…..?!

El muñeco no le dio a Nagi la oportunidad de sorprenderse. Se lanzó contra ella.

Ella contraatacó y le propinó una patada en la tripa.

Pero sólo se tambaleó un paso hacia atrás, y luego se agarró a su pierna, como si no sintiera dolor.

¡¿Qué… qué…?!

Nagi se estremeció, pero no podía permitirse el lujo de entrar en pánico. Utilizando su pierna capturada como eje, giró, pateando al hombre con su otra pierna en un intento de romperle el cuello.

La fuerza abandonó sus dedos, y ella cayó.

―¡Uf…!

Se enderezó apresuradamente para encontrar a los otros hombres de pie, uno tras otro. Todos comportándose como marionetas.

―He estado mezclando un determinado producto farmacéutico en su comida. Pero no les dije nada.

El tuerto le sonrió.

―¿Un “fármaco”? ―Nagi dio un paso atrás? Las marionetas fueron tras ella, cerrando rápidamente la brecha.

―Sí… un fármaco que se activa si reciben daños más allá de un determinado umbral. Borra todo pensamiento consciente, pero les permite luchar más allá de los límites de sus cuerpos. Eliminarán a todos los hostiles… pero sólo vivirán una semana más. Siempre planeé quedarme con todos los beneficios, ya ves.

El tuerto se apartó de Nagi.

―¡Seguro que fue útil! Te dejo con ellos.

―¡-!

Nagi miró a Kit. La chica seguía sentada, sin reaccionar.

El tuerto se abalanzó e intentó agarrar el brazo de Kit.

Nagi se movió como un rayo, y lanzó un cuchillo que tenía escondido en sus botas de punta de acero.

Su puntería fue certera, y apuñaló al tuerto en el brazo.

―¡Ahhh!

―¡Corre! ¡Ahora! ―le gritó Nagi a Kit.

La chica se congeló un segundo, pero luego se levantó. Agarró con fuerza entre sus manos el pañuelo que le había dado Nagi.

―¡Vete! ¡Sal de aquí! ―gritó Nagi, esquivando los golpes de las marionetas, desarmada, ya que acababa de lanzar su única arma.

Kit corrió como si le hubieran disparado con una pistola, saliendo por la puerta de la cabaña prefabricada y atravesando la nieve.

―¡Espera! ―gritó el tuerto e intentó seguirla, pero el cuchillo que Nagi le había lanzado estaba conectado a ella por un cable. Cuando se movió, le dio un tirón al cuchillo y él soltó un grito de dolor.

Kit oyó el grito detrás de ella mientras corría por la nieve, en la noche.

***

 

 

Tenjiki Yuu se había preguntado durante mucho tiempo si las «predicciones» de la banda eran habilidades que les mostraban el futuro tal y como se desarrollaría, o si creaban un futuro posible que podían hacer realidad. Pero nunca había encontrado una respuesta.

En cualquier caso, estaba oscuro cuando salieron del karaoke, y la nieve caía del cielo.

―¡Oh, lo sabía! ¡Nieve! ―dijo Mitsuo, feliz.

―Alguien está emocionado. ¿Cuál es el problema? ―Nanane refunfuñó.

Odiaba la nieve.

―Bueno, ya sabes, soy un niño grande y tonto, ¿verdad? Quiero correr por el jardín como un cachorro.

De hecho, corrió unos pasos hacia delante y giró hacia atrás para mirarles. Por un momento pareció Gene Kelly, así que Kasumi silbó.

―¡Muy bien, Mitsuo!

―A partir de ahora, llámame el Rey del Baile. ¿O tal vez sólo Príncipe? ―Lo dijo con una cara tan seria que los demás estallaron en carcajadas.

―¿Alguien más tiene hambre? ¿Quieren comer algo? ―Dijo Nanane, claramente de mejor humor.

―Sí… no es mala idea. ¿Quién se apunta? ―Preguntó Koumoto.

Todos asintieron.

―Claro. ¡Algo caliente! Algún sitio con una parrilla en la barra.

―¡Perfecto! ―Nozomi asintió―. Kasumi-kun puede ser nuestro kouhai más joven.

Todos menos Kasumi se rieron. Él frunció el ceño. Pero era el único que llevaba un uniforme escolar; cualquiera podía decir que era un estudiante de preparatoria.

―Podemos decirles que estoy haciendo cosplay ―dijo. Luego se le escapó―: Además, si me piden la identificación de la escuela, no tengo. Me expulsaron hace meses.

Habían acordado mantener su vida personal en secreto, pero por un momento se le olvidó.

Nanane se quedó boquiabierta. Kasumi se dio cuenta de su error, pero decidió no darle importancia.

―Da igual, es la verdad ―dijo, encogiéndose de hombros.

―Bueno ―dijo Mitsuo, incómodo.

―¿Qué hiciste? ―preguntó Nanane.

―¡Nanane! ―espetó Koumoto―. ¿De verdad necesitas saberlo?

Ella jadeó.

―Lo siento ―dijo.

―No es gran cosa ―dijo Kasumi―. Vamos, pongámonos en marcha. Hace un frío del carajo aquí afuera.

―¡Sí, buena idea! ―dijo Yuu. Había estado observando en silencio, y eligió el momento adecuado para que todos estuvieran de acuerdo.

―¡Sí, vamos, vamos! ―gritó Mitsuo, y empezó a liderar el camino.

Todos los demás lo siguieron.

Nanane Kyoko los siguió en la retaguardia, con aspecto desanimado.

Arghh… ¿por qué siempre tengo tan poco tacto?

Perdida en sus pensamientos, no se dio cuenta de la sombra que salía corriendo de un callejón hasta que chocó con ella.

―¡Whoa! Lo siento…

Se giró para mirar, pero no había nadie. O eso creía, pero la persona con la que se había tropezado era tan bajita que miraba justo por encima de su cabeza.

Había una niña sentada en el suelo a sus pies.

―Guau, soy tan… Espera, eres…

Nanane había visto antes el pelo negro y la cinta dorada de esta niña.

***

 

 

Kit había corrido con todas sus fuerzas hasta donde pudo. Para cuando llegó al pueblo, estaba tan agotada que había corrido directamente hacia una mujer. Miró a Nanane, se puso de pie y trató de huir de nuevo.

Pero alguien la agarró por el hombro.

―Espera ahí ―le dijo.

El chico que estaba junto a Nanane miró de cerca la cara de Kit, y luego llamó a los demás.

―¡Eh, Mikage!

―¿Eh? ¿Qué, Koumoto?

―¿No es ésta la niña? ¿La de antes?

Hablaba como si conociera a Kit de algún sitio.

Kit saltó, y se liberó -Kouji no la sujetaba precisamente con fuerza-. Empezó a correr de nuevo.

―¡Oye! ―Oyó gritos detrás de ella, pero corrió tan rápido como pudo.

Pero ya estaba sin aliento, y correr no ayudaba.

Tengo que correr…

La amable mujer que le había dado el pañuelo le había dicho que corriera. Así que corrió. ¿Pero hasta dónde…?

Tengo que correr…

Ni siquiera se dio cuenta cuando empezó a balancearse. Apenas se mantenía en pie.

Tengo que… correr…

Las luces de la ciudad empezaban a difuminarse. Su campo de visión se redujo. La cabeza le palpitaba y no podía pensar con claridad. Su cerebro no recibía suficiente oxígeno.

Sólo… correr…

Atravesando un callejón, resbaló y cayó. Ni siquiera se dio cuenta de que había tropezado; estaba demasiado cansada para seguir moviéndose.

La nieve comenzó a acumularse en sus pequeños hombros.

***

 

 

―¡No deberías haber sido tan duro con ella, Kouji-kun! ―gritó Nanane Kyoko, corriendo.

―¡No es culpa mía! Sólo le puse la mano en el hombro ―Koumoto Kouji no parecía muy seguro.

―Mierda, ¿a dónde se fue? ¡Acaba de doblar esta esquina!

―Oigan,  ¿qué  está  pasando?    ―Dijo  Mitsuo,  totalmente  fuera  de  sí.

Koumoto y Nanane lo ignoraron, persiguiendo a la chica.

―No hay una buena razón para que una chica tan joven esté fuera a estas horas de la noche, ¡tiene que pasar algo!

Doblaron la esquina del callejón y vieron algo tirado en el suelo, cubierto por una fina capa de nieve.

Nanane gritó:

―¡Ahhh! ¿Qué… qué…?

―M-mierda ―Koumoto corrió hacia ella y la levantó. Le quitó la nieve de encima y le acarició la cara. Ella no respondió. Su respiración era tan agitada que sacudía todo su cuerpo.

Le tocó la mejilla.

―Está ardiendo…

―¿Está bien?

Nanane se inclinó, preocupada.

―No lo creo… quizá deberíamos llevarla a un médico ―dijo.

Los labios de la chica se movieron, como si estuviera diciendo algo.

No pudieron entenderlo, pero Koumoto y Nanane se miraron.

―Eso no era…

―Sí, definitivamente no era japonés. ¿Entonces ella tampoco lo es?

―Entonces si la llevamos a un médico, ellos…

―La tratarán como una inmigrante ilegal. ¿Y ahora qué?

Koumoto se quitó el abrigo y envolvió a la niña en él.

―Como mínimo, tenemos que llevarla a un lugar donde pueda descansar. De todas formas, los hospitales no van a estar abiertos a estas horas. No sé si en Urgencias la aceptarán…

Nanane hizo una mueca de dolor y luego dijo:

―Yo sé dónde. Hay un sitio cerca.

―¿Qué? ¿Dónde?

―Hay un lugar cerca que se alquila por semana.

―Aunque no van a alquilar una habitación a estas horas de la noche.

Nanane sacó una llave de su bolsillo.

―Menos mal que ya estoy alquilando una.

―Eh…

―Ahí es donde vivo… durante el próximo mes, al menos. Soy una fugitiva ―dijo, tratando de hacer que sonara como un hecho. Pero estaba blanca como una sábana. Su cara estaba pintada de estrés.

Koumoto tomó la llave, sin saber qué decir.

―No… es algo nuevo. Siempre ha sido así.

―Nanane, yo…

―Mentí, ¿de acuerdo? Lo siento.

Los otros cuatro los alcanzaron.

―Oye, ¿qué está pasando…? Oh. ―Mitsuo vio a la chica.

―¡¿Eso es…?! ―Dijo Nozomi, sorprendida.

―Hablamos luego ―dijo Koumoto―. Primero, tenemos que llevarla a un lugar cálido.

Cuando dijo dónde, Kasumi pareció sorprenderse.

―¿Por qué un lugar así?

Nanane se estremeció.

―Um ―empezó.

Pero Koumoto la interrumpió.

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―He estado guardando una habitación allí por si ocurría algo así ―dijo. Luego se giró hacia Nanane―. ¿Recuerdas dónde está? ¿Puedes asegurarte de que todos lleguen allí?

―Eh… sí, claro ―asintió ella.

Era un estudio que incluía una habitación con ocho colchones, así como una cocina y un baño. Estaba en el sexto piso, con una bonita vista desde la ventana, pero ninguno de ellos estaba apreciando eso en este momento.

Nozomi puso una toalla húmeda en la frente de la chica.

La respiración de la niña empezaba a mejorar, por fin. Ahora respiraba normalmente, profundamente dormida.

―Menos mal… si se hubiera quedado más tiempo en el frío, habría cogido una neumonía.

―Jesús ―dijo Koumoto, con un suspiro de alivio.

Los dos estaban solos en la habitación. Los otros cuatro habían salido a buscar provisiones.

―Esta… es la chica, ¿verdad?

―Sí… La que predijo Kasumi.

―¿Qué está pasando?

―¡No me preguntes! Pero parece que el destino nos ha unido.

―El    destino…     ―Nozomi    suspiró―.   No   puedo   creer   que          digas              eso.

¡Pensaba que odiabas esas cosas! No eres como tus padres.

―Bueno… ―Koumoto intentó argumentar, pero no le salieron las palabras.

Nozomi cambió de tema.

―Esta es la habitación de Kyoko, ¿verdad?

―Sí.

Koumoto lo reconoció. Nozomi ya sabía que no alquilaba ninguna habitación. Y él sabía que ella lo sabía.

―¿Así que se fugó?

―¿Lo sabías?

―Tenía una idea.

―Las mujeres dan miedo… ―Koumoto sonrió.

―¿No quería que Mikage-kun lo supiera?

―No lo parecía. Diga lo que diga, está claro que va en serio con él… Al final tendrá que decírselo. Si realmente lo ama, tiene que hacerlo. La cubriré esta vez, pero…

―Sí.

Nozomi asintió. Tan serena como siempre.

Los otros cuatro regresaron.

Habían comprado una bebida deportiva con sabor a uva, esperando que ayudara a restablecer a la niña. Pusieron el popote en la boca de la niña dormida y vertieron un poco. Ella tragó.

―Parece que no necesitaremos un hospital ―asintió Kasumi.

Mitsuo se dio unas palmaditas en el pecho, con cara de auténtico alivio.

―Uf ―dijo.

Esto fue suficiente para romper el estrés de Nanane, y se rio, pareciendo ella misma de nuevo.

Todos pasaron la noche en aquella habitación. Sólo Mitsuo vivía con sus padres, así que sólo él tenía que llamar y discutir al respecto. Se turnaron para vigilarla.

Ninguno de ellos lo sabía, pero ahora mismo eran el corazón del mundo.

Sus acciones determinarían el destino mismo del planeta. Si hubieran sido el tipo de chicos que abandonan a un niño débil a la intemperie, todo habría terminado allí.

***

 

 

Asegurándose de que los demás estaban dormidos, Tenjiki Yuu se puso al lado de la niña.

Sin expresión alguna, la observó dormir, y no como se observa a un niño.

De repente, se inclinó hacia ella y puso sus labios sobre los de ella. No sólo sus labios, sino que le metió la lengua en la boca, moviéndola.

El cuerpo de la chica dormida estaba produciendo saliva, y Tenjiki Yuu pasó la lengua para atraparla, saboreándola. Los datos de ese sabor le indicaron su composición.

―¡-!

Su expresión cambió.

Se puso blanco como una sábana.

Se levantó lentamente y se limpió los labios con el dorso de la mano.

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―¿Lo sabían… y aun así te obligaron? ―susurró―. No, eso no puede ser cierto. No tenían ni idea de lo que estaban haciendo. Todavía no saben lo poderosa que eres.

Su voz era tensa, como si no estuviera pensando en voz alta sino describiendo algo increíble.

―Eso es… un tremendo fracaso. Y un paquete infernal.

Le castañeaban los dientes. No podía hacer que dejaran de hacerlo.

Nunca había estado tan asustado.

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