Slayers (NL)

Volumen 1

Capitulo 4: ¡Ahora verás! ¡Te mostraré mi poder!

Parte 1

 

 

Gourry negó con la cabeza cuando Zorom habló… sin boca.

– ¿Eres un aliado de esta chica?

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– Soy más que su aliado, soy su guardián.

“¿Mi guardián?”

– Para mi no supone ninguna diferencia. Definas como definas tu relación con ella, eres mi enemigo, ¿me equivoco?

– Para nada, viejo.

– Entonces te destruiré.

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– Adelante… ¡a ver qué sabes hacer! – Gritó Gourry y comenzó a correr, alejando al mazoku alfiletero de mí.

– ¡Haaaaa! – Con un grito de guerra lleno de sed de sangre, el mazoku creó de lanzó sus látigos de fuego y sus agujas plateadas a la vez.

La espada de Gourry se movió rápidamente.

“¡Vaya!”

Ni siquiera yo podía seguir los movimientos de la espada con mis ojos. Era la primera vez que podía ver la verdadera habilidad de

Gourry con la espada. Estaba claro que estaba a un nivel muy superior al mío.

Un instante después, su espada partió por la mitad la cabeza de Zorom.

“¡Genial!”

– ¡Ja! – Rió Zorom.

Gourry se giró a tiempo de rechazar una oleada de agujas dirigidas a su espalda.

– ¡Es impresionante la habilidad que posees, siendo tan joven! – Dijo Zorom como si el corte en la cabeza no supusiese ningún problema.

– Entonces… ¿eres un mazoku? – Preguntó Gourry en un tono tan casual como si le estuviese preguntando de dónde venía.

“¡Por supuesto que es un mazoku, idiota! ¿Es que no has prestado atención?”

– Pues claro. Lo que significa que no podrás hacerme ningún daño con esa espada, joven. Vaya corte, ¿no? – Humor de mazoku, era de esperar que no tuviese gracia.

Pero tenía razón. Todos los demonios o mazoku, incluso los medio–demonios, los lesser demons, los brass demons, y especialmente los mazoku puros como este, existen en el plano astral. Sus formas físicas no pueden ser destruidas porque en realidad no están ahí… ¿me explico? Sólo hay dos opciones para vencer a un mazoku: atraparle en algún tipo de talismán, que no teníamos, o acabar con él con una espada mágica. Gourry era increíble con su espada, pero la espada en sí no parecía gran cosa. Ni siquiera mi espada hechizada era lo suficientemente poderosa para acabar con Zorom.

En mi opinión, la situación era tan mala como había dicho el mazoku. No quedaba otra opción, iba a tener que ponerme seria.

– Oh, sí que te hará daño. – Dijo Gourry.

“Pues como no vayas a cortarle el pelo…”

– Oh, ¿en serio? – Preguntó Zorom, burlándose –. Muéstrame cómo, por favor, estoy deseando ver qué haces.

– Bueno, si lo pides con tanta amabilidad…

Yo no tenía ni idea de en qué estaba pensando Gourry cuando, en vez de desenvainar su espada, sacó una pequeña aguja de su bolsillo, con su mano derecha.

– ¿Piensas pincharme hasta que me muera de aburrimiento? – Dijo Zorom, sin poder contener el hecho de que estaba disfrutando de la situación.

– Por supuesto que no. – Respondió Gourry, sonriendo mientras cogía su espada con la mano izquierda –. No digas tonterías.

– Si no te importa que te lo pregunte, ¿qué estás haciendo exactamente?

– Esto. – Entonces, Gourry introdujo la aguja en la empuñadura.

“¿Eh? ¿Pero qué hace?”

Parecía que estaba manipulando la unión entre la empuñadura y la hoja de la espada. Entonces… ¿estaba intentando separarlas?

“¿Por qué?”

Gourry sacó entonces su empuñadura, libre ya de la hoja, y sonrió.

– ¿Lo entiendes ahora?

“¿Entender el qué?”

Estaba calmado, y rebosaba confianza, lo cual no tenía ningún sentido, puesto que se iba a enfrentar a un mazoku puro blandiendo… una empuñadura.

– Joven, – dijo Zorom, suspirando –. Me lo estoy pasando bien y te lo agradezco, pero no puedo decir que comprenda lo que estás haciendo.


– Y qué te parece… ¡ESTO! – Exclamó Gourry mientras agarraba con fuerza la empuñadura y apuntaba con ella hacia delante.

“Sí, bueno, verás, sigues pareciendo un idiota con una empuñadura vacía, lo siento mucho, Gourry.”

– Bueno… sí, ¡ahora entiendo que eres un idiota! – Dijo Zorom riendo. Entonces una docena de flechas de fuego aparecieron en el aire, y se lanzaron en dirección a Gourry.

– ¿Eso es todo lo que puedes hacer? – Se burló Gourry e, increíblemente, consiguió esquivar todos los proyectiles.

Aún así, eso no le iba a ayudar a vencer a Zorom. No importaba los ataques que fuese capaz de esquivar, sólo estaba prolongando lo inevitable.

Zorom se acercó a él, y entonces…

– ¡LUZ! – Rugió Gourry.

Zorom se quedó paralizado. Mis ojos se abrieron como platos.

Un instante después Zorom había sido cortado en dos, de la cabeza a los pies. Me hizo falta un minuto para darme cuenta de lo que había ocurrido, y di un grito.

Gourry sostenía su espada en la mano derecha pero, donde antes estaba la hoja de acero, ahora estaba una hoja formada por luz.

– L-l-la Espada… de L-L-Luz… – Dije, tartamudeando.

Ante mis ojos, destellando en la mano de Gourry… no había duda posible. Era la legendaria Espada de Luz.

“Increíble.”

El cuerpo de Zorom se separó en dos mitades, antes de deshacerse en polvo y regresar al plano astral.

Por su parte, Gourry envainó la Espada de Luz, que ya había cumplido su cometido.

– G-Gourry… – conseguí decir después de un momento, con la voz tartamudeando de la impresión.

– ¿Sí, señora? – Contestó Gourry con una amplia sonrisa –. ¿Cómo has estado, jovencita?

– ¡Gourry…! – Comencé a correr hacia él todo lo rápido que podía. Me detuve justo delante de él, mirándole directamente a la cara.

– Gourry…

– Lina…

– ¡¡Dame esa espada!! – Exclamé con un chillido –. ¡Dámela, dámela, dámelaaaa! Gourry casi se cayó de la impresión.

“¡No te caigas sobre la espada!”

– Oye, espera un momento… – Dijo Gourry, con una voz que parecía que se acababa de levantar de la cama –. ¿Qué tal si saltas a mis brazos y me dices lo feliz que estás de volver a verme?

– ¿Eh? Bueno, vale. Eso lo podemos hacer luego. Pero ahora, ¡dame la espada! No, espera, qué maleducada. Lo siento. No me des la espada… Véndemela. ¿Cómo se me pudo haber ocurrido pedírtela sin más? Lo siento. ¡Quinientas monedas! ¡Te la compro por quinientas!

– ¡Espera un momento! – Repitió Gourry, elevando la voz.

– Quinientas… ¡es un precio más que adecuado para una espada normal y corriente como esa! – Estaba hablando tan rápido que apenas tenía tiempo para respirar –. Bueno, vale, ¡quinientas cincuenta! Pero sólo porque somos amigos. ¡Vengaaa! ¡Dámela!

¡Dame, dame, dame! No seas egoísta.

– ¿Qué no sea egoísta? ¿De verdad crees que te voy a dar la Espada de Luz a cambio de quinientas monedas?

– Pues sí, la verdad.

– ¡Estás loca! Y eres una tacaña.

Desperdicia suficientes monedas, y acabarás perdiendo una fortuna. Al fin y al cabo, era la hija de un mercader.

– Para empezar, esta espada es una herencia familiar, pasada de generación en generación. ¡No la vendería por nada en el mundo!

– ¡Pues dámela a mí y se convertirá en mi herencia familiar! Así sí puedes,
¿verdad? ¿Verdad? Qué más da en qué familia esté.

– ¡Estás chiflada! Pero, ¿qué pasa contigo? ¡No pienso hacerlo! ¡N–O!

– ¡Eres un monstruo! ¡Cómo te atreves a tratar así a una chica tan joven! ¡En serio! ¡Voy a llorar!

– ¡Pues llora!

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– Bueno, vale, no voy a llorar, ¿contento?

En cuanto dije eso, recuperé el sentido común. No sabía por qué, pero algo se había apoderado de mí en cuanto había visto esa espada. Después de respirar profundamente un par de veces, ya había vuelto a la normalidad. El pobre Gourry estaba estupefacto ante mi forma de actuar.

– ¿Pero qué…?

– Lo siento, ya estoy mejor. ¿Qué puedo decir? Me pirro por las espadas. – No esperé a que me respondiese, para no prolongarlo más de lo debido –. Mira, no tengo tiempo para explicarlo, pero un tío que me sacó de un apuro mientras tú no estabas está en grave peligro. ¿Puedes venir conmigo a ayudarle? Se lo debo.

– A-ah, sí, claro.

Slayers Volumen 1 Capítulo 4 Parte 1 Novela Ligera

 

– ¡Genial! ¡Por aquí! – Salí corriendo con la esperanza de que llegásemos a tiempo de ayudar a Zelgadiss. Por muy bueno que fuera, le superaban en número a un nivel monstruoso… y además sus enemigos eran monstruos. Los ogros y los berserkers eran sólo los aperitivos. Si perdía demasiado tiempo con ellos, no le quedarían fuerzas para los war mantis y los dullahans, y eso sin contar con

Dilgear.

En seguida nos encontramos con un grupo de enemigos. Gourry sacó la Espada de Luz y acabó con un war mantis antes de que el monstruo viese lo que se le venía encima.

– ¡Hemos venido a salvar el día! – Anuncié.

Pero, al parecer, el día no necesitaba que lo salvasen. La situación era totalmente al revés de lo que yo esperaba. Los hombres de

Rezo se estaban retirando, y sólo quedaban un ogro y un berserker junto a Dilgear, que estaba rugiendo muy alto.

Y…

– Vaya, qué curioso.

Al oír eso, Zelgadiss suspiró, los tres nos detuvimos en el acto.

– ¡Sí! – Exclamó Dilgear al mirar sobre su hombro, con la cara llena de felicidad

–. ¡Rodimus!

“El viejo…”

Rodimus estaba allí con su alabarda en la mano. Había alguien más con él a quien no pude reconocer. Un hombre maduro, bastante guapo.

– ¡Habéis venido! ¡Por fin! ¡Estamos salvados! – Siseó la war mantis, feliz.

– Tienes razón a medias, – respondió el viejo, y golpeó a Dilgear sin que se lo esperase. El hombre lobo fue lanzado por el aire hasta golpear un árbol cercano, chocando con tanta fuerza que pudimos oír un fuerte crujido. Todos estábamos demasiado sorprendidos para movernos.

– ¡R-Rodimus! ¿Qué estás…? – El war mantis no sabía cómo reaccionar –. ¿Es que te has vuelto loco?

– ¡No estoy he perdido la cabeza, si es lo que quieres decir! ¡Yo juré lealtad al señor Zelgadiss, y nada de lo que diga el Sacerdote

Rojo hará que traicione ese juramento!

– ¡S–serás…! – El war mantis se lanzó hacia Rodimus, pero eso le convirtió en presa fácil para su alabarda.

– ¡Doryaaa! – Gritó Rodimus, y la lucha terminó de inmediato, porque el torso del war mantis había sido dividido en dos de un corte limpio. La parte inferior dio unos cuantos pasos hasta darse contra un árbol. La parte superior cayó al suelo y se retorció durante unos angustiosos instantes, hasta que se detuvo. Los demás hombres de rezo se retiraron sin decir nada más.

– Gracias por venir, – dijo Zelgadiss con humildad –. Pero lo tenía todo bajo control.

– Sí, claro, no hay problema, – dijo Gourry sonriendo, entonces se giró hacia los otros dos –. Para dejarlo todo claro, estamos todos del mismo lado, ¿verdad?

– Por ahora. – Dijo el tipo guapo.

“Espera, ¿dónde he oído esa voz antes…?”

– Siento haberos arrastrado conmigo, Rodimus… Zolf. – Dijo Zelgadiss.

“¡¿Z-Z-Zolf?! ¡¿El tío guapo es Zolf?! ¡Ni. De. Coña!”

Zolf entonces se giró hacia mí.

– Bueno, jovencita, me alegra ver que sigues con vida.

“Apuesto a que sí.”

No vayas a pensar que había cambiado mi opinión hacia él porque había resultado ser un guaperas, ¿vale? Lo único que importaba en ese momento es que era un enemigo de Rezo, el Sacerdote Rojo. Eso lo convertía en uno de mis aliados… uno de mis aliados más guapos.

– Por el bien de que nuestro grupo cuente con todo el poder posible, espero que podamos empezar de nuevo. – Dijo.

Asentí, indicando mi intención de dejar el pasado en el pasado.

– La verdad es que tienes los pies pequeños, eso está claro. Y sólo eres un hechicero de tercera… y un sádico. Pero un aliado es un aliado. Somos más fuertes juntos que separados, así que me alegra poder llamarte “amigo”.

– Vaya suerte la mía. Supongo que no soy el único rencoroso de por aquí.

– ¿Quién, yo? Por favor, para nada. Ya te he perdonado del todo por tratar de hacer que un pez con patas me violase, en serio. Los rencorosos son los que dejan que el orgullo saque lo peor que llevan dentro. Acaba cambiándoles la personalidad, sin importar lo guapos que sean…

– ¡Pero bueno! ¡Serás perra…!

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– ¡Lina! – Interrumpió Gourry –. No es que quiera cambiar de tema, pero necesito que me pongas al día de lo que me he perdido.

“Ah, claro. Aún no le he contado a Gourry los detalles.”

Empezando a partir del momento en el que nos separamos, le conté todo lo que había ocurrido desde entonces. El templo, el pez, la huída, Dilgear, el veneno, mi siesta… Se lo conté todo con detalle. La verdad es que tengo talento para contar historias, como ya sabrás.

Cuando terminé el Sol se estaba poniendo.

– Y ahí fue cuando llegaste tú. ¿Te has enterado?

Gourry no dijo ni una palabra. Tenía la mirada perdida. Todos excepto yo estaban sentados en el suelo. Supongo que la batalla les había dejado agotados.

“Vaya chicos, y pensaba que yo era la que tenía poco aguante.”

– Sabes, – dijo Rodimus mientras miraba una serie de marcas que había hecho él mismo en el suelo, justo delante de él –. Has estado hablando sin parar durante más de una hora.

– ¿En serio?

Todo el mundo asintió en silencio.

“¿En serio…? Vaya.”

Bueno, da igual, ¿has pillado al menos lo básico?

– Oh, creo que he entendido mucho más que eso. – Dijo Gourry, poniéndose poco a poco en pie.


– Tengo una pregunta. – Dijo Zelgadiss, también poniéndose de pie –. ¿Me darás ahora la Piedra Filosofal?

– Pues no. – Dije suspirando –. Lo siento.

– No me sorprende. – Respondió Zelgadiss, con hostilidad en la voz.

– Rezo la quiere para conseguir ver. Tú para vengarte. Ambos son actos egoístas que no son merecedores de la piedra.

– No me juzgues, joven, si no quieres empezar una batalla.

– No quiero pelear contigo, Zelgadiss, pero no te voy a dar la piedra. No hay más que hablar. Si eso significa que ahora somos enemigos, pues de acuerdo. Aún no he desechado la opción de que todo esto sea una trampa planeada por ti y por Rezo.

– Esperaba no tener que llegar a esto, – dijo Zelgadiss sacando su espada –. Pero parece que no tengo otra opción.

– Podrías marcharte, – dijo Gourry con la empuñadura en la mano. Aunque supongo que sabía que no iba a ser tan fácil.

“Venga ya, chicos.”

Zolf y Rodimus se colocaron junto a Zelgadiss.

– Vosotros dos, retiraos. – Ordenó Zelgadiss.

Al menos parecía que quería una pelea justa. Rodimus dio un paso atrás, sonriendo.

– P-pero…– tartamudeó Zolf.

– Retírate. – Repitió Zelgadiss. Alicaído, Zolf obedeció.

– Esperad, – dije –. ¡Dejadlo ya todos! ¡Esto es una estupidez!

Ninguno de los combatientes apartó los ojos de su enemigo. Ni siquiera Zolf o Rodimus se dignaron a mirarme.

Gourry y Zelgadiss se acercaron el uno al otro poco a poco.

– ¡Que lo dejéis ya! – Repetí, elevando la voz –. Ya tendremos tiempo de sobra para pelear entre nosotros después. ¡Ahora mismo tenemos problemas más grandes de los que preocuparnos!

– La señorita no tiene ni idea de cuánta razón tiene, – dijo una voz afilada como el cristal. Venía de detrás… no, estaba justo junto a mi oído. Sentí algo frío y afilado en la nuca. Sabía que si me movía, moriría.

Todo el mundo miró entonces en mi dirección, y pudo ver perfectamente quién estaba a mi espalda. Yo no tenía que verle para saber quién era. Esa voz era inconfundible.

– Rezo. – Gourry fue el primero en decir su nombre.

– Sí. Siento no haber estado más en contacto. Vamos a saltarnos las formalidades,
¿de acuerdo? Ya debéis saber lo que quiero, ¿no es así… Gourry? Ah, sí, puedo sentirlo. Seguro que lo sabes.

– Quieres la piedra.

– Exacto, quiero ‘la piedra’, como tan irrespetuosamente la has llamado. Estoy seguro de que ya lo sabes, pero deja que lo diga en voz alta: Si intentas algo raro, incluso si estornudas por sorpresa, puede que me mueva hacia delante, aunque sea sólo un poco. Pero ese poco es suficiente para que clave esta aguja en este adorable cuellecito, matando a la chica… instantáneamente.

“¡Ostras!”

Mi corazón se aceleró al darme cuenta de lo que estaba pasando. Empecé a sudar… y mucho.

“No quiero morir.”

– ¡Es un farol! ¡No lo hagas! – Dijo Zelgadiss, elevando la voz, pero nadie le creyó. Zelgadiss sabía mejor que nadie que Rezo no era un hombre que fuera de farol. Estaba dispuesto a sacrificarme por la piedra.

Una gota de sudor recorrió mi mejilla hasta llegar a la barbilla, como una lágrima.

– Dime qué quieres hacer con la piedra, – ordenó Gourry.

– La chica ya te lo ha explicado. Sólo quiero ver el mundo con mis propios ojos.

Nada más.

– ¿Sacrificarías mi vida para conseguir ver? – Le pregunté sin moverme ni lo más mínimo –. ¿Por qué?

– No hay forma de explicárselo a alguien que puede ver, no lo entenderías.

“Pues vaya.”

– La piedra… ahora. – Dijo sujetándome con más fuerza.

– De acuerdo. – Gourry bajó la espada.

– ¡No! ¡Para! ¡No se la des…!

Ignorando los ruegos de Zelgadiss, Gourry sacó la estatua de orihalcon.

– Toma, – dijo y lanzó la estatua hacia Rezo. Parecía ir a cámara lenta. Rezo extendió el brazo derecho y la cogió con fuerza.

– La tengo, – dijo más para si mismo que para nosotros –. La tengo… ¡Después de tantos años, es mía! – Su voz había cambiado, sobrecogida por una retorcida alegría.

– ¡Suelta a la chica! – Gritó Gourry.

– No temas, la liberaré en un momento.

De repente la estatua se destruyó en la mano de Rezo con un estruendo. La proximidad del poder del gran hechicero con el de la misma piedra era demasiado incluso para una sustancia tan fuerte como el orihalcon.

Rezo extrajo una pequeña piedra negra de entre los restos. Parecía… una roca, quizás un trozo de carbón. Nada que un geólogo se molestase en examinar. Esa piedrecilla era la Piedra Filosofal.

– ¡Sí! Es… ¡Es la auténtica piedra! Rezo me empujó desde detrás.

– ¡Uuf! – Exclamé mientras daba varios pasos hacia delante antes de poder detenerme. En seguida llevé mi mano a mi cuello, allí encontré la aguja aún clavada en mi piel, y la saqué.

“Brrr.”

Aún me dan escalofríos al recordarlo.

El dolor no había sido gran cosa, pero si esa aguja… que era del tamaño del pulgar de un hombre, y muy similar a una pequeña cuchilla… se hubiese clavado sólo un poco más, habría cortado los nervios de mi columna vertebral, y habría acabado muerta o, como poco, paralizada. Algo tan horrible había sido planeado por el renombrado Sacerdote Rojo. Como para fiarse de alguien por su fama.

Zelgadiss comenzó a recitar un hechizo, y Gourry sacó la Espada de Luz.

¿Que qué hizo Rezo? Pues cogió la piedra y se la puso en la boca.

“No irá a…”

Pues sí que lo hizo. Se la tragó.

Un fuerte viento surgió de repente, levantando mi manto sobre mi cara, y casi levantándome como si fuese un gatito en una tormenta. Sentí náuseas y tuve que taparme la boca. No era vértigo ni miedo. No era el viento. Era el absoluto conocimiento de que algo muy, pero que muy malo, estaba ocurriendo en el mundo.

Las ráfagas de viento que nos azotaban no eran producto de una tormenta repentina. Eran la manifestación física de un intenso miasma. En el centro de dicho miasma se encontraba Rezo, riendo a carcajadas.

Zelgadiss lanzó un rugido. Con él apareció un pilar de llamas azules que envolvió al Sacerdote Rojo como una crisálida y entonces… desapareció.

Fuese el hechizo que fuese, porque yo no pude reconocerlo, no había tenido ningún efecto.

– ¡Ja ja ja ja ja…! ¡Puedo ver! ¡Puedo VER!

Estaba como hipnotizada. En realidad todos lo estábamos. No habíamos visto nada así en toda nuestra vida. Los ojos de Rezo estaban abiertos, pero en la oscuridad de su interior había dos orbes rojos. Sus ojos eran del color de la sangre y los rubíes, el color del fuego, y tras ellos…

– ¡Bua ja ja ja ja ja! ¡Están abiertos! ¡Mis ojos están abiertos! – La carne de sus mejillas se desprendió y cayó al suelo con un ‘plop’. Había algo blanco en el hueco que habían dejado.

– ¿Qué ha sido eso? – Preguntó alguien. Plop.


Esta vez era un pedazo de su frente.

Y entonces… cuando su piel se desprendió del todo, supe de quién se trataba en realidad. Ya sabía qué había estado sellado en los ojos de Rezo. La cara de Rezo se transformó en una máscara de piedra blanca, con rubíes donde debería haber tenido los ojos. Su cuerpo entero, aún cubierto por sus ropas rojizas, se endureció hasta formar algo que no era humano.

– No puede ser… – murmuró Zelgadiss. Él también se había dado cuenta. Ruby Eye Shabranigudu vivía de nuevo.

Un silencio cayó sobre la tierra como ningún otro lo hizo o hará jamás. Los pájaros dejaron de cantar. El borboteo de los ríos cesó.

Era como si todo y todos se hubiesen detenido para presenciar lo que estaba ocurriendo.

– Podéis elegir el camino que deseéis, – Rezo, o Shabranigudu, dijo tranquilamente con su boca petrificada permanentemente abierta –. Si decidís obedecerme, se os permitirá vivir hasta el fin de vuestros días. Os ofrezco esta opción como gratitud por haber ayudado en mi resurrección.

»Pero, si decidís ser mis enemigos, no os mostraré piedad. Antes de ir a liberar al Rey Demonio del Norte, otra de las partes de mi ser, sellada hace mucho, seré vuestro oponente. Decidid sabiamente.

No era precisamente lo que alguien consideraría una opción fácil. Permitirle liberar al Rey Demonio del Norte significaba condenar al mundo a la destrucción. Enfrentarse a él era tomar como enemigo a una de las siete partes del Señor Oscuro, al que un dios… un dios… había dividido durante su batalla por el destino del mundo. Dicha victoria había consumido todo el poder de dicho dios. Un grupo de hechiceros y guerreros sin experiencia trabajando juntos no parecía a la altura.
Sobrevivir a la destrucción del mundo no era mejor destino que la muerte.

– ¡Esto es una estupidez! – Gritó Zolf, mostrando poco entendimiento de la situación en la que nos encontrábamos –. ¡Los humanos ya no somos como tú nos recuerdas, Shabranigudu! ¡Hemos tenido mil años para evolucionar mientras tú dormías!

– Presumió –. ¡Ningún demonio de una era pasada es rival para Zolf!

“Guau, está claro que no se entera.”

Elevó ambas manos por encima de la cabeza y comenzó a recitar un hechizo.

Vos más oscuro que el crepúsculo, vos más rojo que la sangre que fluye,
en vuestro gran nombre en las corrientes del tiempo sepultado,

¡No podía ser! ¡¿El Drag Slave?! Es el hechizo más poderoso de la magia negra.

El Drag Slave es un hechizo altamente destructivo que se creó originalmente para acabar con un dragón de un solo golpe. Dos o tres hechiceros lanzando el hechizo a la vez podrían destruir fácilmente un reino entero. No podía creer que Zolf fuese capaz de utilizar un Drag Slave.

Sé que no queda bien decir eso teniendo en cuenta que éramos aliados, pero hasta entonces no tenía ni idea de por qué alguien como Zelgadiss tendría a alguien como Zolf a su alrededor. Misterio resuelto.

“Pues vaya con el hechicero de tercera…”

Pero…





Como me temía, ese hechizo no iba a poder derrotar a Shabranigudu.

– ¡Detente, Zolf! ¡Es inútil! – Grité, pero no me hizo caso.

– ¿Y esto qué es? – Se preguntó Shabranigudu con admiración. Por supuesto, él sabía de sobra de qué se trataba.

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– Espera… – Zelgadiss trató de gritar, pero Zolf ya había terminado de recitar el hechizo, y no le dio tiempo.

– ¡Drag Slave!

Una enorme explosión envolvió todo alrededor del Señor Oscuro.

– ¡Sí! – Gritó Zolf, elevando los brazos como si acabase de ganar una justa.

– ¡Zolf, correeee! – Gritó Rodimus. Se había dado cuenta de que seguía con vida.

– ¿Qué? – Zolf aún no lo entendía, y tenía una expresión de duda en la cara.

– ¡Maldita sea! – Murmuró Rodimus mientras corría hacia Zolf.

Un momento después, ambos desaparecieron, envueltos en un mar de llamas.

– ¡Rodimus! ¡Zolf! – Gritó Zelgadiss –. ¡Nooo!

La única respuesta que recibió fue una silueta que apareció entre las llamas. Una silueta que brillaba más intensamente que el propio fuego.

“No…”

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Sentí como si pudiera escuchar una voz dentro del rugir del fuego, pero no podía entender lo que decía.

– Corred… – Murmuró Zelgadiss.

– ¿Qué? – Respondí, recuperándome tras quedarme paralizada ante lo que ocurría.

– ¡CORRED!

Y los tres salimos corriendo como ratas que abandonan un barco que se hunde.

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