86 [Eighty Six]

Volumen 8: Humo de Pistola en el Agua

Capítulo 3: Hacia La Tormenta

Parte 3

 

 

Por supuesto, la Federación no los desplegó aquí por la bondad de su corazón. Aun así, estos niños estaban atrapados en las fallas de los Países de la Flota.

Así que juró que los devolvería a casa con vida, sin importar el coste. Los llevaría a salvo de vuelta a tierra. Incluso si eso significaba exponerse a sí mismo y al Stella Maris a una terrible vergüenza y desgracia…

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“A todos los miembros de la tripulación. Últimos supervivientes de los once clanes del Mar Abierto, mis hermanas y hermanos menores. Permítanme primero expresar mi gratitud como su hermano por su leal servicio hasta ahora. Gracias. Y permítanme expresar mis más profundos respetos por su elección de morir en nombre de su patria, por zarpar en este viaje conmigo.”

Para que el Stella Maris pudiera llegar solo a la base enemiga, los once barcos de la armada de la Flota Huérfana actuarían como cebo. Les seguían algunos botes de rescate, pero el mar era tormentoso y estaban en presencia de un cañón de 300mm capaz de derribar fortalezas enteras. No había garantía de que pudieran rescatar a nadie. Y tan dentro en altamar, los cadáveres rara vez llegaban a puerto.

Sin embargo, luchar hasta la muerte en las extensiones inexploradas del océano era el orgullo de los clanes del Mar Abierto.

“Nuestros enemigos finales no serán los leviatanes, sino esos malditos monstruos de metal. Sin embargo, nuestras muertes serán igual de honorables. Hagamos de este un viaje que haga llorar de envidia al difunto comandante de la flota. Uno que será alabado por las generaciones futuras. Salgamos en un resplandor de gloria y determinación que será recordado por milenios… Esto será…”

Mil años más tarde, su progenie cantaría sus historias. Mucho después de que el Stella Maris y el valor de la Flota Huérfana se desvanecieran, sus recuerdos persistirían.

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“… el último viaje en mar abierto de la Flota Huérfana que tuvieron nuestros Países de la Flota.”

Lena jadeó conmocionada. Ante sus ojos, Ishmael levantó el puño en el aire y los oficiales de la marina de los Países de la Flota que le rodeaban hicieron lo mismo. Lena los observó con incredulidad. ¿“Viaje final”? ¿La flota que “una vez tuvieron”? Eso sonaba como si… ¡como si admitieran que esta Flota Huérfana, la última fuerza militar que les quedaba, se iba a perder para siempre en esta operación…!

Vika habló desde el otro lado de la Resonancia. Esperaba en la sala de control de la cubierta de vuelo del primer piso del puente, que se había convertido en una sala de reuniones temporal, ya que no estaba previsto utilizar los aviones de la nave en esta operación.

“Los portaaviones…”

La plataforma de aviones marinos en la que se basó este súper transporte…

“… tienen la mayor proyección de potencia de fuego de todos los acorazados. Pero por sí solo, un portaaviones es extremadamente frágil. Necesita un convoy que permanezca vigilante a su alrededor, completado con destructores y cruceros que se encarguen de la defensa aérea. Sólo entonces puede un portaaviones centrarse en mantener la superioridad aérea en el combate. Sin un convoy, sería hundido fácilmente. Probablemente sea lo mismo para un súper transporte.”

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Incluso si el súper transporte sobreviviera a esto, sin sus naves consorte, la Flota Huérfana estaría acabada. La guerra había reducido sus efectivos. Y con el escaso poder financiero y nacional de los Países de la Flota, no podrían construir más naves caras de largo recorrido o anti-leviatán.

Sin la Flota Huérfana, los Países de la Flota Regicida perderían su símbolo y su honor: la capacidad de navegar en mar abierto. Realmente desecharon todo, incluso su orgullo, para permitir que su país sobreviviera. Una atrocidad impotente para un país tan pequeño.

Y como si no se sintiera ni un poco molesto por ello, Ishmael habló. Como un hermano mayor que lleva a sus hermanos a una excursión que habían estado esperando.

Como lo hizo una vez el Escuadrón Spearhead, al desaparecer en los territorios de la Legión en su última misión de reconocimiento.

“Comprobaré sus batallas y muertes con mis propios ojos. El Stella Maris y yo seremos sus narradores. Incluso dentro de cien años, cuando sea viejo y decrépito, hablaré de su valentía con mi último aliento. E incluso mil años después, el Stella Maris permanecerá como un monumento a la existencia de nuestra flota, nuestro país y los clanes del Mar Abierto. Y así, mi tripulación, salgan y obtengan la muerte más llamativa, más impresionante y más orgullosa que puedan lograr.”

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“… Así que eso fue una despedida.”

En la sala de reuniones adyacente, con una mesa de mando dispuesta en su centro para vigilar los aviones de la nave, Shin susurró esas palabras con el corazón encogido. La gente del pueblo se había quedado en el puerto a pesar de que la flota partía en plena noche. Saludaron a la nave, dándole un último adiós.

Ellos… y quizás todos los ciudadanos de los Países de la Flota lo sabían. Esta operación sería el último viaje de su flota. El orgullo de los viajes en alta mar era el símbolo nacional y el lema de los Países de la Flota, y hoy se perdería para siempre.

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La Flota Huérfana estaba actualmente en estado de silencio radiofónico, pero el capitán, los vicecapitanes y los oficiales de inteligencia utilizaban los dispositivos RAID que les había proporcionado la Federación para transmitir mensajes instantáneamente a través de la resonancia sensorial. Las palabras del Capitán Ishmael llegaron a los tres cruceros de larga distancia circundantes, a las seis naves anti-leviatán más pequeñas y a las dos naves exploradoras.

Desde el otro lado de la cortina de la noche oscura y la lluvia tormentosa, la silueta del puente en la sección delantera de babor del crucero de larga distancia Benetnasch se movía visiblemente.

Con sólo el suave resplandor de sus indicadores como fuente de luz, Kurena pudo ver al capitán y al vicecapitán chocando los cinco desde el quinto piso del puente del Stella Maris, el puente de la bandera.

Una parte de su mente se preguntaba vagamente por qué. ¿Por qué? Estaban dejando de lado su orgullo. Los últimos fragmentos de lo que les daba forma. Los que decían que eran como ellos. Entonces, ¿por qué se reían así? Decían que sus lazos con sus camaradas nunca cambiarían.

¿Ester dijo eso porque quería decir que aunque todo se perdiera, los compañeros permanecían?

“Eso es tan…”

Todos los súper transportes de Clase Navigatoria, incluido el Stella Maris, tenían proas de barco cerradas herméticamente. Tanto el hangar como la sala de espera adyacente estaban a salvo de la lluvia y el viento, pero de igual modo sus sonidos seguían resonando, aunque ligeramente amortiguados.

Sonaba menos como el repiqueteo de las gotas de lluvia y más como el de los guijarros que caen sobre la cubierta. El viento aullaba en chillidos altos y bajos, como si soplaran mil flautas a la vez, o fuesen gritos de guerra de alguna antigua tribu salvaje.

El aire era cálido y aislado, pero se veía perturbado por súbitos relámpagos cegadores y el fuerte estruendo de los truenos.

El sonido de la brutalidad primitiva que se había grabado en la psique humana como símbolo del miedo incondicional. El estruendo de los cielos. Las retumbantes reverberaciones que la gente había creído durante muchas generaciones que eran los rugidos de dioses y monstruos enfurecidos.

Los Procesadores, que habían terminado sus preparativos y esperaban en la sala de espera, miraban al cielo con la respiración contenida. Todos habían experimentado una tormenta antes, pero ahora estaban en el corazón del mar, sin nada que impidiera la furiosa tormenta.

Y entre eso y lo que habían escuchado en la transmisión de la nave, las ansiedades y dudas que normalmente habrían empujado al fondo de sus corazones estaban subiendo a la superficie.

El orgullo de luchar hasta el final… Los Ochenta y Seis eran aquellos que se lanzaban al campo de batalla sin buscar nada más. Así que, a sus ojos, la determinación de los Países de la Flota de seguir luchando incluso después de haber desechado eso era difícil de creer. ¿Cómo podían seguir luchando después de desechar incluso el orgullo que los definía?

¿Cómo podrían… seguir viviendo?

Esto no era algo que pudieran esperar imitar. Todo lo demás les había sido arrebatado, así que si su orgullo era el siguiente en desaparecer, no les quedaría nada que les diera forma. Aunque fuera lo único que les quedaba… su orgullo no podía ser arrebatado tan fácilmente…

Como no estaban acostumbrados a los viajes por mar, la sensación de tambaleo del barco bajo sus pies los mantenía alerta. Un océano tormentoso.

La fuerza de las olas levantaba la nave y luego la dejaba caer, sacudiéndola sin cesar. Estaban acostumbrados a la intensa movilidad de los Juggernauts, así que el balanceo no los mareaba. Pero la constatación de que una sola capa de chapa de hierro era todo lo que les separaba de un vasto e ilimitado abismo sí les hizo estremecerse de otra manera.

Esa constatación les infundió una gran ansiedad. No había un apoyo verdadero y duradero para ellos en ningún lugar. La base sobre la que se apoyaban era, de hecho, poco fiable y frágil.

Esto era algo que ya creían saber. En el campo de batalla del Sector Ochenta y Seis, en la fortaleza nevada, y ahora en este vasto mar azul.

Ya se habían dado cuenta de esto muchas veces: que el orgullo era algo tan incierto y frágil a lo que aferrarse. Nada era verdaderamente irrompible. No había nada en el mundo… que uno pudiera estar seguro de no perder nunca.

Por muy experimentados y curtidos que estuvieran, ese miedo les quitó la palabra. Como niños aterrorizados, todos miraron al cielo tormentoso con la respiración contenida mientras éste lanzaba sus locos y tempestuosos aullidos.

Guardando el micrófono, el Capitán Ishmael respiró profundamente y se acomodó en su asiento.

“Esther, te cedo el mando mientras dure la sesión informativa… Siento haberte hecho esperar, coronel Milizé.”

“Entendido, Hermano.”

“No… Um, Capitán Ishmael.”

Se dio la vuelta y encontró a Lena con lágrimas en los ojos. Ishmael la miró con una sonrisa molesta.

“Ya te he dicho que no tienes que mirarme así… Mientras pienses en nuestro país de vez en cuando, estaremos satisfechos.”

Esto no era algo para discutir en el puente integrado. Había gente esperando la sesión informativa, así que salieron al pasillo, donde continuaron la conversación.

“Siempre hemos sido un país pequeño, sin grandes industrias, y hemos mantenido esta gran flota exagerada con dinero que no teníamos. Cuanto más duraba la guerra, más difícil era vivir. Era sólo cuestión de tiempo que no pudiéramos seguir así.”

Bajaron por la estrecha escalera del acorazado y llegaron al primer piso del puente. Mientras lo hacían, los miembros de la tripulación que pasaban les abrían paso con un saludo.

“Hoy resulta ser ese día. Puede que sea el final, pero haremos lo que nos proponemos, así que es una buena forma de hacerlo.”

“No está nada bien.”

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Justo cuando estaban a punto de abrir la puerta de la sala de control de la cubierta de vuelo, oyeron una voz detrás de ellos. Ishmael se giró con una ceja alzada, encontrando a un joven en la cúspide de su adolescencia de pie en lo alto de las escaleras. Llevaba un uniforme azul acero que no parecía ajustarse a su creciente físico, y respiraba con dificultad.

Theo.

“Teniente Segundo Rikka.”

Lena separó los labios para reñirle, pero Ishmael le encaró directamente. Le dijo que siguiera adelante, empujando su pequeña espalda hacia la habitación casi a la fuerza y cerrando la puerta tras ella.

Theo habló entonces, como si no le diera importancia al acto de consideración implícito de Ishmael.

“Te quitaron tu patria, y perdiste a tu verdadera familia, ¿verdad? Y ahora también estás tirando tu orgullo… ¡¿Cómo puedes aceptarlo?!”

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En todo caso, Theo no sería capaz de hacerlo. Probablemente había pocos Ochenta y Seis que pudieran hacerlo. No tenían una patria a la que regresar, ni una familia a la que proteger, ni una cultura que heredar. Así que dejar que alguien les arrebatara su orgullo —la voluntad de sus camaradas, vivos y muertos— les asustaba más que nada.

Entonces, ¿cómo podían Ishmael y los demás miembros de la tripulación, a los que la guerra les había arrebatado sus hogares y familias, ver cómo se les venía encima su orgullo… y simplemente aceptarlo? Y, para colmo, con una sonrisa.

“… Bueno, ya ves.”

Ishmael asintió con la cabeza, como si aceptara el grito desesperado de Theo. Reflexionó un momento sobre algo y luego separó los labios para hablar.

“Verás, ‘Nicole’… el esqueleto de leviatán que viste. Originalmente estaba en exhibición en el palacio del gobernador de mi ciudad.”

Theo le miró con desconfianza, como si no supiera de qué estaba hablando de repente.

Nicole. El esqueleto de leviatán expuesto en el vestíbulo de la base.

“Cuando comenzó la guerra y tuvimos que abandonar nuestro territorio, el comandante de la flota cargó a todos los refugiados que pudo en los barcos y, de alguna manera, encontró un lugar para ella antes de abandonar el fuerte. Sabía que la guerra no iba a terminar pronto. Que no volveríamos allí en mucho tiempo. Así que trajo a Nicole… Pensó que llevándola como símbolo de nuestra patria, ayudaría a sostener nuestros espíritus.”

El comandante de la flota sabía, incluso entonces, que la armada del País de la Flota Cleo probablemente no permanecería para servir como símbolo del país. Tampoco lo harían el Stella Maris, ni los descendientes de los clanes del Mar Abierto que servían como tripulación de la flota.

Y, lamentablemente, su suposición resultó ser cierta. La Guerra de la Legión se prolongó durante diez años, y el comandante de la flota se hundió en el fondo del mar con los buques del País Cleo.

La tripulación del Stella Maris fue a luchar a tierra para cerrar un agujero en la formación defensiva durante la ofensiva a gran escala del año pasado. Obligados a luchar en un entorno al que no estaban acostumbrados, murieron allí.

A estas alturas, los únicos restos del País de la Flota Cleo eran Nicole, el Stella Maris y el propio Ishmael. Y como prueba de que su país alguna vez existió, Ishmael y el Stella Maris terminarían su servicio en esta operación. Sin embargo, a pesar del dolor…

“La sala en la que está Nicole ahora mismo nunca estuvo destinada a ella. Originalmente, la última quilla del torpedero que pasó por esta ciudad estaba expuesta allí.”

… había gente que honraba su sacrificio.

“Por nuestro bien, por el bien de todas las personas que perdieron sus hogares en los Países de la Flota, nos reservaron un lugar para mantener a salvo nuestro orgullo. Esa ciudad también es nuestra ciudad natal. Ahora mismo, en este momento, esa ciudad es mi ciudad natal. Ya ves, siempre puedes encontrar algo nuevo. Incluso si lo pierdes todo. Mientras vivas, siempre puedes encontrar algo que sea igual de valioso. Incluso si ese lugar es una mentira, puede llegar a ser real.”

Contrariamente a sus palabras, Ishmael miraba a Theo con una sonrisa vacilante y desvanecida. Tan tenue que parecía que podría fundirse fácilmente y desaparecer en las aguas ilimitadas del océano.

“La historia de los Países de la Flota es una historia de derrotas. Y no me refiero sólo a nuestra antigua lucha contra los leviatanes. Tenemos como vecinos a dos grandes potencias que siempre nos despreciaron, se burlaron de nosotros y nos arrebataron todo el territorio que nos correspondía. Tuvimos que doblegarnos a ellos para conservar la tierra que teníamos y mantener la flota, para poder sobrevivir… Vivimos siglos de derrotas e innumerables actos de pillaje. Pero incluso cuando perdíamos, incluso cuando nos robaban y nos dejaban sin nada, teníamos que seguir viviendo. La gente de los Países de la Flotase dio cuenta de esto… Así que lo sé. Podemos encontrar algo nuevo a lo que aspirar.”

“Pero, ¿qué pasa si al final morir no te hace ganar nada?”

Theo sacudió la cabeza en señal de negación, como un niño que hace una rabieta. Su voz se había elevado a un grito, pero no se detuvo.

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“No dejabas de perder cosas, de que te negaran y te robaran… Y luego podrías morir, prácticamente por nada… ¡¿Qué sentido tiene morir sin recuperar lo que has perdido?!”

Fue como con su antiguo capitán. Había dejado de lado su futuro, su familia, y luego murió en la batalla. Su patria se burló de él, llamándolo tonto. Su hijo tuvo que vivir dudando de la validez y la dignidad de su muerte… Y en el último momento, sus últimas palabras fueron una súplica para no ser perdonado nunca.

Había luchado en el Sector Ochenta y Seis, igual que Theo, pero nunca encontró un solo amigo o aliado hasta el final. El capitán siempre estaba solo.

“¿Por qué persistes… en ese tipo de campo de batalla?”

“Bueno…” Ishmael sonrió. “Mientras no me avergüence, estoy satisfecho. Eso es todo lo que necesito.”

Tenía la misma expresión que el capitán. Jovial hasta el punto de la estupidez. Fuerte hasta el punto de la estupidez.

“Si no lo hago, nunca podré mirar al comandante de la flota a los ojos. Puede que esté muerto, pero perdió su vida defendiendo a mi clan… Así que si vivo mi vida con la cabeza colgando de la vergüenza, habrá muerto por nada.”

***

 

 

“Hermano, te devuelvo los derechos de mando… Perdimos contacto con ambas flotas de distracción hace quince minutos. Su última transmisión fue ‘cuarenta y cinco disparos restantes. Que la fortuna esté de su lado’.”

“Entendido… Ahora es nuestro turno.”

La munición restante del enemigo: cuarenta y cinco disparos. Distancia restante: ciento cuarenta kilómetros.

***

 

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Para compartir la situación durante el mayor tiempo posible con su comandante de operaciones, el comandante de operaciones de la unidad y su adjunto —Shin y Raiden—, así como Yuuto y su teniente, permanecieron a la espera en el puente de la bandera en el quinto piso.

La lluvia seguía golpeando sin piedad el grueso cristal de la ventana anti-explosiones, las salpicaduras de agua hacían imposible ver a través de la ventana. La habitación estaba a oscuras, con las luces apagadas para evitar ser detectados por el enemigo.

La propia ventana se iluminó entonces cuando un relámpago brillante atravesó el cielo, pintando momentáneamente el horizonte de blanco. Pocos segundos después, oyeron el intenso estruendo de un trueno cercano, tan denso y pesado que parecía el desmoronamiento de un iceberg.

Los relámpagos de color púrpura danzaron a través de la brecha entre las nubes, centelleando sobre el cielo plomizo y el mar que, de otro modo, eran indiscernibles bajo la tiránica cortina de la tormenta.

Durante mucho tiempo, la gente había comparado el rayo con un dragón, debido a la similitud de su racha fluida, casi orgánica, con el vuelo de una criatura mítica. Era como una fisura que atravesaba el aire oscuro y nublado sobre ellos.

“… Hey.”

Incapaz de discernir si realmente estaba llamando a otro o simplemente pronunciando la palabra, Shin sólo se dio cuenta de lo que era cuando dirigió su mirada en dirección a la voz aturdida de Raiden. Incluso con los relámpagos apagados, el exterior seguía siendo luminoso.

No había luna —por no decir sol— para disipar la oscuridad. Algo como la luz de las estrellas, como el brillo de la nieve, como el resplandor azul pálido de las noctilucas. Un débil resplandor que se había fundido en la oscuridad.

Shin sabía que, aunque el rayo cayera directamente sobre la nave, no atravesaría el cristal de la ventana. Aun así, se acercó a la ventana con una precaución instintiva. Al mirar al exterior, sintió que se le cortaba la respiración.

La fuente de la luz era el propio Stella Maris.

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En el borde del casco, justo debajo de la cubierta de vuelo, los dos soportes de los cañones de 40cm y los cañones mismo estaban encendidos. También el propio puente. A pesar de la oscuridad que borraba la proa del barco, la electrocución les obligó a iluminarse. Una luz azul, sin calor, como un testamento.

Esta luz desconcertante daba al barco la apariencia ilusoria de un barco fantasma, que navegaba por el mar para siempre con las velas rasgadas y el mástil roto.

Quizás el mundo entero era una especie de ilusión. La historia de la humanidad, su orgullo. El hecho mismo de que la gente haya vivido. El valor de la humanidad, todas las cosas que apreciaban y tenían como queridas, no eran más que una ilusión sin sentido.

Shin apretó el puño con fuerza. El vacío que cruzó su mente detuvo ese tren de pensamiento en su camino.

… Eso no es cierto.

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