Goblin Slayer

Volumen 8

Interludio 5: De Cómo es Mejor que Matar Dragones, Probablemente

 

 

«¡Bueno, ese es un buen plan!»

«Oh, eres muy amable.»

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Estaban en la casa de un noble, que estaba junto al río que pasaba por la capital. Era tan tarde en la noche que hasta las lunas habían escondido sus rostros.

Dos hombres se sentaron a beber en la mesa de un salón cuyo lujo correspondía a un alto funcionario.

Uno de los hombres vestía ropa cortada para acomodar su corpulento cuerpo; era parte de la nobleza de esta nación.

Frente a él se sentaba un hombre que llevaba una extraña marca sagrada en forma de un solo ojo acechante; él era uno de los que seguían a un culto maligno.

En resumen, este era uno de esos eventos que se habían celebrado una y otra vez desde la fundación del mundo, un banquete entre compañeros en el mal.

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«Controlar a los goblins usando la piedra ardiente del cielo, haciendo que secuestren a la princesa y la sacrifiquen para resucitar al gran demonio…»

«Si pudiéramos cruzar al gran demonio con la cosa de más allá de las estrellas, podríamos crear un verdadero horror», continuo el cultista.

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«Podría hacerse pasar por la princesa, pero estaría bajo nuestro control, para que pudiéramos manejar al rey de alguna manera.» El noble dio una risa que hizo temblar su panza. No parecía tener ninguna duda sobre su capacidad para controlar una entidad desconocida de otro plano. «Si por lo menos una de esas tramas tiene éxito, todo bien. Pero incluso si todas fallan, si difundimos el rumor de que la princesa fue violada…»

Entonces nadie querría casarse con ella. El poder de la línea de sangre disminuiría, la gloria real del rey se vería ensombrecida, y las balanzas de la Corte se inclinarían dramáticamente.

«¿Por qué debería ese inmaduro aventurero dirigir el gobierno sólo porque tiene unas pocas gotas de sangre real en su interior?» dijo el noble, agitando su cabeza en un intenso descontento. Era un gesto desbordante de compasión por el mundo, con justa indignación, totalmente característico de la gran cantidad de gente de clase alta de la ciudad. Decía más sobre quién creía que era apto para controlar el gobierno que mil discursos.

«…En cuanto a mí, estoy perfectamente contento con dejar que Su Majestad se siente en el trono, mientras mi fe continúe extendiéndose,» dijo agradablemente el noble seguidor del Dios de la Sabiduría. «Que sea conocido es bueno para mis ganancias, después de todo.»

«Pero ¿qué hacer con la héroe?»

«Muy fácil. Es una niña dulce a la que podemos envolver en nuestro dedo meñique con un poco de adulación: ¡Oh Platino!, diremos. ¡Oh, gran héroe!»

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El primer noble permitió que el cultista le sirviera más vino. Se limpió unas gotitas rojas con su manga.

«Si ella nos sigue la corriente después de eso, está bien», continuó el cultista. «Si no, encontraremos una excusa conveniente para enviarla a una misión suicida.»

«No me veo a mí mismo llevándome muy bien con las de su tipo.»

«Ni ella contigo, sospecho. Cómo me gustaría verla a ella y a sus amigas rogando por sus vidas».

El noble sonrió ante la desagradable imagen que tenía en su mente. El cultista, al darse cuenta de su diversión, se rió y sorbió su propia bebida. Poco le importaba lo que le pasara a la llamada héroe, o sabia, o santa de la espada, mujeres, todas ellas.

Pero si su engendro fuera a ganar sus poderes, qué cosa sería. Sí, eso era todo lo que le importaba.

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El conocimiento era poder, y el poder gobernaba el mundo. Pocos podían entender realmente lo dulce y hermoso que era eso.

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Ese pensamiento podría haber provocado, en cierto sentido, un pequeño hecho que pasó por la mente del cultista y luego desapareció.

«…Estaba pensando, hace tiempo que no oigo rumores de ese intruso.»

«Jeh-jeh… qué, ¿crees lo que dice la gente? No me hagas reír. Son sólo las fantasías ociosas de los campesinos».

Fue entonces cuando ocurrió.

El terremoto, el viento, el trueno.

Por un momento, pensaron que quizás era el sonido del río que se había vuelto especialmente violento, pero luego llegó el rugido.

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Era, literalmente, el sonido de un ariete en las puertas del castillo, la proa de un barco golpeando una muralla.

Atravesando la pared de la sala de estar llegó, de hecho, la proa de un ferry.

«¿Qu-Qué significa esto?», gritaron el noble y el cultista.

La respuesta llegó desde el ferry: «Ha pasado mucho tiempo, escorias.»

El remero existía más como una silueta pequeña y tenue… a juzgar por las líneas de la ropa negra de la figura, ¿podría ser una mujer joven?, pero este espía no era la fuente de las palabras.

En cambio, el orador era un hombre, de pie junto al remero con una dignidad que parecía fuera de lugar. Miró hacia los asombrados villanos y gruñó burlonamente: «Ha pasado mucho tiempo, escorias. ¿Me han echado de menos?»

Mira, sí, mira su reluciente indumentaria. Resplandecientes incluso en la oscuridad estaban su armadura, su escudo, su casco y sus guantes, así como la espada que colgaba de su cadera. Llevaba suficientes objetos mágicos para asombrar a cualquier espectador: una bendición de Sanación, una Luz Desterradora del Mal, un encanto Anti-Congelante, una Llama Primordial, y un Viento Giratorio. Y su nombre era…

«¡El Caballero de Diamantes…!» (NOVA: Suena como las cartas, ya saben, tréboles, corazones, espadas y diamantes.)

Se suponía que él no era más que un mito, un cuento de hadas que se contaba entre la gente común. Un fantasma sobre el que los rumores se habían extendido por la ciudad en los últimos años. Un hombre que escondió su rostro y castigó el mal en la oscuridad, un verdadero caballero de las calles.

Pero él no podía ser real; no había nadie tan loco.

Para empezar, masacrar a mercaderes corruptos y a nobles y cultistas por iniciativa propia… ¿no lo convertía eso en un simple asesino? ¿Cómo podía ese muchacho que jugaba a ser rey, con toda su charla de rectitud, permitir que tales actos no fueran controlados?

Sin embargo, ahí estaba, justo enfrente de ellos. ¿Pero quién era él exactamente? ¿O qué?

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Debe ser un simple degenerado.

Así parecía pensar el noble. Había recordado su propia posición y honor o había llegado a la conclusión de que su visitante era un simple bueno para nada. Sintiendo que ahora tenía una mejor comprensión de su propia posición, dijo con fuerza: «¡Idiota insolente! ¿En la residencia de quién crees que estás? ¡Quítese el casco, ahora mismo!»

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«Oh-jo. Así que quieres ver mi cara, ¿eh?» El Caballero de Diamantes sonó casi divertido; se rió con un sonido como el de un león mostrando sus colmillos. «Me alegraría complacerte… pero no creo que te vaya a gustar».

Con eso, esos brillantes guanteletes llegaron hasta su visera, levantándola sin hacer ruido.

Entonces su rostro se reveló. Tanto el noble como el cultista sintieron que sus ojos se abrían de par en par.

«¡¿Qué…?!»

«¡No-No puede ser…!»

Eso era todo lo que podían decir.

Estaban presenciando algo que no podía ser. Algo increíble, algo que no debería existir… pero la cara del caballero era una cara que conocían muy bien.

Sus rodillas se debilitaron, y jadeaban, olvidándose de sí mismos mientras balbuceaban: «¡Vengan! ¡Salgan!»

Los gritos hicieron correr a hombres armados de la guardia personal del noble. El cultista, mientras tanto, deformaba el espacio al convocar fiends y ghouls de otro plano. El hecho de que los guardias no se acobardaran ante esto era prueba suficiente de que eran coconspiradores de los hombres. (NOVA: Dejamos los nombres fiends y ghouls en ingles porque al igual que la palabra goblins no tiene una traducción correcta al español. Y no, no es un duende, porque esa palabra la usamos para demasiadas criaturas diferentes como leprechauns, pixies, imps, elfos, gnomos, etc. Por eso es mejor usar los nombres en ingles muchas veces.)

Dioses. El Caballero de Diamantes gruño.

Sí, había que tener la mente lo suficientemente abierta como para aceptar a todo tipo de personas, pero esa no era razón para hacerse de la vista gorda ante el mal. Y no había forma de conversar con hombres como éstos; ellos simplemente trataban de tergiversar todo para su beneficio. Además, considerando lo personal que era lo que estaba en juego en este caso, todo parecía hecho a medida para poner al caballero de muy mal humor.

La joven mujer en las sombras, pareciendo sentir los pensamientos del caballero, dejó escapar un suspiro de exasperación y resignación al mismo tiempo. El Caballero de Diamantes la ignoró completamente, riéndose a carcajadas.

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«Parece que están más allá de las palabras. Su destino está sellado.»

Todavía mirando al lastimoso noble que tenía frente a él, el caballero bajó una vez más su visera y desenvainó su espada.

La hoja era todo un destello cegador, el golpe tan violento y tan preciso que incluso el viento de la espada que pasaba podría haber decapitado a un hombre.

Como para enfatizarle a los hombres que no podrían huir de su espada, el Caballero de Diamantes declaró: «¡¡¡En nombre del cielo, reclamo sus vidas!!!

Aquí, ahora, ya no había lugar para la misericordia.

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