Goblin Slayer

Volumen 8

Capítulo 9: Mano de los Goblins, Signo de Destrucción

Parte 2

 

 

La mano del gran demonio estaba hambrienta y marchita.

La carne y el alma de un goblin… ¿cuántos nutrientes podría haber en esas cosas?

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Aventureros.

Tenía que matar a los aventureros, los Oradores.

Los pobres tontos deben estar preparándose para morir. Sus vidas. Sus almas. Su desesperación.

La mano acarició suavemente el aire, buscando estas cosas.

Allí.

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Los sentidos de un gran demonio, los pensamientos de un monstruo así, estaban tan alejados de los de los aventureros que no podrían esperar comprenderlos. Al final, era simplemente imposible imaginar lo que él -¿o ella?- podría estar pensando.

Pero había un enano, moviéndose lentamente hacia atrás con el hombre lagarto, la niña elfo y el sacrificio humano. La forma en que los músculos se golpeaban cuando el monstruo reconoció que el enano tenía que ser inspirado por algo que podríamos llamar alegría, o al menos avaricia.

Los músculos de la mano del gran demonio se apretaron y abultaron, todo palpitando.

Luego saltó… en cuyo momento exacto una piedra llego volando desde un lado.

La mano se detuvo como si hubiera sido abofeteada, la muñeca giraba hacia aquí y hacia allá.

«¡Por… aquí!»

Era sólo una roca. Con honda o sin ella, la contextura delgada de la joven no iba a ser suficiente para hacerle ningún daño.

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Pero allí estaba ella, una chica de pie, luchando contra el miedo y el frío.

Cuando la vio, los movimientos de la mano del gran demonio se volvieron sorprendentemente rápidos. Se retorció hacia ella, sus horribles dedos deslizándose por el suelo como arañas.

«¡¿…Eek?!» La Sacerdotisa exclamó ante el terror que emanaba. Se estaba moviendo rápido, probablemente demasiado rápido para que ella pudiera lidiar con ella. La atraparía, la apretaría, la retorcería y la rompería, la exprimiría y la ahogaría. Su carne y sus huesos se reducirían a papilla, sus entrañas a una sopa ensangrentada; sería completamente destrozada antes de morir.

«¡Como si fuera a dejarte…!»

“¡¿—?!”

La Sacerdotisa nunca cerro los ojos mientras la mano se acercaba a ella. Y luego, en el instante antes de que la agarrara, el brazo fue lanzado de lado.

¿Fue por el suelo helado? No. ¿Magia, entonces? No.

«Algunos lo llaman el Aceite de Medea. Otros, petróleo. Es gasolina».

Había un aventurero con un casco de metal barato, una armadura de cuero sucia, un escudo redondo atado a su brazo y una espada de una extraña longitud en la cadera. Incluso un principiante tendría mejor equipo que este hombre, que ahora tiró una pequeña botella al suelo.

Una viscosa sustancia negra corrió por el suelo.

“¡          !”

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El monstruo no pudo mantener el equilibrio, resbalando y luchando.

«Goblin Slayer, señor, ¡fuego…!»

«No podemos, hace demasiado frío», dijo él bruscamente. «¡Retrocede y vete!»

«¡Sí, señor!»

La Sacerdotisa corrió tan cautelosamente como pudo, teniendo cuidado de no resbalar sobre el hielo mientras avanzaba hacia un rincón de la habitación. Goblin Slayer se movió para cubrir su retirada, metiendo la mano en su bolsa de objetos.

«’Nunca salgas de casa sin el’, ¿eh?» Él susurró las palabras que la Sacerdotisa decía tan a menudo y sacó un gancho para escalar.

Lo lanzo hacia la mano que revoloteaba sobre el hielo y el aceite. Lo sintió asegurado; seguramente no lo suficiente como para causarle dolor, pero….

«¡Hrm….!»

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Cuando lo tensó, el gigantesco brazo se deslizó sobre la gasolina, resbalándose. Esto ayudaría a compensar de alguna manera el gran abismo que había entre en su fuerza y peso. No era suficiente con poner la batalla a favor de Goblin Slayer, obviamente, por lo que tenía que tener cuidado con lo que hacía.

«¡Ven…!» Le dio a la cuerda un tirón como si dirigiera a una vaca que se negaba a escucharle. Enrolló la cuerda alrededor de la mano varias veces mientras continuaba luchando con la gasolina.

Hacer que suelo resbaladizo estaba bien, pero no tendría sentido si quedaba atrapado en su propia trampa. Deslizó los pies para mantener el equilibrio. Bajó sus caderas, puso su fuerza en sus piernas. Si sobrevivía a esto, tendría que ponerles tacos a sus botas, o tal vez cubrirlas con piel.

“¡—!”

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Pero el enemigo, sin embargo, no iba a dejar que Goblin Slayer se saliera con la suya. La mano del gran demonio retorció su muñeca poderosamente, como si estuviera golpeando a una mosca especialmente molesta.

«¡¿Hrah….?!» Goblin Slayer fue levantado en el aire.

Un momento después, se estrelló contra la pared de la recámara como un juguete en una cuerda que estaba siendo manejada por un niño descuidado.

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«¡¿Hrgh?!»

Oyó cómo se rompía su armadura, pero no soltó la cuerda.

Cayó al suelo, golpeando el suelo justo antes del impacto para suavizar la caída. Él estaba bien. Nada le dolía lo suficiente como para que estuviera roto.

«¡Goblin Slayer, señor!… ¡¡¡Goblin Slayer!!!» La Sacerdotisa, adentrándose en la habitación, se volvió y lanzó un grito como si fuera a estallar.

«¡No hay… problema…!»

Con un chasquido de su lengua, Goblin Slayer se levantó.

Sí, todavía puedo hacerlo. Es peligroso, pero posible.

Todavía estaba en mejores condiciones que después de la paliza que ‘como sea que se llame’ le había dado bajo las ruinas. Quizás ese había sido un monstruo de más alto nivel de lo que se había imaginado.

Por otra parte, también era posible que su propio nivel hubiera aumentado.

Lo que sea. La cuestión es que, la diferencia entre su poder y el mío no es absoluta.

Él resopló, encontrando su propio pensamiento cómico, y luego se puso de pie inestablemente.

«¿Cómo te va por ahí?»

«¡B-Bien!» Dijo la Sacerdotisa, volviéndose rápidamente hacia su propio objetivo. «¡Ya… ya casi estoy ahí!»

Cuando la Sacerdotisa llegó a las puertas dobles que descansaban al otro lado de la cámara funeraria, sacó un objeto.

La Cinta Azul. El objeto que la Doncella de la Espada le había dado, y que él le había entregado hace un momento.

La Sacerdotisa ató la cinta alrededor de una de sus manos y empujó la puerta.

Cuando lo hizo, una luz azul comenzó a brillar al lado de la puerta, y una fila de símbolos se esculpió en el aire.

Era una luz misteriosa, alguna vez perdida. La Sacerdotisa se mordió el labio mientras brillaba sobre ella.

Lo sabía, pensó la Sacerdotisa, recordando las palabras de la Doncella de la Espada. Ella puso una mano en su pequeño pecho. ¡Esta es la llave de este lugar…!

La Sacerdotisa rápidamente pasó sus delgados dedos sobre el teclado. Estaba todo bien. Ella podía hacer esto. «¡Cuando quieras!»

«¡Ya veo…!» Goblin Slayer tiró de la cuerda con toda la fuerza que le quedaba.

¡Se oyó un snatch! mientras la mano se aferraba al suelo, luchando por no moverse.

Fue un tira y afloja… por un instante.

«¡¿Hrn…?!»

Inesperadamente, la mano se puso flácida y Goblin Slayer se cayó. La mano del gran demonio, que había dejado de resistírsele, movió sus dedos mientras se deslizaba hacia él.

«…¿Eek?!» La Sacerdotisa soltó un grito involuntario. Sentía que la cámara funeraria estaba de repente varios grados más fría.

La energía mágica giraba alrededor de la palma de la mano del gran demonio, el aire chirriaba.

¿Otra ventisca…?

Las batallas pasadas de la Sacerdotisa pasaron por su mente como una inspiración.

El ogro gigante.

El brazo levantado.

El remolino de magia… conflagración.

Y él, de espaldas a ella.

Antes, ella había usado todo, no había sido capaz de moverse.

Pero ahora.

Ahora….

«Goblin Slayer, señor!»

«¡Orcbolg!»

Una habilidad lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Como la arquería de la Arquera Elfa Superior.

Ella levantó una pierna para apoyar su arco, a su izquierda, jalando el hilo con los dientes. Era extraño, y sin embargo, hermoso. Y en cuanto a la flecha que había preparado…

«¡Oh, alas de hoz de velociraptor, rasguen y desgarren, vuelen y cacen!» El Sacerdote Lagarto usó la poca fuerza que había recuperado para invocar su Garra Espada. «¿Qué es esta gran destrucción tuya? ¡Si quieres convertirnos en cadáveres, lánzanos la piedra de fuego caída del cielo y hazlo de esa manera!»

La llama de su fuerza vital, que se había desplomado, había empezado a arder un poco más brillantemente. La ayuda para obtener este último vestigio de conciencia, que él no podría haber mantenido de otra manera, no provenía de sus antepasados.

Porque, por supuesto, no estaba solo.

«Llama danzante, la fama de la salamandra. ¡Danos una parte de eso!»

Fue gracias al Chamán Enano, que había usado un poco de carbón como catalizador para lanzar el hechizo Encender.

Con la renombrada resistencia de sus compañeros, el Chamán Enano los había puesto justo enfrente del ascensor. Ahora sonrió y tomó un sorbo de vino de fuego.

«¡Hazlo, Orejas Largas!»

«¡Hhhhh-rahhhh!!»

Un bramido muy poco elfico llenó la habitación, y hubo un destello de luz.

Los colmillos de dragón, los colmillos de su compañero, se estrellaron contra la mano del gran demonio.

“¡¿—?!”

No era suficiente, por supuesto, como para causarle un grave dolor. Eran sólo los disparos de una elfa moribunda (sin importar cuán magnífica arquera pudiera ser) contra un gran demonio de alto nivel (aunque sólo fuera la palma de su mano). Habría sido suficiente si hubieran podido atravesar su piel. Y sí, fue suficiente.

Los colmillos de los temibles nagas fueron lo suficientemente poderosos como para impedir que la mano invocara su magia. Se tambaleo debido al impacto, el vórtice de energía mágica desapareció como el agua salpicada sobre el borde de una taza. El aire retorcido volvió a su lugar y, en ese momento:

«¡Yaaaah…!»

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Goblin Slayer no desaprovecharía esta oportunidad. El gancho para escalar, que él había jalado usando solo su fuerza, junto con el aceite en el suelo, hizo que la mano del gran demonio se deslizase.

“¡—!”

Ahora.

Con la amenaza deslizándose directamente hacia ella, la Sacerdotisa no dudó ni por un momento: empezó a tocar el teclado del ascensor.

Las puertas se abrieron sin hacer ruido. La mano del gran demonio se deslizó dentro, literalmente.

“¡—!”

Más allá de las puertas no había nada más que un agujero que conducía a una gran caída. Ninguna criatura viva podría sobrevivir a la caída… pero la mano del gran demonio no asumiría su derrota tan fácilmente.

Incluso mientras se resbalaba y se deslizaba sobre la gasolina, extendió sus dedos, tratando de agarrarse a una pared o arrastrarse. Parecía una especie de araña extraña, una temible criatura de otro mundo. Puede que no lograra escapar a la caída, pero estaba decidido a llevarse a esta chica con él.

Si al gran demonio le quedaba algo de conciencia personal, lo más probable es que ese fuera su pensamiento.

Razón de más para….

«¡Oh, Madre Tierra, abundante en misericordia, por el poder de la tierra, danos seguridad a los débiles!»

Razón de más para desempeñar su papel, aquí y ahora.

Su oración, una oración que consumió parte de su propia alma, llegó hasta el cielo y la hizo merecedora de un milagro de la toda misericordiosa Madre Tierra.

La invisible barrera de Protección se extendió hacia ambos lados, como una tapa, para proteger a su devota seguidora.

«¡Hrghh….!»

La mano del gran demonio, desairada, golpeó airadamente contra la barrera, haciendo que la Sacerdotisa hiciera cada vez un gesto de dolor como si ella misma estuviera recibiendo los golpes.

Pero eso fue todo.

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Poco después, la mano comenzó a resbalarse, y aunque clavó sus uñas en las paredes, reticente a abandonar la lucha, fue arrastrada inexorablemente de vuelta hacia el pozo, hasta que cayó en la oscuridad.

Hubo un largo y silencioso momento. Finalmente, las orejas de la Arquera Elfa Superior temblaron, y ella dejó escapar un suspiro. «¿Lo… logramos?»

Ella misma no parecía estar segura.

La Sacerdotisa, sin embargo, no respondió. De hecho, no podía responder. El hormigueo en su cuello aún no había desaparecido.

¡Esto no ha terminado…!

“¡—!”

Hubo un golpe sordo profundo, y una pequeña fractura corrió a lo largo de la barrera de Protección como un vidrio a punto de romperse.

«¡¿Ah, ahhhh…?!»

La mano del gran demonio mayor había flexionado cada músculo que tenía para saltar hacia arriba y lanzar su puño contra la barrera. La Sacerdotisa gritó de dolor como si ella misma hubiera sido golpeada y cayo de arrodillas.

¡Thud! Un segundo golpe.

«¡¿Ugh… Hrgh…?!»

La visión de la Sacerdotisa se nubló cuando una onda de choque atravesó su plexo solar. No podía respirar. Cayó postrada y gimió.

«Hrrr… Ahh…»

Un tercer golpe. Se sintió como si le estuviera arrancando las entrañas; fue arrojada de nuevo de rodillas.

¡Pero… no puedo…!

Ella obligó a bajar a los amargos fluidos que amenazaban con subir, mirando fijamente hacia adelante.

No puedo rendirme… Esto no ha terminado… ¡No ha terminado!

No era que tuviera algún tipo de garantía. Ella simplemente creía.

Creía que no debía ser derrotada aquí.

Los goblins. La cota de malla robada. La chica rescatada. Su yo rescatado. La Doncella de la Espada. Sus amigos.

Los pensamientos se arremolinaban en su mente. ¿Era esto lo que significaba que la vida de uno pasara ante sus ojos? No, no. Este no era el momento para perderse en sus recuerdos.

¡Goblin… Slayer… señor…!

«¡Ya viene!»

Sus palabras le sonaban a ella como una bendición. Ella se aferró a ellas, se apoyó en ellas, se puso de pie con ellas.

La mano del demonio mayor se endureció. Fue empujada desde abajo, empujado contra el muro sagrado.

¿Por qué… cómo?

De alguna manera, la Sacerdotisa sintió que podía entender la confusión de la mano. Esto trajo una sonrisa a su adolorida cara.

«Esto es… un ascensor», dijo ella. «¡Y tú vas a subir con él…!»

Fue la «caja», que se levantaba desde abajo, la que tuvo el efecto crítico. La mano del gran demonio quedó atrapada entre la estructura metálica que se elevaba rápidamente hacia la superficie y la barrera de Protección….

“—! —…! ! !! !!!! !”

Sobrevivió durante varios segundos antes de que, con un asqueroso estrujar, se redujera a trozos de carne.

Con la conexión maldita cortada, el cuerpo del goblin que el gran demonio había estado usando se había virtualmente derretido. Pasó por el ascensor convertido en horribles y apestosos riachuelos negros.

Un momento después, Protección desapareció, su trabajo estaba hecho, y el incongruente y alegre ¡ding! del ascensor sonó en la cámara funeraria. Las puertas se abrieron deslizándose sin hacer ruido. Eran la entrada a un pozo sin fondo, al abismo mismo.

Todo el mundo respiraba con dificultad, con jadeos irregulares, y durante un tiempo, nadie habló.

«…Un martillo y… un yunque…» La Sacerdotisa consiguió a decir finalmente. Casi tropezó, usando su bastón para mantenerse a sí misma. Puso su mano libre contra su estómago palpitante.

Este era su límite absoluto. Se quedaron sin oraciones después de haber luchado todo el camino hasta aquí desde el momento en que entraron en la ciudad fortificada.

Cuando el cuerpo delgado y elegante de la Sacerdotisa se inclinó hacia adelante, se sintió sostenida por una mano enguantada y áspera que la abrazaba y la acercaba.

«Así es», dijo Goblin Slayer. «Hiciste bien en recordarlo.»

«Porque tú…» La Sacerdotisa sonrió, con su cara sudorosa. «Porque tú… me lo enseñaste.»

«…¿Es así?»

«Sí.»

Goblin Slayer se quedó en silencio, apoyando su hombro mientras caminaban. Un paso, luego otro. Se movieron a lo largo de un piso cubierto de aceite y hielo y sangre y carne, un paso a la vez, siempre hacia adelante.

Frente al ascensor -tan cerca, pero tan lejos- ella encontró a sus compañeras apoyándose unos a otros mientras la esperaban, como ella sabía que lo harían.

Justo lo contrario de otro momento en el que puedo pensar, la Sacerdotisa pensó repentinamente y sonrió.

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Nadie actuaba como si se apiadaran de ella, pero ella apreciaba el suave paso con el que avanzaban. Y de repente, se dio cuenta de algo. Algo que podría haber sido menor, trivial.

Él nunca… me ha apoyado antes mientras caminábamos.

La Sacerdotisa pensó que podía sentir el calor subiendo por sus mejillas y miró hacia abajo. Ella vio sus botas y sus propios pies lado a lado.

Así que no todas las primeras veces eran malas.

Ese fue su pequeño discernimiento, aquí en el corazón de esta mazmorra.

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