Goblin Slayer

Volumen 8

Capítulo 8: El Corazón del Remolino

Parte 1

 

 

«¡GGRROROB!»

«¡GRBBR! ¡GOORGGBG!»

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Gruñidos, sucias maldiciones resonaron a través de la cámara funeraria. La princesa lo oyó todo desde el lugar donde yacía en el suelo, atada con retazos de sus propias vestiduras. Ella intento ver, pero la oscuridad, la penumbra y el miasma lo hacían muy difícil.

Su cara estaba hinchada, su visión ladeada nublada por las lágrimas, y su nariz y boca estaban tan secas que le ardían.

Lo cual era natural, después de la paliza que había recibido, pensó ella distantemente. Debía tener un aspecto horrible.

El pensamiento hizo que su nariz se estremeciera, y las lágrimas amenazaron con acumularse en sus ojos de nuevo. Entonces se derramaron, junto con una corriente de mocos; la resolución de contenerlos había sido extraída de ella.

Lo que sea que la estuviera esperando, no sería mejor de lo que ya había pasado. Ese pensamiento la aterrorizó. Cuando pensó en las terribles y blasfemas posibilidades, incluso el frío de las sucias piedras sobre las que yacía se desvaneció hasta convertirse en algo insignificante.

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«¡GOROGGBGO! ¡GROG!»

«¡GGGGOROGB!»

En el altar, el goblin que llevaba ropa elaborada estaba gritando algo.

Su traje era el de un usuario mágico, uno vuelto cómico y horriblemente teatral. Todo su cuerpo estaba cubierto de tatuajes geométricos… eran «manos»… y él era el líder de los goblins.

La princesa se encontró temblando ante la idea de que pronto sería golpeada, violada y ultrajada hasta el borde mismo de la muerte. «¡Heek… Eek…!»

«¡GGBGOROGOBOG!»

«¡GOR! ¡GBOGOGB!»

Los goblins habían empezado a reírse de nuevo de la lastimosa niña. No se estaban divirtiendo específicamente del hecho de que la hermana pequeña del rey había sido reducida a tal estado. No, simplemente disfrutaban del hecho de que alguien más patético que ellos se acobardara y llorara.

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Si los goblins hubiesen sabido quién era ella, probablemente la habrían tratado aún peor. Los goblins nunca intentaban ocultar sus celos o rencores. La niña sabía muy bien que había caído en un oscuro pozo donde las lujurias de estos monstruos se desataban sin control.

No había ayuda.

No había salvación.

Todo estaba perdido, todo le había sido robado, todo en ella había sido degradado.

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Y sin embargo, los goblins aún tenían la intención de tomar de ella hasta el último vestigio de lo que tenía.

Nunca estarán satisfechos. Estoy segura de ello.

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Ella podría disculparse, llorar y rogar, pero no sería suficiente para ellos, incluso si muriera.

La única manera de que se distrajeran era si se cansaban de ella, o si se olvidaran de ella o si su interés fuera atraído por otra pobre víctima.

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«Ooh… Ah… Ergh…»

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A la luz de ese hecho, ella había decidido, como mínimo, no pedir perdón. No por un deseo de resistir a los goblins, o por orgullo. Simplemente porque no quería caer tan bajo, y porque sabía que suplicar no serviría de nada.

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No se hacía ilusiones: los goblins también le robarían esa resolución, y probablemente en cuestión de minutos.

«¡GGBGBGBG!»

«¡GRB!»

El líder goblin levantó su bastón… era una mano seca… y la agitó, dando a sus subordinados algún tipo de orden. Se oyó una ráfaga de pasos húmedos mientras los sucios monstruos se acercaban, llenos de codicia.

Los rostros de su difunto padre y madre resplandecieron en su mente. Luego ella vio a su hermano mayor.

¿Estaba enfadado con ella? Se preguntó. ¿Preocupado por ella? Sólo podía imaginárselo.

Todo lo que quería, lo único que quería, era volver a casa.

Pero nunca lo haría. No sin un milagro…

***

 

 

«Intenté investigar en el templo, pero su tatuaje es de un tipo que yo nunca he visto.»

El ascensor llevaba a los aventureros hacia abajo en silencio. Si no fuera por la sensación de que flotaban bajo sus pies, nunca habrían pensado que estaban en una caja en movimiento.

La Arquera Elfa Superio frunció el ceño y movió las orejas, por lo que el Sacerdote Lagarto le aconsejó: «Traga saliva.» Ella hizo lo que él dijo, y la incomodidad en sus oídos pareció desaparecer.

«Sin embargo, creo firmemente que tienen a un hechicero con ellos.»

«Un chamán goblin, ¿verdad?» dijo la Sacerdotisa.

«No puedo decirlo con seguridad», dijo Goblin Slayer, haciendo que la Sacerdotisa palideciera un poco. Ella ya había pasado el punto en el que podría haberse congelado de miedo, pero un enemigo así no era alguien a quien había que enfrentarse sin ansiedad. Ella agarró su bastón y dio un respiró hondo. Luego otro. Lleno sus pulmones y luego lo dejo salir.

La Arquera Elfa Superior le dio una palmadita en los hombros, que subían y bajaban.

«… ¿Estás bien?»

«Sí», dijo la Sacerdotisa, sonriendo valientemente. «Estoy bien.»

Ella miró a Goblin Slayer, que estaba hablando con el Chamán Enano y el Sacerdote Lagarto. Planificando y calculando, sin duda. Le ayudó a relajarse el verlos actuar como de costumbre.

«Creo que podemos asumir que son los mismos goblins que han estado causando problemas en la zona últimamente. Él debería ser su jefe», dijo Goblin Slayer.

«Si tienes razón en eso, entonces… derribar primero al hechicero sería la forma más obvia de acabar con ellos.», contestó el Chamán Enano acariciando su blanca barba.

«No, pero creo que dependería del número y el equipo de nuestros oponentes», argumentó el Sacerdote Lagarto. El clérigo, miembro de los guerreros más renombrados, los hombres lagarto, giró su largo cuello de un lado a otro, vigilante. «En cualquier caso, si nos tendieran una emboscada cuando se abran estas puertas, sería una especie de cacería de patos.»

«Proyectiles, entonces», gruñó Goblin Slayer. «Qué problemático.»

«Oye, Orejas Largas», dijo el Chamán Enano sombríamente. «¿Puedes oír algo abajo?»

«Sólo porque sea un elfo no significa que pueda oírlo todo, ¿de acuerdo?» La Arquera Elfa Superior frunció el ceño y cerró los ojos, sus orejas se movían de arriba a abajo. Todos se callaron instintivamente. Sólo los suaves sonidos de su respiración llenaban el espacio.

Después de unos momentos, la Arquera Elfa Superior volvió a abrir los ojos. «…Hmm. Hay muchos de ellos, creo», dijo ella, pero no parecía muy segura. «Más de diez, supongo. Tal vez hasta veinte. Oigo muchos pasos. Aunque no puedo descifrar lo que llevan puesto».

«¿Algo más que hayas notado?» preguntó Goblin Slayer. «Cualquier cosa.»

«Ni es un sonido, pero…» la Arquera Elfa Superior sacudió su nariz. «Hay un olor raro. Viene desde abajo.»

«¿Crees que es gas venenoso?»

La respuesta a su pregunta vino del Sacerdote Lagarto. «No, creo que están realizando algún tipo de ritual. Quemar algún tipo de incienso sería bastante natural».

«Sea lo que sea, te garantizo que no nos hará nada bien el aspirarlo», dijo el Chamán Enano. Se jorobó pensativamente y luego aplaudió cuando se le ocurrió una idea. «Oye, Corta-barbas. ¿Tienes esas… esas cosas que usamos esa vez? Las cosas hechas de tela y ceniza que filtraban el aire viciado».

«Fueron algo improvisado debido a la necesidad. Con tiempo suficiente para prepararnos, sería mejor empapar un paño con antídoto». Goblin Slayer sacó de su bolsa una botella con un cordel alrededor del cuello. «Preferiría no usar una poción ahora, pero supongo que es el momento».

«Oh,» dijo la Sacerdotisa, levantando su mano, «¡entonces déjame…!» El grupo se volvió para mirarla. Ella se sonrojó, no estaba acostumbrada a ser el centro de atención. «Er, yo sólo, ajem, pensé que tal vez podríamos empezar con Luz Santa como siempre lo hacemos…» Sonaba más afligida cuanto más hablaba. «Pensé que tal vez eso sería… lo más seguro que podríamos intentar…»

Goblin Slayer hizo un rápido cálculo mental de sus hechizos restantes. Tres, y esto significaría usar uno al entrar.

Si la cautiva estaba a salvo, es decir, con vida, casi con toda seguridad pediría curación.

Eso los dejaría con un milagro. ¿Sería eso «un solo milagro» o «todo un milagro»?

Él volvió a meter la poción en su bolsa.

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«Encárgate».

«¡Bien!»

Su respuesta fue lo más sencilla posible, y la Sacerdotisa asintió vigorosamente, su rostro se iluminó.

«Muy bien. La Señorita Sacerdotisa se encargará de nuestra táctica de apertura, mientras que yo, supongo, estaré en primera fila.» El Sacerdote Lagarto hizo un extraño gesto con las palmas de las manos, con un aspecto muy emocionado. «Afortunadamente, he podido conservar los milagros que puedo pedirle a mis antepasados. ¿Qué hay de usted, maestro hechicero?»

«Veamos… Tengo dos hechizos más… no, tengo tres, pero…» El Chamán Enano escarbó entre su bolsa de catalizadores mientras hablaba y luego sonrió. «¿Qué te parece, Corta-barbas? ¿Qué es lo que quieres?»

«Una fuente de luz», contestó sin siquiera pensar. «El resto depende de ti.»

«Entendido. De eso me encargare yo, entonces.»

«Y yo haré lo que siempre hago», dijo la Arquera Elfa Superior, preparando su arco y sintiendo cuántas flechas le quedaban. «Mencionaron los proyectiles. Eso significa disparar. Me quedaré en movimiento. En caso de que el enano se caiga o algo así.»

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«No me caeré», dijo el Chamán Enano, mirándola fijamente. «¡Mientras no haya yunques que salten sobre mí!»

¡Huh! La Arquera Elfa Superior se puso roja y le respondió como se merecía, y así empezaron y discutieron, como siempre.

El Sacerdote Lagarto, que parecía encontrar el espectáculo relajante bajo esas circunstancias, giro sus ojos. «Después de eso, la clave será… la flexibilidad.»

«… No te refieres a actuar al azar, ¿verdad?» Dijo la Sacerdotisa con una sonrisa irónica.

«No», contestó Goblin Slayer, agitando la cabeza. «La flexibilidad es algo de lo que los goblins no son capaces.»

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