Goblin Slayer

Volumen 8

Capítulo 6: El Calvario de la Princesa

Parte 2

 

 

«Por favor, espere un momento.»

La voz llegó justo cuando el grupo estaba resolviendo el asunto de sus caballos en el establo.

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La Comerciante habían dicho que los caballos serían rápidos… pero eran animales de guerra, por lo que les faltaban las piernas delgadas de los caballos de carreras que parecían que podrian quebrarse en cualquier momento.

Había tres robustos corceles en total. El Sacerdote Lagarto eligió al más gigante de ellos para sí mismo; la Arquera Elfa Superior tomó las riendas de otro, mientras que el Chaman Enano subió por detrás de ella.

Goblin Slayer había estado a punto de montar el último animal, pero ahora se estaba girando con la mano sobre la silla de montar.

«¿Qué pasa?»

«Pensé que quizás ya te habías ido…» Una mano fue colocada contra su generoso pecho para evitar que se levantara: La Doncella de la Espada se quedó allí respirando con dificultad, habiendo corrido tras ellos. Ella permaneció de pie en la puerta durante unos segundos hasta que su respiración se tranquilizó.

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Dejó escapar un suspiro, con sus mejillas sonrojadas, y luego bajo su cabeza con gracia. «Primero, quiero… decir gracias, por esto.»

«No hace falta que me lo agradezcas», dijo bruscamente Goblin Slayer, agitando su casco de un lado a otro. «Es mi trabajo.»

«…Lo sé.» La Doncella de la Espada asintió, un gesto que casi hizo que pareciese que estaba a punto de derretirse.

«Resumí lo que investigué. Había muchas cosas que no entendí.» Él le dio un texto garabateado violentamente, que ella aferró a sí misma como si fuera algo precioso. Entonces ella metió una mano debajo de sus ropas, que se habían pegado a su piel y se habían vuelto ligeramente translúcidas debido a su sudor.

Reverentemente, saco varias hojas de papel hechas de piel de oveja, atadas entre sí.

«Esto es todo lo que recuerdo… la mazmorra, hasta el cuarto piso.»

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«¿El cuarto piso?» Goblin Slayer tomó el mapa y se lo pasó al Sacerdote Lagarto sin siquiera abrirlo.

De su caballo, el religioso tomó el objeto con sus ágiles dedos con garras y lo abrió, mirando por encima de él. El papel tenía una cuadrícula grabada, los cuadrados rellenados con una mano rápida pero controlada.

«Jo», el Sacerdote Lagarto respiraba admirado. «Esto está muy bien dibujado.»

«Solía ser el cartógrafo de mi grupo…»

«¿Pero el mapa no baja hasta al nivel más bajo?»

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«En el cuarto piso hay un remolino de energía mágica y miasma, el corazón de esa mazmorra.» La Doncella de la Espada sonrió, casi avergonzada, pero la expresión desapareció rápidamente. «Y si tienen la intención de ir por debajo de ese nivel…» Sus ojos ciegos miraron al grupo. «…ninguno de ustedes regresará.»

La Sacerdotisa involuntariamente miró a la Arquera Elfa Superior. Sus hombros estaban hundidos y su rostro tenso, muy parecido al de la Sacerdotisa muy probablemente, y sus orejas estaban caídas.

«Eso es muy reconfortante», dijo la Arquera Elfa Superior.

«…Bueno, supongo que eso es lo que dices cuando cientos o miles lo han intentado y sólo unos pocos han regresado,» dijo el Chaman Enano. Se paró frente a la Arquera Elfa Superior, con los brazos cruzados, acariciándose la barba. «Una vez escuché algunas historias desagradables sobre eso de mi tío.»

«En cualquier caso, no podrán descender más bajo del cuarto piso», dijo la Doncella de la Espada, pasando su mano por el escote que acababa de presionar. «Si no tienen esto…»

Con un movimiento suave, ella saco una colorida decoración de cuerdas.

Los ojos de la Sacerdotisa se abrieron de par en par al ver un breve destello de poder mágico salir del ornamento. Su mirada estaba mezclada con asombro, por las cosas que ella había oído de él.

¿Podría ser esta la Fuente del Poder, que una vez se dijo que había sido poseída por el Señor Demonio…?

«…¡¿Es eso un amuleto?!»

«Nada tan asombroso», dijo la Doncella de la Espada, tranquilizando a la excitable pero inocente chica mientras trabajaba en la cuerda azul con sus manos. «Sólo es una Cinta Azul. Una llave que les permitirá adentrarte más en la mazmorra». Ella presionó la cinta en la mano de Goblin Slayer. «Por favor, vuelve a casa sano y salvo.»

Goblin Slayer no respondió inmediatamente. La mano que estaba sobre su guante temblaba.

«Entendido», dijo un segundo después y luego cerró su mano sobre la Cinta. «Esa es mi intención.»

Él puso la Cinta en su bolsa de objetos, luego volvió a agarrar la silla de montar y se subió a su caballo. Entonces le tendió una mano a la Sacerdotisa. «Sube».

«¡A-Ahora mismo!» Ella agarró su mano, y él la levantó con una fuerza sorprendente. Ella sintió como si estuviera flotando por un instante, y luego se acomodó frente a él. «Caramba, oh…»

Sin otra forma de estabilizarse, sin estribos, tomó la melena del caballo con una mano. Entonces ella sintió que algo le sostenía la espalda.

La mano enguantada y áspera parecía tan firme, quizás porque no tenía su cota de malla.

«Ten cuidado de no caerte.»

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«C-Claro. ¡Tendré cuidado…!»

Cambió su pequeño trasero a una posición más cómoda, avergonzada de oír su voz entrecortada. Ella bajó la mirada, pero Goblin Slayer no le prestó atención, su casco girando hacia un lado y luego hacia el otro.

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«Vámonos.»

El Sacerdote Lagarto dijo estar de acuerdo y luego clavó sus garras en el flanco de su caballo. El animal de guerra relincho fuertemente y partió con un estruendo de cascos sobre las losas de piedra.

«¡Muy bieeeeen!» dijo un momento después la Arquera Elfa Superior y dio una patada a su propia montura, haciendo que el animal se elevara.

«¡C-Cuidado, yunque! ¡¿Qué crees que estás haciendo…?!»

¿»R-Rayos»? Wow, tranquilo, cálmate…. ¡Ahora, vamos!»

Mientras el Chaman Enano estaba en pánico después de casi caerse de espaldas, la Arquera Elfa Superior le dio una palmadita en el cuello a su caballo.

Los elfos tenían una conexión única con la vida animal. El caballo se calmó inmediatamente y, con un chasquido de las riendas, salió corriendo.

El último era Goblin Slayer, cuyo casco se giró para mirar a la Doncella de la Espada y a la Noble Esgrimista que estaban de pie cerca. Asintió, solo una vez, y luego tiró de las riendas.

«¡Eep!» La Sacerdotisa exclamó, sujetando su gorra para evitar que saliera volando mientras el caballo salió corriendo.

El sonido fue audible solo por un instante antes de ser tragado por el estruendo de los cascos, y momentos después, los aventureros estaban en camino. El rey debe haber avisado a la puerta, pues el grupo no se detuvo mientras pasaba a toda velocidad.

«…¿Alguna vez deseaste…?» dijo en voz baja la Noble Esgrimista mientras veía como se asentaba el polvo levantado por los caballos. «…¿alguna vez deseaste volver a ir de aventuras?»

«Esa es una buena pregunta,» dijo la Doncella de la Espada evasivamente. Apoyándose en la espada y la balanza, soltó un suspiro como si dijera que era complicado. «La razón por la que pude recuperarme fue porque seguía intentando aventuras con mis amigos. Y sin embargo…»

Sus ojos cubiertos miraron a lo lejos. Hacia el Norte. Al lugar donde una vez se aventuró. A la mazmorra. A donde él estaba yendo.

Pero lo que ella realmente estaba viendo, sin duda, eran sus recuerdos del pasado.

El ser atacada por goblins en su primera aventura.

Ella había conocido a su grupo tiempo después de que eso ocurriese. Así, la horrible experiencia debió haber sido quemada en sus ojos, para nunca desvanecerse.

Quemada, aunque había ocurrido mientras caminaba por una oscura mazmorra, intentando desesperadamente permanecer de pie.

«…Creo que ya no tengo el valor de enfrentarme a cosas terribles.»

Sus manos temblaron repentinamente. No, habían estado temblando todo el tiempo. Desde el momento en que los goblins fueron mencionados en el consejo.

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No, incluso antes de eso.

Sus manos le temblaban desde el momento en que tuvo que venir a la capital, atravesando un camino donde sería atacada por goblins. Ella estaba segura de que el temblor solo había cesado en el momento en que él la había protegido.

«Soy una mujer débil.»

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La Noble Esgrimista tomó aquellas palabras tranquilas como una respuesta a su pregunta. Miró al cielo. Azul, con nubes blancas corriendo a través de él, el sol brillando sobre todo.

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Sin embargo, bajo este cielo, había goblins. Siempre… y en todas partes.

«…Lo que es aterrador, es aterrador.»

Por eso hablaba tan planamente.

La Doncella de la Espada inclinó su cabeza como una pequeña niña. «¿No sientes que tenemos que superar nuestros miedos?»

«A veces, lo admito.» Una sonrisa parcial apareció en la cara de la Noble Esgrimista. «…pero otras veces, eso es todo lo que puedo hacer para enfrentarme a ellos.»

«Ahora vámonos.» La Noble Esgrimista entregó estas palabras a la Doncella de la Espada y luego se giró sobre sus talones.

De vuelta en el castillo, seguramente estaban discutiendo sobre la piedra que había caído en la montaña y planeaban qué hacer con el culto maligno. Había mucho que debería hacerse, mucho que tenía que hacerse, y no tenían tiempo de quedarse de brazos cruzados.

La Doncella de la Espada lo sabía tan bien como la Noble Esgrimista y la siguió caminando. Pero, justo cuando estaban a punto de pasar por la puerta del castillo, ella se detuvo y se giró.

Sus ojos cubiertos, protegidos, no podían ver a través del mundo.

La nebulosa sombra de su presencia ya se había ido a algún lugar más allá de la cálida luz del sol.

La Doncella de la Espada miró hacia abajo y puso su mano sobre los garabatos que él le había dejado, como los últimos vestigios de una silueta. Si ella los tocaba suavemente, las yemas de sus dedos podían sentir la tinta que él había dejado en la página. Podía leer las palabras.

Ella se aferró a esa sensación, soltó un suspiro.

«Ojalá todos los goblins desaparecieran».

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