Goblin Slayer

Volumen 8

Capítulo 5: Escena Maestra, Actores Tras Bastidores

Parte 1

 

 

«Entonces, ¿tienes algo que informar sobre la piedra ardiente del cielo que supuestamente cayó en el monte sagrado?»

El trono era un lugar agotador en el que estar. Pero también era un símbolo del poder del rey, no un lugar para relajarse.

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Aun así, la próxima silla que consiga va a tener un asiento más suave.

El joven gobernante, sin embargo, no dejó rastro de este pensamiento en su expresión; su conducta real era inamovible.

Su corte itinerante acababa de regresar la noche anterior, y ahora tenía este consejo a primera hora de la mañana.

La enorme sala de piedra estaba decorada con tapices, cada uno con una historia augusta, y rayos de luz otoñal entraban por las ventanas. Los cuales trajeron con ellos los colores de los vitrales sobre la hermosa y redonda mesa de piedra donde estaban ahora reunidos sus asesores más importantes.

Un ministro anciano, un cardenal pelirrojo, un mago de la corte de piel bronceada, un guardia real con armadura plateada y un aventurero con rango Oro.

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Además de éstos, había notables nobles, magos, eruditos, religiosos y mercaderes… gente de todas las tendencias.

Si uno iba a ser rey de esta nación, tenía que saber de todo desde el momento en que se convertía en rey.

Desde la fundación de la nación, que viene desde la fundación de la historia, el desastre y el caos habían llegado una y otra vez: el Señor de los Demonios.

Y cada vez, los reyes de los enanos y los elfos, y los jefes de los rheas y la gente bestia se habían reunido para un concilio de guerra alrededor de esta mesa.

Había aventureros y caballeros errantes presentes también, junto con magos y sabios cuyos orígenes no conocía realmente.

La mesa había sido tallada hacía siglos por el rey de los enanos, a quien le había parecido muy divertido que con una mesa redonda, no habría distinción de estatus entre los que se sentaban en ella.

Y cualquiera que hubiera estado en una aventura comprendía inmediatamente que ningún tipo de persona podía dictar lo que su grupo hacía.

Bueno, algunos no lo comprenden. Pero mueren muy rápido.

Él vio sonreír un poco a su guardia real… tal vez su viejo amigo se había dado cuenta de que había una pequeña sonrisa en la cara del rey.

«Muy bien, cada uno de ustedes, por favor, hablen cuando llegue su turno,» dijo el rey sobriamente, suprimiendo su sonrisa. Primero, un mago real se puso de pie.

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«Los astrónomos han visto a una estrella enferma caer inesperadamente sobre el tablero.»

«Bueno, ahora… ¿inesperadamente?»

«Sí, mi señor. La escuela está estudiando los textos antiguos, pero aún no han encontrado ninguna profecía que se asemeje a lo que ha sucedido».

El rey asintió profundamente ante las palabras del hombre de piel bronceada y luego hizo un amplio gesto para que se sentara. «¿Piensas, entonces, que podría ser el trabajo de Azar y no del Destino…?» Apoyó sus codos en los brazos de su trono y puso su barbilla en sus manos, pensando cuidadosamente. Sería mejor manejar una cosa a la vez. «¿Y qué hay del monte sagrado? Quiero saber qué ha hecho esta roca en llamas del cielo».

«Como siempre, uno no sube al monte sagrado, Su Majestad.»

Esta respuesta vino de un hombre que se destacaba incluso entre los miembros de este consejo. No llevaba ningún arma, solo un casco con cuernos estaba puesto en la mesa frente a él, y llevaba una cota de malla muy usada. Tenía abundante pelo negro y espeso, y de su cuello colgaba una insignia de categoría Oro; él era el único padfoot presente.

Su cara de perro se contorsionó con desagrado, y comió los bocadillos puestos en la mesa redonda con abandono.

«Una cueva o algo así, tal vez. ¿Pero escalar las paredes exteriores? Es un poco difícil.»

El hombre de la guardia real levantó su mano en un movimiento suave. Su musculoso cuerpo estaba protegido en el campo de batalla por una armadura de platino. Cuando el rey asintió, el hombre, el capitán encargado de la protección del rey, pasó una mano por su cabello y le dijo: «Majestad, sería un desafío llevar al ejército al monte».

«Podría haberlo adivinado.»

«En efecto, mi señor. No tiene espacio para mucha gente. No estoy seguro de cuántos de ustedes, sangre azul, podrían hacer el viaje».

El capitán, que provenía de la gente común, habló como si esto fuera lo más natural del mundo. Él veía la fuerza física de la familia real y de la nobleza con bastante ligereza.

Y tiene razón en hacerlo.

El rey tomó fuerzas de este viejo amigo, que ahora era un oficial del Estado Mayor a su lado.

El monte sagrado era la montaña más alta y peligrosa que se erigirá sobre su reino. Ninguna montaña le pertenecía realmente a aquellos que tenían palabras, pero en el caso del monte sagrado esto era aún menor. Si él enviaba al ejército, no había forma de saber cuántas bajas podría haber.

«Sin embargo, mi señor, sería posible rodear el monte en caso de que algo saliera de él», continuó el capitán. Las palabras eran orgullosas, con una probada experiencia militar tras ellas. «Ningún monstruo o enemigo lograra pasarnos y llegar al mundo conocido.»

Eso, según él, era el deber del ejército.

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Si los aventureros eran flechas que se podían soltar directamente sobre un objetivo, el ejército era un escudo que protegía el reino. El ejército no lo llevaría a la fortaleza del Señor de los Demonios, ni, estando allí, triunfaría contra el enemigo. Los soldados sólo usaban armas producidas en masa y armaduras que los herreros producían tan rápido como podían. Su única experiencia era la disciplina sin fin, día a día. No les daba esperanzas de victoria.

Pero, ¿detener a las fuerzas venideras del Señor de los Demonios? Ellos podían hacer eso. Podían interponerse en el camino del enemigo invasor, formando un muro de lanzas para impedir su avance. Y eso… era algo que los aventureros ciertamente no podían hacer.

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«Un pequeño número de personas actuando solas podría tener una mejor oportunidad.» El aventurero de categoría Oro, consciente de todo esto, se cruzó de brazos y apoyó su pequeño cuerpo en su silla. «Pero vale la pena ser cuidadoso. He estado hasta el pie de la montaña, sólo para comprobar las cosas, pero sentí algo allí. Algo que no reconocí.»

«¿Qué quieres decir con eso?» preguntó el cardenal pelirrojo con interés.

El aventurero de rango Oro tenía una cara especialmente incómoda. «Estoy pensando, en algo que ni siquiera está en el Manual de Monstruos.»

«Ya veo…» El rey dejó escapar un suspiro. No habían sido más que problemas desde la batalla contra los grandes demonios del año anterior.

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Grandes demonios, cultos herejes, gigantes, y así sucesivamente. No podía creer lo lejos que parecía estar la paz de su mundo.

«Es decir, parece que ahora va a ser su turno nuevamente.»

Nadie se opuso al susurro. Todos se miraron y asintieron. Deberían jugar su carta ganadora mientras el juego estuviera a su favor. Si ella aceptara, al menos.

Me alegro de que esa chica naciera con un buen corazón, pensó el rey agradecido.

Él no quería agobiar aún más a la niña, que no era tan diferente en edad de su propia hermana menor. Pero a cada cosa y a cada persona se le dio su propio papel que desempeñar. Todo lo que uno podía hacer era realizarlo. Así como él aceptó su lugar como rey. Lo único que él realmente quería era no ser uno de esos debiluchos que se ponían nerviosos y rechazaban el lugar en la vida que se les había dado.

«Está bien», dijo. «Prepárense para que puedan brindar el mejor apoyo posible si se les pide.»

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«Ciertamente, mi señor, como desee», dijo el ministro, un anciano, trabajando duro para inclinarse respetuosamente.

El rey podía dejarle los detalles a él. Sí, eso estaría bien. Lo que se necesitaba del rey era decisión y dirección; sus ministros podían proporcionar una comprensión precisa y una consideración cuidadosa.

Pero supongo que pensar demasiado de esa manera es lo que hace que te conviertas en un gobernante títere.

«¿Cómo ha estado la ciudad durante mi ausencia?»

«Los cultos siguen proliferando, aunque eso no es nada nuevo…» La respuesta vino del cardenal pelirrojo. Él había sido enviado a la ciudad como consejero, y su elocuencia era incuestionable. «Mientras estaba en el circuito, Majestad, una extraña secta dedicada al Dios de la Sabiduría comenzó a asentarse en el sur de la capital.»

«Y supongo que aquellos que no creen son visitados por una terrible maldición?»

«No sabemos cuál es la verdad del asunto.»

«Tendremos que atacarlos». Los ojos del joven rey se iluminaron y su boca se convirtió en una sonrisa.

El cardenal pudo ver lo que estaba pasando. «Majestad…», dijo cansado.

El rey solo respondió: «Sí, lo sé», y miró los papeles que tenía en la mano.

«¿Es este Dios de la Sabiduría diferente del Dios que da el conocimiento?» preguntó el mago de la corte.

El cardenal asintió solemnemente. «El Dios del Conocimiento camina en la oscuridad, ofreciendo la luz del aprendizaje.»

«¿Pero este Dios de la Sabiduría no?»

«Él no conduce y no revela ningún camino. Simplemente, de repente, lanza la llama del discernimiento en la oscuridad.»

«…Parece una sutil distinción.» El mago suspiró. Esta descripción no parecía tan diferente de la del llamado Dios Oscuro.

El rey consideró este intercambio cuidadosamente y luego hizo una pregunta. «¿Qué, entonces, de lo que está más allá de nuestra vista…?»

«Por el momento, la Orden del mundo no muestra signos de haber sido perturbado.»

La respuesta a su pregunta vino de una mujer tan desmesuradamente bella que apenas parecía pertenecer allí. Su exquisito cuerpo y su suave pecho estaban envueltos en ropa blanca; en su mano, sostenía la espada y la balanza, y sus ojos estaban cubiertos por una faja.

«La batalla ha resultado en más refugiados, huérfanos y personas sin hogar, pero no quieren trabajo en estos días.» La mujer era la arzobispa que servía al Dios Supremo, la Doncella de la Espada. Sus palabras sonaban como música, y ella sonrió. «Nunca tenemos suficientes manos, después de todo, no importa cuántas haya.”

Ella parece muy diferente estos días.

De repente, el rey se dio cuenta. La conocía desde hacía casi diez años. Hoy como siempre, estaba tan llena de hermosas curvas que cualquier hombre habría ido volando hacia ella. Antes, sin embargo, su belleza había sido como la flor de un árbol que podía caer de la rama en cualquier momento. Ahora… ahora era diferente. Su forma y expresión eran tan luminosas como una flor que se mantenía floreciente. Su amigo el rey pensó que seguramente esto era bueno.

«Oh, pero…» La encantadora expresión se nubló un poco. Sus cejas caían bajo el peso de los problemas, y su cuerpo estaba un poco encorvado.

«¿Qué sucede? Habla.»

Con mucho pesar, entonces. La sonrisa de la Doncella de la Espada era como un secreto.

«Una preciosa amiga mía fue víctima de un robo en la casa de baños, de sus ropas de sacerdotisa y de un juego cota de mallas que ella apreciaba. Ayer mismo.»

«¿Perdón…?»

«El ladrón, al parecer, estaba vestido como un soldado…»

El rey levantó una ceja dudosa. Parecía un asunto menor, pero quizás merecía su atención después de todo. Un ladrón disfrazado de soldado no podía ser pasado por alto.

La Doncella de la Espada, sin embargo, cambió de tema antes de que él pudiera responder a cualquier otra pregunta. «Además,» ella continuó, «considero que los goblins deben ser destruidos.»

Su declaración era vigorizante, su sonrisa gentil, y ambos parecían declarar que esto era el final del asunto.

«Otra vez con los goblins», murmuraban los otros concejales, mirándose los unos a los otros. Ella siempre decía eso.

El rey forzó su cara hacia una expresión neutra y tosió.

Maldita sea, supongo que no puedo dejarlo pasar.

«Muy bien, haré que investiguen el asunto… Lo que sigue es, ¿cuál es el estado de los centros de entrenamiento de aventureros?»

“……”

Una mujer comerciante, la persona encargada de supervisar los asuntos relacionados con los centros de formación, parpadeó. Ella era la más joven de los que estaban allí reunidos, y ahora encontraba todos los ojos de la sala enfocados en ella. Miró rápidamente a la Doncella de la Espada, luego hizo una profunda reverencia y empezó a hablar. «…Se ha preparado un informe, mi señor. Puede que lo complazca el mirarlo.»

Esta mujer era joven, pero se comportaba con una compostura inusual y poco del idealismo que tan a menudo acompañaba a la juventud. Pero tampoco era una pesimista ignorante; tenía una visión realista y pragmática de las cosas.

Tal vez fue el tono apagado de su voz, la forma en que su expresión raramente cambiaba, lo que la hacía parecer tan adulta. Su meticulosa personalidad se reflejaba en los cuidadosos y precisos caracteres de la hoja que tenía ante él.

Ella era hija de un cierto hogar noble; se decía que después de un período de convalecencia debido a una enfermedad, ella había entrado en el negocio gracias a los bienes de su familia…. Pero, ¿cuáles, se preguntaba, habían sido sus experiencias, la vida que la había llevado a entrar en el escenario político en estos últimos meses?

¿De dónde vienen estas mujeres tan talentosas?

El rey descansó contra los brazos de su trono, una pequeña sonrisa apareció sobre su boca, escondida por el papel que tenía delante de él. Se suponía que los gobernantes y los nobles no debían mostrar sus sentimientos a los demás tan fácilmente. Tendría que trabajar en eso.

«…Las instalaciones como tales se acercan a su finalización en los gremios de varias ciudades. Sin embargo…» La mujer se calló, buscando en el fino aire que tenía ante ella el resto de las palabras. «…como esperábamos, la noción de que uno podría convertirse en un aventurero y luego tener que embarcarse inmediatamente en un curso de estudio ha tenido algunos problemas para ser aceptado.»

«No me sorprende», dijo el rey, asintiendo seriamente. «Cuando yo era un aventurero, muchos de nosotros considerábamos una molestia el que tuviéramos que escribir nuestros nombres para registrarnos.»

Por otra parte, la mayoría de esas personas se dirigieron a la taberna, se emborracharon, se fueron de boca y pronto dejaron de ser aventureros. Entonces se quejarían: si tan sólo tuvieran la habilidad necesaria; si tan sólo hubieran tenido la suerte de nacer en una situación mejor… y así sucesivamente.

Lo irónico era que había otros aventureros novatos a su alrededor, gente que no tenía experiencia pero que estaba pasando por el proceso de evaluación, ganándose el pan de cada día cargando bolsas, y trabajando hasta los huesos para encontrar formas para volverse más hábiles. Sin embargo, los borrachos (recordaba el rey con asco) se burlaban de ellos por hacer todo ese trabajo para nada.

«La gente no cambia de opinión de la noche a la mañana», dijo él. «Debemos tener una visión a largo plazo cuando se trata de educación.»

«…Sí, Majestad. Por esa razón, sugiero que proporcionemos comidas a los que están en entrenamiento, para que podamos atraer a aventureros hambrientos».

«¿Proveer comida? ¿Está sugiriendo que el estado los alimente?»

Las filas de los aventureros se llenaban con frecuencia de jóvenes hijos de agricultores privados de sus derechos y que no tenían ningún otro lugar a donde ir, o de agricultores que huían de sus casas. Incluso aquellos que llagaban sin nada más que sus sueños de gloria no podían escapar de la necesidad de comida, ropa y refugio. Si fuera posible atender alguna de esas necesidades… Bueno, sólo podría alentar la aceptación de su sistema educativo.

«Me gusta la idea, ¿pero tenemos el presupuesto para ello?»

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El verdadero problema no era la metodología. Era el dinero que se necesitaría para llevarlo a cabo.

Las cejas de la mujer se inclinaron infelizmente ante la pregunta acertada del rey «…Ese, mi señor, es el quid de la cuestión.» Ella resumió las cosas brevemente. «…De hecho, espero que nos ponga en números rojos. Después de todo, no podemos esperar cobrar por las clases».

«Entiendes que el tesoro nacional no existe simplemente para derramar dinero como agua para poner comida en la boca de los vagabundos inútiles», dijo el rey, que luego se encogió de hombros. Tal vez descubrieran una tierra donde el grano y el oro brotaban del suelo, y entonces sería una historia diferente.

Tal vez si yo fuera y matara a un pequeño dragón.

«Majestad», dijo una voz en tonó fuerte. El cardenal pelirrojo le estaba dando una mirada sombría. Bah.

La mujer mercader siguió adelante con toda seriedad, aparentemente ajena al intercambio. «…Si lo entiendo, mi señor. Pensé que los centros de entrenamiento podrían encargarse de matar a las ratas o cucarachas de las alcantarillas».

Técnicamente, las ciudades o la nación misma expedirían tales misiones a los aventureros… en otras palabras, entrarían dentro de las actividades financiadas por los impuestos. El dinero sólo se destinaría nominalmente a los centros de formación, pero en la práctica se utilizaría para pagar a los aventureros.

«…Sería una introducción al combate real, su Majestad. Lo que se podría llamarse un tutorial.»

Los ojos del rey se abrieron un poco: En los labios de la mercader había algo parecido a una sonrisa triunfante. Como las ondas en un estanque causadas por una brisa pasajera, sería fácil pasarla por alto si uno no prestara atención. La expresión la hizo lucir más joven que su edad; le pareció bastante linda.

«¿Crees que deberíamos hacer que también maten goblins?» Con las palabras desatendidas del ministro, la sonrisa desapareció tan abruptamente como si una piedra hubiera sido arrojada a un estanque. Sin duda no tenía malas intenciones. El ministro sonriente asintió con la cabeza, como para felicitarse por la buena idea que tuvo. «Eso respondería también a la preocupación de la arzobispo»

Se interrumpió ante la mirada de la Doncella de la Espada. Miró hacia la mercader en busca de ayuda, pero ella le miró con la misma frialdad.

«…Er, bueno, fue… simplemente una sugerencia,» terminó su frase de forma lamentable, completamente acobardado.

El rey retomo su sonrisa mientras decía: «Muy bien», y agitó la mano. «No está mal, pero sería mejor si pudiéramos limitar el trabajo a las alcantarillas. Continúa con tu plan».

«…Muchas gracias, Su Majestad,» dijo la mujer, inclinándose profundamente.

Fue entonces cuando se escucharon fuertes pasos desde fuera de la sala del consejo, junto con gritos de ¡Alto! La puerta se abrió bruscamente.

«¿Qué significa esto? ¡Estamos en un consejo!»

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«¡Terribles, t-terribles noticias, Su Majestad! ¡Me disculpo con todo mi corazón, de verdad…!»

El rey reconoció a la persona a la que sus fuerzas de seguridad estaban deteniendo en ese momento. Una asistente de su hermana menor, pensó. A su hermana parecía gustarle verdaderamente esta mujer; ellas eran como hermanas.

Ahora, sin embargo, el rostro de la asistente estaba completamente pálido… y tenía a un hombre junto con ella. Él parecía espantoso, tan maltratado como si acabara de llegar del campo de batalla.

«Majestad, su… ¡Su honorable hermana menor…!»

La noticia de que la primera princesa había sido secuestrada por goblins fue suficiente para hacer que el rey se levantara de su trono.

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