Goblin Slayer

Volumen 8

Capítulo 4: Aventura en la Ciudad

Parte 6

 

 

La vela en el atril era la única fuente de luz en la tenue habitación, a través de la cual resonaba un sonido intermitente de metal raspado.

Había una cama junto a la ventana. Sentado en la cama había un hombre con un equipo lamentable; él era la fuente del sonido.

Goblin Slayer uso la piedra de afilar a lo largo de la hoja de una manera que era menos afilar y más raspado del metal. Tal vez porque el arma era simplemente un artículo genérico… pero no, este hombre habría tratado a una espada legendaria exactamente de la misma manera.

El pulido se detuvo por un momento, y la espada, con su extraña longitud, fue levantada hacia la luz.

Aquellos que habían aprendido un poquito de lo que eran las aventuras gracias a los cuentos y las canciones podrían sonreír y decir a sabiendas que una espada es en realidad un garrote caro, pero estarían equivocados.

Una espada es para rasgar la piel, cortar la carne y romper el hueso. Si no, ¿por qué hacer espadas?

Solo las inmensas espadas a dos manos de los caballeros podían cortar, perforar, aplastar y apalear a la vez. Eran como una espada, una lanza, un martillo y un pico, todo en uno.




Pero el arma que tenía Goblin Slayer en ese momento no era nada de eso. Era para perforar las gargantas de los goblins, arrancarles los corazones, cortarles las cabezas. Para nada más y para nada menos.

“………”

Hacía poco menos de una hora que la Sacerdotisa regreso llorosa. La Arquera Elfa Superior, con sus orejas caídas infelizmente, había estado tratando desesperadamente de consolarla pero no parecía ser capaz de lograrlo.

Es más, la Sacerdotisa no había estado usando sus vestimentas, sino un traje de soldado sucio que no le quedaba bien. Cuando él preguntó qué había pasado, la Arquera Elfa Superior respondió abatida: «Robadas».

Esta no era ni la ciudad fronteriza ni la ciudad del agua. Era la ciudad más grande del país. Estaba llena de gente, no todos de buen corazón.

El Sacerdote Lagarto se había puesto evidentemente furioso, como si pudiera empezar a respirar azufre y llamas en cualquier momento; el Chamán Enano simplemente se había puesto de mal humor.

«Tal vez podamos intentar llevar nuestra queja al castillo mañana», había sugerido, pero la Sacerdotisa no había respondido, sólo agitó la cabeza.

Goblin Slayer se había levantado de su asiento, había regresado a su habitación, y había estado pasando el tiempo desde entonces de esta manera.

Él no dijo nada en absoluto.

“………”




La mano de Goblin Slayer se detuvo de nuevo, y sostuvo la espada contra la luz. Paso un dedo a lo largo del borde y asintió.

Puso la espada en su vaina; a continuación, sacó su cuchillo arrojadizo en forma de cruz doblada al estilo sureño.

«¿No vas a estar con ella en este momento difícil?» La inesperada voz era seductora, pero directa, con algo del sonido de una niña haciendo pucheros.

«No.» Goblin Slayer ni siquiera giró su casco en dirección a la mujer que había entrado sin que se oyera ni siquiera el sonido de la apertura de la puerta.




«Ya veo,» dijo la Doncella de la Espada, con sus labios fruncidos. Se deslizó hacia la cama.




Luego se sentó, su cuerpo suave y carnoso retorciéndose como si estuviera a punto de arrodillarse ante el hombre que estaba en la cama.

«Una muchacha que llora quiere ser consolada, ¿entiendes?»

«¿Es eso cierto?»

«Créeme, lo sé», dijo la Doncella de la Espada. Ella echó la mirada hacia sus manos, que rozaban sus piernas. «………Porque soy igual a ella.»




«Ya veo.»

Hubo un ruidoso rasguño cuando Goblin Slayer empezó a afilar la hoja del cuchillo doblado. Los ojos ciegos de la Doncella de la Espada lo asimilaban mientras él trabajaba en la hoja de aspecto malvado. Sus mejillas lentamente pasaron de estar hinchadas por la molestia a ser suaves, curvándose en los bordes.

La sombra de su yelmo en su cara se deslizó y bailó con cada parpadeo de la llama de la vela.

«No debes hacer llorar a una chica».

«Lo sé.»

Las palabras de Goblin Slayer eran duras, casi violentas en su brevedad; por un instante, la Doncella de la Espada se sorprendió. Si ella no hubiera tenido una cubierta sobre sus ojos, éstos podrían haberse vistos muy abiertos… pero él la ignoró y siguió puliendo.

«Aprendí eso hace mucho tiempo.»

«Ya… ya veo.» La Doncella de la Espada no sabía muy bien qué decir. «Te traje un libro.» Así que, en vez de eso, menciono la razón nominal por la que estaba allí.

Ella puso sobre la mesa el libro que había estado sosteniendo, un volumen sobre la creencia en los Dioses Oscuros y sus símbolos asociados.

«Temía que no tuviéramos tiempo para que yo pudiera mostrarte la biblioteca personalmente….»

«Ya veo.»

La respuesta fue breve… y no elaborada.

La Doncella de la Espada se quedó allí un largo momento, hasta que finalmente, dio un pequeño resoplido. Se dio la vuelta y estaba a punto de salir de la habitación, cuando…

«Todas las cosas se pierden», dijo Goblin Slayer con particular suavidad. Este era un hombre que rara vez hablaba en voz alta para empezar.

«Tienes razón», dijo la Doncella de la Espada en voz baja.

«Cuando era niño, mi padre me prometió darme su daga cuando creciera.» Sus manos dejaron de trabajar, y Goblin Slayer levantó la hoja hacia la luz, inspeccionándola, antes de pasar un dedo por ella. «Era una daga muy buena, creo, con la cabeza de un halcón tallada en la empuñadura.»

Tiró la piedra de afilar a un lado. Cayó al suelo con un fuerte golpe.

«No sé dónde estará ahora.»

Luego volvió a meter el cuchillo en su bolsa de objetos y se quedó en silencio de nuevo.

La Doncella de la Espada usó la sombra de su casco para ocultar el ligero cambio en su expresión, susurrando solamente: «No lo sabía». Acaricio la rodilla de Goblin Slayer con sus pálidos y bien formados dedos. Los dejó seguir hasta que acarició su pierna, como si estuviera tocando algo muy preciado para ella. «Mañana iré al castillo. Tengo un consejo con Su Majestad el Rey.»

Como te dije al principio. La Doncella de la Espada se rió como una niña.

«Su Majestad y yo tenemos una larga historia juntos… Cuando lo vea, trataré de hablar de ello con él.»

La cabeza de Goblin Slayer se volvió lentamente hacia ella. Era la primera vez que el casco la miraba.

“…” Él parecía estar luchando por encontrar las palabras, hasta que finalmente dijo: «Ya veo». Se quedó en silencio un momento más antes de añadir simplemente: «Por favor, hazlo».

En la cara de la Doncella de la Espada, una flor floreció. «Eso hare… déjalo en mis manos». Una amplia sonrisa apareció en sus labios carnosos, y se puso de pie emocionada. Ella golpeó el suelo una vez con la espada y la balanza que usaba en lugar de un bastón, haciendo que la balanza que colgaban de la empuñadura bailara. «Pondré todo lo que pueda en ello… Dime, ¿será eso suficiente para ti?»




Tras ese dulce y acogedor susurro. Goblin Slayer dijo: «Sí», y asintió. «Perdona la molestia… pero por favor, hazlo.»

“¡          !” La Doncella de la Espada no contestó pero se alejó casi como si estuviera flotando. Ella abrió la puerta, de nuevo en silencio, y salió.. pero luego miró hacia atrás brevemente. «Er, ahem…»

“……”

«Buenas noches, y… dulces sueños.»

«Sí», dijo Goblin Slayer asintiendo con la cabeza. «Tú también».

Su cara enrojeció como la de una adolescente y cerró la puerta.

Con la puerta cerrada tras ella, la Doncella de la Espada puso una mano en su cara y cayó sobre su trasero… no es que Goblin Slayer se diera cuenta de nada de esto. En vez de eso, él había cogido la piedra de afilar que había arrojado al suelo antes, dándole vueltas en sus manos.

Él silenciosamente pulió el resto de sus dagas, revisó el estado de su equipo y se aseguró de que su bolsa de objetos estuviera organizada.

Luego abrió el libro que le había traído la Doncella de la Espada, comparándolo con el trozo de piel de goblin que había sacado de su bolsa.

Era un símbolo muy extraño. Parecía algo así como una mano dibujada en pigmento rojo, pero no había escrito ahí nada parecido.

Ese ladrón, pensó, era como un goblin. Quizás había sido un goblin.




Uno debe estar preparado en todo momento.

Esa fue la conclusión a la que llegó, y pasó el resto de la noche preparando su equipo, hasta que, cuando los primeros rayos del amanecer entraron por la ventana, durmió un poco.

Esta no era su granja. No había necesidad de patrullar. Pero si aparecieran goblins, él intentaría matarlos.

No había lugar en este mundo sin goblins, como él bien sabía.

Así simplemente eran las cosas.

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