Goblin Slayer

Volumen 8

Capítulo 4: Aventura en la Ciudad

Parte 1

 

 

Después de haber pasado por tres enormes portones separados, el grupo se vio envuelto en un vertiginoso bullicio.

Lo primero que vieron fueron campos de cultivo, probablemente anteriores a la construcción de las murallas del castillo. Un largo acueducto conectaba a un gran edificio del cual emergía humo.




La escena idílica, sin embargo, contrastaba fuertemente con la apabullante multitud.

El camino pronto se transformó en losas de piedra y fue tragado por la antigua ciudad. La gente corría por el sendero como una inundación. Voces susurrantes y el roce de sandalias sobre la piedra se combinaron hasta que sonaron casi musicales.

«¿E-estás seguro de que no hay un festival…?» Preguntó la Sacerdotisa, sus ojos casi girando.

La Arquera Elfa Superior se rió y movió las orejas. «Así es cómo suele ser», dijo ella. «Las ciudades humanas siempre están tan ocupadas, ya estoy bastante acostumbrada.» Luego se estremeció incómodamente. «Aunque, tengo que admitir… que este lugar parece un poco más estrecho que muchas otras ciudades.»

Ella tenía razón con respecto a eso. Había al menos tanta gente dentro de la puerta como afuera. La gente se abría paso por las calles; vestidos con la última moda, hacían que cada carretera pareciera un río de color.




A ambos lados de la calle de losas de piedra había edificios, tanto los que habían estado allí desde la antigüedad como los que habían sido recientemente, o a veces repetidamente, renovados. La capital no tenía techo, pero el desorden de los caminos que serpenteaban alrededor de la ciudad castillo la hacía sentir un poco como una mazmorra. Tal vez una ciudad que tenía miles de años de antigüedad no era tan diferente de una de esas antiguas ruinas.

«Digan, señores y señoritas. ¿Qué tal un poco de ayuda para orientarse?» Un hombre, encorvado por la edad, se acercó a ellos con una vieja linterna en la mano.

Muchas grandes ciudades tenían guías como él. Los estudiantes que aprendían magia ayudaban a iluminar las farolas de la ciudad, pero muchos de los caminos más pequeños permanecían completamente a oscuras.

«No tenemos problemas para ver en la oscuridad», contestó Goblin Slayer antes de que la Sacerdotisa pudiera decir algo.

El hombre parpadeó, pero luego vio a la elfa, al enano y al hombre lagarto. «No, supongo que no», dijo riendo. «Discúlpenme. Si llegan a necesitarme, llámenme cuando quieran…»

Entonces, aun sonriendo placenteramente, el viejo se alejó arrastrando los pies hacia la oscuridad.

«Que horriblemente inconveniente es ser humano, ¿eh? Ni siquiera pueden ver en lugares oscuros», opinó la Arquera Elfa Superior mientras lo veía marcharse. «Me pregunto qué pasa cuando no puede conseguir clientes.»

«Apuesto a que se convierte en guía turístico», dijo el Chamán Enano a sabiendas, mirando con gran interés. «No ayuda ver en la oscuridad si no sabes hacia dónde vas.»

El Sacerdote Lagarto miró a su alrededor, contemplando la ciudad milenaria mientras conducía el carruaje a lo largo de una serie de surcos hechos por las ruedas de anteriores carruajes. «Bien entonces, mi señora arzobispo. ¿Qué pretende hacer ahora?»




«Esa es una buena pregunta,» dijo Espada de la Doncella con curiosidad desde el interior del carruaje. «Me gustaría pedirle que me lleve al templo, pero ¿ha estado antes en la capital?»

«Para mi vergüenza, debo admitir que esta es mi primera vez.» El Sacerdote Lagarto movió sus ojos y abrió sus mandíbulas alegremente. «Tal como están las cosas, sospecho, que es igual para todos los miembros de nuestro grupo.»

«Entonces, ¿sería tan amable de dirigir el carruaje hacia donde yo le diga?» Ella sonaba casi feliz.

A su lado, su acólita dijo reprobadoramente: «Mi señora arzobispo, no necesita rebajarse a proveer personalmente…»

Los carnosos labios de la Doncella de la Espada se relajaron y se convirtieron en una sonrisa. «Muchas de las calles de por aquí tienen nombres, pero muy pocas tienen letreros que digan lo que son.» Este lugar no fue construido pensando en los viajeros. Ella se rió. El sonido vino de algún lugar en lo profundo en su garganta. «Al menos puedo servir como nuestra guía… al menos eso es algo».

Los aventureros caminaron casualmente junto al carruaje mientras éste retumbaba por las desgastadas calles. Parecía que nunca se perderían siguiendo las instrucciones de la Doncella de la Espada ciega.

Era el crepúsculo, el cielo comenzaba a ponerse púrpura y la aglomeración de la capital era especialmente intensa. Estar con el carruaje les permitió caminar por la mitad del camino, pero de lo contrario, habrían sido aplastados por la multitud. Los residentes de la capital caminaban como si fueran los dueños del lugar, lo cual era bastante justo, pero los viajeros tampoco mostraban especial consideración por los demás.

El exceso de edificios y las murallas fortificadas circundantes hacían que el aire fuera turgente, y el sol apenas alcanzaba el nivel de la calle. Se sentía como si, si te perdieras en la oscuridad, nunca volverías a encontrar tu camino de regreso. Y eso era cierto.

Pero…

Mientras miraban a su alrededor, vieron el humo de los fuegos de las cocinas que se desprendían de las casas aquí y allá; olieron que la cena estaba lista. Vieron a hombres que salían del trabajo y se dirigían a lugares para beber y regocijarse. Mujeres tratando de atraer a los hombres a sus diferentes establecimientos.

Algunos ancianos, que tuvieron tiempo de meterse unas cuantas copas desde temprano, estaban sentados junto a un edificio sobre taburetes, teniendo una competencia de algún tipo. Figuras metálicas de espadachines se colocaban en un tablero con espacios cuadrados, y luego se movían jugando cartas.




Algunos niños se dieron cuenta que estaban jugando, y se instalaron al borde de la carretera con su propio jueguito en el que gritaron y vitorearon. Dibujaron un pequeño círculo con espacios en la tierra para un tablero, usando piedras como tanques. Movieron las piedras en base a los números en sus cartas; hubo gritos ocasionales de «¡Viva el Rey!» ante lo cual aparentemente se le requería todo el mundo que vitoreara.

Pero el tiempo pasa. Las madres llamaron a sus hijos e hijas, y los niños respondieron con «¡Aww!» pero se dirigieron a casa.

Los ancianos vieron a los niños irse, sonrieron y comenzaron otro juego.

Al tomar cinco peones, podían conseguir que alguien les invitara a una copa… de modo que cada uno de ellos estaba decidido a ganar.

Un vendedor ambulante, mientras tanto, sostenía cristales de visión lejana pulidos y redondos, afirmando que eran de otro país. (NOVA: Los farsight crystals o cristales de visión lejana, son un elemento tomado de Calabozos y Dragones, al igual que todo lo demás en esta novela, y se usaban para establecer comunicaciones a través de vastas distancias, aunque muy pocos existes ya que son muy antiguos. Y si no lo han notado, son similares a los Palantires del Señor de los Anillos, ya que todo lo que sale en Calabozos y Dragones está inspirado en esa obra.)

La aparición del crepúsculo hizo que los hombres salieran a beber, y su casco de metal los siguió de cerca.

“…”

La Sacerdotisa arrugó sus ojos, feliz por alguna razón. Le gustaba el olor de la gente que se ocupaba de sus asuntos. El aroma que impregnaba el aire en estos pocos minutos entre el momento en que el sol comenzaba a hundirse y el momento en que desaparecía por completo. Ya fuera en el pueblo o en la ciudad, o incluso en la propia capital, siempre era lo mismo.

En su corazón, recitó un pasaje de las Escrituras a modo de oración a la Madre Tierra; sus pasos eran ligeros mientras se dirigían hacia el templo.

Era la primera vez en su vida que había estado en la capital. No le encanto de inmediato, pero tampoco le desagradó.

Y luego, mientras miraba por aquí y por allá, encontró su atención atrapada por una cosa en particular: los estudiantes, sosteniendo largas varas y vestidos con mantos negros mientras iban por la ciudad encendiendo las linternas.

La Sacerdotisa parpadeó y se mordió el labio y luego corrió tras los demás.

***

 

 

El templo, la sala de culto del Dios Supremo, que gobernaba el Orden y el Caos, estaba situado en el mismo barrio de la ciudad que el resto de las casas de culto. Era ciertamente más elaborado que el templo de la Madre Tierra en la ciudad fronteriza, pero no podía compararse con el del Dios Supremo en la ciudad del agua.

Era ciertamente grande, y había una gran cantidad de visitantes, una multitud de personas que entraban a buscar justicia a pesar de la hora. Y sin embargo, casi no tenía decoración. Sólo paredes blancas, un techo puntiagudo y el símbolo de la espada y la balanza… y eso era todo. Un espíritu de simplicidad en la arquitectura sonaba muy bien, pero en la práctica resultó ser bastante corriente.




«En la capital, es sólo un templo entre muchos», les informó la Doncella de la Espada.

«¿Esa es la historia?» murmuró la Arquera Elfa Superior. «Estaba segura de que el dios del Gran Héroe tendría un templo especialmente bonito.»

«Bueno, incluso mi propia residencia está en la ciudad del agua.»

El carruaje se detuvo, y la ayudante de la Doncella de la Espada ayudó a su señora a bajar hacia la calle de losas de piedra. Aunque usaba la espada y la balanza como un bastón, era impresionante que desmontara del carruaje sin tambalearse.

«¡Mi señora arzobispo!»

«Ha hecho bien en venir aquí, mi señora… ¡bienvenida a nuestro templo!»

Un par de acólitos, presumiblemente atraídos por el sonido del carruaje, emergieron del templo. Uno era un niño y la otra una niña, pero a ambos les brillaban los ojos ya que estaban conociendo a su héroe.

«Gracias», dijo la Doncella de la Espada, sonriéndoles.

El Sacerdote Lagarto entregó las riendas a los acólitos mientras bajaba desde el asiento del conductor. «Ahora, a buscar el equipaje… Me pregunto qué haremos con el alojamiento.»

«Si no tienen dónde quedarse, entonces, por favor, alójense en el templo.»

La ayudante de la Doncella de la Espada ya estaba bajando el equipaje, resoplando bajo el peso. El Sacerdote Lagarto le quitó el cargamento con facilidad y lo bajó suavemente al suelo.

«¡Bien!» exclamó ella, con los ojos bien abiertos, pero luego volvió a entrecerrar los ojos y dijo: «Muchas gracias».

«Tenemos varias habitaciones. Por favor, insisto.»

«Hmm. No acostumbro rechazar tanta hospitalidad. Sí, por supuesto.»

La Sacerdotisa intercambiaba saludos con los acólitos. La Arquera Elfa Superior saltó con gracia desde lo alto del carruaje. «Estoy de acuerdo. Si no vamos a tener la suite real en ninguna parte, entonces no importa dónde nos quedemos».

«Considéralo un tipo de recompensa. Por mí está bien… pero, ¿qué opinas, Corta-barbas?» El Chamán Enano acarició su blanca barba y miró hacia el sol poniente. «Puedes ver que se está haciendo tarde. Supongo que la mayoría de las posadas de por aquí están llenas».

«No me molesta», dijo sucinto Goblin Slayer. Luego agregó: «No tengo razón para objetar».

La Doncella de la Espada apretó la espada y la balanza con más fuerza hacia su pecho. Solo su ayudante lo notó, y suspiró con una combinación de exasperación y diversión.

«Sin embargo, hay algo que deseo investigar. ¿Tienes una biblioteca o algo así?»

«Sí,» dijo la Doncella de la Espada, casi como un susurro. Ella habló tan pronto como él dijo una biblioteca o algo así. «Te la mostraré inmediatamente. Mi propia autoridad debería ser más que suficiente para permitirte el acceso a…»




«¿Nunca has oído el dicho: ‘placer antes que los negocios’? ¡Bajemos las maletas y vayamos a comer algo!» El Chamán Enano agitó su mano rechoncha.

«¡Pero acabas de comer!» agrego la Arquera Elfa Superior.

«Bueno, los rheas me hacen parecer moderado», dijo el Chamán Enano encogiéndose de hombros. «¿Qué piensas tú, Escamoso?»




«Creo que ya es hora de que consiga un delicioso y sangriento trozo de carne», contestó el Sacerdote Lagarto, moviendo sus mandíbulas y frotándose el vientre con una mano escamosa. «Si tuviera queso encima, mucho mejor.»

«No me molesta», dijo sucinto Goblin Slayer. Luego agregó: «No tengo razón para objetar».

La Doncella de la Espada apretó la espada y la balanza con más fuerza hacia su pecho. Solo su ayudante lo notó, y suspiró con una combinación de exasperación y diversión.

«…Hagámoslo cuando regreses, entonces.»

«Eso es lo que haremos. Sí, hagámoslo así» dijo ella en voz muy baja, como si se lo confirmara a sí misma.

Goblin Slayer sólo dijo «Sí, por favor», y luego su casco de metal se volvió hacia la Sacerdotisa. «¿Te parece bien?»

«Oh sí, uh…» Terminando de hablar con los acólitos, que tenían más o menos su edad, la Sacerdotisa sosteniendo su sonoro bastón con ambas manos y miró a su alrededor con incertidumbre. «Ha-Hay un lugar al que me gustaría ir…»

«Bueno, eso es extraño», dijo el Chamán Enano, mientras sus ojos se abrían de par en par bajo sus cejas. Era extraño que esta chica, que a menudo parecía tan joven, pero a la vez tan seria, dijera algo así. «¿Conoces el camino?»

«Si. La dirección…. Bueno, la forma de llegar hasta allí… ellos acaban de decírmela.» Su voz se detuvo cuando volteo hacia los acólitos, que ya habían desaparecido. «…Si no me dejan, lo entenderé.»

El casco áspero y mugriento de Goblin Slayer era impasible ante la mirada suplicante de la Sacerdotisa. Hubo un gruñido dentro de su casco sin expresión. «Caminar sola es peligroso.»

La Arquera Elfa Superior se encogió de hombros exasperada; él hizo que sonara como si ella estuviera entrando en una mazmorra.

«Iré con ella, entonces», dijo la Arquera Elfa Superior. «Deberíamos estar bien juntas, ¿verdad?»

El Sacerdote Lagarto asintió hacia la elfa mientras ella levantaba la mano. «Nos dividiremos en grupos de tres y dos, entonces.»

«Eso lo decide. ¿Te parece bien, Corta-barbas?»

Goblin Slayer observo a la Sacerdotisa, que aún lo miraba, y a la Arquera Elfa Superior, con su pequeño pecho hinchado. «No me molesta», dijo sucinto Goblin Slayer. Luego agregó: «No tengo razón para objetar».

«Ya he oído bastante de eso», refunfuñó el Chamán Enano, pero luego se frotó las manos y sonrió. «Así que, mi señora arzobispo. ¿Conoce algún restaurante especialmente delicioso que pueda recomendarnos?»

La Doncella de la Espada apretó la espada y la balanza con más fuerza hacia su pecho.

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