Goblin Slayer

Volumen 7

Capítulo 7: Limpiar la Sangre

Parte 2

 

 

El chamán goblin miró a sus subordinados adormecidos y asintió con satisfacción.

Todos y cada uno de ellos llevaban relucientes petos de acero o sostenían lanzas o espadas.




Este chamán recibió una tremenda buena fortuna. Por pura casualidad, le habían concedido magia, luego había controlado una horda e incluso había llegado a poseer una fortaleza. Por medio de la magia, logró entorpecer la mente del dragón (que no se durmiera fue algo inesperado) y lo soltó sobre los elfos.

Él confiaba perfectamente en que todo esto había sido el resultado de sus propias deslumbrantes y brillantes habilidades, pero en realidad había sido en gran parte suerte.

“¡GORBB! ¡¡GOBROBBRBOGB!!”

Cómo le gustaba ver, a sus estúpidos e idiotas seguidores, inclinándose y reverenciándolo. Su superioridad nació de sus sermones constantes que proclamaban que los llevaría a todos a un nuevo paraíso y a una nueva tierra. En ese momento, era como si pudiera sentir incluso el río embravecido que se encontraba muy abajo.

“¡GORROB! ¡GOROOROOB!”




En la pálida oscuridad antes del amanecer, el otro lado del horizonte se tornaba de un color púrpura claro. El húmedo y cálido viento de los árboles se sentía muy bien para los goblins.

“¡¡GBBORB!!”

Todo estaba listo, el chamán goblin gritó. Les mostrarían a esos pretenciosos comedores de insectos quienes eran mejores, proclamó. Era ajeno a las preocupaciones creadas por su propio discurso.

“¡GORB!”

“¡¡GBBRO!!”

¡Sí, sí! Las masas ignorantes gritaban. El chamán goblin los miró y levantó el bastón que sostenía. Era su bastón favorito, coronado con el cráneo de un aventurero que había matado. Aquella chica había poseído un cráneo muy fino.




“¡GOOBRGGOG!”

La maldición que había inventado (él estaba seguro de haberla ideado; nunca cuestionó su inspiración) estaba completa. Que los elfos, y los humanos río abajo, beban la sangre y las heces de sus propios compañeros. Dejen que se coman a los mercaderes, a los cazadores y a los aventureros. Eso les mostrara quien manda.

El chamán goblin confiaba perfectamente en que su maldición había funcionado. Por eso ahora les ordenó a sus subordinados a que atacaran a los elfos, a que violen, maten y destruyan.

Si no funcionaba, no funcionaba…  y sería culpa de sus incompetentes seguidores, que eran demasiado estúpidos para llevar a cabo sus planes. Si no tuviera que lidiar con la ayuda de tales incompetentes, las cosas le irían mejor.

Un goblin nunca olvida una herida hecha.

Ciertamente no por los elfos, que por generaciones se habían burlado de los goblins. Ni por la Doncella de la Espada, que hace una década se había enfrentado a los Dioses Oscuros.

Los goblins olvidaban todo lo que pudieran haber hecho para ganar resentimiento; ellos solo odiaban.

No solo las cosas que les habían hecho, sino que también las cosas de las que habían oído hablar.

Por eso el chamán estaba decidido. Él pisotearía a los elfos, los torturaría, pondría a su bella princesa con su hijo frente a la cabeza decapitada de su marido.

Después, saquearían la ciudad del agua, la quemarían y él gozaría a la Doncella de la Espada hasta que ella no pudiera levantarse de nuevo.

Tal era su deseo, su fantasía, pero no era nada más que el borboteo de su codicia.

¿Pero qué tenían los goblins a parte de su avaricia? Odio, pensar en sí mismos, ¿y qué más?

Un chamán goblin seguía siendo un goblin.

“¡¡GOROBOOGOBOR!!”




Alzó su bastón y gritó. ¡Ahora! ¡Avancen!

La bendición de su grito de guerra fue interrumpida por un suave bong fuera de lugar.

¿Qué fue eso?

Un segundo después, las puertas se hundieron en las paredes, aquellas que nunca se habían abierto, se desplegaron…

“¡Empezare con… uno!”

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