Goblin Slayer

Volumen 7

Capítulo 5: Crucero por la Jungla

Parte 6

 

 

Los aventureros se deslizaron a lo largo de la pared, con la Arquera Elfa Superior a la cabeza como exploradora.

La torre estaba en ruinas, la puerta devastada, la naturaleza reclamaba la estructura para sí misma, y no había escasez de sombras en las que esconderse.

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Y por la misma razón, muchas sombras en las que cosas podrían estar ocultas.

La Arquera Elfa Superior se lamió los labios, tratando de decidir dónde podía poner sus pies sin molestar a la maleza.  Si algún centinela goblin los encontraba, eso significaría una alarma, y eso no sería para nada divertido.

“Gracias.”

Cielo santo. La Arquera Elfa Superior parpadeó. ¿Orcbolg estaba agradeciéndole?

Los humanos no eran los mejor equipados para avanzar sigilosamente por la noche con solo la luz de las estrellas y las brumosas lunas para guiarlos.

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“Los humanos lo tienen difícil cuando quieren hacer algo así, ¿eh?” dijo.

“L-lo siento…,” respondió la Sacerdotisa.

“No es problema. No te preocupes por eso.” La Arquera Elfa Superior agitó una desdeñosa mano sin girarse. “…Ooh.” En ese momento, sus puntiagudas orejas se movieron, como si fueran sopladas por la brisa.

Ella entrecerró los ojos: estaba mirando a un goblin que rondaba, con una lanza apoyada en su hombro.

Había cierta distancia entre ellos. Los aventureros no habían sido percibidos todavía. Pero él venía hacia aquí. Un centinela.

La Arquera Elfa Superior sacó una flecha de su carcaj y la puso en su arco.

“¿Qué debo hacer?”

“Disparar.”

Su arco vibró casi antes de que él terminara de hablar. El goblin, atravesado por la garganta, agitó los brazos incomprensiblemente mientras caía al suelo. Hubo un amortiguado susurro en la hierba, pero eso fue todo. Ningún otro guardia parecía haber notado lo que pasó.

La Arquera Elfa Superior dejó escapar el aire que había estado conteniendo y comenzó a moverse de nuevo, Goblin Slayer y los demás la siguieron desde detrás. Ella agarró su flecha del cadáver del goblin cuando pasaron por su lado.

“Ugh…” Ella arrugó la cara ante la sangre negra del goblin, agitando la flecha. “No quiero ensuciarme más de lo que ya estoy…”

“Ni que lo digas,” asintió la Sacerdotisa con una voz verdaderamente lamentable. La Arquera Elfa Superior asintió compasivamente.

Estas dos dulces jóvenes estaban cubiertas de la cabeza a los pies de una suciedad indescriptible. Era maloliente y pegajosa, y por más que estuvieran acostumbradas, todavía las enfermaba un poco. Era necesario, pero nunca divertido.

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“Argh, se rompió la punta… Esto es lo peor.”

“Bueno, si esto es lo peor, entonces quizá nunca seremos descubiertos.” El Sacerdote Lagarto, deslizándose hacia delante, levantó la cabeza como una serpiente. “Pienso que las cosas serán un poco más problemáticas cuando entremos en la torre.”

Sus ojos estaban enfocados hacia delante, en la enorme puerta de madera que impedía la entrada a la torre. Era obviamente inmensamente gruesa, y no era la única puerta de este tipo. Un montón de ellas rodeaba el muro exterior de la estructura.

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“He oído que las tumbas reales a veces están provistas con entradas falsas,” añadió el Sacerdote Lagarto. “Tal vez esta sea de esa naturaleza.”

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“¿Quieres decir que todas son… falsas?” La Sacerdotisa asomó la cabeza para mirar, cuidando de no ser vista por los goblins. La enorme y pesada puerta, se levantaba imponente bajo la pálida luz de la luna, apenas parecía algo menos que real. “Ciertamente no lo parece…”

“Seríamos afortunados si se tratara de una mera escultura,” respondió el Sacerdote Lagarto. “Si fuera una trampa, dudo en pensar qué sería de nosotros.”

“……”

Durante unos segundos, la Sacerdotisa miró en silencio a las puertas de las ruinas. Algo se sentía extraño en ellas, algo que no podía explicar. Ella trató de pensar en que era…

“… Bueno, no creo que tengamos que preocuparnos tanto,” dijo con una risita tras un momento y señaló con un pálido, delgado dedo hacia la puerta. “Miren cómo la maleza ha sido pisada por allí.”

“¡Dios mío, en efecto…!”

La puerta falsa, una creación de algún antiguo elfo o algo similar, ahora se había vuelto inútil por el paso del tiempo y la estupidez de los goblins. Los goblins sin pensarlo usaron la puerta para entrar y salir, por lo que los arbustos de alrededor estaban pisoteados.

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“Supongo que esto nos deja con el mismo problema con el que comenzamos,” dijo la Arquera Elfa Superior con irritación. “Goblins.”

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Uno o dos guardias estaban haciendo rondas, se veían aburridos.

“El camino más rápido sería eliminar a los guardias y robar la llave.”

“Eso sería si los goblins supieran cómo cerrar las puertas,” dijo el Chamán Enano, quitándose una hoja que tenía en la barba y dejando escapar un suspiro pensativo. “Como mínimo, tenemos que acabar con el de la derecha al mismo tiempo que con el de la izquierda si no queremos ser descubiertos.”

“Eso no es problema,” dijo Goblin Slayer. “Conozco ocho formas diferentes de matar goblins silenciosamente.”

“¿De verdad?” Preguntó la Sacerdotisa, parpadeando.

“Eso fue una broma,” continuó Goblin Slayer, sacudiendo lentamente su cabeza cubierta con el casco de lado a lado. “Conozco muchas más.”

A la luz de la evaluación de la Arquera Elfa Superior en que las flechas eran escasas, se decidió que Goblin Slayer y el Chamán Enano tomarían la ofensiva. Cada uno de ellos preparó una honda, se movieron a una distancia más cercana, y soltaron sus piedras casi al mismo tiempo.

Las rocas volaron por el aire, encontrando infaliblemente la garganta de un goblin y la cabeza de otro.

“¡¿GRORB?!”

“¡¿GBBO?!”

El primero se derrumbó con su tráquea cruelmente aplastada; el otro de manera inestable se puso de pie, agarrándose la frente. Antes de que la criatura pudiera gritar, no obstante, el Sacerdote Lagarto saltó hacia él, como en un baile. Su Espada Garra cortó la garganta del monstruo antes de que éste pudiera hacer un sonido.

Así, los guardias fueron despachados sin hacer ruido, el silencio del patio frente a la puerta continuaba inalterado.

“… También aprendí a usar la honda, pero no parece haber ayudado mucho,” dijo la Sacerdotisa con desaliento.

“No te preocupes, hay un momento y un lugar para cada talento,” dijo la Arquera Elfa Superior, dándole una palmadita en la espalda.

El Sacerdote Lagarto le dio a su Espada-garra una buena sacudida para quitarle la sangre y luego comenzó a arrastrar los cadáveres de los goblins. “Debes hacer lo que puedas,” señaló mientras los metía en unos arbustos. Mientras la Arquera Elfa Superior se aseguraba de que estuvieran bien cubiertos, el Chamán Enano hurgó entre las armas de los goblins, seleccionando una lanza de mano.

La sostuvo a la luz de la luna: la punta de hierro brillaba, bastante afilada. Sin óxido, tampoco.

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“Sabes, para un montón de goblins en una fortaleza derruida, tienen armas bastante espléndidas. Me pregunto si se las quitaron a un aventurero.”

“Quizás había un comerciante de armas entre aquellos que mataron,” dijo Goblin Slayer. “O tal vez ya estaban aquí…”

“Hrm,” murmuró el Chamán Enano, sacudiendo la cabeza ante las reflexiones de Goblin Slayer. “¿Quién podría decirlo? Parece antiguo a primera vista, pero a veces los productos se hacen verse desgastados.”

“¿Cuáles son las posibilidades de que fuera forjado aquí?”

“Eso puedo descartarlo,” dijo el Chamán Enano con confianza. “El fuego no puede ser usado aquí. No se puede hacer nada de herrería sin un hechizo especial de los elfos.”

“… Hrm,” Goblin Slayer gruñó. “En cualquier caso, lo único que sabemos con certeza es que un goblin estaba llevándolo. ¿Encontraste una llave?”

“Sí, aquí,” dijo la Arquera Elfa Superior, entregándosela. Era una vieja llave que había estado colgando del cuello de un goblin pocos minutos antes. Tenía la forma de una insignia con números grabados en ella, colgados de una cuerda áspera y deshilachada.

“Bien.” Goblin Slayer la sostuvo con fuerza, examinándola de cerca. “Entraremos, y luego iremos tan lejos como podamos,” dijo.

“¿Es esa nuestra, eh, estrategia?”

“Sí.”

Como siempre, la Sacerdotisa no pudo evitar sonreír ante su comportamiento. Entonces ella rápidamente se arrodilló y sostuvo su sonoro bastón. “Oh Madre Tierra, abundante en misericordia,” entonó, orando por la paz de todos los goblins que habían muerto hasta ahora, y todos aquellos que habían sido asesinados por ellos. “Por favor, con tu mano venerada, guía las almas de aquellos que han dejado este mundo.”

El grupo de aventureros esperó hasta que ella terminara con su oración de reposo, y luego se apresuraron hacia la puerta.

Goblin Slayer deslizó la llave en la cerradura, la giró. Hubo un clack hueco.

“No encaja.”

Eso significaba que tenía que haber alguna otra puerta en algún otro lugar. Él chasqueó la lengua y sacó la llave.

La Sacerdotisa abrió su bolsa, despejando algo de espacio. “Dámelo, puedo tomar eso.”

“Sí, por favor.”

Ella tomó la llave, la guardó, y dejó escapar un suspiro.

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“Supongo que eso hace que sea mi turno,” dijo la Arquera Elfa Superior, agachándose confiadamente delante de la cerradura. Su capacidad para forzar tales dispositivos, que según ella había aprendido para entretenerse, había demostrado ser muy valiosa para el grupo.

Ella usó una púa para hurgar en la cerradura, agitando las orejas en busca del suave clic que anunciaría su éxito. Cuando llegó por fin, ella anunció, “Excelente”, e hinchó el pecho con orgullo. “Está desbloqueada.”

“Bien, ahora, antes de que la abramos…,” dijo el Chamán Enano. Se agachó junto a ella y hurgó en su bolsa de catalizadores, sacando un paño.

La Sacerdotisa inclinó su cabeza con confusión, preguntando vacilante: “¿Qué estás haciendo?”

“Tengo que poner un poco de aceite aquí,” el Chamán Enano guiñó un ojo. “No queremos que empiece a chirriar, ¿verdad?”

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“¡Oh, yo te ayudo!”

“Yo tomaré la derecha entonces, y tú tomarás la izquierda.”

Él arrojó a la Sacerdotisa un trapo empapado en aceite, y ella puso manos a la obra. Ella demostró ser una excelente limpiadora, gracias a su larga experiencia con sus tareas en el Templo. Pronto, la puerta había sido cuidadosamente engrasada, y los aventureros la empujaron sin hacer ningún ruido.

Se deslizaron tan silenciosamente como sombras y luego cerraron la puerta tras ellos. Los goblins todavía no se habían dado cuenta de que sus compañeros habían sido asesinados.

Si se hubieran dado cuenta, no se habrían lamentado ni llorado, sino que habrían pensado tan sólo en cómo castigar a los aventureros.

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