Re:Zero Ex (NL)

Volumen 2: La Canción de Amor del Demonio de la Espada

Capítulo 5: Quinta Estrofa

Parte 3

 

 

—Nunca pensé que realmente vendrías.

Grimm, con los ojos muy abiertos, garabateó las palabras en un pedazo de papel mientras estaba sentado en la cama, y le mostró el papel a Wilhelm.

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Se encontraban en la habitación de Grimm en el Hospital Real, aunque hoy en día era una zona muy grande llena de heridos. Uno podría decir qué tan ocupado estaba el hospital por el número de camas con pacientes en ellas.

—Sólo por capricho. Iba de camino a hacer otra cosa —, Wilhelm contestó tercamente. Estaba junto a la cama de Grimm con los brazos cruzados.

Fue casi un milagro que, después de separarse de Theresia, encontrara que sus pies lo guiaron a visitar a Grimm. Estaba diciendo la verdad, no era más que un capricho. Era su primer día fuera de servicio, y el sólo hecho de ir a su habitación a dormir no tendría ningún propósito. Eso era todo lo que había en esto.

—De todos modos, tu mujer nunca me dejará en paz si no lo hago.

—Por favor, no hables así de Carol.

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—…Esta escritura es un dolor. ¿No puedes hacer nada al respecto?

Le tomó tiempo a Grimm responder a todo lo que dijo Wilhelm. El papel para mantener estas conversaciones tampoco era un recurso abundante. Grimm siguió usando una hoja hasta que quedó casi completamente negra por las letras.

Ante la cara de molestia de Wilhelm, Grimm sonrió patéticamente y señaló su garganta. Una larga cicatriz blanca corría sobre ella, una señal del daño en sus órganos del habla. Él podía hacer un sonido áspero con su respiración, pero nunca volvería a hablar.

—Al menos tuve suerte de escapar con vida.

—…Dado que estábamos luchando contra Libre, probablemente la tuviste.

— ¿Dónde está Carol?

— ¿Qué, crees que somos lo suficientemente amigables para venir aquí juntos? No me hagas reír.

Realmente había venido aquí por un estricto capricho. La sola idea de traer a Carol con él, alguien cuya compañía no disfrutaba en lo más mínimo, era suficiente para sofocarlo. Encontrarla era algo que él quería evitar a toda costa.

—No volveré a visitarte otra vez. Asegúrate de que ella sepa que estuve aquí, ¿de acuerdo?

—Lo tengo. Se lo diré.

Eso lo ayudó a relajarse un poco, al menos. Tal vez no tenga que preocuparse de que Carol venga darle un discurso. Si Carol lo hubiera dejado solo, nunca se habría molestado en venir a ver a Grimm.

— ¿Cómo está el capitán?

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—Es como si estuviera poseído por el fantasma de Pivot. No me gusta eso. “Has esto. Mata a los demi-humanos.” Eso es todo lo que escuchas de él en estos días. Supuestamente las cosas se han calmado últimamente, pero él sólo se ha vuelto más ruidoso.

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Al parecer, Bordeaux también había venido a visitarlo una vez, pero se había marchado rápidamente por trabajo. El ejército real era un caos total, y los comandantes tenían mucho en sus platos. Bordeaux no fue la excepción.

—…

De repente, Grimm dejó de escribir y miró a lo lejos. Wilhelm reconoció la expresión. Era la misma expresión con la cual Grimm había mirado el cementerio del ejército real, cuando se habían despedido por última vez de sus camaradas caídos. Wilhelm sabía que estaba perdido en sus recuerdos de todos aquellos en el Escuadrón Zergev que habían muerto en Aihiya.

Wilhelm, con los brazos cruzados, caminó hacia la ventana y pensó en el pantano (Aihiya Swamp). Había pensado profundamente en esa batalla muchas, muchas veces, sólo para no olvidar su rabia por el conflicto sin resolver con Libre, o con Sphinx, que le había robado esa oportunidad.

Esta vez, sin embargo, fue diferente. Esta vez, Wilhelm pensó en un momento diferente en la batalla…

—… ¿Por qué me protegieron?

Recordó a Pivot, que había dado su vida al recibir un golpe destinado a Wilhelm. Recordó a todos los demás, que se habían enfrentado a Libre a la agonizante orden de Pivot, y cómo habían sido asesinados.

Grimm, también. Él estaba entre los que se habían enfrentado a Libre en lugar de Wilhelm, y por su culpa Grimm había recibido una herida que llevaría para siempre y perdió la voz.

No entendía por qué. Ninguno de ellos había tenido la esperanza de ganar. Si el efecto del círculo mágico hubiera continuado, probablemente Wilhelm también habría encontrado su perdición allí. ¿Qué significado podría haber tenido en sus acciones?

—Ustedes, todos ustedes, desafiaron a un enemigo que nunca pudieron vencer. Pivot murió, todos ustedes murieron, y yo…

Si no hubiera sido por la intervención de Sphinx, Wilhelm también habría muerto. Y si lo hubiera hecho, todos los sacrificios del Escuadrón Zergev habrían sido en vano. Y entonces…

Hubo un silencioso ruido detrás de él.

—…

— ¿Te estás… riendo?

Mientras Wilhelm lo miraba, Grimm reaccionó de una manera inusual. Sus hombros temblaban, su respiración raspaba su garganta, e hizo un sonido como si estuviera tosiendo. Casi parecía una risa.

Esta respuesta totalmente inesperada dejó a Wilhelm perplejo. Grimm tomó sus materiales de escritura.

—Siento haberme reído. Nunca pensé que reaccionarías de esa manera.

—Esa es mi línea. Nunca te tomé por el tipo de persona que encuentra divertidos los asuntos de la vida y la muerte.

—Yo tampoco. No creí que la muerte de Pivot o la de nuestros camaradas significaran algo para ti. Y pensar que estás molesto porque nadie te culpa.

— ¡¿…?! —Wilhelm llegó al final de lo que Grimm había escrito, y la insólita oración inmediatamente lo enfureció. Pero Grimm agitó su cabeza.

—Nadie te culpa, Wilhelm. Mis heridas y la muerte de Pivot no son culpa tuya. Estoy seguro de que el capitán tampoco te hace responsable de Pivot.

Era la verdad. Cada vez que se veían el uno al otro, Wilhelm podía decir cuán diferente era Bordeaux. Sin embargo, nunca habló mal de Wilhelm ni lo culpó por la muerte de Pivot. Grimm tampoco consideraba a Wilhelm como la razón por la que había perdido la voz. Saber eso debería haber sido un alivio para él. Debería haberlo sido.

—Wilhelm. Tú eres la espada de nuestro Escuadrón Zergev. Si tú no eres derrotado, nosotros tampoco. Todos creían eso, y por eso arriesgaron sus vidas.

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—Estás inventando cosas. Mi espada es mía, y no soy propiedad de nadie.

—Eso es verdad. Supongo que es suficiente. Tu intensa forma vivir es sólo tuya. Bueno, lo fue, pero ya no lo es.

—No sé a qué te refieres.

—Tu forma de vida es un ideal. Describirlo en palabras lo hace sonar barato y pobre, pero sólo aquellos que realmente se han dedicado a ellos mismos pueden vivir como tú. El resto de nosotros no podíamos hacerlo.

Wilhelm no pudo captar completamente la emoción de Grimm mientras vertía las letras en la hoja. Wilhelm siempre había odiado cuando las personas decían que no podía hacer algo. Sobre todo, odiaba la mirada de la persona cuando lo decía. Despreciaba la mirada de las personas que pensaban que estaban tomando una decisión inteligente cuando se daban por vencidos e inventaban excusas.

Pero nada en la expresión de Grimm al mirar a Wilhelm era algo así. Grimm decía que no podía. Estaba poniendo excusas. Su rostro era el de un hombre que se había rendido. Pero sus ojos no estaban resignados ni arrepentidos. Wilhelm encontró la mirada de Grimm muy desconcertante.

—Wilhelm, siempre he admirado tu fuerza. Cuando vimos a Tholter como un guerrero no-muerto en Castour Field, pude darme cuenta de lo diferentes que éramos tú y yo, y pensé que eras increíble. También todos en el escuadrón. Es difícil ver de lejos lo que te hace especial. Pero de cerca, se nota.

—…No me des una reputación extraña.

—Lo siento. Pero tiendes a hacer lo que se te da la gana, ya sabes. Tal vez los tipos independientes tendemos a encontrarnos. Tengo grandes esperanzas de lo lejos que puedes llegar.

¿Hasta dónde podría llegar? Wilhelm podía blandir su hoja, convertirse en una espada, ¿y dónde terminaría? Finalmente entendió la inexplicable emoción que vio en los ojos de Grimm. Era expectativa y esperanza. Era envidia hacia alguien que sabía que podía seguir adelante, aunque el propio Grimm se había rendido.

—Me hubiera gustado decírtelo, al menos una vez, antes de perder la voz. Supongo que es un poco tarde para eso.

—…

—Gracias por ese tiempo. Gracias a ti, estoy aquí ahora.

Grimm habló todo esto sin decir palabra, y luego inclinó su cabeza hacia Wilhelm con una sonrisa. Era inconfundiblemente una sonrisa de fraternidad.

Wilhelm apenas pudo soportarlo.

***

 

 

— ¿Te gustan las flores?

—No, las odio.

— ¿Por qué empuñas tu espada?

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—Porque esto es todo lo que tengo.

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Después de que supo el nombre de Theresia, y después de que Grimm confesó su envidia, las cosas continuaron sin ningún cambio real. El ejército real seguía moviéndose lentamente, y con la reorganización aún en curso, Wilhelm continuó empuñando su espada en nombre de la fuerza policial de la capital. Cuando no estaba haciendo eso, estaba en la plaza teniendo sus absurdas conversaciones con Theresia.

Las preguntas sobre las flores y por qué empuñaba su espada se convirtieron en una piedra de toque inmutable para ellos. Las respuestas de Wilhelm y las reacciones de Theresia tampoco cambiaron.

O mejor dicho, no se suponía que lo hicieran. Pero en algún momento Wilhelm se dio cuenta de cómo le dolían estos intercambios. Todavía sentía lo mismo por las flores, no había manera de que eso cambiara. Pero que le preguntaran por su espada hería su corazón. En cada ocasión, la pregunta lo inquietaba e irritaba. Su pecho vibraba por las emociones que Pivot le había mostrado en Aihiya, al igual que Grimm en su habitación del hospital.

—Wilhelm… me estás mirando fijamente. ¿Pasa algo malo?

—No… nada.

— ¿Oh? Entonces no deberías mirar intensamente el rostro de una mujer. Es de mala educación.

— ¿Qué? ¿No crees que tengas un rostro que vale la pena mirar?

— ¿Qué? ¿Qu-Qué significa eso?

— ¿…?

— ¿Por qué actúas como si no supieras lo que quiero decir? —, dijo ella—. ¿No sabes cómo tener una conversación?

También empezó a notar que hablar con Theresia en la plaza le daba la misma sensación de calma que blandir su espada. Y finalmente, vio que ya no era capaz de perderse en su práctica con la espada como antes. Sólo balancear la espada debería haber sido suficiente para él, pero ahora, enfrentarse a esa hoja le hacía difícil el respirar.

Era casi como si él estuviera…

—Es como si tu espada estuviera llorando.

— ¡…! —Había estado agitando su espada por puro hábito cuando Theresia dijo eso. Instantáneamente, Wilhelm sintió una tormenta de emoción; dio vueltas alrededor de Theresia y la miró con ira.

—… ¿Qu-Qué pasa? —, preguntó ella.

— ¡Tú…! ¡¿Qué sabes tú acerca de mi espada…?!

Su dolor desenfocado había encontrado una salida. Wilhelm se arrepintió de las palabras, pero no podían ser retiradas. Theresia frunció el ceño y dijo:

— Wilhelm… tienes razón. No estoy calificada para hablar de espadas. Pero puedo ver que usar tu espada ahora mismo te está lastimando.

—No actúes como si lo entendieras. Nada me hace daño. Yo…

—Si es tan doloroso, ¿por qué no paras?

— ¿Parar?

Frunció el ceño; ni siquiera había pensado en esa palabra.

Cierto, Theresia asintió.

—Si realmente lo odias, no tiene sentido seguir adelante. Puede parecer irresponsable, pero ¿por qué seguir adelante si tienes que destruir tu propio corazón para hacerlo? O…

Se detuvo y miró a Wilhelm, que estaba firmemente de pie.

—… ¿Significa algo más para ti, el verterte a ti mismo en tu espada de esa manera? —Algo más allá de la propia espada, quiso decir ella.

Ella preguntó como si fuera la misma pregunta que siempre hacía, pero no lo era.

Wilhelm empuñaba su espada porque la espada era todo lo que tenía. Pero el significado de esto, ¿qué fue lo que impulsó a Wilhelm Trias a hacerlo?

—Ni siquiera yo sé la respuesta a eso —, dijo él.

—En ese caso…

—Pero dejarla sería imperdonable.

Esta vez fue el turno de Theresia de quedarse en silencio. Él no se podía permitir bajar su espada. Lo que él quería no figuraba en eso.

— ¿Imperdonable? Entonces… ¿quieres seguir usando tu espada para siempre, sin importar cuánto te duela? ¿Sin importar lo doloroso que sea?

—Así es. No tengo que saber por qué lo hago. Sólo tengo que hacerlo —. Wilhelm no tenía forma de encontrar otra respuesta que esa, otra cosa que no fuera la espada. Agarró la empuñadura de su arma como si se aferrara a una cuerda de salvamento. Theresia exhaló cuando lo vio.

—Ya veo. Así que hubo un significado. Para mantenerte con vida.

— ¿Un significado para mantenerme vivo?

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Estaba aturdido por las palabras. Casi sugirieron que ella sabía lo que le pasó a Pivot y a todas las personas del Escuadrón Zergev, y cómo había sido salvado de la muerte. Pero él no vio eso en los ojos de ella. Dos iris azul claro lo miraron.

—Sí —, dijo ella—. Por mucho dolor que te cause, no puedes dejar ir tu espada. Yo… —Theresia miró hacia abajo, su expresión era triste. Wilhelm notó el cambio pero no pudo dar una respuesta inmediata. Sus palabras seguían resonando en sus oídos.

—Yo espero que la encuentres —, dijo ella—. Tu razón.

— ¿Mi… razón…?

Se preguntaba si quizás esas palabras podrían, en verdad, ser la clave para resolver el problema en su corazón. Por otra parte, podría haberle dicho que no era tan fácil y que no dijera cosas tan estúpidas. Pero Wilhelm no hizo ninguna de estas cosas.

—Sí —, contestó Wilhelm—. Si es que tengo una —. Asintió a Theresia.

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Era el significado de dejarle vivir, la razón por la que Pivot y los demás renunciaron a sí mismos, la respuesta a la envidia de Grimm. O quizás lo que convertiría a Wilhelm en acero de una vez por todas.

—No te preocupes —, dijo Theresia—. Estoy segura de que la encontrarás. Tú más que nadie puedes hacerlo.

Ella no tenía ninguna base para decir eso, pero sonrió suavemente. Y Wilhelm, por alguna razón, se encontró incapaz de discutir.

La oportunidad de encontrar su respuesta estaba llegando, como si las palabras de Theresia la hubieran convocado. Sería una gran batalla que Wilhelm Trias, el Demonio de la Espada, no podría evitar.

Pronto llegaría un momento crítico en la Guerra Demi-humana, un baño de sangre en el Castillo de Lugunica.

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