Re:Zero Ex (NL)

Volumen 2: La Canción de Amor del Demonio de la Espada

Capítulo 5: Quinta Estrofa

Parte 1

 

 

Había pasado más de un mes desde la batalla en Aihiya.

No había habido grandes batallas en el reino durante ese tiempo y, en la superficie, todo parecía tranquilo. Pero un vistazo a la política interna de la nación mostraba que tal evaluación ganaría más que una mirada desaprobatoria de aquellos que conocían la situación.

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Las pérdidas en Aihiya le habían costado al reino más del 40% de su poder de combate; el ejército estaba experimentando una reorganización masiva y sus dirigentes estaban preocupados acerca de cómo lidiar con esta dramática reducción en su fuerza.

El Escuadrón Zergev no fue inmune a los efectos de esto. Casi el 90% de los miembros veteranos de la unidad habían sido asesinados, incluido el vice capitán Pivot. El escuadrón estaba hecho pedazos, y si era posible reconstruirlo era una pregunta abierta. El Escuadrón era famoso por su fuerza de espíritu. Wilhelm y Bordeaux regresaron milagrosamente a salvo, pero aunque no habían sufrido lesiones físicas graves, no se podía decir lo mismo de sus corazones.

Hubo heridas en esa batalla de las que ninguna armadura podía protegerles y eso les dolía incluso ahora.

—De alguna manera pareces aún más temible que antes —, dijo repentinamente la chica mientras veía a Wilhelm perderse silenciosamente en su espada.

Estaban en un rincón del distrito pobre, en la plaza junto al campo de flores. Debido a la reestructuración en curso del ejército, Wilhelm no tenía ninguna unidad específica asignada. Tampoco había ninguna batalla que librar. Sus días estaban llenos de depresión y rabia. Recientemente, había estado viniendo aquí todos los días para trabajar con su espada.

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Eso, por supuesto, significaba más oportunidades para ver a la chica que pasaba su tiempo aquí. Él incluso se había acostumbrado a sus interjecciones periódicas durante su práctica.

—Feh.

— ¡Oh! ¡Me has chasqueado ahora mismo! —La chica sonaba molesta.

Estar acostumbrado a sus comentarios no los hacía menos molestos, y Wilhelm no había hecho ningún intento de ocultar su sonido de frustración.

—Odio cuando lo haces tan obvio —, dijo la chica—. ¿Podrías parar?

—Es mi elección practicar con mi espada y mi elección chasquear mi lengua —, dijo Wilhelm—. Aunque sucede que estés cerca, pierdes el tiempo sin hacer nada.

—No digas eso. Estoy admirando mis flores y expandiendo mi corazón… ¿No lo dirías de esa manera?

—Deberías alegrarte de que te dije que perdías tu tiempo y no tu vida.

Era su costumbre insultarse así, sin mirarse el uno al otro. Cada uno venía aquí a relajarse, pero terminaban en estas discusiones infantiles. Era una tontería, pero ninguno de los dos quería ceder yéndose a algún otro lugar. Y así los dos se vieron cada vez más el uno al otro.

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—Tengo que decir que eres tú quien está perdiendo el tiempo —, dijo la chica—. Y parece que los soldados tienen mucho tiempo para perder. Siempre andas por aquí estos días.

—…El ejército se está reorganizando. No iré a ninguna parte por un tiempo.¿De verdad crees que esto es lo que quiero? Y no estoy “perdiendo el tiempo”.

— ¿Tú crees? ¿Aunque te estas divirtiendo mucho balanceando tu espada?…Parece que no has disfrutado mucho últimamente.

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— ¿Qué es lo que sabes? —Sintiendo que ella había visto a través de él, Wilhelm intentó ocultar lo mucho que le molestaba con un comentario rudo.

Él no blandía su espada por diversión, pero no se podía negar que Wilhelm disfrutaba del tiempo que pasaba absorto en su práctica. De hecho, para él, esos tiempos eran la realización misma de su vida. Y la chica tenía razón en que ahora él había descubierto que ya no podía enfrentarse a la espada con pureza de propósito.

Las palabras de Libre en Aihiya Swamp resonaron en su cabeza.

Ven a mí, inmaduro. Te enseñaré cómo llora un recién nacido.

En ese instante, Wilhelm había estado al filo de la muerte. Si Sphinx no hubiera intervenido, ahora mismo estaría muerto. Pero su lucha había sido interrumpida, y su batalla aquel día quedaría sin resolverse para siempre.

— ¡Frunciendo el ceño otra vez! Eres demasiado joven para dejar que tu cara se quede de esa manera.

De repente, la chica estaba de pie frente al silencioso Wilhelm. Él se sorprendió al darse cuenta de que no la había notado, y se agarró su propio rostro en un intento por apartar el ceño.

—La forma en que vas por ahí frunciendo el ceño, mirando y observando todo irritantemente, apuesto a que todo el mundo está demasiado asustado para acercarse a ti.

— ¡Cállate! ¿Y a ti qué te importa? De todos modos, ¿qué quieres decir con “demasiado joven”? ¿Cuántos años crees que tengo?

—Dieciocho. Lo mismo que yo. ¿Verdad?

La chica le estaba señalando mientras guiñaba. Wilhelm no pudo hacer ningún sonido. Ella tenía razón. Y él no estaba tan desvergonzado o preocupado con trivialidades para tratar de ocultar ese hecho.

— ¿Ves? —, dijo ella—. ¿No sería vergonzoso tener arrugas en el ceño a esa edad? Y si vas a tener arrugas, ¿por qué no tener líneas de expresión por sonreírle a las flores?

Él miró hacia otro lado, pero la chica pareció tomar esto como una respuesta y rio lindamente. Luego giró en un pequeño baile, y Wilhelm encontró su atención robada por la forma en que su hermoso cabello rojo ondeaba en el viento. Y cuando las hebras desaparecieron de su visión periférica, fueron reemplazadas por un campo de flores amarillas.

Había visto ese campo una y otra vez, cada vez que se encontraba a la chica. Así que él estaba acostumbrado a la mirada orgullosa de ella mientras le mostraba las plantas, así como la pregunta que venía después.

— ¿Te gustan las flores?

¿Qué clase de respuesta quería ella? Nada había cambiado. Wilhelm agitó su cabeza y respondió:

—No, las odio.

***

 

 

— ¿Has estado en la ciudad-castillo otra vez?

La imponente silueta de Bordeaux bloqueó el regreso de Wilhelm a los cuarteles de los soldados. Tenía sus fornidos brazos cruzados y miró a Wilhelm.

El espadachín chasqueó la lengua.

— ¿Y qué si lo he hecho? ¿Hay algún tipo de problema con eso?

—Maldita sea, claro que la hay. Puede que estemos en medio de una reorganización, pero nunca se sabe cuándo o dónde podrían atacar esos bastardos demi-humanos. Los militares tienen que estar preparados para cualquier cosa en cualquier momento. No me importa si estás en tu día libre o lo que sea, más te vale…

Se detuvo en medio de ese argumento inusualmente lógico, cerró los ojos y comenzó de nuevo lentamente.

—Ahem. Eso es lo que se espera de ti y de mí.

—…

Wilhelm sintió un escalofrío pasar por su espalda. Su comandante tenía toda la razón. Normalmente, una lógica tan cuidadosa habría venido de Pivot, no de Bordeaux. Bordeaux le habría dado una palmada a Pivot en la espalda y lo habría tumbado.

Bordeaux Zergev había cambiado desde la batalla en Aihiya Swamp, aunque no tenía heridas visibles. La diferencia era interna, como era ampliamente evidente en su actitud y comportamiento. Había empezado a intentar hablar más correctamente, como acababa de hacer, y se esforzó por decir cosas adecuadas a su posición. Era como si el fantasma de Pivot, su espíritu, le estuviese susurrando.

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Pero la mayor diferencia de todas sería evidente para cualquiera que pasara tiempo con él. Por supuesto, Wilhelm, que conocía Bordeaux desde hacía más de tres años, lo notaría.

—El reino no puede prescindir de tus habilidades ahora mismo. Practica todo lo que quieras. Pero ten en cuenta que debes permanecer donde puedas ser llamado a la acción en cualquier momento. Es todo lo que pido.

La cara de Bordeaux mientras hablaba mostraba oscuridad y duda. No había ni un atisbo de risas o sonrisas, y ese fue el cambio más drástico que había sufrido.

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—Después de todo, estoy bastante seguro de que no tengo que darte una orden directa para matar a esos bárbaros.

El viejo Bordeaux nunca habría revelado tan abiertamente la profundidad de su ira y su odio. Estas demostraciones le dieron a Wilhelm una extraña opresión en el pecho. No le gustaba el sentimiento de su propia debilidad, y decidió evitar a Bordeaux aún más que antes.

—Pronto habrá otra gran batalla. Eso es lo que dice Lady Mathers. Estate preparado.

Wilhelm no había hablado en absoluto y no rompió su silencio. Bordeaux le dio una palmada en el hombro y luego le abrió el camino al cuartel. La forma en que Bordeaux vino a hablar con el propio Wilhelm, en lugar de enviar a algún lacayo, le dio la impresión de que el caballero no había perdido toda su antigua franqueza. Pero rápidamente descartó el sentimiento.

Después de encontrarse con la chica en la ciudad y con Bordeaux frente al cuartel, las emociones de Wilhelm estaban en ruinas. Se metió dentro. Mientras se dirigía devuelta a su habitación, pasó junto al capitán del cuartel. El hombre parecía que iba a preguntar qué había pasado, pero Wilhelm lo silenció con una mirada y entró rápidamente en su habitación.

El ejército real tenía dormitorios militares en cada distrito de la capital, y el edificio al que Wilhelm fue asignado era uno para el personal superior. Este era el tratamiento más alto para un soldado de infantería que no había alcanzado el rango de caballero, y él apreciaba la vida en una habitación privada que minimizaba sus posibilidades de encontrarse con otras personas. Tanto es así que, de hecho, era propenso a enfadarse con los visitantes inesperados.

—Te levantaste muy temprano esta mañana.

— ¿Por qué diablos estás aquí?

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—Cuando le mostré quién era, el capitán del cuartel me dejó entrar aquí. Aunque le dije que podía esperar abajo.

—Te estás excediendo.

Pensó en la patética cara del capitán del cuartel con el que se había cruzado en el pasillo y chasqueó la lengua, aunque el capitán ya estaba muy lejos.

Carol había estado esperando en la habitación de Wilhelm. Llevaba ropa de mujer normal en vez de su armadura de caballero, y eso la hacía un poco menos intimidante. Le recordó a Wilhelm que ella era, después de todo, una mujer. No es que fuera tan estúpido como para decir eso en voz alta, eso sólo le generaría una riña y haría que este encuentro fuera más largo de lo necesario.

—Sabes —, dijo Carol—, te conozco desde hace tres años, y esta podría ser la primera vez que me siento y tengo una charla tranquila contigo.

—No va a haber nada tranquilo al respecto. Vete de aquí.

—No has cambiado. O… quizás cambiaste un poco y luego volviste a ser como eras. Tienes esa mirada en tus ojos que me recuerda a un perro callejero, o a uno loco.

— ¿Viniste aquí sólo para pelear? Me impresiona que te tomes tantas molestias en tu día libre. Bien, te complaceré.

Sus respectivos espíritus guerreros chocaron brevemente antes de que Carol frunciera el ceño y suspirara.

—No esperaba que te alegraras de verme —, dijo ella—. Una vez que termine aquí, me iré inmediatamente.

—Oh, ¿entonces buscabas algo más además de problemas?

—Es sobre Grimm, por supuesto. ¿Qué más tenemos tú y yo en común?

Wilhelm hizo una mueca de disgusto al mencionar el nombre de Grimm. Desde que sufrió sus heridas, había estado encerrado en un centro médico. Wilhelm, naturalmente, no había ido a visitarlo ni una sola vez.

Después de todo, ¿por qué lo haría? Una visita no serviría para nada, y de todos modos, la relación entre ellos no era así de amigable.

Pero encontrar a Carol saliendo de su camino para venir a su habitación así…

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—Vine a decirte que Grimm quiere verte.

Eso era exactamente lo que esperaba que ella dijera. Wilhelm no perdió de vista que Grimm y Carol compartían el vínculo de un hombre y una mujer. Bueno, podrían preocuparse el uno por el otro si quisieran. Pero ellos no deberían imponerle eso a él.

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—Muy bien, has entregado tu mensaje. Felicitaciones. Pero no tengo ninguna intención de escucharte. Ir a verlo sería un desperdicio de esfuerzo.

— ¿Por qué, tú…?

—Pero me impresiona que pudieras traerme un mensaje de alguien que no puede hablar. No sabía que había sido educado lo suficiente como para leer y escribir…

—No te pongas muy contento contigo mismo, Wilhelm Trias —. La agudeza de Carol aumentó de nuevo como si fuera a reanudar su disputa de hace un rato. Wilhelm entrecerró sus ojos. La mano vacía de Carol hizo un puño—. Grimm puede perdonar todas las cosas humillantes que dices de él, pero no me quedaré aquí y permitiré que lo degrades.

—Estás hablando del tipo de cosas que hacen los amigos. No intentes forzarme.

Los dos se quedaron intercambiando miradas peligrosas.

Carol miró hacia otro lado primero. Wilhelm se mofó.

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Ella agitó su cabeza lentamente y se dirigió hacia la puerta, pero entonces dijo:

—Te traje su mensaje, aunque sea inútil. Sólo por una vez, intenta hacer algo decente con una amistad forjada en la batalla.

— ¿Desde cuándo él y yo somos amigos?

—Grimm te ve como su hermano de armas. Pensé que yo también podría —. Carol dejó la habitación, con un Wilhelm de aspecto intimidatorio detrás de ella. Él oyó que la puerta se cerraba, y luego se tiró en su cama frustrado.

Extinguió su espíritu de espadachín mirando al techo. Después de eso, sólo quedó un vacío en su corazón.

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