Goblin Slayer

Volumen 6

Capítulo 5: El Campo de Entrenamiento a las Afueras de la Ciudad

Parte 4

 

 

«Ahora que lo pienso…»

«¿Hmm?»

«Esta puede ser la primera vez que hemos estado los dos solos.»

«Ah, ciertamente, creo que tienes razón en eso,» dijo el Sacerdote Lagarto, su cola moviéndose gentilmente.

Era por la tarde en el campo de entrenamiento. Aunque las instalaciones estaban casi a medio terminar, el lugar seguía abierto a los elementos.

Aventureros novatos, así como obreros, descansaban aquí y allá en la hierba, comiendo sus almuerzos.

No estaba garantizado que se les proporcionaría comida, e incluso si lo estuviera, la actividad física hacía que el cuerpo tuviera hambre.




«Ni siquiera los dioses y los espíritus pueden curar un estómago vacío», musitó el Sacerdote Lagarto.

«Te estás olvidando de los milagros Crear Agua y Crear Comida», dijo la Sacerdotisa.

Aunque no los tengo todavía.

«Jo-jo», el Sacerdote Lagarto se rió apreciativamente. «Si yo cambiara de religión, las bendiciones disponibles también cambiarían, ya veo.»

«Eso es verdad. Aunque no creo que pueda rezar más hoy…»

¿Por qué habían venido los dos al campo de entrenamiento? La respuesta era entrenar, combinado con realizar algunas curaciones.

No eran sólo los aventureros sin experiencia los que estaban en riesgo mientras practicaban. De hecho, las personas que trabajaban en la construcción de las instalaciones estaban probablemente en mayor peligro.

Los golpes y rasguños, por supuesto, podrían ser tratados con simples primeros auxilios, pero los huesos rotos podrían afectar mucho más que sólo la construcción. Llamar a los dioses para un milagro de Sanación Menor podría hacer toda la diferencia.




Finalmente, los dos clérigos se instalaron en las afueras del campo para comer.

La Sacerdotisa se sentó con las rodillas juntas y abrió el paquete que contenía su almuerzo. Era pan y queso, junto con vino aguado y varios trozos de fruta seca.

«Vaya», dijo el Sacerdote Lagarto, mirando sus provisiones desde donde estaba sentado con las piernas cruzadas. «¿Será eso suficiente para ti?»

«Sí», contestó la Sacerdotisa. No se trataba tanto de una dieta balanceada; ella tendía a no comer mucho. «Yo he, ejem…» Ella miró hacia otro lado, sus mejillas se volvieron un poco rojas. «Parece que he subido de peso desde que me convertí en aventurera.»

El Sacerdote Lagarto abrió sus grandes mandíbulas y se rió. «¡Ja-ja-ja-ja-ja-ja! ¡No temas! Sin duda eso es debido a que has desarrollado tus músculos».

«Creo que puede ser porque hay muchas cosas buenas para comer en esta ciudad…»

«Creo, mi niña, que un poco de carne en tus huesos sería lo mejor. Estás demasiado delgada.»

«La Gran Sacerdotisa me dijo lo mismo…»

A cierta edad, tal vez hasta las clérigas se preocupaban por estas cosas. Probablemente no ayudaba que hubiera tantas mujeres atractivas a su alrededor, como la Vaquera, la Chica del Gremio y la Bruja.

La Sacerdotisa dio un pequeño suspiro y luego rápidamente ofreció una oración de agradecimiento a la Madre Tierra por su comida.

El Sacerdote Lagarto, por su parte, hizo uno de sus extraños gestos juntando las palmas de sus manos y abrió una bolsa hecha de piel de animal.

«Oh», dijo la Sacerdotisa. Sus ojos se abrieron un poco, y luego sonrió suavemente. «Un sándwich, ¿eh?»

«Je-je-je-je-je.»

El Sacerdote Lagarto hizo una expresión que quizás era una completa sonrisa, luego movió los ojos y levantó el sándwich triunfalmente. Consistía de pan grueso cubierto de mantequilla, rodeando rebanadas de carne de res cocida.

Lo que realmente llamaba la atención, sin embargo, era el queso, tanto que amenazaba con ser más de lo que el pan podía contener. Prácticamente enterraba la carne; el queso era obviamente la estrella aquí. Era exactamente lo contrario de un sándwich normal, en el que la carne de res sería el componente principal y el queso sólo una adición.

«Los ingredientes favoritos de uno, arreglados a su gusto. Esta es la verdadera libertad.» Él sonaba tan feliz como una almeja, y la Sacerdotisa no podía resistir sonreír.

«No puedo decir que no lo entienda…»

«Mm. Si la comida es efectivamente cultura, uno necesitaría una civilización verdaderamente iluminada para producir esto». Mientras él hablaba, el Sacerdote Lagarto devoraba el sándwich. La mitad había desaparecido de un mordisco; dos mordiscos más tarde, se había desvanecido.

«¡Ahh, néctar! ¡Delicioso!»

«Je-je. Realmente te gusta el queso, ¿cierto?»

«En efecto. Me hace sentirme agradecido de haberme aventurado en el mundo humano».

Golpe, golpe. Su cola golpeaba el suelo en una muestra de gran ánimo. La Sacerdotisa siguió su movimiento.

Ella abrió su propia boca, mucho menos ancha que la del Sacerdote Lagarto, y comenzó a meter en ella trozos de pan arrancados. Mientras masticaba, un sabor a nuez llenó su boca. Lo acompañó con un trago de vino de uva.

«¿Qué tipo de comida comías en tu hogar?» preguntó la Sacerdotisa.

«Nosotros somos guerreros y cazadores. Comíamos aves o animales que capturábamos». Habiendo terminado su primer sándwich, el Sacerdote Lagarto estaba buscando el segundo. «Los jóvenes guerreros comían con los jóvenes guerreros, los más experimentados con su propia brigada. Y los superiores comían con los superiores». Sosteniendo su sándwich con una mano, golpeó la hierba con la otra. «Comíamos en el suelo o en el piso, justo como ahora.»

«¿No comían todos juntos?»

«Si un rey o un general se reuniera con los soldados comunes, ¿cómo podrían relajarse?»




«Ya veo.»

«Los Banquetes, esos eran diferentes. Cuando lográbamos una victoria en batalla, se encendían fuegos en la plaza pública y todos se sentaban juntos».

En el ojo de su mente, la Sacerdotisa se dio cuenta de que podía imaginarse una escena de una tierra en la que nunca había estado. Una gran multitud de hombres lagarto reunidos al pie de un enorme árbol en la selva tropical, levantando sus copas y bebiendo su vino, celebrando juntos.

En medio de todo esto, una gran bestia se asaba en un asador, valientes guerreros cortaban trozos de carne y alzaban sus voces. Por alguna razón, uno de ellos en particular estaba disfrutando de grandes bocanadas de queso…. Pero eso era probablemente sólo un detalle agregado por ella.

Pero al menos…

«Parece muy festivo.»

«Yo diría que sí», dijo con confianza el Sacerdote Lagarto. «A veces, también íbamos en busca de maíz o papas…»

«Ooh. Las papas van bien con el queso, sabes.»

«¡Oh-jo!» El Sacerdote Lagarto se inclinó repentinamente hacia adelante, sus ojos brillaban y sus mandíbulas se abrieron. No es de extrañar que la Sacerdotisa retrocediera un poco con un aullido de miedo.

«¡Me gustaría oír más sobre ese tema!»




«Eh, bueno, yo… en el Templo, solía cocinarlos juntos…»

Cortar las papas, mezclarlas con una salsa de leche, harina y mantequilla, luego espolvorearlas con queso y hornearlas. El resultado era una rica comida para los días del festival de invierno o cualquier tipo de celebración.

«Todos se reunían en el Gran Salón, ofrecíamos nuestras oraciones y luego comíamos juntos.»

«¡Eso es excelente…!»

Tanto la receta como la comida, él quiso decir.

«Compartir una comida con tus compañeros», proclamó el Sacerdote Lagarto, «es profundizar tus lazos con ellos».

«Sí», asintió la Sacerdotisa, sonriendo. Entonces ella pensó en algo y ladeó su cabeza frente a él. «Oh, si quieres, podemos cocinarlo juntos cuando tengamos la oportunidad.»

«Eso me gustaría», contestó el Sacerdote Lagarto.

Fue entonces cuando una brillante y alegre voz llegó a sus oídos: «¡Oye, parece que tienes algo bueno para comer allí!»

La Sacerdotisa miró en dirección a la voz. Lo primero que vio fue un par de pies descalzos. Pequeños pero musculosos, conducían a unas piernas cubiertas con pantalones cortos, y luego a una blusa ligera. Ella estaba acalorada y sudorosa, abanicando su cuello para que el aire circulara. Era la Luchadora Rhea.

«¿Un sándwich? ¡Qué suerte tienes! ¿Puedo comer algo?»

Con un gruñido, el Sacerdote Lagarto lanzó el resto de la comida a su boca, agitando su cola de una forma intimidante mientras masticaba.

«Entre las enseñanzas que recibí, no había tal cosa como compartir la comida.»

«Awww…»

Sin embargo, ella no parecía tan decepcionada, y pronto el Sacerdote Lagarto giró sus ojos.

«¡Bueno, no es que no haya traído mi propio almuerzo!», dijo ella. «¿Puedo acompañarlos?» Se rió abiertamente y levantó un paquete en su mano. Estaba envuelto cuidadosamente en un pañuelo rojo y era sorprendentemente grande.

La Sacerdotisa, que había estado masticando algunos fríjoles dulces secos, tragó su bocado e hizo un ruido afirmativo, asintiendo con la cabeza. «Oh, sí. No hay problema».

«Tampoco me molesta.»

«¡Entonces déjenme acompañarlos!» La chica rhea se tiró al césped junto a ellos, desenvolviendo su almuerzo. Era un montón de panqueques esponjosos, cocinados hasta alcanzar un color marrón dorado no muy diferente al del pelaje de un zorro. Cada uno era tan grande como la cara de una persona, y había uno, dos, tres, cuatro… ¡cinco! de ellos.

Considerando el tamaño físico de un rhea, esto equivalía a suficiente comida para alimentar a un enano.

Sacó una botella y sacó el corcho, vertiendo miel espesa y rica sobre los panqueques, y entonces empezó a comer.

La Sacerdotisa se encontró parpadeando.

«Tienes mucho apetito, ¿no es así?»

«¡Comemos cinco o seis veces al día!» Sin embargo, no siempre puedes conseguir todas tus comidas durante una aventura…. La chica lamió su dedo pegajoso por la miel. «¡Así que tengo que asegurarme de comer lo suficiente para no morirme de hambre entre comidas!»

«Ja, ja, ja…» La Sacerdotisa se rió de forma evasiva. Ella tenía la clara sensación de que la rhea habría comido lo mismo aunque estuviera comiendo todas sus comidas.




«Por cierto,» dijo la Sacerdotisa, «estás sola ahora mismo, ¿verdad?»

«Ciertamente lo estoy. Así que estaba pensando en cazar ratas o algo así».

Eliminar a las ratas gigantes de las alcantarillas era una tarea básica para los aventureros principiantes. Eso no significaba que fuera un trabajo especialmente popular – la gente sentía que no era lo suficientemente emocionante. Nadie se convertía en aventurero sólo para luchar contra roedores gigantes. Ellos querían luchar contra monstruos aterradores, adentrarse en mazmorras y obtener botín de los cofres de tesoros. De eso se trataba la aventura.

Pero no era fácil hacer nada de eso solo.

«Además, este lugar está lleno de guerreros novatos.» No hay ningún grupo para mí. Ella se rió.

Por muy bueno que fuera unir fuerzas con algunas personas con las que te llevabas bien y salir en aventuras, por la misma razón, podía ser doloroso cuando te quedaras por tu cuenta.

Si no fuera por Goblin Slayer….

¿Qué habría pasado con ella?

Eso era lo que estaba en la mente de la Sacerdotisa.

Era algo muy extraño. Si esas tres personas no la hubieran llamado ese día, ¿dónde estaría ahora?

Si ella no hubiera ido a una aventura con ellos, no estaría aquí en este momento.

Todo fue a causa de esa aventura, y de todos los combates que habían llegado después, día tras día acumulándose. Las pequeñas decisiones que ella había tomado, un segundo a la vez, habían producido este momento exacto.

«Um….» El pensamiento hizo que las palabras salieran de su boca casi por sí solas. «Si quieres, ¿por qué no… pruebas a aventurarte con nosotros?»

«¿Aventurarnos?» La rhea los miró, un poco desconcertada. «¿Qué hay de tu amigo blindado, Goblin Slayer o como se llame? No creo haberlo visto por aquí hoy…»

«Oh, umm…»

«Pues sucede,» dijo el Sacerdote Lagarto, inclinándose hacia adelante y retomando la conversación de la momentáneamente inarticulada Sacerdotisa, «que para subir de rango, ella debe demostrar sus habilidades y, por eso, está en busca de compañeros de aventuras temporales». Mientras él hablaba, masticó y se tragó otro sándwich ruidosamente.

«Lo más probable es que sólo estemos juntos en una misión…», dijo la Sacerdotisa disculpándose.

«Hmm.» La Luchadora Rhea cruzó sus brazos y miró a la distancia.

A los aventureros principiantes a veces se les llamaba «la turba», y en ese grupo abundaban los guerreros humanos y enanos. Muchos de ellos eran sólidos y fuertes, ya sea porque habían entrenado duro o porque habían nacido así.

«Sólo te advierto, que no soy nada especial», dijo la Luchadora Rhea con una leve sonrisa. Sí, ella había entrenado, pero levantó uno de sus brazos para demostrar que aún era más pequeño que el de un humano o un enano. «Quiero decir, soy una rhea. No tengo un buen equipo. Y yo sólo soy una guerrera».

Una armadura de cuero. Una espada y un escudo. Equipo decente, pero definitivamente de tamaño pequeño.

A la luz de sus habilidades, fuerza y equipo, probablemente había muchos guerreros mejores que ella.

«¿Estás segura respecto a mí?»

«Ah, pero», dijo el Sacerdote Lagarto, asintiendo sombríamente, «tienes suerte».

«¿Suerte…?»

«Llámalo una relación amistosa con el destino. ¿No?»

«¡Por supuesto!» La Sacerdotisa inmediatamente estuvo de acuerdo con el Sacerdote Lagarto. Hinchó su pequeño pecho lo mejor que pudo. » Por ejemplo, ¿cómo nos preguntaste sobre nuestras pociones? ¡Por eso es que…!»

Por eso te lo pregunté.

«Huh, ¿así que recuerdas eso?» Dijo la Luchadora Rhea y asintió. «…Bueno, bien entonces, de acuerdo. Pero tengo que decir, creo que va a ser un poquiiiiito difícil para nosotras dos.» Así que… ella apretó ambos puños y los levantó en alto. «¡Invitemos a otros también! Déjamelo a mí, tengo algunas ideas geniales».

«¡Oh, yo también iré!»




Una vez que la idea estaba en su cabeza, la Luchadora Rhea se movió sorprendentemente rápido. Se fue como una liebre; la Sacerdotisa se levantó tardíamente para ir tras ella.

Mientras ella se alejaba corriendo, la Sacerdotisa se giró y se inclinó profundamente ante el Sacerdote Lagarto.

Ella comprendía completamente que el clérigo naga había ideado esto para ella.




Había pasado un año desde que los cuatro se habían convertido en un grupo.

El Sacerdote Lagarto le hizo un saludo de aliento, como si dijera: No te preocupes por eso, y ella volvió a asentirle.

«¡Heeey, tenemos que movernos! ¡Todos empezarán a entrenar de nuevo una vez que terminen de comer!»

«¡Cierto! ¡Claro! ¡Lo siento, y gracias…!»

«¡Yaaaah!» Muy por delante de la Sacerdotisa, la Luchadora Rhea le estaba dando una patada al muchacho pelirrojo.

Cuando la Sacerdotisa la alcanzó, se inclinó repetidamente y le explicó lo que estaba pasando. El Chamán Enano se rió a carcajadas. En ese intervalo, la Luchadora Rhea vio a sus siguientes objetivos y se dirigió hacia el Guerrero Novato y la Aprendiz de Clérigo.

Esta última objetaba que estaban en medio del almuerzo, cuando la Sacerdotisa se acercó con el Chico Mago a cuestas, una vez más inclinándose y disculpándose.




«Ahh, la suerte es una virtud, y la virtud es suerte,» dijo felizmente el Sacerdote Lagarto mientras comía y observaba los acontecimientos.

Habían estado juntos durante todo un año, después de todo. Conocía bien la personalidad de la jóven, junto con la bondad de su corazón.

Bien, entonces.

Su mente trabajaba mientras terminaba su último sándwich.

¿Qué hay de la virtud de mi señor Goblin Slayer, el extraño fanático en el corazón de nuestro grupo?

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