Goblin Slayer

Volumen 6

Capítulo 5: El Campo de Entrenamiento a las Afueras de la Ciudad

Parte 2

 

 

“……”

El muchacho estaba de pie en el campo de entrenamiento; todavía estaba en construcción, así que una buena parte del área parecía poco más que un campo de hierba.

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Él era la viva imagen de alguien que se veía obligado a hacer algo involuntariamente. Sus mejillas estaban hinchadas, se veía malhumorado, y tenía la barbilla en las manos mientras miraba al hombre que lo había llamado.

«…¿Qué, no estás matando goblins?»

«No.» El hombre de la sucia armadura de cuero y el casco de acero agitó la cabeza. «Pretendo ir una vez que te haya recogido.»

«No recuerdo que nadie te pidiera que me cuidaras.»

«¿Es así?»

«¡Sí!»

«Lo siento».

Su actitud indiferente hizo que el chico se enfadara.

¡Qué tipo con el que estar en un grupo!

Si hubiera sido él quien hubiera terminado en ese grupo, bueno, no podría haberlo rechazado categóricamente, pero habría sido terriblemente desagradable. ¿Cómo podía hacerlo esa sacerdotisa? ¿O aquella elfa, o aquel hombre lagarto? O…

«Ah, ahí estás. Excelente, esa es una señal prometedora.»

O el enano, que ahora caminaba por la hierba.

Sonreía, aunque el muchacho no podía imaginar qué era tan gracioso, y tomaba sorbos de una jarra de vino que tenía en su cinturón.

Sí, era de rango Plata. Sin duda era un usuario de magia muy capaz.

Pero aun así, eso no significaba que el chico quisiera tener que aprender a sus pies.

No quería, y aun así….

“…”

El muchacho volvió en sí al oír el sonido de sus propios dientes rechinar.

«Bien. ¿Puedo confiar en ti para que te encargues de esto, entonces?» Goblin Slayer le preguntó al Chamán Enano.

«Estoy seguro de que sí. Y no te vayas a esforzar demasiado sólo porque no tengas a un lanzador de hechizos».

«Por supuesto que no.»

«E invítame a tomar vino alguna vez.»

«Muy bien.»

Mientras el chico observaba, los dos hombres condujeron su conversación en breves intervalos, casi como si pudieran leer los pensamientos del otro. Los miró con furia, indignado por no poder unirse a la conversación.

Goblin Slayer se volvió hacia él. «Escucha lo que te dicen, no causes problemas y ponte serio.»

Prácticamente sonaba como un hermano mayor dando instrucciones a su hermano menor. El chico sólo resopló. Goblin Slayer pareció tomar esto como aceptación, porque se dio la vuelta. Luego se puso en marcha con su habitual paso audaz e indiferente.

«¡Hey, espera…!»

«Posa tus ojos en mi, muchacho, soy yo por quien deberías preocuparte.»

El muchacho no podía sacudir la sensación de que estaba siendo dejado atrás, pero el Chamán Enano agarró su hombro. Su pequeña pero áspera mano era lo suficientemente fuerte como para que su agarre casi le doliese.

«Siéntate, muchachito. Hay una diferencia si tratas de aprender sentado o de pie. No usas la cabeza de la misma manera».

«…Bien,» respondió, añadiendo petulantemente para sí mismo, sólo tengo que sentarme, ¿huh? y se sentó en la hierba.

Desde lejos llegaban voces entusiastas y el tintineo de las armas. A esto se sumaban los obreros que transportaban materiales y trabajaban con sus herramientas.

El cielo era azul, la luz del sol era lo suficientemente cálida como para hacerlo a uno sudar. El chico suspiró un poco.

El Chamán Enano lo notó; él lentamente se sentó en la posición de loto y sonrió.

«Bien, entonces. No soy un experto, pero… ¿cuántos hechizos puedes usar y cuan menudo?»

Esa era la pregunta que el chico menos quería responder.

«Bola de fuego. Y….sólo una vez.» Habló en voz baja, ensanchando sus labios. «…Pero eso ya lo sabes, ¿verdad?»

«Eres un completo idiota». Un puño cayó sobre el chico.

«¡¿Gah?!»

«Te lo digo, estás totalmente equivocado.»

El chico gruñó, sosteniendo su palpitante cabeza donde había recibido el golpe. ¿No se suponía que los hechiceros eran físicamente débiles?

No, espera, este era un enano. Maldita sea. El chico gruñó. Las diferencias en la raza no pueden ser tomadas a la ligera.

«Er…. Ergggh. Eso me dolió…. ¡Podrías haberme partido la cabeza!»

«¡La cabeza de un lanzador de hechizos no debería ser tan dura para empezar! Estarías mejor si se abriera de par en par».

«…Pensé que los enanos eran normalmente guerreros de todos modos.»

«Nosotros también somos monjes, si no lo sabías. ¿Y por qué no? Tenemos ingenio de sobra, y espíritu también.»

«S-Supongo que he oído hablar de los Sabios Enanos…»

«Son sólo historias», dijo el Chamán Enano, suspirando profundamente. «Escucha», dijo, susurrando como si fuera a contar un secreto. «Bola de fuego no es el único hechizo que tienes».

«¿Eh?»

El chico olvidó espontáneamente el dolor en su cabeza, su cara era una máscara de sorpresa. Tres dedos aparecieron delante de sus ojos.

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«Carbunculus—piedra de fuego. Crescunt-levantar o convertir. Iacta-disparar o liberar. Es así, ¿no?»

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«Uh.»

«Reúnes tres palabras de verdadero poder y se convierten en Bola de Fuego. ¿Ves lo que digo?»

«Sí, lo sé, pero…»

Se tragó el resto de lo que había estado a punto de decir.

Era tan obvio.

El hechizo que había aprendido consistía en tres palabras de verdadero poder, entrelazadas para crear un solo hechizo.

Eso significaba que el poder residía también en cada una de las palabras individualmente. ¿Podría ser más simple?

Cada palabra puede contener mucho menos poder que el conjuro completo. Pero aun así, cualquiera que reaccionara a una enseñanza obvia pero nueva diciendo «Sí, lo que sea…»

…solo sería un idiota.

El Chamán Enano observó que la cara del chico se ponía rígida, por lo que él sonrió ampliamente.

«¡Excelente! Parece que las primeras grietas han aparecido en ese cráneo tuyo. Ahora, ¿cuáles son las implicaciones? Dime lo que piensas.»

«…Crear fuego. Expandir. Lanzar.»

«¡Ves! Ahora tienes cuatro opciones.»

«¿Cuatro?»

«Puedes lanzar tu bola de fuego, o prenderle fuego a algo, o hacer que algo se hinche, o disparar algo.»

Aunque supongo que disparar una bola de fuego hinchada sigue siendo lo principal.

El niño miró fijamente sus palmas. Entrecerraba los dedos, contando.

Cuatro…

Él había estado bajo la creencia de que una Bola de Fuego era todo lo que era capaz de hacer-y sin embargo, ¿todo este tiempo había tenido cuatro hechizos?

«Hey…»

«¿Hrm?»

«¿Se supone que es así de simple?»

«Cambiar la forma en que ves el mundo no es… Bueno, supongo que eso no es precisamente lo que estamos haciendo. Sólo nos estamos asegurando de cuántas cartas tenemos en la mano».

Con eso, el Chamán Enano sacó una baraja de cartas aparentemente de la nada.

¿Qué fue esto? ¿Un juego de manos? Los gruesos dedos se movieron tan rápido que eran casi invisibles mientras cortaba la baraja y repartía las cartas.

«Las cartas bajas siguen siendo cartas, ¿no?»

«Supongo…»

«¡No hay necesidad de suponer! Lo son.»

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Él reformó la baraja y luego, como por arte de magia, desapareció.

No se detuvo ni un momento para llamar la atención sobre este acto de prestidigitación, sino que susurró conspirativamente:

«Oye, muchacho, ¿recuerdas a cierta usuaria mágica muy encantadora? ¿Una bruja?»

«…Sí,» dijo el muchacho, sonrojándose mientras visualizaba a la exuberante hechicera. «La conozco.»

«Ella usa inflammarae para encender su pipa.»

«…Espera, ¿en serio?»

Era la primera reacción completamente honesta que el chico había mostrado en todo el día, y no era de extrañar. Si alguien hubiera hecho algo así en la Academia, los profesores habrían perdido la cabeza.

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Los hechizos mágicos se componían de palabras de verdadero poder, capaces de alterar la lógica del mundo y manipular la forma en que eran las cosas. No debían usarse a la ligera, ¿no estaban los aventureros experimentados siempre diciendo cosas así?

No bajes la guardia. No dudes en matar. No uses tus hechizos. Y mantente alejado de los dragones…

«Como sea, creo que entiendes que no es conveniente lanzar hechizos a diestra y siniestra de esa manera. Pero piénsalo». El Chamán Enano se cruzó de brazos e hizo un ruido pensativo; el niño todavía no lo seguía del todo. «Digamos que estás bajo la lluvia, no tienes pedernal, y todo el carburante está mojado, pero tienes que hacer una fogata. Ahí es cuando lo usarías».

«…Bueno, sí, supongo.»

«Pero si eres realmente listo, podrías encender un fuego de otra manera en esa situación y ahorrar un hechizo.»

Si se combinan ramas y cortezas, a veces se puede encender un fuego, y a menudo las ramas que se desentierran del suelo estarán secas. Y dependiendo del cuidado con el que apiles la leña, a veces una rama húmeda puede secarse mientras el fuego arde, lo que la convierte en un carburante útil.

Tener más que un poco de ingenio es la mejor manera de cuidar tus hechizos. Cualquier habilidad suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

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«La única diferencia es el método», dijo el Chamán Enano.

Cada método es una alternativa, y las alternativas significan, a su vez…

«Más cartas en tu baraja».

“…”

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«Y otra cosa…» El Chamán Enano ignoró al Chico Mago, que tenía los brazos cruzados y refunfuñaba. Él entonces sacó el corcho de la botella que tenía en la cadera. Un expansivo olor a alcohol, el aroma único del vino de fuego enano, fluyó. «El trabajo de un hechicero no es recitar hechizos.»

Esto hizo que el muchacho parpadeara confundido.

«Es el usarlos.»

“¿…? ¿Y en qué se diferencian?»

«Si no puedes entenderlo, no llegarás a ninguna parte.»

Acertijos como este estaban en el corazón de lo que significaba ser un mago.

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¿Qué peso tenían realmente las palabras de los que siempre andaban por ahí proclamando que tenían la verdad?

¿Y qué valor tenía realmente la verdad que uno tenía?

Así, un mago se reiría. Se reiría y diría: Tal vez sí, tal vez no.

«Sólo un aficionado sabelotodo pensaría que un mago no hace más que lanzar una bola de fuego o un rayo a sus enemigos.»

Y entonces el Chamán Enano sonrió como un tiburón.

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