Goblin Slayer

Volumen 6

Capítulo 3: Recursos Mágicos

Parte 2

 

 

La Bola de Fuego que lanzó voló en una dirección aleatoria, quemando la piedra y desapareciendo en una lluvia de chispas. ¿Crees que el General reconoció, en el momento de su muerte, la fuente del sonido contundente que acompañó el golpe que recibió en la nuca?

El hacha de piedra del goblin esparció ese brillante cerebro por todo el suelo de la cámara funeraria.




«¡¡¡GROORB!!!»

«¡GORR!»

«¡¿Un ataque por la retaguardia?!

¿Quién fue el que gritó?

Ahora ellos veían a los goblins atravesando la puerta que estaba detrás. Era demasiado tarde para maldecir a los dioses. Cerrar la puerta habría significado cortar su propia ruta de escape. ¿Qué otro resultado, entonces, podría haber habido?




«¡¡¡GORBBBO!!!»

“¡¡OOOTLLTL!!”

El Hombre Lagarto, viendo lo rápido que había cambiado la situación en el campo de batalla, rechazó el garrote del trol y gritó:

«Nosotros dos nos encargaremos de esto. ¡Retrocedan!»

En vez de una respuesta, vio una figura oscura deslizándose alrededor de la cámara funeraria. El elfo oscuro se había metido detrás del trol y dio una voltereta, aparentemente en un intento de proteger a la Acólita.

«¡Tú también retrocede! ¡Con esa armadura, sólo estás pidiendo que te maten!»

«¡De ninguna manera! ¡No puedo, no puedo, no puedo!» Lloriqueó la Sacerdotisa Guerrera. Ella estaba moviendo su arma tan duro como podía, pero la situación no se veía bien.

El grupo de tres que había estado luchando contra el monstruo ahora tenía que luchar con sólo dos miembros del grupo. Y todo mientras se cuidan las espaldas.

Los goblins habían dejado que el trol distrajese a los aventureros y luego les tendieron una emboscada desde las otras cámaras funerarias. Qué inteligentes y crueles.

A veces obtienes un golpe crítico, y a veces uno normal.

«…Hng-»

La Acólita desesperadamente apartó la vista del General, su cerebro todavía goteando en el suelo; ella se mordió el labio lo suficientemente fuerte como para sacarle sangre. En ese momento, la verdadera tragedia fue la pérdida de recursos mágicos. Ella tenía que pensar en el campo de batalla en el que estaba. Si quería sobrevivir, si quería reclamar la victoria, entonces tenía que quitarse de la cabeza la muerte de su camarada en este momento.

La Acólita repitió estas cosas una y otra vez para sí misma mientras juntaba sus manos y comenzaba a tratar de orar de nuevo.

«¡GRORBO…!»

Después de todo, ella misma todavía no estaba fuera de peligro. Había varios goblins viniendo detrás de ella, de hecho, casi una docena. Y los goblins no eran famosos por su misericordia hacia los prisioneros.

Los goblins dividían el mundo en tres categorías: juguetes para ellos, botín para robar y enemigos. Así como los aventureros matarían a cualquier goblins que encontraran, los goblins seguramente no dejarían que ningún aventurero sobreviviera.

«Ah… Ahh!» La Acólita tropezó hacia delante mientras esquivaba una daga oxidada.

«¡Sigue dando apoyo!», dijo el elfo oscuro mientras venía a cubrirla. Él desvió el arma del goblin en una lluvia de chispas y luego le dio un segundo golpe que le cortó la garganta al monstruo. Hubo un sonido silbante y un chorro de sangre; el elfo oscuro le dio a la criatura una patada despiadada.

«¡No vamos a durar mucho aquí!»

«¡Cierto! Un milagro, enseguida…»

La Acólita agarró el símbolo sagrado que había caído entre sus pechos rebotantes, sudor corriendo por sus pálidas mejillas mientras entonaba su milagro una vez más.

«¡Oh mi dios del viento que viene y va, que la fortuna sonría en nuestro camino!»

El dinero hace que el mundo gire, al igual que los viajeros. El Dios del Comercio los supervisaba a ambos. Él envió un viento fresco que sopló en la cámara funeraria, ahuyentando el olor a moho que había prevalecido en la habitación.

«¡H-hrraaahhhh! ¡Graaahhhh!» Bramó el Hombre Lagarto.

«¡¡¡TOOTLOR!!!»

El trol levantó su garrote. Los dos se enfrentaron de frente.

La Sacerdotisa Guerrera, con el cabello completamente despeinado, se preparó para hacer caer su hacha de guerra sobre el pie del trol.

«¡T-Toma esto! ¡Ahora los dos juntos!»

«¡Hagámoslo!»

El hacha sagrada y la bendita hoja serrada desgarraron sin piedad la carne y el músculo.

«¡¿TOORL?!»

Hubo un chorro de sangre y un chillido desgarrador del troll, y los gritos de los dos guerreros resonaron por toda la recámara.

Nada de esto cambiaba el hecho de que la situación era muy, muy desesperada.

Todas las heridas que habían infligido al trol eran relativamente menores. Y una pelea de tres contra uno se había reducido a dos contra uno, o quizás más exactamente, cinco contra uno se había convertido en cuatro contra once.

Sin un mago, el grupo no tenía forma de dar un golpe decisivo. Y al mismo tiempo, su ruta de escape estaba bloqueada y no podían retirarse. ¿Podrían esperar hacer algo que pudiera cambiar la situación?

«Maldita sea…. ¡Maldita sea! ¡¡Maldita sea!!!»

Grandes y húmedas lágrimas se formaron en los ojos de la Sacerdotisa Guerrera y comenzaron a caer sobre su rostro. Ella y el Hombre Lagarto peleaban como leones, pero eventualmente llegarían a su límite.

No había miedo. Sólo arrepentimiento.

Si hubieran tenido a su elfo oscuro explorador vigilando su retaguardia, tal vez no habrían sido tomados por sorpresa. Y sin embargo, si lo hubieran hecho, no habrían tenido una buena manera de atacar al trol. El resultado, sospechó, habría sido el mismo.

La Sacerdotisa Guerrera entendía bien que no hay » peros » en la batalla. Pero de alguna manera eso sólo hacía que el arrepentimiento fuera aún más fuerte. ¿En qué se habían equivocado? ¿Por qué había resultado de esta manera? Ella odiaba todas las preguntas que no podía responder.

«¡Grr….!»

El segundo en caer en batalla ese día fue el ladrón elfo oscuro. Detuvo a un goblin, mató al segundo, enterró su daga en el tercero, pero entonces la daga de un goblin le rozó la mejilla. El hecho de que reconociese que el líquido aparentemente no identificable que había caído sobre la hoja era veneno era quizás un testimonio de su condición de elfo oscuro.

Con la mano libre, se volvió para coger una botella de su cinturón. Un antídoto.

«¡GRORB!»

«¡GROB! ¡¡GRRRORB!!»

Los goblins, naturalmente, no le iban a dar tiempo a beberlo. Confiando en sus números, se lanzaron sobre él implacablemente. Los movimientos del elfo oscuro comenzaron a desacelerarse visiblemente, y luego….

«¡Grgh-hagh!»

Fue abrumado, arrastrado al suelo, y allí los goblins lo cortaron hasta que ya no quedó vida en él.

«¡Ahhhh!» El Hombre Lagarto escuchó claramente el grito involuntario de la Acólita. Desafortunadamente

«¡¿Oye, estás bien?!»

Fue un momento de descuido. Sin embargo, ¿quién podría culparlo? La pasión por la batalla del hombre lagarto estaba alimentada por esa hermosa acólita.

Al instante siguiente, notó que el garrote subía y bajaba, y que no había forma de evitarlo.

Un trol nace con la fuerza suficiente para tumbar un árbol; sus poderes regenerativos también son naturales. En cuanto a las armas, el garrote es bastante rudimentario, pero muy poderoso.

Esta criatura era fuerte, un enemigo a temer. ¿No era eso suficiente? Ellos habían sido buenos compañeros, y este era un buen enemigo. Era una buena vida.

¿Le haría el trol el favor de comerse su corazón?

Esa era su única desilusión. Pero incluso si no, sus restos un día se pudrirían y volverían al gran ciclo.

¿Qué más podría decir él, entonces, al final?

«…¡Brillante!»

El cráneo del guerrero hombre lagarto terminó dentro de la pechera de su armadura, y murió. Casi parecía como si el cuerpo hubiera sido decapitado, pero se derrumbó sin siquiera un chorro de sangre. Su arma se salió de su mano y cayó al suelo.

“N—”




La acólita lo vio todo. Se quedó en silencio con los ojos bien abiertos, y luego, contra todo esfuerzo de su voluntad, un estrangulado grito surgió de ella.

«¡Nooooooooo! ¡No es verdad! ¡No puede ser…!»

Ella estaba a punto de correr hacia donde yacía su compañero caído.

«¡No lo hagas, idiota! ¡Ya es demasiado tarde!»

Es decir, estaba a punto de correr hacia el trol.

El grito había sido más que suficiente para llamar la atención del monstruo, y la de los goblins también. Las horribles sonrisas en sus rostros dejaban en evidencia lo que imaginaban en sus pequeñas mentes corruptas.

«¡H-Hijos de…!»

La Sacerdotisa Guerrera solo tartamudeó un poco antes de zambullirse entre ellos.

Si ella hubiera pensado en huir, podría haberlo logrado. Si hubiera estado dispuesta a abandonar a la Acólita, podría haber regresado a casa con vida.

En vez de eso, todo se desperdiciaría: Todo, desde el momento en que nació hasta este mismo instante. Todo el entrenamiento. Todos los amigos. Sus sueños. Su futuro.

Ella lo sabía muy bien. Y sin embargo, en su mente, la elección de no hacer nada no existía.

«¡Fuera del camino!»

«¡Ah!»

Empujó a la Acólita a un lado. La última expresión que la joven mujer vio en la cara de la Sacerdotisa Guerrera fue la de una joven que se había quedado sin fuerzas.

Entonces, con un sonido aplastante, la Sacerdotisa Guerrera desapareció, lo que quedaba de ella estaba salpicado en las mejillas de la Acólita. Desde debajo del garrote, que ahora descansaba firmemente en el suelo, sólo se veían unas pocas hebras de cabello y una sola extremidad que se sacudía.

El garrote se elevó, con unos cuantos hilos de sangre aferrados a él, y todo lo que quedaba era una masa de carne temblorosa.

«Ah-ahh-ahh-ahh-ah-»

Las piernas de la Acólita temblaban, y su fuerza la abandonó. Ya casi no podía mantenerse de pie. Sintió algo caliente y húmedo corriendo por su pierna.

«¡GRRROR….!»

«¡GROB! ¡GROB!»

Uno a uno, paso a paso, los goblins se acercaron con una lentitud agonizante. Sus sucios ojos amarillos ardían con cruel deseo; sus asquerosas miradas subían y bajaban por el cuerpo de la Acólita. La Acólita, que se había caído sobre su trasero, solo podía mover ambas manos en la dirección de los monstruos que se acercaban.

«¡N-noo! ¡Deténganse…Deténganse, por favor…!»

Ella forcejeó y luchó.




Uno de los goblins hizo un molesto gesto con la mano a su guardaespaldas, el trol.




«¡GROB!»

«¡TOOOOORLL!»

Whoosh. Un solo movimiento del garrote. Era tan fácil como romper una rama.

Hubo un crujido seco cuando la pierna de la Acólita se rompió, mostrando una dirección antinatural.

«¿¿!¿¿!!Eeeyyaaaaaarrrrrghhhhh!!??!??»




Su lastimoso grito resonó por toda la cámara funeraria.

Pasaron solo unos momentos antes de que la Acólita desapareciera tras un muro de goblins. Lamentablemente, para ella y sus amigos, la aventura terminaba aquí.

***

 

 

Nos estamos repitiendo, pero vale la pena reiterarlo. Deberíamos descubrir el error que cometieron.




Ellos tenían todo su equipo. El grupo estaba bien equilibrado.

Estaban alertas y decididos, y no dejaban que nada interrumpiera su formación.

Sin embargo, todos fueron destruidos. ¿Por qué?

El dios Verdad, sentado en el alto cielo, sin duda sonreiría y diría:

«Sólo porque estaba decidido a deshacerme de un grupo hoy.»

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