Goblin Slayer

Volumen 6

Capítulo 3: Recursos Mágicos

Parte 1

 

 

Primero, debemos descubrir el error que cometieron.

Ellos tenían todo su equipo. El grupo estaba bien equilibrado.




Estaban alertas y decididos, y no dejaban que nada interrumpiera su formación.

Sin embargo, todos fueron destruidos. ¿Por qué?

El dios Verdad, sentado en el alto cielo, sin duda sonreiría y diría:

«Sólo porque estaba decidido a deshacerme de un grupo hoy.»

***




 

 

La misión que habían emprendido era eliminar a los monstruos de la zona en la que se iba a construir el centro de entrenamiento.

La batalla con los No-Oradores era interminable, remontándose a la Edad de los Dioses. La mayoría de las fortalezas y castillos construidos en esa época no eran más que ruinas. (Nova: No-Oradores, se refiere a aquellos que no rezan u oran a los dioses)

Los cinco habían desafiado precisamente uno de estos lugares antiguos.

Eran una mezcla de Obsidianas de noveno rango y Porcelanas de décimo rango, pero todos ellos eran aventureros novatos. Habían tenido éxito en varias aventuras, y lidiaron con estas ruinas como lo habían hecho con sus otras misiones.

Atacaron a los goblins que anidaban allí.




Formando sus líneas de batalla, prepararon sus hechizos y entraron por la puerta. Sus espadas centellearon, los relámpagos y las bolas de fuego volaron, los cadáveres fueron pisoteados y los cofres de tesoros fueron abiertos. Una incursión hecha como indica el manual.

«¡Heh! Te lo dije, los goblins no son muy satisfactorios,» dijo un hombre lagarto, envainando su espada serrada de dientes de tiburón y soltando un suspiro. Sus músculos cuidadosamente cultivados se abultaban bajo sus escamas, obviamente el cuerpo de un guerrero. «Mientras los mantengas frente a ti, no hay forma en que puedas perder.»




«¿Oh?» una risa provino de una joven humana. «Me divertí mucho». Se veía sana y delgada, pero adecuadamente femenina; estaba vestida con una armadura que difícilmente podría ser considerada otra cosa que ropa interior. La enorme hacha de batalla a sus pies indicaba que había algo más en ella de lo que se veía a simple vista. Sacerdotisa guerrera y sirvienta de la Valquiria, parecía estar mostrando triunfalmente su cuerpo.

Otro miembro del grupo la miró y suspiró. Era un mago humano de mediana edad. Puso una mano en la línea de su cabello en declive y enfocó sus ojos tan escarpados como un acantilado directamente sobre la joven mujer.

«Me alegro de que te estés divirtiendo, pero por favor, no te zambullas así entre el enemigo. Hace que sea imposible apuntar mis hechizos».

«Aw, ¿Está molesto nuestro querido general?» La Sacerdotisa Guerrera parecía impasible ante la mirada de reprobación del mago; su sonrisa no se redujo en absoluto. «¿Cuál es el problema? Tú ahorras tus hechizos y yo hago lo que mejor sé hacer».

«Ese no es el…bien, no importa. Guardaré el sermón para más tarde. Más importante, ¿cuál es nuestra situación?»

«Espera.»

La respuesta no vino de la Sacerdotisa Guerrera, sino de un hombre vestido de negro, que estaba agachado frente a un cofre del tesoro que los goblins habían dejado atrás y que hablaba en voz baja y con un tono oscuro.

«Las descaradas criaturitas nos han dejado una trampa», dijo. Estaba cubierto de pies a cabeza, y dada la habilidad con la que trabajaba en la cerradura del cofre, era fácil decir que era un ladrón.




Su habilidad era sobrehumana, de hecho, él no era humano. Orejas negras se asomaban de su pañuelo. Era un elfo oscuro que se había convertido en un Orador. (Nova: Se refiere a que la raza de los elfos oscuros son No-Oradores, pero él se ha pasado al bando de aquellos que si oran a los dioses)

«¿Puedes abrirlo?», preguntó el líder.




«No seas condescendiente», resopló el elfo oscuro. «Comparado con el trabajo de mis compañeros, esto es un juego de niños.»

«Bueno, espero que contenga más que la miseria de un niño.»

Hubo un suave chasquido y el cofre se abrió. Una clérigo bien dotada se inclinó para echar un vistazo.

De su cuello colgaba una rueda de oro en una cadena, símbolo del Dios del Comercio, que protegía a los viajeros y comerciantes.

La acólita frunció el ceño con tristeza y puso una mano en su mejilla, su expresión desanimada.

Todo el contenido del cofre consistía en monedas antiguas. Sería una tarea difícil sacarlas de allí.

«Si tan sólo no tuvieran tantas armas, artículos y provisiones, llevarnos este dinero no sería un gran problema», dijo.

«Oye, sólo un tonto se burla de las provisiones». Una gran y escamosa mano se posó sobre su hombro. «¿Cómo podríamos luchar con el estómago vacío?»

«Sí, lo entiendo muy bien», dijo ella, poniendo su mano sobre el hombre lagarto con una sonrisa íntima. «Es exactamente por eso que necesitamos obtener más de lo que ganamos.»

«Caray, tortolitos…» La Sacerdotisa Guerrera puso cara de asco y dijo: «Vamos, pasemos a la siguiente. Aún quedan tres puertas en esta cámara mortuoria».

«Así es», dijo el mago. «Vamos, revisa las puertas. Empieza por el lado norte».

«No hay trampas», contestó el el elfo oscuro, presionando rápidamente su oreja contra la puerta y sintiéndola con sus dedos. No tuvo que escuchar con detenimiento para oír el fuerte aliento del otro lado. «Nuestra próxima presa está por aquí».

Los ojos de todo el grupo brillaron ante eso.

Batalla, monstruos, tesoros, victoria. Todo lo que querían de una aventura. No había mejor trabajo en el mundo.

Tomaron sus posiciones familiares para la batalla. El Hombre Lagarto y la Sacerdotisa Guerrera estaban en la primera fila, el General y la Acólita estaban en el medio, y el Ladrón estaba de pie en la parte de atrás con una daga preparada, vigilando por si se producían ataques furtivos.

«¡Aquí vamos!» Con un gran grito, el Hombre Lagarto irrumpió por la antigua puerta podrida. Se estrelló hacia adentro y el grupo se amontonó en la habitación.

Una inmensa sombra se alzaba en medio de la tenue cámara funeraria. Algún monstruo no identificado.

Sin embargo, al sentarse lentamente el polvo, con un garrote en la mano, General se dio cuenta de lo que era. Sus ojos se abrieron de par en par, y el hombre normalmente reservado gritó una advertencia con toda la fuerza de sus pulmones:

«¡Troooool!»

Un Trol. El monstruo era un trol. Estúpido, pero fuerte. Lento, pero increíblemente poderoso. No tenía escamas, ni piel rocosa. Pero las heridas que recibía, excepto las infligidas por el fuego, se curaban rápidamente.

¡¿Cómo puede haber un troll aquí….?!

Por un instante, el General no pudo pensar con claridad. Se le pasó por la cabeza que los goblins a veces contrataban guardaespaldas. ¿Era eso lo que era esto?

¿Podemos derrotarlo?

Un trol no era nada comparado con un ogro, que podía usar magia, pero tampoco era una amenaza insignificante.

No… podemos ganar. ¡Ganaremos!

El General hizo a un lado forzosamente el miedo y el asombro que lo asediaban y comenzó a dar órdenes como si se tratara de cualquier otra batalla.

«Primera fila, intercéptenlo. Acólita, fortalécelos. Ladrón, usa una emboscada. Prepararé algo de fuego».

«¿No quieres que vigile la retaguardia, entonces?»

«¡Si no usamos todo lo que tenemos, vamos a pagar por ello!»

«Entendido». El ladrón se fundió en las sombras de la cámara funeraria, mientras la Sacerdotisa Guerrera grito, «¡Allá voy!» y comenzó la batalla.

«¡Tráenos la victoria!»

¡¿»OLRLLLLLRT»?!

El golpe del hacha de batalla, reforzado con el Golpe Santo, alcanzó al monstruo en la barbilla, y el trol se tambaleó como un árbol en un huracán.

«¡Heh! No me gusta eso, ¿verdad?»

«¡Yaaaaaaaah!» El Hombre Lagarto no perdió la oportunidad de introducir su espada en la pelea. Tallado a partir de los colmillos de un monstruo marino, literalmente mordió la piel gris del trol. Pero entonces…

«¡¿H-huh?! ¡Esta cosa es dura!» El entumecimiento corrió por el brazo del Hombre Lagarto, era la misma sensación que cuando uno golpeaba una espada de madera contra una roca.

«¿Por qué siempre estás delante de mí?» La Acólita se quejó.

«Es tu culpa por ser tan lenta», gritó el Hombre Lagarto mientras retrocedía, el garrote del trol rompió el suelo donde él había estado de pie hace un momento.

«¡¡TOOOOORLLL!!»

La cámara funeraria, que había estado en pie durante mil años, se encontraba ahora en una difícil situación; la habitación temblaba y llovían guijarros desde el techo.




«Hrhh…. ¡Esta cosa es todo músculo!» Dijo la Acólita. Con una mezcla de descontento y aversión, ella juntó sus manos y cerró los ojos. Desgastaba una cierta parte del alma orar de esta manera, pero permitía pedir un milagro directamente a los dioses en el cielo.

«¡Oh mi dios del viento que viene y va, que la fortuna sonría en nuestro camino!» Hubo un silbido cuando el viento sagrado de la milagrosa Bendición sopló por la recámara. La hoja del hombre lagarto fue afilada por la brisa pura y el poder de los dioses.

«¡Así está mucho mejor! Oh, antepasado mío, Yinlong, ¡contempla mis acciones en la batalla!»

«Si vas a clamar a alguien, ¡debería ser al Dios del Comercio!»

Un solo golpe de los músculos mejorados del Hombre Lagarto detuvo el garrote del trol en seco.

«¡¿OLLLLT?!»

«¡Oh, sí!»

Las dos armas se encontraron con un crujido, el impulso las hizo rebotar alejándose mutuamente. En el momento en que el trol se tambaleó, una ráfaga de luz golpeó sus tobillos: un ataque furtivo del elfo oscuro.

Hubo un chasquido desagradable cuando el golpe le cortó los ligamentos. En cualquier otra situación, el ataque habría puesto fin a la pelea.

«¡¡TOORRRRRROO!!»

«¡Caramba! ¡Cuidado, cuidado, cuidado! ¡Creo que lo hicimos enojar!»

Ellos, sin embargo, se estaban enfrentando a un trol.

La Sacerdotisa Guerrera se dejó caer y rodó con un grito, esquivando por un estrecho margen el garrote descendente.

La piel del monstruo burbujeaba, las heridas se cerraban. Era una visión de extremo terror para la guerrera. ¿Cuánto daño habían hecho sus ataques? Y esto fue cuando ellos tuvieron un milagro sagrado de su lado, un milagro que no duraría para siempre.




«¡¿Dónde está esa magia?!» Preguntó la Acólita, sudor caía por su frente.

«¡Estoy trabajando en ello!» El General gritó y luego se concentró.

Extrajo las palabras de verdadero poder que estaban grabadas en su mente, y las usó para anular y reconfigurar el mundo mismo.

«¡¡Carbunculus… Crescunt… Iacta!!»

Así fue él el primero de ellos en morir.

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