Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 5: Invierno Infernal

Parte 3

 

 

Yzack era al menos una cabeza más bajo que Radcliffe, delgaducho y atlético como un gimnasta; tenía el rostro enmarcado por una mandíbula suave y un cabello castaño y largo, a la usanza de los nobles franceses; a simple vista podría confundirse con uno de ellos si no fuese por las investiduras negras seglares. El padre tenía la costumbre de llevar cuchillos afilados en todo su cuerpo, se jactaba de poder cortar casi cualquier cosa con ellos sin utilizar movimientos innecesarios y también tenía la costumbre de utilizar botas y pantalones tipo militar bajo sus investiduras; en realidad, Yzack tenía un carácter un poco fuera de lo común, incapaz (según él mismo) de comprender del todo las emociones humanas ni el concepto o la aplicación de la empatía. Había nacido en un pueblo en la frontera ruso europea del cual ni siquiera se acordaba, dejándole a los pocos años de haber llegado al mundo a causa de la hambruna generalizada de la zona.

Y es que Yzack estaba hecho para la guerra; a pesar de su aspecto atractivo y porte serio, en el fondo disfrutaba de alguna torcida manera el caos y la sangre en medio de las campañas militares, y por ello se enlistó desde los dieciséis años en la milicia francesa, luego de ir de un país tras otro en compañía de mercenarios a sueldo.

Publicidad M-AR

¿Por qué había abandonado la carrera militar por las investiduras seglares? Simplemente lo había hecho gracias a un hombre que le mostró lo que su potencial era capaz de hacer bajo su mando: Carducci.

Y ahora, tras diez años de peregrinación entre la muerte, pensaba que de cierta forma esta guerra había sido inevitable. Los reinos siempre deseaban tener más que su nación vecina… más prosperidad, más derechos, más riquezas; al final, todo tenía que resolverse al determinar quién podía ejercer el poder sobre el otro.

Se adentró en un bloque de edificios derruidos, buscando algún sobreviviente. Los sonidos de las explosiones no daban tregua, la tierra se levantaba tal cual agua de géiser gracias a las detonaciones. La sangre no paraba de fluir en la batalla; un edificio blanco y a medio derrumbe, con las marcas de la guerra en sus paredes destrozadas, se le presentó como un posible lugar donde alguien podía alojarse para mantenerse relativamente a salvo.

En cierto modo, Yzack maldecía su suerte al deberle un favor a la corte, y por tanto tener que ayudar a localizar gente como perro rescatista; él deseaba el calor de una batalla… al menos el sonido de las explosiones le calmaban un poco aquella ansiedad que le entró al percibir el aire ozonizado[1] por los rayos tesla y  el plasma de las granadas.

Aquel edificio al que ingresó se transformó en un lugar que guardaba a una mujer, una adolescente y un hombre, atrapados en la guerra; los tres con preguntas sin respuestas inmediatas. Yzack miró a la mujer herida, reconociéndole a poco rato: ella era Yutani, a quien se creía muerta luego de no poder contactarla por el radio comunicador.

Publicidad M-M4

Miró a la mocosa, una adolescente de ojos rasgados, piel blanca y cabello largo, negro y lacio: una japonesa. En su cintura llevaba un equipo de florines ultrasónicos y su ropa estaba empapada en sangre, por supuesto que no era de  la joven.

Marianne miró al extraño fijamente, sus ropas eran las de un sacerdote, su mirada la de un asesino. ¿Era confiable? Por el movimiento de su levita abierta sobre su camisa blanca podía suponer que llevaba algo, posiblemente cuchillos debido a la forma que se dejaba entrever. Olvidó su orgullo, también sus sospechas, de todas maneras si hubiese deseado matarlas lo habría hecho al verles.

−Ayúdala, por favor.

Yzack miró a la adolescente a los ojos, sin entender del todo aquella mirada que poseía. De la mochila que llevaba en hombros sacó un estuche médico, y de este una jeringuilla de cristal; era adrenalina[2].

−Primero debemos mantenerle con vida.

***

Publicidad M-M3

 

 

Él despertó sediento, en un lugar que nunca había visto antes. Estaba acostado en un catre viejo y algo incómodo, vestido con ropa de manta completamente limpia y demasiado holgada, como si le hubiese pertenecido a un viejo fofo; esa ropa también olía a anciano.

Mikiztlak miró el cuartito de madera en donde se hallaba. Había una ventana en la pared del lado derecho, el techo era de tejas y el piso era de piedra y cemento con algunos petates[3] adornándolo como si fuesen alfombras; una mesa cercana a la puerta y un par de sillas de madera y palma eran la poca decoración del lugar.  Bajo la ventana, como si no hubiese sillas, estaba una niña de unos ocho a diez años aproximadamente, recostada en la pared con un libro entre las manos, claramente lo estaba leyendo; ella parecía una de esas niñas resultada de las mezclas entre los aztlanes y las otras culturas como la hispánica o la árabe. Su piel de color durazno y sus ojos almendrados contrastaban con el huipil[4] blanco con bordados azules que llevaba puesto bajo el chal de hilos de mil colores. Ella quitó la mirada del libro de pastas gruesas y verdes para dedicarle su atención al joven que yacía frente a ella.

−Hola… −le saludó con una vocecita aguda y apenas audible en un inglés mal pronunciado. –Dormiste mucho.

El albino le miró fijamente, como si no comprendiera del todo su situación a pesar de recordar todo lo ocurrido dos días antes. Había caído en una ratonera, huido humillantemente y decidido dejarse morir entre hierbajos y mierda de pájaro. Mientras él se sumía en sus pensamientos la pequeña de ojos oscuros y cabello color castaño se le acercaba.

−Cuando te encontré en el patio me asusté mucho, creí que estabas muerto. ¿Eres extranjero, verdad? ¿Qué te pasó? ¿Eres de cusco? –la niña hablaba mucho, y Mikiztlak ya había sobrepasado la paciencia que poseía. En sí, estaba de mal humor por su propia estupidez. De todas maneras, ¿qué les ocurría a esa niña y a sus padres como para ayudar a alguien como él? ¿Qué era eso de cusco? Lo más seguro es que estuviesen mal de la cabeza. El molesto parloteo de la niña empezó a provocarle migraña. Lo primero que debía hacer es salir de aquel lugar y contactar con Mixcóatl[5]… pero su herida aún no sanaba. Tendría que pasar otro día allí como mínimo, a la espera de que sus lesiones cerraran.

− ¿Dónde están tus padres, mocosa? –Mikiztlak apenas si podía moverse con naturalidad. Notó que la flecha había sido extraída y que incluso tenía una especie de pasta verde sobre la herida. No había venda alguna sobre su blanca piel, sólo una hoja con olor extraño que cubría aquella pasta. Mientras él intentaba incorporarse

Publicidad M-M1

(cosa que evitó la pequeña con cierto grado de agresividad), la niña gritó un nombre:

− ¡Pacha!

Publicidad M-M5

En segundos un hombre ingresó por la pequeña puerta de la habitación. A pesar de no ser muy alto, y tampoco joven, se veía algo fornido; una cicatriz le atravesaba la mejilla izquierda desembocando en la comisura de sus labios. Su barba se veía ya canosa y su pelo, que era largo, no iba trenzado como se acostumbraba en Aztlán, aunque se notaba que lo había intentado. Sus pasos eran cortos, ayudado por un extraño bastón negro con empuñadura en forma de L.

−Te dije que no me llamara… −el hombre miró al albino fijamente cuando se dio cuenta de que había vuelto en sí. –Ameztli… ¿Puedes  ir por un poco de agua a la pileta? –ante la niña, Pacha había hablado en náhuatl. Este hombre fornido aún no sabía si el jovencito que habían ayudado era amigo o enemigo.

La pequeña simplemente sonrió y asintió con la cabeza ante la orden de Pacha. Salió de la habitación despidiéndose del joven albino y dejándole a solas con lo que parecía su actual protector.

Mikiztlak optó por, simplemente, escuchar al hombre que al parecer portaba un nombre raro para ser nativo de aquellas tierras.

− ¿Quién te hirió? ¿Quién te ha enviado hasta nosotros? –Un hombre común, pensó el albino, nunca haría ese tipo de preguntas. ¿Qué respondería el joven de cabello blanco? − ¿Eres de Cusco?

Publicidad M-M5

−Viejo… no sé de qué carajos hablas. Simplemente he sido herido por desertor, nada más. Lo único que quiero es huir de este maldito lugar e irme al sur. –contestó el albino en su lengua natal. El hombre le miró sorprendido, creyendo que el muchacho era un extranjero se dejó llevar por la esperanza de que la organización para la que trabajaba no se hubiese olvidado de él. –Por cierto, tienen que salir de aquí también.

Publicidad M-M5

El pago por ayudar a los desertores es la muerte.

− ¿Entonces eres un Aztlán?

−No del todo… aunque tú en realidad no eres uno, por lo que parece eres del sur, probablemente tengas que ver con alguna cosa Inca. La niña, por el contrario, parece que sí es de aquí. Es extraño encontrarse a un hombre como tú viviendo con una niña como ella, sobre todo porque la mocosa parece educada con algo más allá del precepto In ixtli, in yolotl[6], apostaría que ella es una pipiltin… de hecho, creo que estoy comprendiendo la situación.

Publicidad G-M1




El hombre miró a Mikiztlak como quien mira a una víbora a punto de atacarle.

−No te preocupes, tus asuntos no me conciernen; −continuó el albino −como agradecimiento, te diré que debes huir de la ciudad en cuanto puedas. Si en realidad ambos están escapando por algún motivo que tenga que ver con los Incas y esa niña, a mí no me importa en lo más mínimo, aunque es culpa mía que la seguridad de este lugar se hubiese triplicado en cuanto llegué. Por esa razón les ayudaré a salir de aquí.

− ¿Cómo podría confiar en ti?

−No tienes otra opción, tampoco yo la tengo. Si ambos queremos largarnos de aquí tendremos que apoyarnos en el otro… temporalmente.

Pacha sabía que no podía esperar más tiempo a sus aliados, también sabía que aquel joven de cabello blanco no era alguien común y obviamente estaba mintiendo, pero tenía que salir de la ciudad de alguna manera. ¿Qué podría hacer de todos modos? Él ya no podía luchar como antaño, aunque bien podía sacrificarse por Ameztli, sabía que si dejaba a la niña a merced del destino en este vasto imperio irremediablemente caería en manos de los hijos de Huitzilopochtli o alguna otra organización, gubernamental o no, que deseara sus dones.

Ella era importante no sólo para su organización. Aunque su cerebro era valioso, también ella misma lo era. Innumerables secretos se hallaban dentro de aquella niña, y quien la poseyera podría poseer una gran ventaja ante las otras naciones, porque la niña llamada Ameztli, hija del patólogo Aeheca Ahuayoloj, llevaba en su sangre el único antídoto que su padre hizo para el virus de diseño que creó.

Y eso, por supuesto, no lo sabía Mikiztlak.

 

 


[1] El aire ozonizado tiene muy poco oxígeno, por lo que puede llegar a asfixiar a una persona si ésta se expone por demasiado tiempo al mismo.

Publicidad M-AB

[2] Se ha demostrado que gracias a la adrenalina algunas personas heridas pueden realizar proezas tales como permanecer de pie y luchar en medio de la guerra aún al borde de la muerte. Esta sustancia, que se segrega de forma natural en el cuerpo en situaciones extremas, dopa al organismo como un método para asegurar la supervivencia del individuo al acelerar sus tiempos de reacción y su nivel de alerta.

[3] Una especie de tapiz hecho de hoja de palma seca. Los antiguos habitantes de México, e incluso en algunas comunidades aún, lo utilizaban para dormir sobre él, o colocar objetos que no debían tocar el piso.

[4] Es una blusa sin mangas (algunos modelos traen unas mangas anchas adheridas a la blusa, separadas de la estructura del torso sólo por unas costuras), de telas delgadas o gruesas dependiendo de la zona. Suelen ser de corte recto y no son muy largas, con excepción de los modelos yucatecos y oaxaqueños. La mayoría tiene bordados vistosos y coloridos.

[5] Serpiente que vuela, serpiente nube.

[6] De acuerdo con la cosmovisión del pueblo azteca,  el hombre nacía sin rostro ni corazón definido, por tanto, el ideal educativo náhuatl era desarrollar personas de “rostro sabio y corazón firme” a través de maestros que se prestaban al servicio como un espejo, es decir, que acompañaban en el descubrimiento del ser. Los padres eran quienes se encargaban de aquello en los primeros años, mostrando a los hijos a ser un ciudadano respetable, hasta que los infantes llegaran a la edad de ingresar al Calmecac o el Telpochcalli.

0 0 votos
Calificación de este Capítulo
Mantente Enterado
Notificarme
guest
0 Comentarios
Respuestas en el Interior del Texto
Ver todos los comentarios