Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 5: Invierno Infernal

Parte 2

 

 

Las armaduras Aztlanas refulgían como el ónix en medio de la oscuridad de la noche; alineados todos, a la espera de las órdenes de sus superiores, mostraban orgullosamente sus cascos de metal y plumas, cada uno con los colores y diseños de su escuadrón; guerreros águila, guerreros jaguar, guerreros tigre y así sucesivamente, cargando sus estandartes y sus lanzas y arcos tesla; ellos eran los mejores, los soldados más leales a Nezahualcóyotl. La nieve seguía cayendo, impregnada de humo y fuego.

El sonido de los ehecachichtli [1] dio paso a la formación de batalla, haciendo eco en la ciudad devastada como un llanto lleno de dolor, de sufrimiento. Quienes los escucharon, sintieron que la muerte misma había llegado con aquel clamor tétrico que se levantaba conforme los Aztlanes avanzaban hacia la guerra.

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Decenas de edificios derruidos se levantaban frente a los aztlanes, en cada paso que daban y con cada moribundo que se topaban veían la miseria humana; atravesaron la ciudad derribando barricadas que apenas si podían sostenerse y que fueron hechas por los civiles. La ciudad tenía tres frentes: los aztlanes, los alemanes y los ciudadanos abandonados por un rey inmerecido. Un niño lloraba, aferrado al cadáver de su padre, entre tantos y tantos cuadros que podían verse aquella noche.

Los estallidos se escuchaban a lo lejos, las explosiones emergían como si miles de pequeños volcanes hubiesen salido de la tierra para lograr su objetivo: destruir la ciudad; porque el enemigo no sólo deseaba conquistarla, no… quería hacer pedazos aquel orgullo francés que habitaba en cada edificio, en cada piedra y viga levantada con el sudor de sus habitantes.

Un edificio gris, de piedra como muchos otros, se veía sumido en medio de una muralla de humo y fuego… los trozos del mismo se dispersaban por toda el área cercana. Algunas otras construcciones, de las que salían varias personas que corrían despavoridas evitando caer en el fuego cruzado de los soldados aztlanes, alemanes y unos cuantos franceses que habían decidido quedarse a defender su hogar, empezaban a derrumbarse con el estrépito de las armaduras mecanizadas alemanas, una obra de ingeniería y robótica fuera de tiempo, hecha por y para la destrucción y la muerte. De entre aquellos edificios ya derruidos una mujer de cabello castaño y piel achocolatada junto con una adolescente de pelo negro y lacio salían; la mujer de piel oscura corría entre las pilas de piedras y el fuego, seguida por la joven, quien no quitaba la vista de su mayor. Ambas corrían y se escabullían, ayudando a algunas de las personas atrapadas entre el fuego y las ruinas.

Por otro lado, los oscuros emisarios de la muerte arribaban ya al palacio de gobierno; los soldados aztlanes peleaban fieramente con sus lanzas y cuchillos de vibración ultrasónica y sus armaduras contra aquellos seres (puesto que no se le podía llamar humano a quien manejaba las unidades que sembraban la muerte y el terror indiscriminadamente) equipados con tecnología superior, la cual lograba repeler la mayoría de los ataques del enemigo.

A mitad de la batalla se podían escuchar los gritos de los civiles mezclados con los silbatos aztlanes, varios de ellos corrían desangrándose y con heridas graves y/o algún órgano amputado. Entre aquellos, las figuras de la mujer y su acompañante se movían callada y arduamente, intentando atender a los heridos para llevarlos a un sitio seguro. Los escombros y residuos de rayos tesla caían por sobre sus hombros, golpeando a gente inocente y a militares por igual. Un caos total a mitad de la ciudad del amor había llegado, tragándose la belleza que antaño la distinguía y trayendo consigo pena y dolor.

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La mujer morena llevaba un par de espadas ultrasónicas como la de los mosqueteros, con las cuales evadía escombros y defendía al grupo de personas que llevaba a un lugar seguro; la joven tras ella hacía lo mismo, intentando salvaguardar tantas vidas como fuese posible.

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Con sigilo llevaron a los civiles a un edificio ya derruido, lejano a los ataques aéreos; les introdujeron en lo que parecía una especie de sótano para alimentos, un espacio reducido y oscuro, pero seguro.

−Sigan el túnel al final de la habitación, los llevará a las cloacas. Vayan hacia el sur, hay gente allá abajo que les ayudará a ponerse a salvo.

Con una marca en la pared hecha con su espada logró señalar el edificio para así volver a aquella puerta a las alcantarillas si es que fuese necesario. La chica seguía tras ella mientras corrían ambas en busca de más sobrevivientes a mitad del fuego cruzado.

Se podían observar hombres y mujeres, niños y ancianos ensangrentados y con miembros cercenados y quemados, tapizando las calles. La adolescente de ojos y cabello oscuro se quedó observando a un recién nacido entre las piedras de los escombros con el rostro deshecho y mutilado; la sangre corría por todo su cuerpo mientras que a su lado el cadáver de un hombre sin un brazo, con sus labios adornados por una sustancia pegajosa y sanguinolenta que emergía de ellos. Tal vez había muerto defendiendo al niño, tal vez había muerto momentos después.

Hay tantas historias que se pierden en la mitad de la batalla, bajo el fuego y el dolor, bajo la perdición y la desesperación. Por aquí una mascota, aún viva, al lado de su amo, intentando despertarlo. Por allá una madre que abandonó a su hijo por su propia supervivencia. La crueldad de la guerra desata el verdadero rostro de las personas. ¿Habrá quién hubiese tomado algún arma y defendido hasta la muerte a sus seres queridos? Ese era quizá el cuadro más visto, pues los hombres libres y pobres peleaban al lado de sus congéneres de alta cuna por una sola cosa: la supervivencia de sus familiares. ¿Acaso no todos los hombres son iguales? ¿Acaso no la supervivencia es el instinto más fuerte? La guerra y sus escenas sólo muestran el instinto primordial de los seres vivos, la verdadera cara de la parte oscura del ser humano. Cuerpos por doquier, sangre… eso es lo que realmente la ambición del hombre desea: el poder de decidir sobre miles de vidas, de decidir quien vive o muere. Pero también la guerra muestra lo más noble de algunos seres, muestra el deseo de vivir y el valor para lograrlo, muestra la unión de libres y esclavos por una sola cosa. ¿Acaso el precio de la verdad siempre es sangre y dolor? ¿Acaso el precio de la verdadera libertad es la vida o la muerte? Por desgracia, posiblemente la respuesta sea un sí.

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La joven de ojos oscuros seguía corriendo tras su maestra, las explosiones acribillaban sus oídos y la lluvia de rayos tesla y bolas de fuego lastimaban sus ojos; ¿cuánta gente a su edad ya había visto morir? Algunos con orgullo y dignidad, otros con arrepentimientos y deshonestamente, y ¿aún conservaba su inocencia, su amor por la vida? Tal vez sí, según bajo la mirada de Yutani, los jóvenes y niños siempre son tan fuertes cuando uno los deja crecer por si solos, con su propia moral y experiencia.

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La mujer oscura bajo el nombre de Yutani miró a su acompañante por sobre sus hombros mientras corrían a refugiarse tras una pared a medio colapsar; era prácticamente imposible tratar de encontrar nuevos sobrevivientes en el lugar. Desgraciadamente miles ya habían muerto, y esto sólo era el inicio; el rostro de la joven se ensombreció al pensar en las vidas que se desperdiciaban en guerras sin aparente sentido.

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− ¡Marianne! −la mujer mayor gritó mientras abrazaba a su pupila para evitar que los desechos de la nueva explosión cayeran sobre sus hombros. El polvo negro y grueso se levantó frente a los ojos de Marianne y el retumbar de los escombros cayó sobre el cuerpo de su mayor, protegiéndole del actual caos de lluvia de piedras y varillas; sin ver nada, sólo sintiendo como el peso de la mujer a la que llamaba maestra se encontraba sobre ella, sintió en medio de su confusión que algo húmedo le corría por las piernas y parte del vientre. Con el dolor a cuestas y el espasmo de su cerebro al ser golpeado por el sórdido aullar de las explosiones que no cesaban, pudo entrever su propia mano blanca y frágil moviéndose frente a ella, llena de sangre… de una sangre que no era suya. Sus ojos se abrieron, obligándose a recuperar la cordura y el aliento; la mujer que le había salvado, su madre sustituta en la corte de los milagros, hallábase aún sobre ella, inconsciente. Cuando Marianne bajó su mano hacia el estómago de la mayor para tratar de empujarla y despertarla, no pudo evitar sentir el peor vacío en su pecho; era ese sentir de algo cayéndose dentro de sí el que se apoderó de ella cuando se dio cuenta de quién era la sangre. Sin poder volcar ese dolor, el sentimiento de náusea y ganas de vomitar ganaban partida. El habla en este momento se había extinguido, cuando de pronto algo hizo explosión  y repentinamente ese dolor se volvió audible y tan palpable como una roca.

− ¡Yutaani! −Ni el sonido de la cruenta guerra pudo callar el grito de aquella alma dolida.

***

 

 

Agradecía a los cielos que Bianca hubiese viajado en aquellos días hacia las colonias británicas de Anahuatlalli; el padre Radcliffe miraba, desde la ventana de un edificio aún en pie milagrosamente, el caos de la batalla que recién había comenzado entre los aztlanes, los alemanes y los parisinos. Debía ponerse en contacto con Yzack, pero desde hacía un par de horas que sólo recibía interferencia por el radio comunicador portátil que llevaba; maldecía el hecho de sólo llevar un par de armas cortas tipo longinus[2] y algunas pocas cuchillas que le había incautado a su compañero de misión. Todo se había vuelto una mierda, desde el momento en que llegaron a París en busca de aquella chiquilla florista hasta aquel preciso momento. Pensó en ponerse en contacto con los de la corte de los milagros, pero en medio de este caos era imposible encontrarles donde usualmente se hallaban.

El fuego cruzado se había cobrado a varios civiles, el rostro del sacerdote se ensombreció aún más al observar a niños, ancianos, mujeres y recién nacidos tendidos en la acera de tal forma como si apenas fuesen unas hojas de otoño olvidadas en las calles; escuchó a lo lejos un sonido conocido: el llanto de un niño.

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Desde la ventana pudo observarle, una pequeño de abrigo rojo, tendido sobre el cadáver ensangrentado de un hombre joven. Sin quitarle la vista de encima, sacó una de sus longinus y giró sobre sí con dirección a la salida de la habitación cuando de pronto un retumbar como de pisadas de algo pesado se escuchó.

Era una armadura rojinegra alemana[3], una de esas monstruosidades de ingeniería que eran casi imposibles de destruir. De sus gruesos brazos salían fuego y rayos tesla, y el soldado que le manejaba iba resguardado en la parte superior, tras cristales blindados y escudos electromagnéticos. Aquella bestia mecánica se dirigía con paso veloz hacia donde estaba el pequeño.

Sin detenerse a pensar, André corrió con todas sus fuerzas hacia la ventana, saltando desde un segundo piso y ayudándose con las ramas del árbol que se ubicaba justo debajo de la misma, para aterrizar rodando con el cabello, el abrigo y el rostro empapado en aquella llovizna suave y blanca que empezaba a teñirse de rojo carmín ante la guerra.

Tirado en el suelo, apuntó hacia las articulaciones de la pierna derecha del gigante mecánico, dando en el blanco al tercer tiro; el niño seguía llorando y el soldado alemán había activado el brazo incendiario de la unidad.

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A tropezones, André se levantó y corrió como nunca lo había hecho antes; sus pies se sentían ligeros a fuerza de la adrenalina. Siguió disparando ahora a la pierna derecha, mientras se acercaba al niño de rojo; las llamas le lamían los pies y parte de su abrigo se chamuscó, la nieve se pintaba de negro y el pequeño, en shock, no hacía otra cosa más que mirarle de la misma manera que mira un cachorro perdido.

De alguna manera, el sacerdote agradecía que esas monstruosidades de metal fuesen algo escasas en aquellos momentos.

Con un último salto llegó hasta su objetivo, lo tomó entre sus brazos y rodó por la nieve con el fuego acariciando a su persona; logró colarse por entre las ruinas de un edificio cercano, aprovechando que el gigante de acero no podía moverse y, jalando al infante de manera algo brusca, ambos se pusieron a correr hacia el lado opuesto de donde se escuchaban las explosiones.

Al padre Radcliffe le pareció eterno el tiempo que tardaron en llegar hasta uno de aquellos pocos edificios de las afueras que aún se mantenían en pie. Dio gracias a los cielos el que las agujas longinus fuesen hechas de una aleación que podían atravesar los escudos EEM[4] o tanto él como el pequeño estarían muertos para esos instantes. Subieron a la segunda planta, asegurándose de que el edificio tuviese escaleras de emergencia por si necesitaban escapar rápidamente del lugar, y tan pronto como entraron a una habitación que daba hacia la calle principal, el sacerdote se dejó caer junto a una ventana, vigilante de lo que pudiese ocurrir.

El pequeñuelo le miraba temeroso; André no se había dado cuenta de que, con los acontecimientos que habían ocurrido, ninguno había dirigido palabra alguna al otro. El hombre de cabello cenizo sólo se dignó a sonreírle, esperando aligerar la pesadumbre que en aquellos momentos poblaba el corazón del infante. Él le miró, con esos ojos cansados que la gente tiene cuando han vivido cosas que no desean recordar.

−Me llamo André, ¿estás bien?

−Sí. −Un pequeño hilillo de voz salió de aquellos pálidos labios, era tan dulce y suave como el sonido de un pájaro.

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− ¿Cómo te llamas?

−Albert –la cabeza, gacha, estaba mojada gracias al constante caer de la nieve, y por las mejillas húmedas comenzaban a correr nuevamente lágrimas. Su cara cubierta de ceniza se ensombrecía aún más con aquellos ojos dorados sin brillo.

−Albert… lo siento, lo siento mucho. –André le abrazó, esperando que al menos eso sirviera de algo. La guerra era tan cruel… el humano era tan cruel. ¡Cómo deseaba un mundo donde nadie tuviese que morir por la avaricia de otros!

El sonido de una explosión llegó a sus oídos, Radcliffe se dio cuenta de que no podía quedarse en la ciudad por más tiempo; tenía que salir de allí para luego ponerse en contacto con Yzack o alguno de sus compañeros. Esperaba que a estas horas el escuadrón especial de cruzados estuviese en camino para el auxilio de los civiles que huían hacia el sur.

−Albert… Albert, tenemos que salir de aquí.

El infante, un poco asustado y temblando aún por la humedad de sus ropas, se levantó y tomó la mano del sacerdote. La imagen se antojaba hecha por algún artista místico: un eclesiástico con la levita desgarrada y armado, junto a la encarnación de la inocencia mancillada de apenas cinco años de edad.

Salieron por la parte trasera del edificio utilizando las escaleras de servicio; el callejón al que bajaron tenía uno de esos accesos modernos a las alcantarillas… esta era una ayuda divina que Radcliffe agradeció en lo más profundo de su corazón. Levantó la tapa no sin grandes esfuerzos, y luego de un rato de rostros deformes y suspiros de agotamiento, pidió a Albert que bajara después de él.

Cuando el niño llegó junto a él, el sacerdote volvió a subir para tapar la entrada. Era doble trabajo, pero no quería dejar rastro alguno.

Habiendo hecho su deber, comenzaron a caminar por la estructura. El olor era soportable, no así los movimientos que notaba en el piso; como Radcliffe era una persona algo piadosa con los infantes (además de que no deseaba que el niño emitiera sonido alguno si es que los animales propios del lugar le rozaban la pierna o, peor, le mordieran) tomó en brazos a Albert.

No pasó mucho tiempo cuando se encontraron con uno de los pequeños botes de salvamento de la corte.

 

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[1] «Silbato de la muerte», utilizado frecuentemente en guerras para dañar psicológicamente al enemigo. Tiene un sonido parecido al de gritos humanos llenos de dolor.

[2] Son los disparadores de las agujas que se vieron en la segunda parte del primer capítulo. A  primera vista parecerían más como escopetas recortadas. El modelo al que hace referencia el personaje utiliza otro tipo de agujas explosivas, hechas con aleaciones que no poseen magnetismo alguno.

[3] Las armaduras alemanas no son como las que utilizó Xocoyotzin en el asesinato de Tezozomoc, en sí son más pesadas y poseen algunos otros atributos. Las armaduras mecánicas Aztlanas son más ligeras y no poseen armamento incorporado, en cambio las armaduras alemanas parecen más bien una especie de robot dos veces la altura de un hombre promedio, llena de armas de fuego e incluso con cierto nivel de blindaje.

[4] De ahora en adelante, así se abreviarán los escudos electromagnéticos. Es más fácil tanto para el lector como para el autor.

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