Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 5: Invierno Infernal

Parte 1

 

 

Sangre…

Flores rojas, danzando en la arena, arrastradas por el agua espumosa del mar mediterráneo.

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Las rocas, golpeadas por la marea cada vez más creciente, cada vez más ruidosas…

Y entonces otra vez… aquella visión borrosa de personas que había conocido antaño, aquellos gritos que no sabía de dónde venían.

¿Acaso él era el que gritaba?

Y unos ojos abiertos, tan abiertos que las órbitas parecían salirse. Esos ojos azules que se parecían tanto a los de su madre.

Las gotas carmesí brillaban, salpicando su rostro y su ropa; el brillo del sol durmiente tras las violetas nubes caía reflejado en esa otra cara que pudo ver.

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Y los cuerpos… los trozos sanguinolentos de personas.

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Ellos las habían matado.

No, no, no… Bernard fuiste tú… Aurélien y tú. 

Aurélien… no le había abandonado. 

La próxima será aquella chica, ¿no? Cuando vuelvas a perderlo todo nuevamente. 

Y los cadáveres oscurecidos empezaron a arrastrarse hacia el mar gracias a las olas; el niño rubio, salpicado de sangre, se acercó al bulto más pequeño.

−Gabrielle…

No, no era ella. Sus cabellos eran de un rubio plateado, más claros… su cuerpo no era el de la joven con la que había jugado hasta ese momento.

Y entonces, con ninguna luz salvo la de la luna entrando por la ventana, miró a su alrededor mientras pasaba sus dedos por entre su cabello. Su respiración entrecortada y aquel grito que había muerto en su garganta antes de nacer le hacían querer volver el estómago.

Era demasiado pronto para enfrentar sus demonios.

Demasiado temprano para volver la mirada al pasado, a un pasado que le atormentaba. La pequeña habitación que tenía en los cuarteles de los mosqueteros se le hacía agobiante y acosadora.

Se dio cuenta que se había quedado dormido sentado, apoyado contra la pared, con el uniforme puesto. En su escritorio aún humeaba una vela ya extinta, pues a pesar de que existía la luz eléctrica, a Bernard le lastimaban las luces artificiales, y nuevas cartas que no estaban antes reposaban sobre los viejos papeles desordenados.

Decidió volver al trabajo; necesitaba despejar su mente antes de pensar siquiera en lo que podría suceder si algo como el pasado regresara a su presente.

Serían cerca de las dos de la madrugada cuando le comunicaron que el frente en el norte había caído y los alemanes se dirigían a paso andante hacia París. Miró unos dibujos a mano alzada que el mensajero le había proporcionado: eran del armamento alemán… artefactos que no había visto más que en sus sueños más extraños e ilógicos. Vehículos blindados con cañones tesla y artillería metálica con base en explosivos; armaduras mecánicas, más gruesas que las de Aztlán y con tales mejoras que ni los florines ultrasónicos podían cortarles. Zeppelin que arrojaban bombas que podían destruir una pequeña ciudad hasta convertirla en cenizas. Esto era grande y poderoso, un relámpago destructivo que se avecinaba a París con la rapidez de un halcón.

− ¿Cuál es la posición de su majestad al respecto?

−Replegarse hacia el sur. En unas pocas horas llegará la flota aérea del enemigo…  − ¿Y Aztlán?

−Neutro, señor. Tropas de los cruzados están dando apoyo en el frente, pero tampoco parece darnos alguna ventaja. Por la radio se está dando el aviso, el rey podría decidir capitular si es necesario para preservar la vida de los ciudadanos. Han dado la orden de reunir a los mejores y a los que deseen partir, su majestad dejará Paris.

La neutralidad del imperio de Aztlán le parecía lógica, pues aún no se daba respuesta concreta a las exigencias del mismo con respecto al incidente de la princesa; la incapacidad del rey, y la ayuda sin gran impacto en el frente de parte de los cruzados le ayudaba a imaginar el futuro inmediato de la ciudad.

Salió hacia el Louvre tan rápido como pudo. ¿Abandonar a los parisinos a su suerte? Impensable. Un rey no abandonaba a sus súbditos así como un padre nunca abandonaría a sus hijos.

El caballo de metal de dos ruedas que montaba rugía como la furia que sentía. Bertrand du Tellier nunca había retrocedido durante el asedio de parís, aun cuando él falleció, los ciudadanos nunca retrocedieron ni un paso… El rey no podía abandonarles, su tío no podía sacrificar a su gente por su propia supervivencia.

La gente podría vivir sin su rey, pero un rey… un rey no podía existir sin su pueblo.

Cuando llegó a las puertas del palacio unos guardias inamovibles y callados le dieron la bienvenida, abriendo las rejas de par en par luego de ver sus credenciales. Pidió una audiencia con el rey, a título de sobrino del mismo.

−Me temo que su excelencia no puede atenderle, ¿en qué puedo ayudarle, joven Du Tellier?

Las ropas cardenalicias cubrían el robusto cuerpo del monseñor Jacques Favré; la mirada bicolor del joven mosquetero se tornó desdeñosa ante ese hombre que más parecía un cerdo, aquel cardenal era el ser humano que más despreciaba sobre la tierra.

−Quiero audiencia con mi tío, el Rey.

−Lo siento, es imposible… Si gusta puede comunicarme a mí el asunto que lo ha traído hasta aquí Monsieur, como mano derecha de su excelencia le haré llegar inmediatamente su pedido.

Bernard quiso escupir el suelo como mero acto reflejo al tener que entablar una conversación con Favré; soltó un largo silbido para tranquilizarse y sonriente como siempre, contestó a su interlocutor.

−Esos asuntos, Monseñor, son privados.

− ¿Acaso un príncipe desterrado como usted desea enseñarle a su excelencia cómo reinar correctamente? En verdad que es considerado, pero recuerde que el Rey de Francia es Francia misma. Su majestad sabe lo que hace.

− ¿Será? −comentó con la misma careta que le caracterizaba.

−No tientes tu suerte, principito. La hermana de tu padre está muerta, el rey no te ve con buenos ojos y si no fuese por su misericordia y la última voluntad de la reina en estos momentos serías polvo. Ve a jugar al soldado, ve a la casa de muñecas que el viejo Du Tellier dejó para ti… Los asuntos del estado no te incumben.

−Como ciudadano me incumben.

−Tu ciudadanía es una falacia, marsellés mitad alemán. Mañana París será una ciudad que el Reich de Hitler y Aztlán se disputarán,  y tú seguirás valiendo lo mismo: nada.

− ¿Qué has dicho?

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−El rey acaba de firmar la abdicación ante Nezahualcóyotl. Se marcha esta misma noche a Vichy… Eres libre de irte o quedarte, yo recomiendo que termines lo que hace años no pudieron hacer los enemigos de tu padre.

Con esas palabras se despidió del joven con heterocromía, quien quedose estupefacto. Si en esos momentos hubiese tenido algo en las manos lo habría dejado estamparse contra el piso.

¿Qué haría ahora? ¿Quedarse en la ciudad y mantener su deber con los ciudadanos, o seguir al rey pródigo que huía al sur, dejando a su pueblo atrás? Luego la imagen de una niña de cabello largo y rubio platinado apareció frente a él. Madeimoselle sin nombre… ¿qué sería de ella en este nuevo París militarizado? Las mujeres y niñas eran un botín de guerra que los soldados de más bajos instintos apreciaban. Los cabellos de la nuca se le erizaron al pensar esto último, él debía quedarse… aquellas pocas veces que había conversado con ella, aquellos juegos inocentes, las sonrisas sin razón alguna… todo eso era más contacto humano del que había tenido en su vida, incluso si contaba sus aventuras de burdel.

Aquel secreto increíble que encerraba su pérdida de memoria, aquella benevolencia que mostró al aceptar el lado monstruoso de Bernard luego del incidente con los secuestradores. Ella era pura luz, ella era un ángel en la tierra que, con solo mirarle, podía sacarlo de su fosa pecaminosa y oscura.

Ella se había relacionado con él de una forma natural, inocente, y él le dejó entrar aún sin desearlo.

Debía protegerla.

Incluso si significaba protegerla de él mismo.

***

 

 

La motocicleta recorría las calles dejando tras de sí una estela de dióxido de carbono y un zumbido atronador; el ruido de las sirenas empezaba a escucharse, cada vez más fuerte; cada vez más claro. Cada vez más cerca.

Era la alarma de ataque aéreo.

Apretó las enguantadas manos en los manubrios, acelerando aún más, exigiéndole a la máquina que le transportaba ir más a prisa.

Ante la rendición francesa hacia Aztlán, los alemanes arremeterían contra los pocos soldados que se quedaban a luchar por su familia, ya no por una patria que les había dado la espalda.

Los Zeppelin llegarían a la ciudad en pocos minutos… tenía que llegar antes que ellos al orfanato, tenía que poner a salvo a todos.

Cuando llegó a las rejas de la casa, los Zeppelin ya sobrevolaban las afueras de la ciudad. Corrió hacia la puerta arrojando la motocicleta en el acto y sin dudarlo la abrió con una patada, encontrando a los habitantes de la casa asustadizos y preparándose para salir hacia los refugios.

−No… iremos hacia el sótano.

−Pe… Pero Monsieur Du Tellier, ¡no es seguro quedarse aquí!

−Tampoco lo es ir hacia los refugios, los bombarderos estarán aquí pronto. Esta construcción es antigua, hecha justo en la época de las sublevaciones[1]. Hay pasajes que llevan hacia las alcantarillas, hacia el sur.

En ese momento, comenzó a llover fuego.  

Madame Sussette le miró horrorizada cuando los sonidos de edificios derrumbándose llegaron a sus oídos… estaban cerca.

Corrieron todos como conejos asustados hacia el sótano de la vieja casa, Alice temblaba aterrada con cada explosión que escuchaba, era un miedo irracional que pronto le hizo caer al suelo presa del pánico.

Ese era el ruido de la muerte, que nuevamente llegaba a por ella.

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Su rostro pálido se descompuso, abriendo sus grises ojos cubiertos de lágrimas ante un enemigo incorpóreo. No pudo gritar, su terror mudo le llevó a un estado catatónico, fuera de la realidad que compartía con los presentes.

− ¡Alice! ¡Alice! Mírame… ¡Tienes que levantarte! −Bernard le zarandeaba desesperado mientras madame Sussette, junto a algunos niños mayores, quitaban la piedra que sellaba el pasadizo que debían utilizar para huir.

Ella no podía oírle… se encontraba en un mundo donde los cristales caían sobre su ser y las explosiones le taladraban la cabeza; donde incontables vidas terminaban frente a ella. Las palomas volaban caóticamente, las personas gritaban, las sirenas se escuchaban a la lejanía. Estaba en su pasado, un pasado tan aterrador y sombrío como el presente que se le plantaba ahora.

Bernard la abrazó, intentando calmarla, pero no consiguió nada más que liberar aquellos gritos que la garganta de la niña se negaba a liberar; presionado, cansado y angustiado levantó la mano y le asestó una bofetada en la mejilla blanca y suave.

Los llantos cesaron, y la sonrisa nerviosa y falsa de Bernard se hizo presente.

−Tenemos que irnos, ¿vale? −Sin hablar, ella le siguió hacia el pasaje donde apenas si podía caber la matrona del orfanato con sus cerca de ciento cincuenta kilos. Todos los niños y la señora ya habían llegado hasta el sistema residual a esas alturas; Bernard envió primero a Alice y luego ingresó, cerrando tras de sí con la losa que sellaba la entrada.

El pasillo daba hacia un túnel amplio de piedra, lleno de aguas negras y ratas. Si no fuese porque Bernard llevaba en los cinturones del uniforme cartucheras con algunos suministros de uso cotidiano como la lámpara que encendió al poco rato de reunirse con sus camaradas, bien pudieron haber caído en los ríos subterráneos de desechos humanos o pisar a aquellos habitantes del submundo.

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Alice, madame Sussette y por lo general las niñas y niños pequeños estaban asqueados y a punto de volver el estómago por el olor y la visión de aquellos túneles. Bernard, por el contrario, aunque sentía asco parecía tranquilo y trataba de mantener la calma en su escuadrón, hasta que llegaron a un punto donde no había más camino que sumergirse en aquellas asquerosas aguas negras para poder llegar al otro extremo y continuar hacia la salida sur de la ciudad.

Ya no se escuchaba el sonido de detonaciones, pero a la lejanía se escuchaban gritos, sonidos de metralla y voces, estas últimas parecían estar cada vez más cerca.

Bernard no sabía qué hacer, si obligar a los pequeños a hundirse en las profundas aguas negras antes de que aquellas desconocidas voces llegaran a donde se encontraban o replegarse y buscar refugio en algún subnivel; pronto tuvo que olvidar sus pretensiones cuando un hombre vestido en harapos, navegando en las aguas de las alcantarillas sobre una pequeña barcaza se dejó ver a la lejanía.

Tras él, otras más empezaron a vislumbrarse; niños, mujeres, ancianos y algunos hombres venían sobre aquellos barcos navegantes en los ríos subterráneos de parís.

Bernard rio de incredulidad, ¡era la resistencia francesa!, los civiles que luchaban por la supervivencia de los seres que amaban.

Cuando el hombre harapiento les vio, ancló su barca cerca de ellos.

− ¡Pero miren qué tenemos aquí! Un perro de Philip… Monsieur mosquetero ¿usted también huye como rata?

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−Sólo quiero poner a salvo a estos niños, como ustedes con esas personas.

−Ellos son civiles pobres, Monsieur, gente que nunca ha visto una moneda de oro; apuesto a que estos señoritos bien vestidos pueden valer algo en el nuevo régimen que viene, quizá sus padres paguen bien por ellos.

−Son huérfanos, Monsieur, de la casa de Nuestra Señora.

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−La crema y nata de la orfandad parisina, ¡qué suerte tienen, pequeños! Pero los favores nunca son gratis, y ya llevamos demasiada gente… Dime, mosquetero ¿qué puedes ofrecernos a nosotros, los miserables que viven bajo la ciudad?

− ¿Ustedes son de la corte?

−Somos la corte misma, Monsieur, haciendo el trabajo que les correspondía a ustedes. Nuestra señora así nos lo ha mandado, a diferencia de vuestro señor… ahora bien, sigamos hablando de negocios, ¿qué puede ofrecerme su excelencia a cambio de llevarlos a salvo fuera de este lugar?

−Mi vida por la de ellos.

−Tu vida no vale nada, Mosquetero. Necesitamos algo más convincente.

−Déjeme presentarme primero, Monsieur cortesano. Mi nombre es Bernard Aurélien Du Tellier. –Cuando el mendigo escuchó el nombre del joven con heterocromía, una sonrisa con sorna apareció en su barbado y sucio rostro.

−Bienvenido a bordo, Monsieur… NO, su excelencia Du Tellier. −Extendió los brazos, mostrando la pequeña y estrecha barca donde viajarían. –Siéntase cómodo, pronto le llevaremos a un lugar seguro.

Los líderes de la caravana hicieron espacio para los nuevos integrantes; Bernard nunca se separó de Alice, quien para esas alturas parecía más una muñeca viviente que sólo sabía caminar. Por las pequeñas rendijas de las calles, sobre el techo, se filtraba luz, una luz naranja que sólo se puede ver gracias al fuego. La nieve había comenzado a caer en el exterior, y se adentraba teñida de rojo y negro gracias a la sangre y el humo; los integrantes que aquella procesión embarcada guardaban un silencio sepulcral. Niños, mujeres, ancianos y algunos pocos hombres quienes habían perdido todo tenían la misma cara devastadora de quien ha visto suficiente de la crueldad humana para toda su vida. Se podía adivinar, sólo de verles la mirada vacía, por lo que habían pasado, siguiendo silenciosamente las lágrimas adustas que recorrían cada mejilla sucia, herida o moreteada.

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Incluso los recién nacidos callaban en medio de aquella noche fatua.

Las aguas negras, el olor y los témpanos de hielo colgando de las paredes del lugar sólo aderezaban aquel cuadro dedicado a la miseria humana.

 

 


[1] Como recordarán, este es un universo alternativo. Las sublevaciones de las que habla Bernard en esta ocasión son las trifulcas hechas por la reestructuración de París, donde la mayoría de la población fue desalojada para poder crear los sistemas de saneamiento necesarios para evitar otra gran peste. En aquella época los ciudadanos franceses comenzaron una revolución en contra del rey en turno para exigir su derecho a la vivienda. Esta demanda se unió a las que anteriormente clamaban, como los derechos individuales, un mejor salario y una vida digna. Aunque la revolución francesa estalló, el entonces monarca accedió a crear un órgano popular para escuchar la opinión del pueblo y para crear leyes que beneficiaran a los estratos más pobres de la sociedad, evitando así se desencadenara la cacería de nobles para llevarlos a la guillotina.

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