Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 4: Preguntas sin Respuesta

Parte 4

 

 

El albino miró el cuadro que se presentaba ante sus ojos, era como presenciar un códice donde se describían los antiguos ritos luego de las guerras floridas[1], antes de la llegada de la era de la sabiduría. De alguna manera, quien sea el que hizo aquel trabajo merecía su ovación. Había entrado por la destrozada puerta principal y los ventanales del estudio que daba al jardín le permitieron ingresar al palacio sin usar la vía común.

−Pero carajo, jodiste mi plan. –Mikiztlak pateó al hombre de armadura ámbar más cercano; en cuanto lo miró por vez primera supo de quien se trataba: era Tezozomoc. –Se suponía que tú debías ser la pieza que me  llevaría a la victoria cuando derrocara a tu padre y terminara con tu estúpida familia. Tú, maldito imbécil.

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La cabeza del cadáver fue pisada repetidas veces, lo suficientemente fuerte para provocar una fractura.

−Mierda.

Había llegado demasiado tarde, ahora todo por lo que había trabajado se lo había llevado el diablo junto a su peón principal.

Tan absorto estaba el albino, recalculando sus planes una y otra vez gracias a los acontecimientos recientes, que no escuchó el ruido de interferencia de un radio comunicador que estaba a pocas habitaciones de allí. Uno de esos soldados de armadura negra había dado la señal: el segundo objetivo había llegado.

Obviamente Xocoyotzin no dejaría un posible enemigo con vida. Aunque este fuese un costoso monstruo de laboratorio varias veces más fuerte que un soldado promedio, con una inteligencia superior y un poder regenerativo casi inmediato. Sin mencionar que había sido entrenado para convertirse en el asesino perfecto.

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Pero aún con todo ese poder, Mikiztlak no podía hacer nada frente a una docena de armaduras mecánicas[2] Aztlanas, y Xocoyotzin lo sabía.

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Sin más armas que el mazo de piedra y obsidiana el albino tenía muy pocas posibilidades de sobrevivir ante sus agresores, los cuales portaban arcos automáticos, lanzas electromecánicas y escudos potentes. Retrocedió un par de pasos, estudiando a su enemigo y localizando los puntos débiles que podría utilizar para la evasión y el escape. Un objeto del tamaño y forma de una bola de billar fue palpado por la mano que tenía en el bolsillo, definitivamente podía usar eso, pero en dado caso de que lo que continuase fuese una persecución (cosa que estaba completamente seguro sucedería), aquel pequeño objeto podía marcar la diferencia entre salir a salvo de la ciudad o no. Volvió a ver a sus agresores como un león lo hace con un cazador. Luego, en cosa de microsegundos, todo empezó.

El cadáver frente a él salió volando gracias a una potente patada, haciendo de escudo ante las posibles flechas que pudiesen dispararle y creando una distracción lo suficientemente intensa para aturdirles. Pero una de esas flechas que el cuerpo de Tezozomoc debía detener le atravesó la espalda baja y salió por su estómago; aun así no dejó de correr, trepando con un gran salto los muros de la residencia y cayendo a la avenida principal. Los soldados le pisaban los talones a pesar de que él poseía una velocidad impresionante, así que decidió tomar prestado algún vehículo.

Las calles semivacías se levantaron frente a él mientras una sirena de persecución comenzó a llorar. Dobló una esquina anexada a la avenida secundaria, lo primero que encontró fue a un chico alardeando su nueva adquisición motorizada ante su novia; con un jalón bajó al joven de la motocicleta y trepó en ella, mientras un par de aquellos soldados negros disparaban contra él, dando nuevamente en el blanco; ésta vez en el hombro izquierdo.

Pasó de ser el cazador a una presa. Si tuviese un poco de buen humor podía haberse carcajeado en ese instante, mas sólo le traicionó una sonrisa irónica que se apoderó de su rostro.

Atravesó Chautli utilizando calles secundarias y callejuelas estrechas, como una estela blanco y negro dejando un pequeño rastro de sangre. Debía pensar en algo para evitar ser localizado y asesinado. A estas alturas, la ciudad entera y las zonas aledañas debían estar enteradas sobre su persecución y prestas para atraparle.

En esos momentos, él no era más que un simple ratón siendo el entretenimiento de un gato demasiado sádico.

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Entonces llegó a la entrada del barrio macehualli de la ciudad, un callejón repleto de basura de todo tipo.

Mikiztlak pensaba en que debía encontrar un modo de salir de su situación, un método por el cual pudiera salvar el pellejo. Decidió bajar de la motocicleta para buscar algo con qué detener el sangrado de la herida con más gravedad; a pocos pasos, se dejó caer cerca de un contenedor gigante, necesitaba atenderse primero.

Un mendigo buscaba en la basura de ese callejón/basurero de las afueras orientales, el sonido de un gato siseando se podía oír y Mikiztlak estaba más que preocupado por su suerte, completamente iracundo. ¿Cómo un ser como él pudo haber caído en una trampa tal? La venganza le había cegado al punto de creerse todopoderoso y subestimar al enemigo. El ladrido de un perro llamó su atención, y fue cuando al fin se dio cuenta de la presencia de aquel personaje hambriento envuelto en harapos; entonces ocurrió lo único que podía suceder en ese tipo de situación: primero, sacó la flecha de su hombro; el sistema de licuefacción de las flechas se activó, y al momento de sacarla, un hoyo que atravesaba aquella parte de su cuerpo apareció ensangrentando todo, mientras poco a poco esa nueva herida se iba cerrando casi mágicamente.

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Dando gracias a los cielos por su capacidad regenerativa, se incorporó lo más rápido que pudo ignorando el ardor y con toda la precisión del mundo enterró aquella flecha aún bañada en su propia sangre en el mendigo, justo a la misma altura que la que aún se hallaba en su cuerpo.

El viejo simplemente soltó un oh antes de caer al piso, pues Mikiztlak le hundió la nuez de adán de un puñetazo con la mano izquierda, haciendo que el hombre muriera ahogado. Rompió el gabán[3] que el hombre traía haciendo finas tiras y vendó la herida de su hombro con ellas para evitar que se desangrara más mientras su regeneración actuaba; sabía que el usar aquellos trapos sucios le traería complicaciones, pero ya se encargaría de eso después.

Cuando terminó, amarró al mendigo a la motocicleta y lo llevó hasta las profundidades de aquel barrio pobre que parecía más un basurero que un complejo habitacional.  Maldijo la flecha que aún tenía en el estómago, pues le estorbaba y sabía que no podía sacarla aún, ya que la zona era delicada y el sistema especial de aquellas cosas le haría un daño inmenso.

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Era una suerte que la mayoría de los habitantes de ese lado de la ciudad no eran nocturnos, y los que lo eran muy probablemente estarían en otro lugar, buscando alguna casa de gente rica o personas a las que robar en las zonas céntricas o lujosas, e incluso probablemente al verle no tratarían de meterse con él. Las ratas no gustaban de problemas gratuitos con los guardias civiles.

Cuando llegó lo suficientemente lejos de aquel lugar donde se había encontrado a su víctima, encendió la motocicleta e hizo que se estampara contra una pared de piedra y cemento. Luego con un cuchillo y su fuerza bruta cortó el contenedor de la gasolina y la dejó correr por el suelo.

Se distanció lo suficiente de la escena como para observar lo que vendría después. Sacó una pequeña bola de su bolsillo, era una bomba incendiaria que él mismo había hecho; usualmente llevaba ese tipo de cosas para despistar a su enemigo si este se encontraba a distancia, aunque esta vez le serviría para un fin más noble, que era conservar su vida por el momento.

Arrojó aquella pelota hacia la motocicleta y el cadáver luego de apretar un botón que la accionaba. Una explosión de plasma dio a lugar mientras Mikiztlak se alejaba de allí, hacia el norte, en dirección a las cuevas y el monte.

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Llegó a aquel sector de la ciudad casi al amanecer, vagando por callejones y calles secundarias, con temor a ser visto. Las vendas provisionales no servían de mucho y estaba tan mareado por la pérdida de sangre que se sentía a punto de colapsar.  Probablemente tenía un par de órganos dañados por la flecha que le había atravesado el abdomen y aunque su sensación del dolor estaba disminuida en gran medida, era molesto y ardía. Sobre todo, las flechas aztlanas eran una especie de cosa demoniaca que al ingresar al cuerpo expandían unas pequeñas espinas que desgarraban y licuaban todo a su paso. Si él no fuese él, ahora probablemente ya estaría muerto.

Si tan sólo pudiese encontrar un lugar vacío, donde tuviera suficiente tranquilidad como para sacar la flecha, cauterizar la herida y dejar que su cuasi mágica regeneración hiciera lo suyo en menos de un par de horas… Su única esperanza era aguantar hasta llegar a su objetivo: las cuevas.

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El sonido de unos pasos lo alarmó. Estaba perdido si alguien le encontraba. Analizó sus opciones, y entonces trepó una cerca de tablas de madera, cayendo en un jardín lleno de maleza y aves de corral.

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La flecha entró un poco más a su cuerpo, haciendo que de nuevo se activara el sistema de desgarre y que el ardor llegara nuevamente. Decidió quedarse allí, entre la hierba y la suciedad de ave; al carajo todo, si iba morir al menos quería hacerlo lejos de la ratonera donde vivió sus últimos años.

Al menos quería morir en un hogar, aunque no fuese más que el de gente desconocida.

Sabía que si no sacaba esa flecha su fin estaba a la vuelta de la esquina, pero ¿qué más daba? Él ya estaba cansado. Desde siempre no fue más que un desecho que tarde o temprano regresaría al bote de basura.

Una figura se presentó ante él, borrosa y afligida.

Él pensó que, quizá a pesar de haber sido un hijo de puta, una doncella de los cielos (un ángel, como le llamaban los católicos) había venido para guiarle hacia el mictlán. Pero a pesar de que fuese así, él descubrió que no quería morir.

−Todavía no. –se dijo mientras caía en la oscuridad, en una oscuridad más profunda que en la que había vivido hasta ese momento.

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[1] Las guerras floridas se hacían en tiempos de paz en el antiguo Tenochtitlán para proveer de sacrificios a Huitzilopochtli, dios de la guerra.

[2] A diferencia del anterior modelo, las armaduras mecánicas de Aztlán están hechas pensando en el aumento de las capacidades físicas y de combate de los usuarios. Son una especie de armadura robótica a medida, que responde a los movimientos del usuario y potencializa su fuerza física y velocidad, aunque el factor del peso no las hace más rápidas que una motocicleta. Conservan las mismas características de inversión de polos que sus anteriores modelos.

[3] Una especie de manta gruesa hecha de lana de borrego, con un orificio en el centro por el que se pasa la cabeza. Usualmente se usa para resguardarse en temporadas invernales, aunque también puede utilizarse como una prenda de vestir cotidiana en climas frescos.

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