Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 4: Preguntas sin Respuesta

Parte 3

 

 

El sonido de carne siendo cortada  llegó hasta sus oídos; su sonrisa, que parecía más una mueca, distorsionaba aquel bello rostro blanco que poseía. Mikiztlak blandió el mazo de piedra y obsidiana con un movimiento suave, pero poderoso, desgarrando la piel del estómago de su víctima quien yacía en el suelo, y dejando salir los intestinos bañados en sangre.

−Carajo… te dije que necesitaba respuestas, maldito gordo. –El joven albino, con las brasas ardientes que llevaba por ojos, se agachó para ver al hombre de barriga prominente que se retorcía en el piso a causa del dolor; los cabellos oscuros del hombre obeso, atrapados en una sola trenza, estaban llenos de barro, a pesar de que el lugar donde se encontraban era una residencia de clase media-alta con piso de concreto y azulejo. En el mismo se podían ver algunas huellas de que algo sucio había sido arrastrado, sin duda el bulto de carne que se retorcía. –Preguntaré una vez más, ¿a dónde llevaron a Tezozomoc? –El agarre que el peliblanco tenía sobre la cabeza del individuo se intensificó, como si en cualquier momento Mikiztlak pudiera romper el cráneo de su víctima… y claro que podía hacerlo.

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Los labios del comerciante ilegal de armas se movieron sin emitir sonidos, como si le hubiesen arrancado las cuerdas vocales, cosa que a Mikiztlak le hubiera agradado hacer si no necesitara saber lo que el gordo tenía por decirle.

−No te escucho… ¿Quieres que te de un incentivo para hablar claro? –una blanca, larga y huesuda mano se adentró en la herida del hombre, quien gritó como los condenados debían hacerlo en el infierno, para luego desmayarse. − ¡Maldita sea!

Mikiztlak caminó hasta la mesa más cercana, donde se hallaba una botella de cristal con un líquido ambarino dentro de ella. Destapó aquel recipiente y vació el contenido en el rostro de su víctima.

El hombre despertó a duras penas, ahogándose a causa del alcohol que le habían vertido.

−Y bien… entre más rápido hables, tu sufrimiento se acortará.

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El hombre, aceptando aquel destino que se levantaba ante sí, volvió a retorcerse, como un pez tratando de luchar por vez última antes de dejar de convulsionar por falta de agua. Ese era su final, las últimas horas de una vida dedicada al crimen y a la maldad; de esa manera es que Mikiztlak hacía las cosas, al igual que la mafia, al igual que las organizaciones dedicadas a la violencia en todo el mundo. El albino no era más que otra forma de malignidad, un algo que estaba en lo más profundo de lo más oscuro del abismo infernal. Así es como su mundo funcionaba.

Al final, en un suspiro entrecortado como si la vida se le escapara con cada letra,  el hombre habló:

Casa… Te… Tepotz-tomímil. –El albino no pudo evitar dar su mejor cara de satisfacción al oír esa última palabra: era el nombre del señor de Chautli.

Mikiztlak, aburrido ya por la situación, tomó el mazo que momentos antes había perforado el estómago de su acompañante; se preguntaba si la sangre salpicaría hacia su rostro, o si formaría figuras erráticas alrededor del cuerpo. Levantó los brazos lo más alto que pudo, elevando la maza de treinta kilos sobre su ser; si utilizaba toda su fuerza, la fofa, gorda y hueca cabeza de aquel hombre se haría papilla, como cuando un niño juega a romper una sandía con un Tlaximaltepoztli[1].

Sonrió ante el prospecto que se levantaba en su mente.

El sonido de algo semi-blando siendo aplastado se escuchó. La sonrisa del albino, enmarcada por sus ojos como pequeños carbones encendidos, se llenó de un líquido escarlata, y un trozo de algo no identificado cayó sobre su mejilla, cerca de la comisura de sus labios. Una presta lengua limpió aquello, llevándolo a la boca. El sonido de algo siendo masticado quebró el silencio sepulcral que había llegado luego de  la lluvia de sangre.

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Mikiztlak dejó aquel cuerpo atrás, sin mirarle. A pocos pasos, decidió escupir el trozo de carne que había llevado a su boca.

Definitivamente no sabía a cerdo.

(Nota: Su uso está documentado en el Códice Mendoza y en uno de los Códices Fejérváry-Mayer. Las autoridades del imperio mexica exigían estas hachas como parte de los tributos que se exigían a los diversos pueblos sometidos)

***

 

 

La lista de nombres que Nanatzin le había dado por medio de su abuela, Gran Cihtzin quien murió mientras él, Tezozomoc, festejaba sus nupcias, le llevó hasta el señor de Chautli; al pasar entre los implicados, fue descubriendo más y más la telaraña de crímenes contra la nación que su tío tejía. Aun así, lo poco que encontró no tenía el suficiente peso para derribarlo del pedestal donde se hallaba; su tío cubría sus pasos completamente, dejando a Tezozomoc en un camino que simplemente le llevó hasta el aliado principal y prestanombres de Xocoyotzin.

Agrupó a sus mejores y más leales hombres, soldados que prácticamente habían estado junto a él desde las épocas del calmecac, cuando apenas tenía catorce años. Con excusa de una práctica militar pudo viajar a aquel distrito, donde el hombre que llevaría a la horca a Xocoyotzin le esperaba.

El palacio del señor de Chautli, Tochtli Teteltitla, se alzaba como una de las construcciones más grandes en el calpulli[2] noble, con sus paredes de piedra, monolitos dedicados a los dioses familiares resguardados tras altos muros que separaban la calle del predio.

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Las estrellas, aquella noche fatua, no brillaban; el cielo nublado se cernía sobre las cabezas de los ocho guerreros que se apostaron en las puertas de aquella casona, a la espera de la señal de su líder.

Las lanzas electromecánicas se hundieron entre la gruesa madera y el hierro, astillando la puerta hasta que ésta no resistió más y cayó a los pies de Tezozomoc y sus hombres. Rápidamente abatieron a los guardias del señor de Chautli,  quien en aquellos precisos momentos se hallaba presto para el escape.

El príncipe Tezozomoc fue quien impidió al criminal Tochtli Teteltitla salir de la habitación que, al parecer, era el despacho personal. El hombre vestido de camisa y calzones de manta con bordados vistosos, cayó de trasero al encontrarse con el príncipe investido en la armadura de guerrero.

−Su… su excelencia. ¡Qué honorable visita! –el hombre se incorporó como pudo para luego reverenciar al guerrero que tenía frente a él. Tezozomoc simplemente levantó un pie y lo colocó sobre el cuerpo arrodillado de su súbdito. Con un poco de presión, logró que Tochtli se tendiera completamente contra el piso, temeroso por su vida.

−Necesito respuestas, Tochtli. –Tezozomoc sentía como el aludido temblaba bajo su pie, decidió presionarle con más fuerza mientras hablaba. –Necesito saber sobre tus negocios con Xocoyotzin.

−Son… son sólo simples inversiones, mi señor…

−¿Simples inversiones con los alemanes? No recuerdo que huey tlatoani Nezahualcóyotl autorizara eso.

−Su tío… él fue quien autorizó e hizo contacto… yo… yo simplemente…

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Un ruido seco se escuchó afuera de la habitación. Un grito resonó por la estancia, acompañado de un chirrido como el que hace el acero al chocar contra algo hecho del mismo material.

Desde la terraza de cristal y aluminio un par de armaduras negras emergieron, rompiéndolo todo a su paso como un tornado inmisericorde; piedra, madera y metal volaban hechos pedazos ante la mirada atónita de Tezozomoc. La víctima del príncipe comenzó a incorporarse aprovechando la conmoción, también con la cara inundada en sorpresa.

Una risa nerviosa y maniática se escuchó entre el estruendo ocasionado. Tochtli, al parecer, soltaba carcajadas gracias a algo que sólo él entendía.

Ambos monstruos de metal negro que emergieron del ventanal fijaron sus miradas en el príncipe y su víctima, quien continuaba riendo maniáticamente.

− ¡Esto! ¡Esto es en lo que hemos invertido! ¡Y tú, príncipe mío, morirás hoy como lo hará tu…! –la voz de Tochtli Teteltitla se desvaneció de pronto, como si con un interruptor hubieran cortado el comando de voz de algún dispositivo.

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Un hilo de sangre corrió desde el pecho de Tochtli hasta el suelo… En su rostro, compungido aún por la sorpresa y el rictus que su carcajada había instalado en él, se podía leer un ¿por qué? siendo lanzado hacia sus asesinos.

Un par de hombres de armadura dorada ingresaron al estudio, jalando al príncipe hacia la entrada y evitando así que fuese atravesado por un sinfín de flechas que los monstruos de metal oscuro disparaban, se replegaron a la entrada principal.

Otras cuatro armaduras oscuras les aguardaban.

Recuperado apenas de la conmoción y la pérdida de su oportunidad, Tezozomoc al fin se dio cuenta de que prácticamente habían masacrado a sus aliados.

Cuerpos dorados y sangrantes estaban regados por el patio de aquella vieja casona, como macabros adornos. ¿Qué había hecho? La culpa se instaló en su corazón mientras que sus últimos cuatro hombres le escoltaban para poder escapar.

Atravesaron completamente el jardín, en dirección contraria a donde habían aparecido las últimas cuatro armaduras negras. Al sentirse acorralados, los últimos fieles al príncipe hicieron lo único que podían hacer: luchar hasta la muerte.

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El joven príncipe tomó su lanza electromecánica, y corrió con todo el  impulso que sus piernas podían otorgarle hacia uno de los enemigos. Éste, como si la lanza hubiese sido hecha de madera, rompió el arma en mil pedazos mientras que con la propia asestaba un golpe al oponente.

Tezozomoc, aún con la armadura de última generación[3] puesta, sangraba; una herida del tamaño de un puño cerrado se hallaba a su costado; ésta había sido hecha por la lanza, rompiendo increíblemente la aleación y el efecto de repulsión de las placas metálicas que le protegían. Su respiración ya no era regular y su corazón latía con fuerza tratando de evitar el inminente colapso que llegaría tarde o temprano.

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El príncipe miró a su alrededor, hombres en armadura oscura le rodeaban, y otros más con un modelo en color ámbar yacían tirados en posiciones diversas, algunos sin una extremidad, otros destrozados y unos pocos con el pecho atravesado. Esto había sido una carnicería, y aún no terminaba.

Todo era por su culpa.

Si tan sólo hubiese hecho caso a las sabias palabras que Gran Cihtzin le transmitió antes de morir. Si tan sólo hubiese podido darle a su esposa un día, un solo día de libertad verdadera.

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Pero el pasado no puede cambiarse, por tanto, ahora enfrentaba a la muerte.  ¿Cómo es que había sido tan ingenuo? Sus hombres de confianza murieron por esa ingenuidad y rectitud estúpida que le llevó a pensar que podía terminar con todo ese maldito complot que Xocoyotzin tejía con métodos directos. Su arrogancia le costó muy caro. Tezozomoc, pensando en todo aquello que le necesitaba con vida, se dijo a sí mismo que no podía morir.

Aún le faltaba aprender a amar a su esposa, aún le faltaba reinar en Aztlán.

Aún le faltaba limpiar toda la podredumbre de esta tierra.

Miró hacia el cielo, en búsqueda de alguna señal que Quetzalcóatl pudiese enviarle, no vio nada… salvo unas escaleras de metal, al parecer de servicio, que ya estaban prácticamente desoldadas. Aún tenía una flecha automática, si podía acertar al blanco crearía una distracción suficiente como para lograr escapar.

La flecha salió disparada hacia la única conexión que sostenía la escalera a la pared, pero ésta no cedió.

Las lanzas electromecánicas de los hombres de negro chocaron contra el escudo electromagnético que cubría a Tezozomoc, y con un último impulso de la armadura negra, la cual estaba mecanizada, lograron romper la barrera que impedía la penetración de aquella arma al cuerpo del príncipe.

Sintió como una, y otra, y otra punta de metal se abría paso a través de su piel y sus órganos para retroceder y volver a atravesarle en un pedazo de su cuerpo que aún no había sido profanado. Hasta que, de pronto, la oscuridad y el caos de la confusión llegaron por él, sumiéndole en el sueño eterno.

En el instante en que los soldados le vieron caer, le tomaron por los brazos y le arrastraron por aquel jardín bañado en sangre, con dirección al palacio de Tochtli, quien yacía con el corazón atravesado; revolvieron aquel estudio donde el Alto señor pasaba sus días atendiendo negocios, y depositaron entre sus archivos un papel arrugado y doblado: era una carta falsificada donde Tezozomoc le ponía a cargo de la misión de desaparecer a la princesa Cihuametztli por el bien de la nación.

El telón se había levantado para presenciar la puesta en escena que Xocoyotzin había preparado.

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[1] Esta arma representaba al dios mexica Tepoztécatl. Hacha, similar a un tomahawk, con una hoja hecha de piedra o bronce. Estas hachas eran utilizadas para actividades civiles así como probablemente para la guerra.

[2] Se llamaba así a los barrios en náhuatl.

[3] Estas armaduras, aun sin ser mecánicas o inteligentes, están hechas de cientos de placas de metal que repiten la conversión del polo magnético, haciendo que sea prácticamente imposible el herir al usuario con algo hecho de metal. Obviamente bajo la armadura se viste un traje hecho con una tela aislante especial, además de que hay algunos electrodos y un sistema para hacer tierra, evitando así que el usuario sea asesinado por su propio traje. Los mosqueteros franceses poseen una tecnología símil, aunque ellos optaron por elaborar sus ropas con la tela aislante y aumentar la negatividad del polo magnético, incrementando el radio de repulsión para abarcar el cuerpo completo del usuario. Los efectos negativos en el cuerpo del mismo pueden empezar a observarse cerca de una media hora después de accionarle, por ello los mosqueteros han adquirido la fama de ser veloces en sus misiones. También, a diferencia de los Aztlanes, los guerreros franceses pueden accionar o inhibir el escudo electromagnético de su equipo.

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