Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 4: Preguntas sin Respuesta

Parte 2

 

 

Xocoyotzin, señor de Texcoco[1], se hallaba sólo en su despacho, revisando algunos papeles y meditando sobre los planes que debía llevar a cabo.

En este mundo, pensaba él, el más fuerte siempre era el que gobernaba todo… el que decidía el futuro de los otros. Esa era la razón por la cual no comprendía cómo es que Nezahualcóyotl continuaba reinando en Aztlán.

A causa de aquel desacuerdo con sus filosofías, aguardó pacientemente, a la espera de una oportunidad… y la suerte divina quiso presentarla justo en la cima de su fortaleza física y mental. Con la muerte de Cihuametztli, el manejar a su emocional hermano para iniciar una guerra fue fácil.

Lo que ahora le preocupaba, o mejor dicho le molestaba, era la intercesión de su sobrino Tezozomoc.

Xocoyotzin, ese gran señor inteligente y fuerte, sabía desde hace mucho tiempo que le seguían, por eso a pesar de no tener nada en contra de su sobrino (al cual desde siempre le había guardado aprecio y estima al grado de contemplarlo como su sucesor) decidió sacarlo del juego ahora que su vieja y cansada madre, Gran Cihtzin, había muerto.

Fue una suerte que la misma noche en la que Tezozomoc estaba celebrando su boda, Gran Cihtzin hubiese tenido aquel fatídico accidente; los dioses parecían sonreírle, pues habían eliminado a la anciana sin que el moviese un dedo para convertirse en un paria matricida. Ahora que su sobrino aún estaba en el cuarto día de la celebración, orando y siendo penitente junto a su mujer, le era imposible saber lo que había ocurrido con Gran Cihtzin; ni siquiera se había notificado a la población o los medios para evitar conmociones y pensamientos sobre malos augurios para la casa reinante en Aztlán.

Le parecía algo patético y de mentes cortas el haber actuado así. Una muerte es una cosa más de la vida, algo natural que va a pasar tarde o temprano. Las cosas viejas tenían que desaparecer para que nacieran cosas nuevas así como el reino de su hermano tenía que morir para que naciera el nuevo imperio.

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Su principal obstáculo para obtener lo que deseaba era sólo Tezozomoc, pero, ¿cuál sería el mejor método para eliminar al muchachito? La respuesta era la lista que él mismo había elaborado para que cayera en su trampa. Tezozomoc moriría como un traidor a su padre y a su patria.

Tenía que aplastar y mover a todos y cada uno de los factores que afectaran sus planes, eso incluía también a cierto albino parte del proyecto guerreros del sol.

Xocoyotzin sabía muy bien que el la muerte blanca tenía la fuerza y el poder suficiente para desviar todos sus planes, sobre todo si continuaba bajo el ala protectora de Xochitlahuac. Aquel soldado que nunca había visto y que innumerables veces había utilizado podía serle útil de alguna manera, pero por ahora tenía que deshacerse de su presencia; debía empezar un juego de inteligencia y destreza contra aquel clon en particular. ¿Cómo llevarle hasta sus fauces? Para una persona cualquiera eso sería casi imposible, pero Xocoyotzin era un genio; él monitoreaba a Mikiztlak desde sus primeras misiones con ayuda de infiltrados a la base militar donde operaba.

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Primero que nada, tenía que acorralarlo y llevarle hasta donde fuese más útil para sus planes, ¿a Europa? ¿A las filas de los pueblos rebeldes?

Xocoyotzin sabía muy bien que Mikiztlak tenía cierta simpatía por los sobrevivientes de la masacre de los Ñuú Saví… ¡si tan sólo supiera que eso también fue parte de su plan! Desde hacía más de diez años, el hermano envidioso del Huey Tlatoani comenzó la danza por la que obtendría todo lo que Nezahualcóyotl poseía, empezando por Xochiquetzin y el imperio.

***

 

 

Sus ojos desorbitados lloraban lágrimas de sangre. Las costras oxidadas de aquel fluido corporal se le pegaban al cuero cabelludo.

Ruidos. 

Los pulmones, comprimidos, se negaban a recibir el tan preciado oxígeno que necesitaban. Un sonido seco se podía escuchar, era su cuerpo golpeándose contra el suelo una vez, otra vez y otra vez…

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Y otra vez, otra vez, otra vez, otra vez… otravezotravezotravez…. 

El ruido de una carcajada quebró el sonido anterior en aquella habitación blanca… ¿quién reía? ¿Era él? La risa estridente le timbraba en los oídos como el retumbe de cien cañones.

− ¿Cuál es su nombre, soldado? —la voz otra vez llegaba a sus oídos, espantosa y fantasmal.

Más carcajadas… desesperadas, quebradas como su cuerpo sangrante por los golpes que se daba a sí mismo contra el piso marmoleo.

Tras el cristal de la habitación blanca se podían ver un par de hombres, uno con bata blanca, de tez morena y trenzas que no se atrevía a mirar hacia donde el ser humano sangrante se hallaba; el otro vestía el uniforme de las S.S. alemanas, su expresión fría parecía una epopeya al desprecio por la vida y el color.

−Añade otra dosis…

−Pe… pero señor, él es uno de los pocos que responde bien a la droga, si le damos otra dosis en tan corto tiempo podría ser fatal…

−Una dosis más, Dr. Zozo.

Varios de los ayudantes del Doctor Tecuisij ingresaron a aquella sala de observación, uno de ellos llevaba una jeringuilla de cristal. Los brazos y pies atados del sujeto de prueba comenzaron a convulsionar nuevamente, haciendo más cortes a los que ya poseía per se. Nuevamente el sonido seco de un cuerpo golpeando el piso se escuchó; entre varios de los asistentes pudieron sostenerle para que se mantuviera quieto, pero su fuerza, gracias a las descargas de adrenalina de su propio cuerpo, ya era descomunal a esas alturas.

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La aguja pasó entre la piel, adentrándose en el brazo lleno de hematomas; el líquido rojizo ingresó lentamente.

Calma.

El cuerpo del hombre se contorsionó en un arco mientras sus dedos parecían querer crisparse de sus manos y pies. Los ayudantes en bata blanca quedaron expectantes al igual que los dos hombres tras el cristal: uno con emoción y el otro con total culpa.

Un golpe en la cabeza.

Otro, y otro…

Un grito que rompió el silencio.

− ¿Cuál es su nombre, soldado?

−Ott…o…

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Luego llegó la oscuridad, hasta que nuevamente le despertaron. Los sonidos en su cabeza se acrecentaban… voces… ruidos…

Déjame entrar…

Estaremos bien así…

Mueremueremueremueremueree….

Incontables horas, minutos eternos, pasó encerrado en aquellas paredes mentales, siendo acosado por su propio cerebro, observando como moría y renacía en un sinfín de cuadros sucesivos…

Voces femeninas llegaban a sus oídos, cantando historias sobre otro hombre: libre, alemán, fuerte. Un hombre del Reich.

Luz. Oscuridad. Luz. Penumbra.

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Y se quedó solo en medio de aquella noche eterna, ya sin canciones, ya sin pasado ni futuro.

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Miles de líneas se arremolinaron contra él, envolviéndole en una cacofonía caótica donde perdía su individualidad… dejó de saber quién era, ¿qué era? ¿Era humano? ¿Era animal? ¿Al menos era algo? La nada amenazaba con tragárselo.

Y fuera de sí mismo, en el mundo real, Wolfram Sievers volvía junto al Dr. Xoxo para supervisar el avance con el individuo de prueba número siete.  Habían pasado días en segundos y segundos en días, el caos lo tragaba vivo.

Volvieron a aplicarle otra dosis, mientras el indolente Herr Direktor observaba satisfecho.

Las imágenes anteriores volvieron a repetirse. El desorden y la nada tragaban la conciencia de aquel hombre sangrante a grandes bocados, lo reclamaban como una parte de sí.

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Gritos y risas alternándose se escucharon en la sala, como si el ser del que nacían no fuese un humano, si no un animal llorando.

Silencio.

Y entonces el individuo de prueba se sentó en el piso, como si nada hubiese pasado antes. La sangre manaba de su cabeza en pequeños hilillos carmesí y sus rubios cabellos se habían tornado cobrizos por la misma causa.

Bajo el largo de su cabello húmedo no se podían ver sus ojos, sumidos y ojerosos; una sonrisa exagerada poblaba su rostro, mostrando unos blancos dientes que parecían intactos.

− ¿Cuál es su nombre, soldado?

Totentänzer[2]. Pero puede llamarme sólo Tod −Se levantó, con las gruesas cadenas jalando sus brazos. −Esto es algo incómodo, Herr Soldat.

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−Primero hablaremos usted y yo… ya habrá tiempo para que nos conozcamos mejor Herr Tod.

 

 


[1] Como había explicado antes, el Imperio de Aztlán se divide en algo parecido a municipios, los cuales están regidos por un señor o Tlatoani. Encima de ellos se encuentra el huey Tlatoani o Emperador. Como el Tlatoani no puede ni debe ejercer el dominio total en sus tierras, el consejo de sabios (formado por los ancianos más ilustres del área) era el que regulaba las leyes y aprobaba o desechaba las solicitudes del Tlatoani. De esos sabios, uno era quien representaba a los otros en el Gran consejo de Sabios, quienes actuaban de igual manera con el huey Tlatoani, regulando, aprobando y desechando leyes.

[2] Literalmente significa Bailarín de la muerte.

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