Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 4: Preguntas sin Respuesta

Parte 1

 

 

En las temporadas frías no había ratas… tampoco larvas, gusanos ni cucarachas. No podía hacerse de comida extra entonces.

David conejo, raquítico en sus ropas holgadas, miraba su aguada sopa hecha de algo-no-identificado. Pedacitos de su negro pan flotaban y él bebía ávidamente.

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Recordaba incesantemente la última vez que vio a su padre…

Momentos después de que se llevaron a Isaac a la barraca médica él fue hasta allí, evadiendo los reflectores y escondiéndose entre las pilas de nieve y tierra que por las tardes les obligaban a hacer. Una rendija en aquella construcción de madera y ladrillos le hizo ver el interior.

Cuerpos como fantasmas huesudos y azulados se extendían en tablones duros y sábanas amarillentas y sucias. Un hombre (su padre) estaba parado a mitad de aquellas filas de cadáveres vivientes, viéndose como uno, quizá a la espera de tomar su lugar en aquella exposición siniestra.

−No abandonará el área médica –Dijo un soldado alto, bien formado y de cabellos castaños en un alemán completamente bávaro. –Trabajará aquí hasta que se muera, independientemente si se cura o no.

A veces los soldados alemanes no eran tan brutales… era como si tuvieran una personalidad doble: no sabías cuando encontrarías su lado no tan malo.

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Isaac sólo asintió. Era de conocimiento general que incluso preguntar por las razones o poner un pero a las órdenes alemanas podía terminar en la muerte inminente.  −Eres un buen doctor a pesar de ser una escoria judía, el director te paga los consejos de la última vez de esta manera.

Isaac no podía creer su suerte… de igual manera poco importaba, estaba seguro que moriría tarde o temprano. En el campo no había antibióticos y sólo tenía aquel frasco de aspirinas que se había negado a soltar. Sabía que en unos días su cuerpo empezaría a descomponerse como los de sus compañeros en el área médica.

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Cuando el soldado alemán se fue, le pareció escuchar que alguien le llamaba desde el otro extremo de la barraca. Pensó en el paciente moribundo que se hallaba ahí…

Encontró a aquel hombre muerto, con una bala en el corazón, la cual había abierto su pecho como una flor roja, haciendo salir aquel líquido viscoso interno propio del cuerpo humano. Todas, cada una de las camas de madera estaban ocupadas por un cadáver, dispuestos de tal manera que aquel que entraba no podía darse cuenta de la situación.

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− ¿Quién haría semejante cosa? −pensó. No podía ni hablar.

Su nombre seguía siendo susurrado desde la esquina derecha del extremo opuesto.

−Da… −no pudo terminar la palabra, el soldado que anteriormente le había dejado vivir ahora le disparaba en los pulmones, por  la espalda. Rápidamente la sangre manó de la herida, inundó sus tuberculosos órganos y salió por su boca. Cayó de rodillas, mirando fijamente un punto muerto, articulando una sola frase muda: ¿por qué?

−Me acaban de dar la orden de desalojar la barraca definitivamente, lo siento.

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El joven soldado enfundó su pistola como si guardara algún artefacto común, sonriendo y levantando los hombros tal si se disculpara con algún compañero por haber llegado cinco minutos tarde.

−Busquen al que le habló.

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David conejo corrió hasta la barraca número ocho, intentando mermar sus sollozos. Corrió tan fuerte, tan rápido que llegó en menos tiempo del esperado. Pudo subir a su camastro antes de que los perros llegaran siquiera cerca del edificio donde dormía.

Ahogó su dolor en el fondo de su corazón,  donde ponía todo aquello de lo que no se podía o debía hablar. Los perros seguían afuera, ladrando y buscando las huellas en el barro que la nieve ocultaba con su constante caída. La tormenta arreció, haciendo que los guardias cesaran en su búsqueda; la providencia le había salvado, pero ahora ¿por qué razón debía de continuar?

Pensó en su madre y sus hermanas. Pensó en su hermano menor del que fue separado… tenía que continuar para volver a verlos, tenía que salir de ahí para saber si al menos ellos seguían con vida.

Fue así que se convirtió en el protector de sí mismo, de la noche a la mañana dejó el enajenamiento infantil que protegía su inocencia a la vez que destruía su cuerpo para anteponer su bienestar por sobre los otros, su existencia se resumía en una palabra: supervivencia.

Es así como aprendió que el hombre debe comer a otros para continuar viviendo, sin importar qué. Tenía que encontrar la manera de volver a su mundo, aún si eso significaba pisar a sus compañeros.

Poco tiempo después la población aumentó. Trenes de todos los rincones de Alemania llegaban cada tantos días… el campo tenía que hacer espacio para los que llegaban y las selecciones aumentaron.

David conejo se alegró de haber decidido sobrevivir. No moriría, así tuviese que convertirse en un judas ante su gente.

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***

 

 

El largo de la ropa autóctona que portaba caía a sus costados, se trataba de una especie de camisa larga asegurada con un cinturón sobre sus pantalones; las botas de monta crujían sobre la piedra de la entrada del hogar del huey tlatoani Nezahualcóyotl, donde decenas de escalones le esperaban para ser recorridos. Tezozomoc caminó arduamente, como los antiguos mensajeros de su tierra, buscando por todo el lugar a una mujer anciana de cabello gris y mirada apagada. La encontró en las habitaciones que antaño habían sido las de su hermana, recogiendo lo poco que quedaba de las pertenencias de la muerta.

Las manos de la mujer, arrugadas y llenas de manchas por la edad, doblaban diligentemente los vestidos de algodón y lino que habían pertenecido a una niña cautiva en su propia particularidad.

−Gran Cihtzin. –El saludo cálido de su nieto le hizo recordar al que antaño había sido su esposo y emperador, el único Tlatoani que había decidido no tomar más esposa que a ella. Se abrazaron como si hace mucho tiempo no lo hubiesen hecho; la anciana, a fuerza de su ceguera ante las luces artificiales, acarició el rostro moreno y varonil de su nieto con ambas manos. Cada año más fuerte era Tezozomoc, y ella cada año más muerta.

−Hijito –Esa anciana, con sus dientes a punto de caer y su, prácticamente nulo, cabello trenzado fue la beneficiaria del beso en la frente con adoración naciente del príncipe heredero, estampado con ese fervor que sólo se tiene por los abuelos. –Te tengo noticias buenas.

− ¿Qué ocurre, cihtzin? —El príncipe, siempre recto, perdía la rigidez de sus maneras cuando se trataba de su abuela; con ella se transformaba en un niño, en un alguien que podía dejar su propia vida en manos de aquella vieja. Ella era su confidente, su amiga y algo mucho más que su abuela, ella era como su madre.  −Hablé con el viejo Xochicalli, por lo de tu compromiso.

−Oh… eso. Cihtzin, no sé si ahora sea buena idea, lo de Cihuame…

−Ella ya está en camino a su nuevo mundo, deja que los vivos continuemos el nuestro. Esta habitación, por ejemplo, será la de tu mujer luego del día de la boda.

−Lo haces sonar como una transacción. —Pese a que era verdad, una parte de Tezozomoc no quería aceptarlo. Su obligación era amar a su prometida, el cumplía con su deber, pero nunca trataría como a un bien a su futura mujer. A pesar de que en realidad para la familia real terminase siendo uno.

−En nuestro mundo todo es una transacción, cariño. Si tienes a Xochicalli y a su facción, tienes el imperio entero. No dejaré todo por lo que trabajé junto a tu abuelo para que Xocoyotzin lo destruya. Tu tío puede ser un gran guerrero, pero no es ni la mitad de lo que se necesita para ser un gobernante medianamente aceptable.

−En eso estamos de acuerdo. Hablando de mi tío, ¿qué sabes? ¿Nanatzin logró algo?

−La chiquilla me trajo esto para ti. –La abuela extendió un papel doblado a Tezozomoc. –Él ha estado visitando muy seguido la casa de su querida. Pero también la visitan al tiempo ciertas personas cuyos nombres están en ese pedazo de papel.

− ¿Crees que esté planeando algo?

−Tu tío siempre planea algo, aunque espero que esta vez no sea nada malo. Hijo, lo que viene déjalo en manos de terceros, porque alguien como tú no debe hacerlo solo.

−Ya te tengo a ti, gran Cihtzin. –la anciana sonrió, pero sabía que lo que su nieto buscaba podía llevarle hasta la boca del lobo. Ella conocía tan bien a sus hijos como a sí misma, y si Xocoyotzin tenía algún plan loco para derrocar a Nezahualcóyotl a primera oportunidad, debía de interceder.

−No siempre me tendrás, no-xuiu.

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−Tú, gran cihtzin, vivirás más que yo. A veces pienso que el mundo puede llegar a su fin y permanecerías igual. –La anciana simplemente sonrió, mirando a su nieto, pensando en lo mucho que se parecía a Moctezuma X. Soltó un pequeño suspiro lleno de duda, ¿qué le esperaría a este muchacho el día que ella faltase?

−Ve a cambiarte, anda. Deja de distraerme que estoy ocupada. En unas horas más llegará tu futura mujer y su séquito. —Tezozomoc besó nuevamente esa frente arrugada de color castaño como despedida.

Salió de los aposentos que antaño habían sido de su hermana, la más querida. Nunca trató mucho con Cihuametztli, la brecha generacional entre ellos lo había impedido, pero siempre la había visto como una especie de pequeño conejo asustadizo. Cada vez que él llegaba ante la niña albina, ella huía despavorida como un animalito silvestre ante el cazador.

Siendo hermanos de diferente madre, era de esperarse. El huey Tlatoani había regresado la tradición de las múltiples esposas luego de que su abuelo la hubiese roto. Su padre, Nezahualcóyotl, tenía a la que había sido su madre y a la madre de la princesa Cihuametztli. Tezozomoc tuvo más hermanas antes de que su madre muriera, pero Cihuametztli era hija única de Xochiquetzin; por ello, él era incapaz de saber el temor y la soledad que la princesa albina había sufrido la mayoría de su vida. Ella nunca tuvo a otro igual, sangre de su sangre, para poder ayudarla.

Tezozomoc sólo tenía un camino, y era el que le había preparado su propia familia. No necesitaba de sentimentalismos si era por el reino, por ello, nunca se apegó a nadie, salvo a Gran Cihtzin. Ella era su guía y su mentora; y también era una de las mujeres que movían los hilos políticos en las sombras.

Gran Cihtzin elaboró, desde el nacimiento de su nieto, los preparativos para que su futura esposa fuese elegida por ciertos parámetros. No sólo la belleza contaba, también el poder de su familia y su antigüedad; durante años se esforzó en buscar a la mujer perfecta para Tezozomoc, a la que ahora veía entrar por las puertas principales de los jardines, vestida con ropas vaporosas color jade y adornos de plata y oro.

El rostro de la niña que veía le parecía difuso gracias a las cataratas y la lejanía que empezaba a nublar su vista; pero Cihtzin conocía bien a la jovencita Teotlaki, ella misma había formado a la doncella de ojos negros y piel de alabastro que era escoltada por sus sirvientes hasta el hogar de los Tlatoanis de Aztlán.

La música de los tambores y flautas llenaba los jardines y las mujeres danzaban vestidas en ropas coloridas, con el cabello al viento y adornadas con flores, mientras que los hombres, quienes tocaban los tambores y soplaban los instrumentos de viento se movían rítmicamente, dando pequeños saltos por cada paso que daban.

Gran Cihtzin, vio descender de las escalinatas internas a su nieto, vestido de armadura dorada y plumas de quetzal y pavorreal en el penacho. En sus manos, el incensario que por generaciones había presenciado rituales nupciales ahumaba el recinto y llenaba el ambiente con el aroma del copal. Tras él, su padre el Huey Tlatoani Nezahualcóyotl y sus hombres de confianza marchaban, erigiendo hachas encendidas con fuego, engrasadas e impregnadas con químicos en el filo de obsidiana para arder en colores varios.

El cortejo de la novia llegó a las puertas, donde el príncipe Tezozomoc ya los esperaba.

La luna apenas salía, y el atardecer naranja, dorado y púrpura se antojaba bello iluminado por el sol moribundo. Esa naciente noche, Tezozomoc pasaba el incensario por su amada, haciendo que el humo del copal impregnara su piel de la cabeza hasta los pies; cuando terminó, Teotlaki hizo lo mismo a quien sería su esposo. Los ojos esquivos de la muchacha y sus mejillas ruborizadas se le antojaron hermosos, como el nombre de la joven de dieciocho años.

Tezozomoc tomó la mano de su prometida cuando el ritual de recibimiento terminó. Ella estaba nerviosa, él lo notaba; dio un apretón suave a la mano delicada de su futura esposa y volteó la mirada hacia ella, tratando de comunicarle que todo estaría bien. Caminaron hacia la sala del banquete, seguidos por los invitados que habían formado parte del cortejo ceremonial.

En la sala de piedra y cal, donde el fuego llameaba en una hoguera circular hecha de ladrillos y enterrada en el piso, les esperaba una estera tejida a mano completamente nueva, con bordados en oro. Ellos tomaron su lugar sobre la misma, mirando el fuego frente a ellos, calentando sus cuerpos y lamiéndoles con los fantasmas de las flamas que escapaban para morir a pocos centímetros de los novios.

Entre Tezozomoc y Teotlaki estaba un nuevo incensario preparado para el paso siguiente en la ceremonia.

El sumo sacerdote del imperio, un hombre ya anciano de largo cabello que le rozaba las rodillas, vestido de lino y cubierto de ulli[1], entró al lugar cantando. Las flautas y los timbales coreaban las plegarias a los dioses que el sumo sacerdote elevaba. Esta era una ceremonia especial, donde el novio, futuro Huey tlatoani, desposaba a su primera esposa frente a los dioses y sus ancestros, con la bendición del líder de fe del imperio.

Llegó ante las espaldas de los novios, donde tomó las faldas vaporosas de color jade de la novia, y la larga túnica del novio; aquellos trozos de tela que vestían los futuros esposos fueron anudados entre sí. Los tambores y flautas callaron, el sumo sacerdote también.

Los novios se levantaron, y con el incensario uniendo sus manos, empezaron a cantar y a ofrecer el humo y sus voces a los dioses, con plegarias llenas de esperanza. Siete veces dieron la vuelta a la gran hoguera, y esas siete veces confirmaron sus lazos con pequeños obsequios dados el uno al otro: plumas de quetzal, piedras preciosas engarzadas y al final, anillos de oro y diamante.

Volvieron a la estera dorada, sentándose mientras un escuadrón de sirvientes entraba con diversos platillos para los novios y los invitados. Éstos últimos estaban colocados derredor del fuego, a distancia de los ahora esposos, observando la escena que venía, donde Tezozomoc y Teotlaki se alimentaban mutuamente.

Teotlaki miraba con curiosidad a los comensales; en su vida nunca había asistido a un festejo fuera de los propios en su propia casta familiar. Las luces tenues brillando sobre la roca encalada, y el fuego tras ella, lamiendo su espalda y tronando como los chapulines cuando se cocían se le hicieron acogedores.

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—¿Estás nerviosa, mi señora? —Tezozomoc, quien le extendía una pera con piloncillo para que la probara, se sentía intrigado. ¿Qué pensaba ella de él? Nunca se habían visto más de lo necesario, quizá sólo unas tres veces en toda su vida, y a pesar de que se habían escrito lo suficiente para conocerse al menos superficialmente, Tezozomoc temía que su enlace no fuese lo que ella esperaba. Esa joven nunca había salido de su casa, nunca había visto el mundo más allá de las paredes de sus habitaciones; mientras ella le ofrecía el imperio, él no tenía otra cosa que ofrecerle más que su respeto y todas las cosas bellas que ella deseara, pues sabía que su encarcelamiento nunca terminaría incluso siendo la esposa principal del futuro Huey Tlatoani.

Teotlaki negó con la cabeza, sonriendo tímidamente a su señor y mordiendo aquella fruta dulce que le ofrecía; no, ella no estaba nerviosa, estaba maravillada. Tezozomoc era el sueño de toda joven mujer del imperio: alto, fuerte y templado; las pocas cartas que se habían enviado mutuamente estaban llenas de cordialidad y belleza, ella no podía pedir más. Toda su vida, Teotlaki había temido que al final le enlazaran con un hombre viejo, feo y descortés, pues ella no era tan hermosa; pero lo que había llamado la atención de Tezozomoc es que era instruida, sensible y, gracias a su encierro, inocente… por sobre todo: ella era hija de Xochicalli.

—En tus cartas eras un poco más elocuente, mi señora… —El príncipe tocó la mejilla de su esposa, tratándole como si fuese de la más fina de las plumas del imperio; ella estaba feliz, y sonriendo, supo que aquel hombre realmente era lo que esperaba.

—No soy de oratoria, mi señor. Mis palabras se mueren muchas veces en mi boca, las letras, al contrario, permanecen intactas y me dejan expresar lo que siento con más facilidad.

—Entonces, bella mujer del atardecer, deja que yo use las palabras hechas aliento mientras tú domas aquellas feroces hechas de tinta. Complementa mis días con tus letras, y yo exhalare las más hermosas frases para ti. Mientras yo conquisto el reino de los hombres, me placerá que haga lo propio con el reino de la literatura.

Los festejados reían y bebían en esta, la primera noche de las nupcias; el aguamiel y las bebidas tradicionales fluían como en ríos por las gargantas de los invitados, aprovechando una de las pocas ocasiones en las que era permitido beber. En las calles de la ciudad, y en todo el país, aquella noche se permitió a los hombres y mujeres probar del mezcal, el pulque y los destilados del agave, rompiendo la disciplina férrea del país que había prohibido el consumo de las bebidas embriagantes sin ceremonial de por medio.

Gran Cihtzin se deleitaba con la visión de los asistentes bailando en los jardines del palacio. Hacía mucho tiempo que ella no presenciaba un enlace matrimonial y quería resguardarlo en sus memorias, para evitar olvidar el suyo. La oscuridad le hacía caminar lentamente, pues se aunaba a sus débiles ojos.

Llegando la media noche, la anciana decidió que tenía suficiente del ruido de los tambores y las comidas que sólo le provocarían constipación. No quiso ayuda de sus mucamas, esas niñas algo lentas de entendimiento a veces le aburrían por la simplicidad de sus mentes; quiso caminar sola, como cuando joven, hasta donde la ancianidad le había recluido.

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El bastón de marfil y caoba se enterraba en el pasto con cada paso que daba. Sus pies pesados se arrastraban, poco a poco, hacia los pilares de la entrada principal, donde tomaría las escaleras interiores a la segunda planta. Allí estaba ella, luchando contra la artritis de la edad, subiendo peldaño por peldaño engorroso, hasta que casi al llegar al final, su corazón, ya débil, no pudo más.

El dolor nacía desde su brazo y se extendía hasta la espalda y el pecho. No quería terminar así, ella todavía tenía trabajo que hacer en este mundo; pensaba angustiada en lo que sucedería si ella moría, y con fuerza de voluntad, se obligó a terminar de subir los escalones por temor a desmayarse y rodar hacia la planta baja.

Mejor hubiese sido que no lo intentara.

Los pies no le respondieron, tropezando entre ellos. El bastón de lujo que llevaba sólo sirvió para que, en lugar de caer de frente, cayera hacia atrás. Mientras en el patio la gente gritaba, bebía y reía, en su cabeza sólo podía ver las imágenes de lo que pudo haber sido si no fuese tan terca.

El cuerpo arrugado, golpeado y moribundo cayó de tal forma que su nuca chocó contra el primer y afilado peldaño de las escaleras. Si Gran Cihtzin hubiese puesto nula resistencia, al menos estaría respirando, pero ella no sabía nada sobre accidentes, ella sólo quiso preservar los minutos de vida que le quedaban, y nada más.

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Una hora más tarde, Huey Tlatoani ingresaba por aquellas mismas puertas por las que su madre había pasado. Cuando miró el cuadro funesto que se erguía frente a él, supo que los dioses le habían maldecido a él y a su familia. Caminó hacia el cuerpo de su anciana madre, y lloró como nunca lo había hecho, escudado en la soledad y alejado de las miradas que siempre le seguían.

Gran Cihtzin, la mujer que más había amado en el mundo, había muerto sola, sin que nadie supiera sus últimas palabras ni deseos, por ello el Huey Tlatoani Nezahualcóyotl lloraba a solas, para, al menos, apaciguar su propia culpabilidad.

 

 


[1] Especie de betún negro, usado para tatuajes ceremoniales. Los sacerdotes se cubrían con él para hacer notar su rango.

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