Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 3: El Sombrerero y el Conejo

Parte 3

 

 

Yzack miró al pequeño que había chocado contra él, estaba justo en la entrada más segura al edificio donde se encontraba su objetivo; con el inútil de Radcliffe vigilando la salida de la ratonera, no tenía más remedio que dejar a cargo del pequeño Dominic a Baptisme, siempre un niñero de primera categoría.

El mendigo, suponiendo lo que Yzack pensaba, no perdió el tiempo y antes de que el niño escapara le atrapó con sus manos enfundadas en aquellos guantes invernales rotos tan característicos de él; por más que Dominic se rebatió y trató de zafarse del viejo mendigo, éste no lo soltaba. En pocos minutos el pilluelo estaba sometido ante la fuerza de Baptisme, quien lo mantenía quieto con un abrazo al cuello y una oxidada navaja en la espalda.

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Dominic sabía que no debía gritar, su instinto de supervivencia se lo decía y el mendigo con olor rancio se lo ratificó con un susurro alcohólico y podrido al oído. De esa manera, el pilluelo dejó de pelear.

−Te quedarás aquí, con mi amigo. –Dijo el hombre joven dirigiéndose al niño.

Y entonces, al igual que Bernard y él treparon por los escombros y las escaleras unos cuantos minutos antes, el hombre llamado Yzack subió a la azotea para entrar a aquel edificio donde se hallaba Alice. En lo único que podía pensar aquel pequeño era en que les había fallado a su amigo y a la chica secuestrada. ¿Qué podía hacer él con su condición? Tan sólo era un niño, tan sólo era alguien sin fuerza o poder alguno.

El llanto siempre es la única manera de expresar la impotencia cuando no se tiene otro medio.

Alice, en medio de un cuarto con las ventanas clausuradas con cualquier clase de objeto que sirviera para ello, se encontraba atada de pies y manos; los secuestradores no le dirigieron palabra alguna en todo ese tiempo, simplemente se dignaron a arrojarla en una esquina, a la espera de instrucciones de ese maldito con acento.

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Aquel hombre, según los secuestradores (a quienes llamaremos como secuestrador A y Secuestrador B), les había contratado por medio de un tercero. La comunicación se había llevado completamente por medio de un teléfono público a un número que tenía cerca de 12 dígitos[1]. El hombre con acento les había dado salto y seña de la jovencita, a quien tenían que llevar a la república española inmediatamente; para ello el contacto que había enviado a por ellos les extendió unos cuantos fajos de papel moneda, vigilándoles todo el tiempo mientras comenzaban con las preparaciones. La única y gran condición había sido que no maltrataran de más a la joven, tan sólo podían herirla lo necesario si es que ella se resistía.

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El problema para ellos era la repentina aparición de los soldados por los caminos que debían tomar, por tanto desecharon el plan que les llevó semanas armar y decidieron mantenerla oculta en la ciudad mientras pensaban qué hacer. En cuanto se comunicaron con el mediador, éste envió una misiva donde explicaba que debían esperar hasta que consultara la situación con el cliente.

Mierda de burocracia incluso en la vida del crimen.

Ahora, tanto el secuestrador A como el B pensaban que lo mejor era cargarse a la niña, al mediador y salir de París por un tiempo; quizá esa hubiese sido una acción eficaz si no fuese demasiado tarde para ello.

El sonido como de cientos de mosquitos, concentrado en un punto inidentificable del lugar, se escuchó. La puerta de madera que separaba aquella sucia habitación en semioscuridad, alumbrada por una oscilante vela, cayó hecha astillas como si alguien la hubiese atravesado tal cual cuchillo en mantequilla.

Un hombre cubierto por la oscuridad corrió hacia el secuestrador A, con el florín ultrasónico derecho reluciendo en medio de la penumbra. Un puño cerrado se incrustó en la cara del malhechor, quien retrocedió unos cuantos pasos gracias a la fuerza del impacto, con la nariz sangrante y rota.

El secuestrador B, al observar cómo atacaban a su compañero, decidió tomar a la niña y le apuntó en la sien con un arma de fuego.

–No te atrevas o ella muere. Aléjate.

Bernard se quedó pensando unos momentos ante la situación. El secuestrador A empezaba a recuperarse del golpe y el secuestrador B mantenía a la pequeña en su agarre amenazante. ¿Qué podía hacer? Cualquier movimiento en falso y ella podía morir, e incluso si se rendía, él podía ser asesinado y ella desaparecería. Aún si Dominic ya había notificado a la guardia civil a esas horas, no estaba seguro de que ellos llegarían inmediatamente al lugar. La única opción que parecía quedarle era tratar de ganar tiempo mientras arribaban refuerzos.

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¿Y si había otros en los alrededores a parte de los que vigilaban las puertas? Dominic había mencionado muchos hombres.

Si bien Bernard podía pensar en algo para salvarse a sí mismo, no quería hacerlo. Tenía los escudos electromagnéticos, que repelían cualquier proyectil metálico a causa de la inversión del campo magnético creado por la corriente eléctrica, por esa misma razón los uniformes de los mosqueteros no tenían ningún elemento metalizado salvo los equipos conductores y los micro generadores; gracias a eso, él podía caminar fácilmente hacia sus enemigos sin temor a ser abatido por una bala, pero la adolescente rubia no tenía esa ventaja.

Un sonido como del viento siendo cortado se escuchó tras él, pasando cerca de su oído e impactando en la frente del Secuestrador B. Un hilo rojo de espeso líquido fluyó hacia la barbilla, cayendo por los costados de la nariz, mientras el cuerpo se desplomaba sobre sus espaldas ante la mirada aterrada de la niña, quien era incapaz de llorar o moverse debido al shock de presenciar tales actos violentos.

Fue en ese momento que Bernard corrió hacia el secuestrador A, el cual disparó varias veces contra el chico de ojos heterocromáticos. Las balas metálicas simplemente rebotaban gracias al escudo invisible que le brindaba su equipo, enviándolas hacia varias direcciones, evitando de milagro a una Alice con la cabeza cubierta por sus propias manos. El florín ultrasónico impactó contra el brazo del malhechor que sostenía el arma, cortándolo con un sonido como el que hace una salchicha jugosa al ser mordida. Luego, otra vez aquel sonido se dejó oír mientras el otro brazo también era separado de su conjunto original.

La sangre manó a borbotones, impregnando las paredes y las zonas cercanas, manchando también con pequeñas gotas el rostro extasiado del joven Bernard. Aquel olor característico del hierro sanguíneo le inundó los pulmones mientras levantaba nuevamente su florín, y antes de darse cuenta de que había caído en el frenesí de la pelea, el arma larga y delgada del mosquetero cortó la piel, huesos, venas y fibras del cuello del hombre al que se enfrentaba. La cabeza, por la fuerza del impacto, salió volando hacia el lado opuesto de la habitación, golpeando una de las ventanas clausuradas y dejando una huella semicircular en el lugar.

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El cuerpo sólo se desvaneció hacia atrás, desangrándose por las heridas. La chica que Bernard había salvado le miraba como quien mira a un animal desconocido. Inmediatamente después, Alice también se desplomó sobre el piso; Bernard dudó en tocarla, manchándola con su propia monstruosidad. Simplemente la miró desvanecerse como a una muñeca a la que se la ha terminado la cuerda.

Maldecía haber mostrado aquella faceta suya a esa niña inocente, ¿qué pensaría ahora de él? Ante Alice, Bernard al fin se había quitado la máscara y dejaba entrever el monstruo que pugnaba por salir. Luego, alejando todas las preocupaciones de su mente para prestar su atención a algo más importante, recordó aquel cuchillo en la frente de quien mantenía amenazada a la niña. En la puerta, tranquilamente mirando la escena, con las ropas manchadas de sangre y un par de cuchillas de obsidiana en la mano, otro hombre de más o menos su edad le aguardaba parado sobre un grueso y espeso charco oscuro.

Este hombre llevaba una chaqueta gruesa bajo una camisa holgada y pantalones y botas militares. Bajo toda aquella ropa, cientos de cuchillos iguales a los que permanecían en sus manos se hallaban cosidos, a la espera de ser utilizados. El rostro serio y casi andrógino de ese ser le hacía más peligroso de lo que era de por sí.

Un par de aplausos rompieron el silencio, aún sin soltar los cuchillos el hombre aclamaba el trabajo de Bernard.

−No lo pude haber hecho mejor, pero ¿era necesario matar a ese también? –la cadencia de las palabras de aquel hombre eran extrañas, sin emoción alguna, como si sólo las recitara.

− ¿Quién eres?

−Antes de preocuparte por eso, deberías revisar a esa chiquilla, creo que acaba de desmayarse. No te preocupes, vengo en términos amistosos. –Entonces, mostró un papel doblado y amarillento, que al extenderlo dejó ver la firma y el sello tanto de su majestad francesa como de la cabeza de estado del vaticano.

Bernard tenía entendido que cierto grupo del vaticano que se encargaba de arreglar asuntos internacionales fungiendo como mediadores se hallaban en París, pero no tenía idea del por qué Alice tenía que ver. ¿Había sido una coincidencia?

Decidió dejar a un lado aquel asunto, sus credenciales parecían auténticas y si el tipo hubiese deseado asesinarle (o en dado caso a Alice) ya habría tomado su oportunidad; lo que ahora acaparaba la mente de Bernard era la seguridad de la niña. El simple hecho de pensar en lo que había hecho frente a ella le llenó de pesar, pero ¿por qué debía sentirse así? Él no era un héroe al fin y al cabo, simplemente había hecho lo que debía hacer, sin actuar como el personaje que trataba de salvar a todos y mejorar el mundo. Eso no existía, en esta realidad aquel que estaba del lado de la ley tomaba igual o más vidas que el que se encontraba en los estratos más bajos de la porquería social; el hecho de que algunos sobrellevaran los asesinatos con palabras bonitas o disfrazándolos de actos heroicos no cambiaba la situación: él era tan pecador como los otros.

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−Te diré algo interesante, tal vez lo hago porque ya estoy aburrido de este trabajo y tú pareces lo suficientemente competente para hacer lo que te pediré. –Bernard miró a Yzack con curiosidad mientras tomaba a la niña en brazos para sacarla de aquella pocilga. –Esa pequeña, a pesar de cómo se ve y en dónde está ahora, es alguien importante. Muchas personas la querrán muerta antes de que ella revele la información que tiene; de hecho es algo raro que estos tipos no la asesinaran a sangre fría en cuanto la encontraron.

−Ella no recuerda nada de su pasado.

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−Lo sabemos, y los otros también, lo aseguro. Pero ese no es motivo suficiente como para dejarla ir así como así; ella puede recuperar la memoria un día de estos, además tu país la necesita para evitar un conflicto internacional. Incluso si no lo recuerda, el simple hecho de que declare en contra de alguien podría cambiar las cosas.

− ¿Hablas de falsificar la declaración? ¡Es una niña! Nadie le creerá.

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−Con el apoyo del vaticano, hasta los aztlanes le creerían. ¿Prefieres una guerra o una mediación pacífica, aún a costa de una pequeña desviación de la verdad? De todas maneras no eres tú quien elige, es ella. Tú simplemente tienes que protegerle mientras los tribunales internacionales se organizan y hacen su trabajo. No dejaremos que las naciones entren en un conflicto que afecte al mundo entero, ya hay bastante trabajo con el frente de Alemania y Xin como para añadir otro más a la lista. Ustedes, francesitos, creen que tienen todo controlado, pero en realidad no saben siquiera como pelear una guerra de verdad. Si lo supieran, la rosa del mar ni siquiera existiría.

El hombre guardó sus cuchillos y emprendió la retirada; antes de dar un paso más, Bernard pidió que aguardara.

−Aún no te he dicho que lo haré.

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−Claro que lo harás, las personas como tú siempre lo hacen, a pesar de ser algo ilógico e incomprensible para mí. Ese es uno de los misterios que nunca podré resolver. Nos veremos en un par de semanas más.

Bernard, aún con Alice en los brazos, miró alrededor de la habitación. Debido a la oscuridad no pudo ver bien el rostro de su interlocutor, pero esa voz carente de emociones y monocorde siempre la recordaría. Aquel hombre tenía razón, simplemente él no dejaría a su suerte a la niña, y eso era porque ella ya se había convertido en una parte de su vida cotidiana. Quizá si ella fuese otra persona, si ella no estuviese sola, él declinaría el convertirse en su guardián, pero ese no era el caso.

No supo exactamente cuánto tiempo permaneció parado allí, sopesando las consecuencias de su decisión.

Con una mano abrió uno de los compartimentos de su cinturón y sacó una linterna. Gracias a que Alice era delgada y no medía más del metro y medio de altura le era relativamente fácil cargar con ella con sólo un brazo y con el otro sostener el objeto que iluminaría su camino. Se detuvo en cuanto llegó a la puerta. Se había percatado de que el tipo del vaticano estaba parado sobre un charco de sangre, pero creyó que era de una o dos personas; lo que vio le sacó una pequeña carcajada de asombro y envidia.

Ese hijo de puta se había cargado a unos diez hombres en ese pasillo pequeño, evitando que entraran a la habitación donde el mismo Bernard había asesinado a tan sólo dos personas.

Todos, indudablemente, tenían heridas de arma blanca en su cuerpo. De alguna manera, pensó que era mejor que Alice estuviese inconsciente, porque el cuadro recordaba la entrada de aquel enfer café[2] en el centro parisino.

Salió lentamente, pisando la sangre a medio coagular y evitando los cadáveres para no caer. Cuando llegó a la salida, Dominic le estaba esperando con un médico desconocido y una mirada de pena en el rostro.

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Para Bernard, a esas alturas era más que obvio el por qué no le preocupaba al tipo del vaticano que llegaran refuerzos de la guardia civil, pero no dijo nada, simplemente se dignó a colocar su máscara sonriente en el rostro y buscar algún lugar para revisar a la niña, cuya seguridad se había convertido en su prioridad principal.

 

 


[1] Aunque en la década de los cuarenta del siglo XX aún no estaba bien establecido el prototipo de celular y las conexiones telefónicas a larga distancia eran raras y ostentosas, en este universo alterno he alterado un poco los avances tecnológicos al implementar tecnologías alternas como los inventos y postulados de Nikola Tesla y otros que saldrán a lo largo de la historia.

[2] El enfer café fue un establecimiento en el centro de parís que tenía como motivo principal varias esculturas de personas siendo torturadas adosadas a la pared. Fue cerrado en el año de 1920. En esta historia aún permanece abierto.

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