Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 3: El Sombrerero y el Conejo

Parte 2

 

 

Las calles de parís a mediados de la temporada otoñal eran frías y húmedas, bañadas con las hojas de los árboles que adornan las banquetas y los pequeños parques; por aquellas zonas cercanas al centro histórico y alejadas al tiempo de los barrios ricos, el Orfanato de Nuestra Señora de París, auspiciado tanto por la corona francesa como por la Iglesia homónima y benefactores diversos, se levantaba plácidamente junto a un pequeño jardín, mostrando el esplendor decadente de sus instalaciones que antaño habían sido el hogar de un señor noble.

En aquella casona con fachadas ocres a causa de la hierba seca que trepaba por sus muros, vivían medianamente felices los pequeños que corrían con la suerte de que sus padres habían sido del cuerpo de mosqueteros, pero también se hallaban allí casos de infantes que habían llamado la atención a la sociedad o de algún sector de la nobleza, como había sido el de la joven Alice Artoga.

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Esa niña vivía ahora en aquel lugar portando el delantal azul y las ropas de caridad que les distinguía como huéspedes permanentes; como en aquel plantel había poca gente para tantos niños, los mayores tenían que cuidar a los pequeños y pronto se halló rodeada de los infantes del pabellón al que pertenecía para escuchar las historias que leía antes de dormir o durante los descansos escolares.

Marie y Danielle, un par de niñas con ojos de cachorro de no más de seis años, comenzaron a apegarse a la recién llegada. Ellas hablaban, para el punto de vista de la adolescente, demasiado; en un momento podían estar platicando algo sobre conejos y hierbas y al otro reclamarse mutuamente por algún vestido o pañuelo que una quitó a la otra. Esa vida que experimentaba ahora era cansada, pero le ayudaba a llenar aquel vacío que se había instalado en su cabeza luego de perder sus memorias. Muchas veces despertaba a media noche para ver si podía recuperar al menos un fragmento de su vida pasada en medio de su mundo onírico… nunca sucedía nada.

Las calles se llenaban de soldados y mosqueteros y los toques de queda cada vez eran más seguidos. Sabía que su nación se enfrentaba a tiempos difíciles, pues muchas veces leía los diarios (con dificultad, pues padecía de la vista, aunque nunca se había quejado por ello) que llegaban a sus manos como envoltorios de fruta o la poca carne que enviaba la caridad o que compraba el benefactor principal; desde la muerte de la enigmática princesa de Aztlán y los siete meses de gracia que el emperador Nezahualcóyotl le había otorgado al Rey de Francia para hallar a los culpables todo había sido transformado en un gris profundo. El comercio se había hundido poco a poco, los ofrecimientos y amenazas de los países vecinos (sobre todo de Alemania) incrementaban con el paso de los días y los pobres se volvían más pobres.

Y los niños del orfanato aumentaban poco a poco. La casi invisible guerra empezaba a cobrar víctimas.

Incluso las visitas del sombrerero se habían hecho más esporádicas.

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En el tiempo que ella llevaba viviendo en Paris, había visto pocas veces al sombrerero. La primera vez que se vieron, éste había llegado al orfanato con un cargamento de ropa que él mismo había colectado entre su tropa… y juguetes, muchos y variados para la alegría de los habitantes de la casona.

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Aún recordaba la primera vez que vio al hombre de cabello rubio tostado del traje azul con la flor de lis bordada en su hombro, florines ultrasónicos en su cinto conectados a un micro generador en su espalda baja, y un sombrero de ala ancha sobre sus cabellos. Sus ojos (uno azul profundo y otro dorado) parecían sonreír cada vez que miraba a los niños felices gracias a las donaciones en especie que entregaba puntualmente cada fin de mes (a parte del dinero) y su voz suave se le antojaba una caricia al oído.

Aquella sonrisa, pensaba ella, a veces parecía tan triste y otras tan conciliadora, que le intrigaba saber más sobre aquel muchacho.

Le decían el sombrerero obviamente por sus sombreros.

Aurélien Bernard du Tellier, un mosquetero relativamente joven quien era nieto del fundador del orfanato, parecía tener una fijación por aquella prenda para la cabeza, puesto que se le veía engalanado con variedad de sombreros de ala ancha a pesar de que estos habían sido suprimidos como parte del uniforme reglamentario del cuerpo de mosqueteros de su majestad hacía mucho tiempo. A la joven le parecía gracioso como se le escapaban los mechones de cabello y el flequillo, enmarcando el rostro sin barba del joven hombre.

Bernard, como le llamaremos de ahora en más, había perdido a su padre durante la batalla defensiva de parís en 1921 ante los ataques de la corona Austro-germánica. Pocos años más tarde se firmó el tratado de Versalles gracias la amnistía solicitada por el enemigo debido a los conflictos de sucesión de la corona.

El joven mosquetero tenía apenas cuatro años cuando quedose sin padre, y tres años después también perdía a su santa madre y sus hermanos. Fue durante la disolución del Principado de Marsella que el niño quedó bajo la tutela de su abuelo Michel du Tellier al no poseer parientes más cercanos que quisieran hacerse cargo de él; pero la vida llena de pena del pequeño Bernard no terminó ahí… la salud del noble anciano Du Tellier decayó y nuevamente dejó solo al infante.

Aun poseyendo el título de noble y los diversos bienes que la vieja familia a la que pertenecía ostentaba, el joven Bernard optó por quedarse en París, cerca del orfanato. Quizá su razón era no querer estar solo, o tenía miedo de enfrentarse a la vida sin apoyo alguno; incluso si pensaba en su tío paterno Armand, sabía bien que la vida secular le impediría cuidar de un niño de apenas diez años.

Había vivido su vida estrictamente, ocultando incluso a sí mismo aquello que le aquejaba, intentando no mezclarse con nadie para no herir ni ser herido, también con los niños y los trabajadores del orfanato al que visitaba frecuentemente. Él era el benefactor, el sire, alguien con quien no se podía tener más relación que la de amo-sirviente.

En el momento en que conoció a Alice, las cosas tomaron un curso diferente al que estaba acostumbrado…

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Cada semana o cada quince días, dependiendo de su apretada agenda como jefe de escuadrón, se daba tiempo para visitar el orfanato al que su abuelo tanto le había encomendado cuidar; conocía a todas y cada una de las caras que habitaban la casona, excepto por la de aquella muchachita de ojos grises y cabello rubio platinado. Nunca la había visto, incluso cuando se le notificó de la adhesión de su persona al orfanato (quizá por la cantidad de trabajo que tenía en ese momento) no prestó atención alguna. Ahora que la veía le pareció bastante diferente de lo que pensaba, y a pesar de nunca haber cruzado palabra con ella antes, tenía la sensación de conocerle de algún lado.

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Es de dominio público que el apego entre dos jóvenes suele presentarse a la más mínima característica que llame la atención del otro, y la joven estaba en aquella edad donde la inocencia infantil se mezclaba con el aspecto naciente de una mujer, así que no era nada raro que el corazón de Bernard empezara a inclinarse ante la figura pequeña de aquella rubia madeimoselle.

Lo más seguro es que su inclinación nació por las circunstancias que le envolvían; ella no tenía a nada ni a nadie, como los otros chicos, pero tampoco tenía, al menos, un recuerdo de lo que había sido. Quizá, pensaba Bernard, que era mejor el hecho de que su mente estuviese en blanco si ese pasado anhelado estaba lleno de pena y dolor.  Y él lo sabía. La dura historia que le habían ocultado a ella por su propio bien, y la vergüenza nacional de una indocumentada francesa muriendo y dejando una hija a merced del destino en un país extraño y, ahora, hostil.

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El joven hombre pensaba, pensaba mucho en los días en que conoció a la rubiecilla, y en la primera vez que hablaron.

− ¿Cómo te llamas? −los heterocromáticos ojos de Bernard se fijaron en la cara de la jovencita aquella primera vez… le recordaban a alguien que no podía identificar del todo en su banco de memoria.

−Me han dicho que me llamo Alice, Alice Artoga.

−Tu acento parece natural de Marsella. − ¡Oh! Marsella… sólo de nombrar en aquel ex principado su ser  temblaba… allí había vivido las cosas más bellas y más desagradables de su existencia. Marsella era un demonio al que había jurado nunca volver a enfrentar.

−En realidad no lo sé señor, no recuerdo mi nombre, ni mi vida pasada. Sólo sé que me han traído hasta aquí por sospechar que pertenezco a esta patria. En sí, Alice es el nombre que me dijeron que poseía en el lugar en el que me encontraron, así que no estoy segura si ese es el nombre correcto. Anteriormente me llamaban Stella.

−Alice, ¿eh?

−Perdón, ¿dijo usted algo? –ella sonreía aquella vez, con su ropa de caridad y su delantal, la banca donde estaba sentada desvainando guisantes era de madera, y daba al pequeño jardín trasero del edificio. Sí, ella no era más que una chiquilla, una niña que apenas si empezaba a desarrollarse, quien hacía todo lo que podía para encajar en esa nueva vida. Ella no era más que otra persona a la que debía resguardar.

−Te sienta mejor el nombre de Alice, llegaste a un mundo desconocido sin saber por qué y a pesar de todo continúas como si fuese algo natural; tienes mi admiración por ello.

−Entonces, tú debes ser el sombrerero, ¿no? –El joven sonriente tomó la mano extendida de la chica y depositó un suave beso en aquella blanca extremidad mientras hacía una reverencia un poco exagerada.

−En eso último ha acertado, madeimoselle.

En aquella ocasión, dejaron la conversación a medias, pensando él que la introducción de aquella señorita en su rutina nada iba a cambiar. Luego, como un pequeño brote de rosa, aquellas conversaciones esporádicas crecieron hasta hacerse cotidianas y florecer.

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¿Cuándo fue que él se volvió tan apegado a ella? Quizá fue el momento en que él se dio cuenta de que era el único que podía protegerla, aquel día en el que transmutó de ser un simple proveedor a un guardián.

***

 

 

Los recuerdos de Bernard lo llevaron a los primeros días de otoño, época en la que Alice ya estaba acostumbrada al ritmo del orfanato. Usualmente la joven acompañaba a la jefa de la casa, una robusta mujer de bonitos ojos verdes y cabello castaño, para hacer las compras y a veces ayudaba con los recados. Su vida en blanco se volvió apacible, sin presiones externas ni internas para recordar su pasado.

Aquella mañana había salido sólo con Dominic y Eulalie, un par de pilluelos de unos ocho años quienes le debían ayudar con las compras, pues la matrona estaba ocupada y necesitaban algunos productos que se habían terminado. Acostumbrada ya a las calles de parís, se dirigió hacia el mercado local con su canasto y los niños.

Fue entonces que un par de hombres la interceptaron.

¿Quién querría a una niña huérfana? Bernard nunca lo sabría, lo que aquel día le quedó claro es que Alice no estaba segura estando por su cuenta en ningún lugar.

Cuando aquel par de hombres tomaron de los brazos a Alice, los pequeños Dominic y Eulalie propinaron un par de patadas a las partes nobles de los agresores y corrieron junto a la rubia. Los adoquines resonaban por los zapatos de madera de la joven y el canasto que llevaba fue desechado, al igual que la bolsa con manzanas que habían adquirido, las cuales irremediablemente se dispersaron en la acera iniciando un caos en el cual los persecutores casi cayeron. Todo aquello le dio una idea al mayor de los acompañantes de Alice. Un par de cuadras después, rodaron mercancías de la tienda de comestibles más cercana por obra de Dominic, y gracias a Eulalie y su conocimiento sobre las calles de la ciudad, lograron esconderse por un momento en un callejón tras la zona comercial, ocultos gracias a varias cajas de basura.

−Creo que los hemos perdido… ¡gracias! –suspiró con el aliento entrecortado la rubiecilla. Bien aquella aventura pudo haber terminado allí si hubiesen pedido auxilio a algún tendero local, pues aquellos que les perseguían en realidad estaban más cerca de lo que imaginaban y tenían como prioridad no ser reconocidos; en segundos aquel par de hombres vestidos de un trabajador común francés habían cambiado la situación, les tenían acorralados.

Dominic, que era el más grande y robusto de los pilluelos, se adelantó a sus compañeros y atacó a los desconocidos con una caja repleta de tomates podridos; los hombres no tuvieron otra opción más que cubrirse la cara ante la lluvia de bolas rojas apestosas y semilíquidas mientras sus objetivos escapaban de nuevo.

Al correr por las calles de la capital, donde al parecer los policías no prestaban mucha atención a un trío de niños huyendo de algo (cosa de mocosos, debieron pensar), el mayor ordenó a Eulalie dirigirse hacia los cuarteles de los mosqueteros mientras ellos trataban de huir hacia las catacumbas, lugar que ambos conocían perfectamente y que les podrían servir de refugio. Con todas sus fuerzas el pequeño atravesó prácticamente media ciudad, teniendo en mente simplemente localizar a Bernard Du Tellier, jefe de escuadrón de mosqueteros; cuando llegó a los cuarteles, empapado y con algunos raspones en sus rodillas debido a las caídas constantes que tuvo gracias a la lluvia que había empezado a caer, le recibió un hombre joven de cabello oscuro y ojos caramelo llamado Monsavant, quien le conocía muy bien.

—¡Monsieur del pastel! ¡rápido!¡Monsieur, llame al Sombrerero! ¡Monsieur!

El pobre Monsavant, creyendo que era sólo una broma de los pequeños, se agachó para poner su rostro al nivel que el de Eulalie y le tomó de los hombros con ambas manos.

—Calma, calma… Si tú no me explicas nada, yo no voy a saber para qué lo quieres.

Ahora está muy ocupado.

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—Pero es Alice, Monsieur Pastel. ¡Ellos nos han estado persiguiendo! ¡Quieren llevársela! —Monsavant, a quien cariñosamente le llamaban Munsieur Pastel o de los Pasteles a causa de que llevaba muchas veces pastelillos a los niños, no sabía muy bien cómo tomar aquello. Era de conocimiento general para la escuadra de mosqueteros de Bernard que los niños del orfanato muchas veces se metían en problemas por travesuras y chiquilladas, y no más de una vez el capitán Du Tellier había tenido que arreglar las cosas.

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—¿Quiénes? ¿Qué hicieron esta vez como para que les persigan?

—¡Nada! ¡Nada, Monsieur! Estábamos de pulgas con Alice, y ellos de pronto querían llevársela, pero huimos. Ahora siguen persiguiendo a ella y a Dom. —Entre suspiros y respiraciones cortadas por sus ganas de llorar, Eulalie contó lo que había pasado, y pronto llamaron a Bernard. Catalogaron el incidente como un posible secuestro por tráfico infantil.

El joven capitán, estando en horas de servicio, apareció con su traje azul reglamentario; Monsavant le puso al corriente de la situación mientras se dirigían hacia las antiguas caballerizas que ahora fungían como almacén y base de la flota de motociclistas del cuerpo de Mosqueteros; al final, Bernard sorprendido por el incidente que le habían descrito, llamó a Eulalie.

—Vamos, necesito que me digas qué camino tomaron. —El joven capitán extendió un casco y unos protectores oculares al niño.

Bernard subió a la motocicleta junto al pilluelo, atravesaron calles y callejones, hasta que llegaron al cementerio. El corazón del mosquetero hervía en desesperación, pensando que había fallado en su misión de cuidar a los pequeños que le había encomendado su abuelo; la lluvia, que había aminorado, se transformó en una suave llovizna que empañaba los googles del motociclista. En menos de veinte minutos llegaron al cementerio, donde las rejas oxidadas les esperaban entreabiertas; era allí donde Eulalie había quedado reunirse con Alice y Dominic.

Cuando ingresaron y arribaron a la entrada de las catacumbas, sólo encontraron al jovencito robusto con la nariz rota y su ropa desgarrada y mojada: se habían llevado a Alice.

¿Qué iba a hacer? Si momentos antes su corazón estaba a punto de estallar por la incertidumbre, en ese instante deseaba cortar algo con los florines ultrasónicos hasta que quedara sólo trizas. Ese sentimiento era la impotencia, algo que sólo una vez en su vida había sentido antes, allá, en el lejano pasado en Marsella.

Los niños le veían expectantes, como si esperaban a que algún poder oculto manara de él y repentinamente recuperara con éste a Alice, o al menos así se sentía.

−Sé dónde la tienen. Cuando me dejaron tirado de un golpe me hice el muerto y luego de que se fueron con ella los seguí sin que me vieran. − ¿Había escuchado bien? Esa voz, la de Dominic, le sacó de aquel callejón de desesperación al que su mente le envió. —No está muy lejos, están en esos lugares prohibidos.

Los ojos de Bernard mostraron esperanza. Sabía que los secuestradores no podían salir, por órdenes del rey la ciudad se hallaba en toque de queda desde el incidente de la princesa azteca y las entradas y salidas estaban fuertemente resguardadas y vigiladas. Había una gran posibilidad de que, al menos por unos días, intentaran mantenerle en París.

Salieron del viejo cementerio, donde Bernard ordenó a Eulalie regresar al orfanato; Dominic y él, por el contrario, irían hacia donde la adolescente de ojos gris-azulados se hallaba presa. El sol tras las nubes estaba extinguiéndose, alzándose las sombras en su lugar; en menos de diez minutos las tinieblas se hicieron con el mundo.

Ya era de noche cuando llegaron a las afueras del banlieue[1] al que los secuestradores habían llevado a la jovencita, los días, cada vez más cortos y el clima nublado hacía que oscureciera más rápido. Por precaución, dejaron la motocicleta tras una pila de basura a unos tres bloques de edificios amontonados y con aspecto laberíntico de donde se dirigían. El lugar le recordaba a la antigua estructura del centro histórico de la ciudad, sólo que esta vez los materiales eran ladrillos, tierra y basura; caminaron largo rato, adentrándose a aquellas calles macabras y observando algunas prostitutas y ladrones que no habían hecho caso al toque de queda. Sin duda, eran parte de la corte.

Caminó entre ellos ignorándoles, a pesar de que las miradas estaban fijas sobre él gracias a los florines ultrasónicos que portaba (se había quitado su chaleco de mosquetero y sólo quedó con la camisa interna y los pantalones para evitar ser reconocido como un oficial de la ley); sabía que algunas personas, mercenarios muy probablemente, llevaban también un equipo parecido al colgado a su cintura, por lo tanto creyó que lo confundían con algún trabajador independiente.

Llegaron a un callejón oscuro lleno de cajas y escombros apilados bajo unas escaleras metálicas que llevaban hasta la azotea de uno de esos edificios de ladrillo. Al llegar a su destino, el niño señaló la azotea del edificio adjunto.

−Se puede entrar por ahí, estuve buscando, y si puedes cortar los candados de allí nadie se va a enterar que estas a punto de llegar. ¡Algo así como un ataque sorpresa! Todo el edificio está abandonado, pero muchos hombres entran y salen. Escuché algunos que hablaban en una lengua extranjera, pero no supe cuál era; sonaba como gritos y palabras fuertes como las de los españoles.

−Escúchame bien –le dijo mientras tocaba al niño por los hombros. –Vas a ir al puesto de guardia civil más cercano y les entregarás este papel y mi insignia. Si es necesario sólo diles la ubicación de este lugar. Corre.

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Dominic bajó las escaleras rápidamente, y emprendió la marcha; antes de salir de aquel lugar, un cuerpo chocó contra él, haciéndole caer sobre su trasero. Cuando el pequeño levantó su mirada, se topó con un par de ojos grises y una cara que parecía la de alguien de la nobleza; tras ese hombre misterioso vestido como un trabajador cualquiera de la ciudad, un mendigo de sonrisa macabra se encontraba.

−Mira Baptisme, lo que el gato nos trajo.

 

 


[1] Así se les denomina a los barrios pobres en Francia.

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