Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 3: El Sombrerero y el Conejo

Parte 1

 

 

La vida allí era un infierno. Tenía hambre, tenía sed.

A veces se preguntaba qué le había hecho al mundo para merecer tal castigo; ¿fue demasiado perezoso? ¿Quizá comió demasiado y no les dejó nada a los pobres? Su incesante parloteo interno incluso mermaba poco a poco, así como la belleza del deslumbramiento infantil que le había caracterizado se evaporaba. Alguna vez buscó a su madre, antes de olvidar siquiera que tenía una.

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David con su ropa holgada, propia para una persona al menos del doble de su constitución, sus suecos de madera que hacían el mismo ruido al caminar como los tacones altos de una secretaria y su aspecto trágico-cómico, siguió con su eterna diatriba mientras cargaba los baldes de agua y llevaba un poco a los labios de los sedientos hombres que trabajaban arreglando las vías del tren en la estación de Auschwitz.  Su cabello castaño y rulo, así como su ropa, estaban cubiertos de ceniza y tierra como la de todos los demás trabajadores, y sus ojos grises enmarcados con unas ojeras profundas, que no se sabía si eran de cansancio o de anemia, lloraban a causa del viento de la montaña.

De su cuello colgaban sus pocas pertenencias: un pocillo pequeño de latón, una cuerda, algunos huesos de animal afilados (esperaba que fueran de animal, al menos) y una cuchara de madera que él mismo había tallado con aquellos huesecillos que tenía, perdiendo algunos de sus utensilios en el camino.

Su padre era un hombre ya viejo por las vicisitudes que le había impuesto la vida, llevaba por trabajo el mover una carretilla con piedras hacia el lado norte del campo para reforzar las vallas y también le obligaban a fungir como médico por las tardes en la barraca que le hacía como hospital improvisado, lugar de muerte ante sus ojos. Para ambos, padre e hijo, el simple hecho de guardar la esperanza de volverse a encontrar en la tarde-noche dentro de la barraca número 8, sobre sus camastros de madera en la que apenas si podían moverse, les infundía ese pequeño valor para seguir adelante incluso mientras veían a sus compañeros de infierno morir frente a sus ojos.

−Ey… David –Susurró un hombre cerca de él, cuidando de que los guardias no le vieran. El pequeño se acercó con la cubeta de agua sucia para que el hombre tomara un poco, e imperceptiblemente aquel hombre ingresó al único bolsillo de la camisa del niño un pequeño paquete. −Feliz cumpleaños.

Lo había olvidado… pero es que francamente ¿quién podría recordar siquiera algo como eso en medio de aquel circo del terror y la agonía?

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−Gracias Sacha.

Los guardias voltearon a verles e inmediatamente, con un terror encerrado en sus míseros cuerpos en osamentas, regresaron a sus respectivos trabajos.

David era conocido en todo el campo masculino; era uno de esos niños tan avispados y resistentes como los ratones, que se encargaban del contrabando y los recados por su capacidad para pasar desapercibido, ya sea por su estatura o por su raquitismo. En este caso, David tenía ambas ventajas.

Por su vitalidad (aún a pesar del evidente estado nutricional en el que se encontraba) y la manía de escabullirse y encontrar las maneras de pasar contrabando incluso bajo las narices de los guardias judíos, quienes eran incluso más brutales que los alemanes, le apodaron el conejo.

David conejo y su padre Isaac, un señor que andaba sobre los cuarenta y al que le colgaba el pellejo como único testigo del hombre que antaño había sido médico en Múnich y ex poseedor una creciente barriga, eran judíos de origen Alemán. A fuerza de ayuno, disentería y golpes habían perdido cada uno la mayoría de su masa corporal; Isaac tosía seguido y el clima no le ayudaba, era una de esas toses que empezaba tenuemente y comenzaba a tomar fuerza conforme los días transcurrían. David se dio cuenta y, gracias a su perspicacia y su habilidad para los negocios, consiguió una pequeña frazada deshilachada y delgada para los hombros de su padre, quien la amarraba a lo largo de su cintura para no perderla en su jornada laboral.

Durante las pocas horas que tenían los reclusos antes de poder conciliar el sueño, Isaac se dedicaba a revisar a algunos de los enfermos de las barracas. Hacia lo que podía con lo que tenía: un pequeño frasco de aspirina que le habían intercambiado los guardias judíos por una cuchara y algo de pan, el cual nunca dejaba en la barraca médica por mera precaución. Cada que se encontraba un caso de fiebre no podía evitar mirar al pobre desgraciado con pena, pensando en el momento en el que le tocaría a él.

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Esa noche, como pocas, había decidido no atender a nadie y entre la penumbra sacó un único fósforo y un pedazo de pan negro, colocando el primero sobre el segundo. Una pequeña y titilante luz se adueñó del estrecho lugar donde padre e hijo descansaban; en pocos momentos un leve canto, casi como un murmullo o el sonido de la brisa, se pudo escuchar.

Feliz cumpleaños a ti… −David sopló al fósforo, y pidió un deseo: regresar a casa con su padre, su madre y sus hermanas.

−Esto es para ti, hijo. −le extendió un pedacito de papel rojo descolorido que llevaba dentro un dulce. David deseaba comerlo pero al ver a su padre pensó en guardarlo, quizá y en un futuro les sería de utilidad; podría cambiarlo por algo más provechoso si alguna vez se veía en la necesidad. Era increíble cómo es que la bondad natural de un alma pura e incorrupta se mostraba tan brillante y generosa aún en la más vil de las desgracias.

Algunos miembros de la barraca también le regalaron algunas cosas: un clavo, una aguja, hilo… incluso una cuerda un poco más grande que la que llevaba en su cuello para poder ajustarse los pantalones de mejor manera ahora que estaba creciendo.

Se fueron a dormir a poco rato, pensando en cuantos días más faltarían para salir de aquella cárcel. Ellos eran el pueblo elegido por Dios, pero al parecer les había abandonado. Aquel título se había truncado de la noche a la mañana; habían perdido su vida, sus posesiones y ahora ellos mismos se decían el pueblo olvidado de Dios.

Fue en esos días cuando la nieve comenzó a caer, primero esporádicamente y luego más seguido, a veces como una ventisca y otras como una tormenta. Durante esos fríos, blancos y húmedos días, Isaac agravó.

En la revisión rutinaria, una semana después del catorceavo cumpleaños de David, con fiebre y temblando, Isaac cayó a los pies del jefe de guardias. Tiritando más por miedo que por el escalofrío de la fiebre, le llevaron a la barraca médica.

Nunca más se le volvió a ver.

***

 

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La corte de los milagros, desde el siglo XVII, estaba formada por la crema y nata de los estratos sociales más bajos de París: gitanos, mendigos, ladrones… y soplones. Estos últimos venderían a su madre por un franco, si es que tuviesen una; incluso en la misma corte eran tratados como la peor de la escoria.

Precisamente uno de esos soplones era conocido de Yzack. El hombre tenía aspecto de no haberse bañado en años, con sus guantes de lana rotos, su saco hecho un girón y sus pantalones roídos por la mugre; Baptisme, como le llamaban, no podía llamarse precisamente un hombre honrado, al contrario, gustaba de robar, mentir y estafar… y sobre todo de toquetear muchachas gratis, mejor aún si aquella muchacha tenía un aura de santidad como Bianca.

La joven le había otorgado algunas buenas cachetadas desde que le conoció, chillando sobre su dignidad femenina y la afrenta de la que era víctima. Nada nuevo ni interesante para Baptisme.

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−Si quieren información, tendrás que aguantar.  –El hombre llamado Baptisme la miraba de arriba abajo con ojos hambrientos; Bianca trató de no morir de asco, pues el simple olor corporal que desprendía el “invitado” le causaba repulsión, a eso el ambiente poco seguro de un callejón de los banlieues y la poca cortesía y empatía hacia ella de parte de Yzack aumentaban su estrés e inseguridad.

Las quejas de la joven muchacha de pecas y rostro infantil no se hicieron esperar contra el joven ruso de ojos color acero. Yzack, un poco cansado de todo aquello, sacó de entre su ropa un cuchillo brillante de obsidiana y a una velocidad sobrehumana, arrinconó a Baptisme contra una de las paredes de ladrillo rojo llena de moho y suciedad del lugar.

–Suficiente charlatanería. Ve al punto. –Baptisme se encogió de miedo, incluso podría decirse que probablemente mojó sus pantalones, sin embargo con la oscuridad y el olor del lugar no se podía confirmar aquello. Nervioso, juntó sus manos y bajó la mirada como símbolo de sumisión.

– Ahh… Como le decía… yo… yo encontré a la testigo. Fue complicado encontrarla luego de la deportación, hubo mucho chismorreo de aquí a allá, mucha desconfianza. He arreglado para que se encuentren en un lugar, mi señor, pero no va a ser gratis; ella se queja, se queja mucho… luego de que la deportaron le está siendo difícil encontrar trabajo, y se niega a presentarse si no le ofrecen algo que alivie su necesidad.

–Lo tendrá.

–Bi… bien… Le daré el aviso entonces. ¿Será donde siempre?

–Si. Tres días.

–Por… por supuesto. Ahora, debo irme, señor… ¿podría ser tan misericordioso de dejarme ir? Arreglaré todo, lo juro. –Yzack bajó el cuchillo y cedió el paso a Baptisme, quien salió de allí como un conejo asustadizo. Bianca se rió internamente, sintiéndose vengada a medias. Aun así, le guardaba un poco de rencor a su compañero. Ojalá hubiese estado también André. Pensó.

Pocos días después, en un bar de poca monta cerca de Les innocents, los representantes del vaticano habían dejado sus ropas habituales para hacerse pasar por un noble paria, un ladrón y una mujerzuela, y así encontrarse con la última pieza del rompecabezas que habían empezado a resolver: la ex criada de un noble británico.

Pero expliquemos cómo llegaron hasta ese punto.

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En cuanto Radcliffe y compañía llegaron a París, el padre Armand de la iglesia de Santa Raquel les recibió. No se quedaron en la capital por más de una semana. Siguieron los rastros de las facciones separatistas con ayuda de los detectives parisinos, sobre todo los rastros de las organizaciones marsellesas, buscando algo que les diera un punto de referencia. Fue Yzack quien encontró en los itinerarios de barco algo interesante.

Monsieur Burnel había viajado un par de días antes del atentado y regresado unos pocos después… eso no sería nada raro si él no fuese un claro adepto al anterior principado en Marsella, incluso con el escándalo en el que se vio imbuido el heredero.

En cuanto tuvo contacto con su amigo en la corte de los Milagros pudo colarse por medio de ellos a las entrañas de los rebeldes marselleses. Por otro lado André salió apresuradamente para Londres, donde gracias a sus contactos en Scotland Yard pudo encontrar algo interesante.

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Los testigos sobrevivientes habían dicho que antes de aquel fatídico día tres franceses habían estado husmeando por la zona, cosa que no les pareció raro ya que era muy común encontrar gente así por los centros comerciales. Nadie recordaba la cara del tercero, pero podría ser que la vendedora de flores les reconociera ya que compraron algunas un par de veces.

Pero el destino jugó una mala broma a nuestro investigador, porque aquella niña había desaparecido desde el atentado.

Muy pocos conocían a aquella rubiecilla que bien podía haber sido una belleza si no estuviese tan desnutrida; había llegado recién a la ciudad junto a su madre, quien estaba enferma y quizá a esas alturas ya en gloria del señor.  Poco se sabía de ellas, sólo se conocía que la madre no hablaba bien el inglés y padecía unas toses terribles e incapacitantes. Hacía costura pero no le alcanzaba para mantener a ambas, así que la niña vendía flores para ayudarse. El empleador de la niña, quien le daba los ramos de flores y la canasta, había comentado que ellas eran extranjeras y que le dio el trabajo por compasión, pues como su madre no tenía papeles y estaba enferma era complicado que ella pudiese encontrar algo bueno, y había preferido hacer eso a verlas mendigando por comida. Se sentía culpable de la desaparición de la muchachita y esperaba que la encontrasen.

La madre había agonizado en un pabellón médico comunitario de la ciudad, perdida en la inconsciencia de la antesala a la muerte, hasta hacía unas pocas semanas.

Con ayuda de Bianca peinó hospitales, orfanatos y hasta algunos lugares de reunión que tenían los niños de la calle, pero nada rindió fruto: la tierra se la había tragado.

Hasta que encontró a una enfermera llamada Bernardette.

Ella había atendido a una niña rubia de ojos grises de unos diez a trece años hacía unos meses atrás; la pequeña había sido encontrada en una zona céntrica, cerca de la parte turística de la ciudad. Como no recordaba nada, le habían puesto Stella.

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Pero Stella ya no estaba en Londres… Como una mala broma, ella había sido deportada a Francia.

Y entonces, al regreso de André y Bianca, Yzack les esperaba con la lista de cabecillas de la rosa del mar, quienes habían organizado ya para esos momentos un movimiento separatista con demasiados adeptos.

Fue cuando Baptisme localizó a quien podría saber el paradero de la joven Stella.

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Madame Bauller era una señora de cierta edad que había trabajado hace algunos meses en Londres, hasta que el gobierno británico decidió expulsar a todo ciudadano francés ilegal a causa del incidente; ella había vivido en carne propia el caos y el desdén  que empezaba a generar el ser un natural de Francia.

−Dígame madame, ¿qué es lo que vio y escuchó en las casa de su señor en Londres?

− ¡Oh!… Hablaban sobre una muchachita, aquella que usted desea encontrar señor; primero la policía no podía dar con la madre y luego pidieron a mi señor facilitase los documentos necesarios para poder regresarla a su patria. Al parecer la joven no sabía nada sobre su vida pasada, como si de pronto la tierra la hubiera escupido a la superficie, y mejor así, porque su madre murió al cuidado de las monjas del hospital comunitario sin que ella lo supiera; ahí nos enteramos que su nombre era Alice Artoga. Yo misma leí lo poco que pude en la gacetilla francesa cuando recién ocurrió, a todos los conciudadanos que vivíamos en Britania nos conmovió la historia de aquella niña. ¿Es su hija acaso, mi señor?

−No… quizá lo es de un conocido mío. −Contestó André. Yzack y Bianca seguían, desde una mesa al otro lado de la taberna, el desarrollo de la conversación. – ¿Más o menos por qué fecha pasó todo eso?

−Será apenas medio año, o menos, quizá unos tres meses… Puedo decirle algo más si gusta, pero, sabe… he caído en desgracia desde que regresé a París, tuve que regresar a la corte luego de tantos y tantos años lejos. Me he vuelto a llenar de barro hasta las rodillas e incluso la gente que antes me llamaba camarada me da la espalda. El hambre es dura, mi señor.

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−Te daré un poco más de dinero, pero dime… ¿Sabes a qué parte de Francia la llevaron?

−Creo que a París… a un orfanato. No sé más, señor.

André sonrió y colocó un paquete manila sobre la mesa, la mujer lo guardó ansiosa, como si temiese que éste se desvaneciera en el delgado aire. Luego aquella señora ajada por la edad se levantó y salió del lugar abrazando el único bolso que tenía, como si su vida dependiese de ello… Los viejos trucos nunca se olvidan, ella era una representación de aquella frase, aunque viendo la situación actual de Francia ¿quién no querría salir de la miseria en la que poco a poco se hundía el país, la sociedad y el individuo en conjunto?

La corazonada de Baptisme fue correcta al buscar entre los recién deportados de Britania… la pequeña vendedora debía conocer exactamente el rostro del tercer francés, de Burnel; ella era la testigo clave para resolver el problema.

Si era judía, francesa o polaca poco importaba… ella podría evitar que Aztlán recrudeciera la guerra.

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