Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 2: La Ciudad de los Santos

Parte 5

 

 

Cuando ella recuperó la conciencia, un par de semanas después de haber llegado a su país natal, se encontró en una habitación azul, del tipo de habitaciones que se utilizaban para enfermos en cuarentena o terminales. Lo primero que vio fue a un médico tan delgado que parecía más una persona enferma y frágil, incluso ella se sentía mucho más fornida que aquel hombre de cabello ¿blanco? Quizá era un extranjero. Sus lentes grandes y de montura gruesa impedían verle los ojos y cubrían parte de sus características faciales; a simple vista, parecería un tipo intelectual de aquellos que prefieren los libros a cualquier actividad física. Para Janinzitzic eso era una cualidad en alguien que se llamase médico a sí mismo, aunque no dejaba de parecerle un poco contradictorio.

Mientras Janinzitzic evaluaba a su sanador, éste terminaba de aplicar la sexta dosis de cierta droga experimental que había colocado deliberadamente en la mujer desde su regreso a Aztlán. Esta sustancia hacía que las células cerebrales y el sistema nervioso pudieran regenerarse paulatinamente, otro de sus efectos es que aceleraba la regeneración de cualquier otro tejido a parte del nervioso en un porcentaje de noventa y siete sobre cien. Había sido un acierto de parte de él el haber copiado la fórmula que el viejo Xochitlahuac usó durante su desarrollo en la base, aunque esta ocasión no haría que el paciente presentara las mismas características que nuestro amigo albino, ya que la estructura de la droga había sido modificada para evitar ese tipo de incidente.

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Para Mikiztlak aquella mujer representaba una buena fuente de información. De nada serviría ir hasta Londres a esas alturas si no podía encontrar una fuente confiable, así que en cuanto logró ponerse en contacto con ella utilizó algunos trucos para pasarla por muerta, entregar un cadáver falso a los padres y llevarla a un hospital privado en calidad de paciente de un tal Demian Wilhood, el cual no era otro más que él.

No era de extrañar que algunos extranjeros estudiaran o laboraran en el país, esto último ya sea para el gobierno o por su cuenta, así que aprovechó lo que tenía a la mano para cubrir todas las posibilidades; de alguna manera le estaba haciendo un favor a la mujer gigante, así que en realidad con la situación todos ganaban.

Otro de los motivos que le llevaba a ayudarla era que los soldados aztlanes siempre eran fieles a sus amos, usualmente de una manera enfermiza, como los perros a sus dueños maltratadores. Gracias a esa característica, pensó que en algún momento podía utilizarla para su beneficio sin tener que coaccionarla, simplemente tenía que manipularle un poco. Ahora, Mikiztlak tenía que decidir qué tipo de rostro debía mostrar a su paciente. En sí, esa era la parte más divertida de su juego… ¿debería comportarse amable y atraerle con una carnada brillante, o la sumiría en  la oscuridad del conocimiento y la traición? La única manera de determinarlo era escuchando lo que ella tenía que contar.

− ¿Dónde estoy? –dijo la mujer al fin, dándose cuenta de su pasado traumático. Lo último que recordaba era a un par de hombres cayendo al piso y convulsionando. − ¡¿Cómo está la señorita?!

−Cálmese un poco, por favor. –Respondió el médico de gafas grandes y cabello blanco trenzado. Su piel parecía la de un cadáver, tan blanca y delgada que bien podía estar hecho de papel arroz. Ella, como militar, sabía guardar la calma en situaciones de alto riesgo, y entendía que si no regresaba a sus casillas bien podían sedarla sin responder a ninguno de sus cuestionamientos.

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−Lo siento… yo –intentó llevar la mano conectada al tubo de solución fisiológica hacia su cabeza, encontrando en el proceso su extremidad un tanto entumecida y dolorosa. − ¿Cuánto hace que estoy aquí? Mi cuerpo se siente extraño.

−Llevas un par de semanas en Aztlán, y más o menos cerca de dos meses en coma.

–El albino sabía que no debió de haber dicho tales palabras repentinamente, lo mejor para pacientes que habían estado en coma era darles información poco a poco para evitar el riesgo de un shock traumático, pero francamente a él no le importaba, de todos modos la mujer era un soldado, ella debía poseer una psique fuerte, ¿no?

La mujer miró al médico, como a la espera de que le dijera al final: sonríe, maldición, esto es una broma. Pero no, no lo era.

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− ¿Y la princesa? –Aquella simple pregunta dio al albino la confirmación de sus pretensiones. Como lo suponía, ella era una de los típicos guerreros de elite, seres cuya capacidad para pensar por y para sí mismos había sido truncada y sustituida por la lealtad hacia sus amos.

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−Eso es algo que sólo tú sabes. –El médico tomó una silla y la acercó a la cama del paciente; Janinzitzic simplemente, vagando en sus memorias, recordó la última vez que vio a la pequeña. Mirando a Mikiztlak, con una cara de desconcierto trató de articular palabra mientras éste tomó asiento en la silla. –Antes que nada, Janinzitzic, quisiera que me escucharas.

La mujer morena y el joven blanco mantuvieron la mirada uno sobre el otro, a la espera de la verdad que sólo el de enfrente podía otorgarle.

—Mi nombre es Franz Wilkerson, y trabajo para el S.S. Aztlán. —Mikiztlak miró sus manos, a la espera de alguna reacción de su interlocutor. —Bajo el mando directo de Xipecóatl he sido asignado para protegerte.

—Tú no pareces del tipo que protege a nadie.

—¿Verdad? Creo que esa fue la razón por la que me eligieron. Tú eres importante, y porque eres importante trataron de asesinarte desde que llegaste.

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—¿Cómo? —¿Realmente era verdad? ¿Quién podría? ¿Sería que los que intentaron asesinar a la señorita querían callarla para terminar con el trabajo que no pudieron hacer la primera vez? —¡¿Y la princesa?!

—Ella… en estos momentos está en paradero desconocido. Muchos la toman por muerta, creyendo que el cadáver calcinado que encontraron es de la princesa…

—No, no es verdad. —Mikiztlak no podía creer la tranquilidad con la que hablaba la mujer guerrero, simplemente ella no era una persona normal. Janinzitzic era la figura ideal del soldado esclavo que tanto aborrecía, pero que debía usar a su favor.

—Eso sospecho, por eso te necesitamos. La facción de Xocoyotzin se ha movilizado para un acto de guerra, por tanto no se puede ir a investigar si se tiene una correa gubernamental atada al cuello;  creemos que hay un traidor en la familia imperial, y ese es el motivo por el cual nos eres sumamente valiosa, mujer. Tú puedes ayudarnos a develar esta mentira… tú puedes aclarar si la princesa Cihuametztli está muerta, como todos lo han afirmado, o es sólo una trampa de alguien cercano al emperador por alguna razón en particular.

Janinzitzic supo que ese era el momento en el que debía mostrar el valor como un guerrero. Ella ya le había fallado a su señor, no podía fallar de nuevo en su búsqueda, porque Sihua Tecuani, la guerrera, estaba segura que su señora seguía con vida, y la necesitaba.

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