Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 2: La Ciudad de los Santos

Parte 4

 

 

Otto Bismarck no sabía exactamente donde se encontraba. La cabeza le daba vueltas y el cuerpo amoratado que poseía ahora le dolía incluso con el lento vaivén del respirar. Junto a él podían escucharse voces, muchas voces asustadas, cansadas, desesperadas… sentía frío, pero notaba que los otros habitantes del recinto tenían calor.

Tras un par de minutos el rezumbar que martilleaba su cabeza constantemente y le sumía en una especie de niebla empezó a desvanecerse; recordó los últimos días de su vida, golpeado y humillado hasta niveles que nunca había imaginado… luego, un repentino golpe en el estómago le asaltó, haciéndole vomitar la pequeña área que sus compañeros de destino le habían permitido poseer. Una de aquellas personas tuvo la amabilidad de sostenerlo, pero Otto no reparó en ello… él sólo pensaba en su miseria, en su estupidez, en la imposibilidad moral, ética o lógica de lo que había hecho. Quería morir, debía haberse suicidado en el momento de haber sido apresado… debía de haberse cortado la lengua y las manos…  Había hablado.

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Había hablado, había hablado… había hablado… 

Lo dijo, con todas sus letras… Y lloró. Lloró como sólo un adulto frustrado consigo mismo lo hace; en medio de gritos y un creciente ahogo que engalanaba su pecho, volvió a vomitar como si con ello las culpas salieran de sus labios. Dios… había revelado la existencia del Opus Dei momentos antes de desmayarse gracias al coctel de drogas que le habían suministrado.

Los presentes le vieron, algunos, con lástima y otros con aquella apatía que entra en una persona que ya no quiere ni espera nada más de la vida. Otto continuó llorando arrepentido por seguir viviendo, hasta que cayó rendido nuevamente gracias al agotamiento nervioso.

En esos momentos, cuando el clérigo alemán enfrentaba la dura y cruel realidad, sabía que lo mantendrían vivo hasta que descubrieran exactamente qué planes tenían los del Opus Dei y cuál era su giro específico. Eso si no les había dicho algo más antes de perder el conocimiento.

Por muchos días y noches Otto no vio otra cosa más que paja, hacinamiento y miseria humana. No sabía cuántos días habían pasado desde su detención, ni a donde se dirigía; las ventanas de aquel vagón de tren eran escasas y siempre ocupadas por gente esperanzada a ver alguna persona que les ayudase. Ese era un vagón especial que iba hacia un destino igual o peor que el de Auschwitz, este iba directamente a los planteles de la S.S. Ahnenerbe[1], ubicados en algún lugar cercano a Estrasburgo.

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Era ahí donde Xoxo Tecuisij, con grilletes en los pies, habitaba desde hacía meses.

Los primeros días, sin saber específicamente qué es lo que deseaban de él, evitó mostrar a los alemanes los procedimientos correctos para obtener la droga, esperando sobrevivir un día más con ello… pero después se dio cuenta que realmente no estaban tan interesados en las drogas sintéticas encausadas al grueso poblacional que él podía fabricar, querían algo más. Fue entonces que conoció a sus compañeros tanto de trabajo como de cautiverio: Mónica y Citlalli

La primera estaba entrando a sus treinta, usaba unos lentes de fondo de botella, siempre lucía desaliñada y hablaba sólo lo necesario; por otro lado, Citlalli parecía no perder la esperanza en salir de ahí, hablaba demasiado y también era estudiante de la universidad de Aztlán; afortunadamente conocía lo suficiente de alemán y español para poder comunicarse tanto con Mónica como con sus captores, y hacer de traductor para Xoxo; ambas eran compañía suficiente para el joven científico, quien ni siquiera sabía pedir alimento en la lengua germana o decir hola en castellano.

El Dr. Wolfram Sievers era el director de la unidad de investigación SS Ahnenerbe, relativamente joven, no sobrepasaba los cuarenta años y estaba en plena vía hacia el sobrepeso; sus ojos, brillantes y de tonalidad verdosa, parecían traspasar la piel de una persona. Poseía una seriedad mercurial que le daba el aspecto de un carcelero más que de un doctor de alguna ciencia.

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−Bienvenido a su nueva sede de investigación, Dr. ZoZo. −le dio la bienvenida a la nueva ala en un mal náhuatl, para luego llevarle a una pequeña celda subterránea, muy parecida a la que ocupaba días antes. El edificio era de piedra y ladrillos en las partes bajo tierra, mientras que los edificios de la superficie eran los clásicos que se podían encontrar en una universidad. Estaban en el instituto tecnológico de investigación en Estrasburgo, cercano a las facultades de ciencia y medicina de la ciudad.

El hombre parecía obsesionado con obtener una droga o un método para obligar la evolución del alemán común al superhombre… casi siempre murmuraba para sí mismo los planes grandiosos e irreales que poseía, los cuales tenían que hacer realidad Xoxo, Citlalli, Mónica y el equipo que les habían reunido: los más ilustres científicos de toda Alemania, contando incluso aquellos de origen judío.

Le llevó por amplios pasillos recubiertos de cemento, hasta el laboratorio donde el personal que él debía liderar se encontraba trabajando. Todos ellos llevaban un collar igual que el de él, y unas esposas de plástico en las muñecas que le parecían extrañas. Desde el cristal en el área de observación, Wolfram Sievers mostró a Xoxo su pequeño reino pintado de blanco y hecho de cristal y acero.

—Espero que usted y yo nos llevemos bien… si se comporta, podrá tener toda la libertad que desee.

—¿Y si no quiero ayudarle? —Xoxo, a quien nunca le había gustado la violencia y la altanería en alguna de sus formas, miró a Wolfram Sievers desafiante, sabía que no ayudaría mucho a su situación, y a pesar de no querer morir, él no deseaba trabajar con aquello que Sievers deseaba.

—Sería una lástima para el mundo entero… ¿usted sabe qué es ese aparato que tiene en el cuello? Se lo explicaré: si yo presiono un botón debido a su indisciplina, usted sufrirá mucho. ¿Aun así se niega?

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—No existe tal cosa como lo que menciona.

—Usted es el científico, debe de saber que no hay imposibles. —Wolfram Sievers sacó de la solapa de su uniforme un pequeño control remoto con números. —Si yo pongo un número de prisionero… digamos, el 408, y presiono el botón amarillo… ¿qué cree que pasaría?

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Atónito, Xoxo Tecuisij miró como una mujer perdía la cabeza en una explosión espontánea.

—Usted es el demonio…

—¿Aún quiere oponerse? No me molestaría terminar con cada uno de ellos frente a sus ojos para convencerlo. —Los  esclavos trabajadores que habían presenciado los hechos, miraban con estupefacción las manchas de sangre del piso y el techo, y lo que había quedado del cadáver. Una mujer gritaba histérica mientras se miraba las manos, ella había estado cerca de la científica asesinada y se había bañado en la sangre de su compañera. —No necesito matarle, si falla, sólo me basta con matar a aquellos cercanos a usted. Me han comentado que se lleva bastante bien con Fräulein Citlalli.

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A Xoxo no le quedó más remedio que aceptar, él no quería cargar el peso de la muerte de alguien a quien apreciaba. Se había hablado con lógica y realismo a sí mismo, no podía salvar al mundo, tenía que contentarse con salvar a quienes tenía cerca. Él no era un héroe, no quería morir, y tampoco quería sentir que su vida era un total acto de vileza.

Pocas semanas después, para el horror del grupo de científicos, los experimentos humanos comenzaron.

***

 

 

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Despertó en el hospital, la cabeza le daba vueltas y los ojos le ardían. La garganta le dolía.

Miró a su alrededor y se encontró en medio de una sala atestada de niños de todas las edades; algunos parecían sufrir demasiado, otros tantos intentaban caminar apoyados con muletillas hacia algún lado. Le preguntaron su nombre, ella no lo sabía. No llevaba identificación alguna; el hospital era para niños de gente de bajos recursos, un lugar donde llevaban a aquellos que parecía no tenían ni un centavo.

Hacía un par de semanas vagaba por las calles, sus ropas andrajosas se le pegaban a la piel debido a la humedad y la lluvia que caía sin avisar; no había comido nada durante días, viviendo en un callejón con miedo, escuchando gritos por la noche… acurrucándose tras los vertederos de basura entre cajas de frutas tan vacíos como su estómago.

Tos durante las horas en penumbra, mareos y empujones de la gente que le miraba como a una pequeña alimaña adornaron aquel tiempo… la canasta (quien sabe dónde la había sacado) vacía, sólo le sirvió como recipiente para colectar algunas partes de comida a medio podrir de los basureros. Luego, con el frío, la lluvia y la tos llegó la oscuridad… Eso era lo único que recordaba: su indigencia pasada.

−Te encontraron en un callejón, con esa infectada herida en la cabeza, pensamos que morirías. Estuviste dormida y con fiebre por tres días y noches enteras. ¿Sabes cómo se llama tu madre al menos? −La niña de ojos grises con tonos azulados y cabello rubio platinado que miraba a la enfermera parecía no entenderle. Luego miró a las ventanas llenas de barrotes que se ubicaban en la parte superior de aquel gran salón que parecía ser más alto que el doble de la altura de un hombre normal. La luz que se filtraba por ellas le lastimaba.

−No sé… −volvió a negar con aquel acento extraño que le había escuchado cuando le preguntó por su nombre. − ¿Dónde es aquí?

−Estás en Londres. ¿Eres de esta ciudad?

−No sé. Yo… no sé de verdad.

Por el acento de la pequeña, pensaron que era francesa. Le entrevistaron en aquel idioma y parecía entenderlo perfectamente, e incluso comenzó a expresarse entremezclando tanto el argot de las tierras francas como el inglés.

Ella había explicado (a medias) su historia. El hambre, la sed, la indigencia… no recordaba siquiera si tenía un padre o una madre esperándole en algún lugar. ¿Quién era ella? ¿Qué era ella? A momentos pensaba que sólo era un fantasma muriendo en la soledad del anonimato callejero.

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La enfermera le sonrió, la abrazó… En este mundo torcido, donde el noble y el rico engordaban a costa del estado, niños y niñas como ella vivían lo que un adulto no podía soportar. Así se creaban los monstruos que continuamente llenaban cárceles y alimentaban horcas… la sociedad se pudría desde lo más puro hasta lo más sacro.

−Es mejor que olvides también eso… −La mujer de mirada cansada y cabello negro pensó que quizá era uno de esos tantos niños extranjeros que habían sido traídos como juguetes para la gente rica… ¡oh! Aquella infame gente que se divierte con la vida de los otros, tomando lo que desean sin siquiera inmutarse ante el dolor de inocentes. Esa parte pútrida y maldita de la nueva era: los que se alimentaban de los otros.

Pero es que el mundo siempre había sido así: homo homini lupus…

La cuestión era el saber escoger a quién se debía comer.

El director del Hospital, un hombre de ojos castaños tras unas gruesas gafas y cabello corto y cano, envió el expediente a la policía de la ciudad por recomendación de la enfermera de ojeras pronunciadas (la cual se llamaba Bernardette), esperando encontraran la familia de la pequeña. En cuanto la dieron de alta, la enviaron a un orfanatorio.

−Espero que encuentres a tu familia muy pronto. −se despidió Bernardette.

−Yo también lo espero.

Fue un corto tiempo el que pasó en el orfanatorio al que la enviaron, rodeada de monjas y santos, pertenecientes a la religión de Europa. Ella no sabía rezar, pero al ver a los habitantes de aquel recinto hizo lo propio, esperando que Dios escuchara sus palabras.

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¡Cuán inocentes son las almas inmaculadas que conservan cierta pureza aún en el fango! Si tan sólo dios se dignara a oírles, si tan sólo volteara y elevara toda su omnipotencia en aquellos que realmente le necesitasen.

Si tan sólo ocurriese eso, no habría necesidad de culpar al diablo por los males del hombre.

En esos tiempos, debido al escándalo de la enigmática princesa de Aztlán, la policía tenía mucho trabajo y en las embajadas de los otros países (Francia sobre todo) hacían hincapié a sus ciudadanos en regresar a su patria por el bien de la nación. Las relaciones entre el Imperio Francés y Britania no eran precisamente buenas en aquellos momentos, y el Rey Philip se encontraba en una situación bastante delicada.

De alguna manera, ya sea porque el director del Hospital infantil de Londres tenía algunos conocidos, o porque algún periodicucho propiedad de franceses en tierras británicas dio a conocer su caso, la embajada del Imperio Francés supo de la existencia de la pequeña misteriosa.

El representante de la embajada, un hombre un poco pasado de peso, de ojos grises como el plomo y nariz ganchuda (casi más interesante que la propia presencia del hombre) le interrogó en el argot de su tierra natal. Cierto que la niña parecía natural del imperio francés, a pesar de no recordar su nombre ni el de sus padres; pensó que quizá el cuerpo de detectives de París tendría algún reporte sobre alguna pequeña con las características de Stella, como le llamaban a la jovencita rubia poseedora de aquellos ojos enigmáticos y una nariz bastante achatada y pequeña. Igual si no encontraban a los familiares de la joven podía llegar a algún orfanato en gracia de su majestad o en dado caso colocarla en alguna casa noble como doncella, pues la pequeña se veía educada y sabía escribir perfectamente. Incluso pensó en que había posibilidad de que fuese la hija perdida de algún noble de su patria.

− ¿Quieres regresar a Francia? –le había preguntado.

− ¿Es que alguna vez he estado ahí? –Respondió la rubiecilla de aparentes diez u once años.

El embajador René Fauchalevent soltó una carcajada. Le parecía gracioso que aun conociendo su capacidad natural para expresarse en francés todavía dudara de su nacionalidad.

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−Tal vez… ¿Qué tal si allá encuentras tu pasado?

−Francamente, señor… lo que quisiera es saber mi futuro, por ahora.

 

 


[1] La SS Ahnenerbe era la facción de las SS que se encargaba de la investigación racial. La mayoría de sus experimentos fueron crueles y brutales, abarcando desde la fisiología humana hasta la química corporal; podían abastecerse de cualquier centro de trabajo del país, aunque mayormente tomaban a sus conejillos de indias de los campos cercanos. Esta organización a su vez se dividía en varios departamentos, teniendo  incluso una división especializada en el esoterismo y objetos de poder como la lanza de longinus o la calavera de cristal.

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