Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 2: La Ciudad de los Santos

Parte 3

 

 

Helene Bismarck, bisnieta del general ya fallecido, fungía como enfermera voluntaria en los hospitales militares donde se enviaban a los heridos en acción. Ella había crecido con un padre y una madre amargados por la destitución de su bisabuelo, caídos en desgracia y acogidos por la Iglesia. Su hermano mayor se había convertido en un sacerdote y la joven, estudiante de enfermería a punto de graduarse, le visitaba constantemente. Luego llegó la segregación y la violencia irracional antisemita, observó cómo es que algunos pacientes y conocidos suyos eran despojados de sus bienes y luego eran evacuados a campos de trabajo, o deportados. Un día, antes del cierre fronterizo, encontró una carta en el escritorio de su hermano escrita en latín completamente.

Desde hacía mucho tiempo, Helene Bismark sospechaba que su hermano le guardaba secretos; a pesar de que no vivían juntos, ella visitaba asiduamente a Otto y encontraba ciertos feligreses y comportamientos algo sospechosos, su intuición se lo decía. Cuando tuvo entre sus manos aquella hoja de papel amarillento, aquellas sospechas se volvieron una verdad tangible.

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Ella conocía poco aquella lengua muerta, lo suficiente para entender la esencia de la misiva, en la cual pedían informes de su situación social y económica de su comunidad, nada raro… pero también se podía leer un doble sentido si uno tenía en cuenta las pequeñas manías y mentiras de Otto; Helene no era estúpida, de hecho tenía una cierta inteligencia que se neutralizaba por su evidente ingenuidad. Al final de aquella carta estaba la firma, o mejor dicho, una oración extraña y escalofriante: sanguis nos impositura cumbae. Sabía que la santa sede, ninguna iglesia, nunca firmarían así las cartas.

Otto le encontró leyendo aquella misiva, y se lamentó el no haberla destruido antes junto a las otras. Apenas si le había dado tiempo a él de leerla y pensar en cómo hacer llegar una respuesta lo suficientemente clara para el S.S.O.D y lo suficiente encriptada para los de la S.D. alemana.

− ¿Qué es esto, Otto? ¡Sabes lo preocupada que estoy por ti al formar parte de la vida secular y tus pequeñas mentiras, y aun así encuentro este tipo de correspondencia!… Creía que escondías algún amor, algún arrepentimiento del camino que habías tomado, si fuese eso estaría tan aliviada… pero esto… esto no sé cómo interpretarlo ¿Tengo que temer por ti en un futuro siendo arrastrado hasta las oficinas de la Gestapo? ¡¿Tengo que temer por perder a mi única familia?!

−Helene… Lo siento. −Otto no sabía qué hacer, ¿le respondía con la verdad, arrastrándola con el hacía un posible futuro de peligros? – Yo no puedo decirte nada… sólo sé que antes de que te arrastre conmigo hacia un futuro incierto, debes de alejarte de mí.

−Pero…

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−No quiero que te involucres… ¡Helene, déjame solo! Es por tu propia seguridad.

−No. −le había respondido tajantemente, no le dejaría. No lo perdería como lo había hecho con sus padres, con sus amigos y con sus pacientes. −Sea lo que sea en lo que estés metido, te apoyaré. ¿Es algo relacionado a lo que está pasando en el país?

Otto simplemente bajó la cabeza, esperando que su joven hermana desistiera ante su silencio. Ella aún era una niña ante sus ojos, no debía involucrarla… pero es que Helene Bismarck, debido a su naturaleza ingenua y testaruda, no aceptaría aquel silencio tan fácilmente, simplemente haría lo que ella pensara podía ser lo correcto.

Fue así como, sin pedírselo, Helene entregaba informes regularmente a su hermano sobre la situación en el frente y los planes que los superiores de los soldados les hacían llegar a estos para los trabajos de germanización. Ella nunca supo que trabajaba indirectamente para el O.D. ni para la resistencia.

Todo iba bien, hasta que los de la Gestapo descubrieron que Otto Bismarck escondía niños judíos en las catacumbas de la iglesia para luego enviarles al campo o a las montañas fronterizas con Francia. Cuando le vio con las esposas en las manos siendo escoltado hacia los cuarteles de la Gestapo, sintió que su corazón estallaría.

La entrada de roble de la iglesia estaba igual, lustrosa y barnizada en tonos rojizos, el cielo era azul y el día soleado. Aquel día que parecía tan bello se había perdido en la oscuridad de la tragedia.

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Con sus ojos abiertos, llorosos y llenos de preguntas, Helene vio a su hermano escoltado por cuatro hombres; tenía la cara magullada y el cabello húmedo. Se miraron a los ojos por un instante, el tiempo suficiente como para que ella se diera cuenta de que el alma atormentada de su hermano se preocupaba más por ella que por él mismo.

Los hombres del uniforme gris tomaron de la nuca a Otto y lo empujaron dentro del volkswagen oficial; tranquilamente, ellos ingresaron al mismo y se fueron de ahí. Momentos después, Helene pudo recuperarse de la parálisis que la impresión le había dejado, y viendo hacia la dirección por donde se había ido su hermano aprehendido, lloró a gritos sin importarle la aglomeración de gente que había gracias a la conmoción.

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Unos días después, le enviaron a su domicilio un citatorio para declarar.

Se presentó con la cabeza en alto, llena de dignidad, ante las oficinas en Berlín. El edificio era pequeño y costaba reconocer que en aquel lugar se encontraban las personas más temidas del país, y las más odiadas por ella.

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Un hombre vestido con el uniforme en regla, sin la boina característica, la escoltó hasta la sala de interrogaciones, que era sólo una habitación gris con una mesa y un par de sillas. Un hombre alto de bigote oscuro, cabellera en corte militar (tan corto que parecía que su cabello fuese inexistente) y mirada color plomo como la habitación le recibió. Tenía la mandíbula fuerte y su uniforme de la Gestapo acentuaba su aspecto hosco.

−Buenas tardes, Fräulein Bismarck; mi nombre es Ludwig Müller. Le he citado aquí para hacerle unas cuantas preguntas con respecto a su relación con su hermano, Herr Bismarck. −Después de la breve presentación, el comandante Müller le invitó a sentarse.

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Helene le miró como los corderos miran al verdugo. Tenía la impresión de que deseaban algo más de ella que describir la infancia, adolescencia e inclinaciones políticas de Otto.

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− ¿Podría darme un vaso con agua, por favor?

−Oh, perdone mi rudeza.  −El hombre se dirigió hacia la puerta, pidiendo a un subordinado, el mismo que le escoltó hasta allí (pensaba Helene), que le proporcionara un café y un vaso con agua. Müller quería hacer las cosas fáciles para Fräulein Bismarck; ante los ojos del comandante ella era hermosa, una alemana de buena cepa que prestaba sus servicios a la nación como enfermera en el hospital de veteranos de la ciudad. Le habían investigado pocos días antes de atrapar a su hermano, hallándole sin mancha alguna; incluso el interrogatorio del joven sacerdote Otto Bismarck no había arrojado pruebas en contra de Helene, a pesar de que los métodos de convencimiento habían sido bastante confiables.

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Ella a veces me contaba lo que le decían los soldados que atendía. –había declarado Bismarck. Nada más en contra de ella, negando que la mujer tuviera conocimiento sobre sus actos ilícitos.

Müller regresó junto a Helene, quien le esperaba sentada en aquella única mesa de la habitación. El hombre tomó la única silla sin ser utilizada y se sentó frente a la enfermera, sacando un bolígrafo y una pequeña libreta negra.

−Quisiera que me diga cómo era su relación con su hermano.

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−Normal, lo suficiente como para que él me ocultara el tipo de cosas que hacía. No puedo creer aún que nunca me hubiese dicho nada.

− ¿Está diciendo que si su hermano le pedía su ayuda, también habría traicionado a su nación, Fräulein?

−Oh, no… por supuesto que no. Yo sólo… no sé cómo tomarlo. Él era mi única familia, ¿sabe? Ahora… ahora estoy sola… y tengo miedo. −Las lágrimas de Helene comenzaron a fluir estrepitosamente, entre pequeños hipidos y ademanes propios de un doliente. En el fondo ella sabía que nunca más volvería a ver a Otto, y estaba diciendo la verdad al comandante Müller, ella no sabía nada… ¿Por qué no pudo explicarle algo al menos? ¿Por qué no quiso decirle la razón por la que le estaba dejando sola? La respuesta era la misma situación a la que ahora se enfrentaba, pero… ¡la había abandonado por escoger a otros! Ella no deseaba eso, ella necesitaba a su hermano a su lado, la había abandonado en beneficio de aquellos que nunca le habían conocido, ni querido…

− ¿De quién o de qué tiene miedo, Helene?

−De continuar con vida… sola.

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A Müller nunca en su existencia le habían hallado su fibra misericordiosa, pero en esta ocasión, viendo a la joven tan frágil y pequeña con gruesos lagrimones poblando su rostro, le pareció ver a la figura solitaria de su madre cuando recibió la noticia de que su marido había muerto en acción durante el asedio de París. No pudo evitar pensar en la anciana que le esperaba tranquilamente en su departamento, seguramente con un plato de comida caliente y preguntándole cuando se dignaría en darle nietos.

Un golpe en la puerta sacó a Müller de sus cavilaciones; el hombre que antes había enviado por su café había regresado con el pedido. Tomó ambos, la taza de humeante líquido negro y el vaso con agua, cerrando la puerta con un pie, para luego colocarlas en la mesa. La enfermera le miró como un cachorro desamparado a un niño, a la espera de lo que podía continuar, resignada a convertirse en una culpable de algo que ella misma no sabía a ciencia cierta, o ser enviada a casa con un vigilante tras sus espaldas. Lo que sea que Müller decidiera, a la mujer le daba enteramente igual pues ya no tenía nada, estaba completamente a merced del destino y la inclemencia del gobierno militar.

¡Qué misteriosa es la misericordia humana, que a veces se mueve en favor de desconocidos y otras en contra hasta de la madre misma! El corazón de un hombre férreo a sus convicciones se había ablandado por unas cuantas lágrimas de una jovencita (una bella y joven mujer), cuando meses atrás otras igual de hermosas… madres, hijas, esposas, le habían suplicado quizá con más gracia y menos mucosidad. La figura de Helene, la bella alemana ideal, se desfiguraba en lloriqueos llenos de desesperanza… ¿era porque le gustaba observar el dolor ajeno que su corazón se inflamó al ver la desgracia germánica personificada? ¿Era porque ella contenía en sí todo aquello que él no podía ni quería expresar o sentir? Cierto es que el porqué de tal acto nunca sería develado del todo, ni al propio Ludwig Müller.

Rompiendo con el protocolo sólo por una vez, pensó el comandante, ofreció su pañuelo a la mujer, limpiando las lágrimas y decidiendo, en el instante, que ella era del todo inocente.

Pocos días después, él le pidió una cita.

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