Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 2: La Ciudad de los Santos

Parte 2

 

 

Leonel Fernández de Hita y Kaisha Nietchkava arribaron a un pequeño pueblo del sur de Polonia al atardecer. El clima no era precisamente acogedor, pero a Kaisha le traía recuerdos de su infancia… los oscuros cabellos de la joven ondularon con la brisa otoñal impregnada de hojas muertas. Reservaron una habitación en el hostal del pintoresco poblado y salieron primero a las oficinas de telégrafos y luego a entrevistarse con el párroco de la iglesia.

Vestidos como una pareja común de viajeros, ella con un bonito conjunto sastre cubierto por una chaqueta que le protegía del creciente frío crepuscular y él con unos pantalones marrones, chaqueta oscura y boina cernida entre sus ensortijados cabellos, atravesaron la plaza y llegaron al atrio de la Iglesia, una construcción sencilla y antigua erigida en piedra.

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El Padre Kitzajovich, un reverendo y delgado anciano de ojos brillantes y piel tan arrugada y delgada que parecía quebrarse, les dio la bienvenida luego de escuchar la frase sanguis nos impositura cumbae. Ellos eran del S.S.O.D.

—Es un placer tenerlos aquí, y un alivio… estoy completamente seguro de que se podrá hacer algo por esta gente, muchos vienen desde las fronteras, asustados porque dicen que vieron atrocidades de tal o cual soldado.

Caminaron por la nave hasta llegar al altar, donde un cristo sangrante les miraba con ojos negros, inyectados en sangre. Kaisha y Leonel se persignaron, mientras Kitzajovich se sentaba en una de las butacas largas de madera frente a los santos tallados en madera y las estructuras pintadas en dorado.

—Al venir hacia acá no notamos nada extraño, salvo por el refuerzo fronterizo en

Rumania. —Kaisha callaba, mientras veía los techos altos de la parroquia y leía las inscripciones en latín de las paredes. Muchos años antes, también habían sido sepultadas personas allí, cuyos nombres aún permanecían en las baldosas del piso.

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—Todos huyen desde el lado cercano a Alemania, gente de Lotz, Cracovia y aledaños han llegado hasta aquí con la esperanza de encontrar una forma para salir hacia Rumania, Hungría o algún país por el cual huir hacia tierras lejanas a la guerra; es por eso que las patrullas fronterizas son excesivas. Siendo francos, muchos de ellos morirán a mitad de su camino si intentan, como hasta ahora, huir ilegalmente. He visto como padres han abandonado a sus hijos aquí, en este lugar alejado de la capital y tan cercano hacia el lugar donde ellos desean ir. —Kitzajovich aceptaba para sí que no podía solo en estos tiempos difíciles. Muchas de las mujeres del pueblo le habían ayudado a levantar más habitaciones en la casa parroquial, donde esos infantes vivían a costa de la caridad. Los migrantes sin dinero que muchas veces llegaban de paso, regularmente traían más problemas a la comunidad que hasta hace unos pocos meses era tranquila y pacífica. Decenas de hombres y mujeres salían a los bosques en búsqueda de cuevas o grutas donde esconderse si la guerra llegaba hasta allí. Otros, más aventurados, habían abierto las entradas de las agotadas minas de carbón; todos hacían lo propio para intentar salvarse.

—¿Qué dice el gobierno? Hoy tuve la fortuna de leer un periódico, pero no habla mucho sobre el asunto, lo más cercano a la guerra era el encabezado donde explicaba que su ¿canciller? ¿Presidente? Bueno, ese tipo… había dado un discurso sobre no doblegarse ante las amenazas a la nación.

—Se ha aumentado la propaganda de reclutamiento militar. Muchos de los jóvenes del pueblo han marchado hasta la ciudad más cercana, donde está permanentemente un grupo de selección de la milicia. Como ven, aquí quedan prácticamente viejos y niños, y muy pocos hombres no tan ancianos, lo suficientemente fuertes para arar la tierra y cosechar.

—Usted dijo algo sobre atrocidades de los solados… ¿Qué le han dicho? —Kaisha estaba pensando en que, si se demostraba la incapacidad del gobierno de Polonia para garantizar la seguridad de sus ciudadanos aunado a pruebas de que el gobierno alemán cometía crímenes de guerra, podría intervenir el Vaticano sin aprobación de la coalición europea.

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—Cosas increíbles, que probablemente nadie creerá. Muchos hablaban sobre pulpos gigantes que salían de entre los árboles, hombres colosales en armadura que escupían fuego… decían que eso que veían no era un ejército de humanos, era uno de monstruos que habían salido del fondo de la tierra…

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Leonel escuchó sereno toda la información que salía de la boca del reverendo, sopesando los riesgos que traería para él si dejaba a Kaisha en Varsovia mientras se adentraba en las filas de lucha para investigar un poco la tecnología militar alemana. Pensó primero en viajar a la capital y luego exponer el plan a su compañera de una manera diplomática y efectiva.

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—¿Queda algún testigo de lo que nos ha dicho? —Si era necesario, lo llevarían consigo al vaticano, pensaba Kaisha. Sabía que los alemanes gastaban cientos de miles de reichmarks al año en tecnología, así que quizá a lo que se referían era a armas desconocidas que habían desarrollado en los pocos años del mandato de

Hitler.

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—No, desgraciadamente nunca se quedan por mucho tiempo, sólo llegan, piden asilo para recuperar fuerzas y se van rumbo a la frontera. Quizá si ustedes se quedan en el pueblo unos días podamos encontrarnos con uno de ellos.

Kaisha y Leonel se miraron, a pesar de que no les habían dado un límite de tiempo, sabían que debían apresurarse.

—Tú deberías quedarte, hermana Shiska. —Sí, Leonel quería ir a Varsovia y desde allí investigar un poco más, y si era posible, enrolarse en el ejército para saber sobre el tema que le interesaba. Y pensaba dejar a Kaisha al margen entregándole otra misión de la cual ocuparse.

La mujer sospechaba el porqué de Leonel para dejarla sola, no en vano llevaban tantos años juntos en servicio. También sabía que si él se empecinaba con su plan no había poder humano o divino que le hiciera cambiar de opinión… ahora bien, ¿cómo evitar su partida hacia el núcleo sangriento de la guerra? Si los rumores eran ciertos, si le capturaban en el mejor de los casos le matarían y en el peor… no podía ni pensarlo.

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—¿Y a donde irás tú? ¿Estás pensando en dejarme todo el trabajo, hermano?

—No… sólo que yo podría ir a revisar Varsovia en estos días, y quizá gestionar el encuentro entre el embajador y el… ¿canciller?

—Ni siquiera sabes quién es el líder del país y ¿harás semejante cosa? Deja de decir tonterías. —Kaisha tomó del brazo a Leonel, y disculpándose con el párroco Kitzajovich, se retiraron de la iglesia prometiendo que se quedarían en el poblado hasta que los superiores determinaran lo contrario.

La voluptuosa mujer arrastraba a su compañero por las calles del pueblo, mientras que éste trataba de calmarla.

—Espera…

—No hará lo que se le pegue en gana, ¿me escuchó, señor? Sobre mi cadáver me dejas sola en este lugar para irte a no sé dónde. Somos un equipo y donde quiera que vayas iré yo… —un rojo incandescente se instaló en el rostro de Kaisha al percatarse de lo que había dicho. ¿Qué estaba haciendo? Claramente violaba los estatutos 35 y 47 que especificaban la libertad de acción de los agentes ante una emergencia, y donde también especificaban que cualquier indicio de relación más allá del compañerismo estaba prohibida.

—¿ah? Kaisha, ¿qué es lo que estás pensando? Sólo voy a revisar un poco la situación… ¿no crees que es más rápido así? ¡ey! Mira por donde vamos, mis zapatos están recién limpios, no quiero barro en ellos. —la mujer caminaba aún jalando del brazo a su compañero, intentando esconder su cara. Dios, ya no era una niña, pensaba mientras trataba de calmarse.

—Es imposible que lo deje actuando por su propia cuenta, ¿se le olvida que es un completo desobligado falto de atención? Sin mí, no terminaría la misión, se dedicaría a barrer las calles de la ciudad en lugar de investigar.

—Ya, ya… estás muy rara hoy… ¿de casualidad estás en esos días incómodos? — Kaisha le miró con más odio que indignación, ¿por ese tipo se preocupaba? Respiró profundamente, intentando olvidar la estupidez que Leonel le había dicho… ¿y qué si lo estaba? ¿Acaso no podía dejar de decir tonterías al menos por una vez? —Dije algo malo, ¿verdad? Lo siento, lo siento. No te enojes por favor, mira, si quieres enviaré un telegrama a la santa sede y que ellos decidan, ¿te parece?

—Hablemos de eso en el hotel, me has cansado lo suficiente por el momento… Contigo no se puede. —Leonel creía que era tiempo de dejar de molestar a su compañera, pues ella ya estaba creciendo, ya no era la jovencita que había conocido en las dunas de arena en áfrica: se había transformado en una joven mujer que se preocupaba por su maestro.

Aquella misma noche un aplastante ejército Alemán atravesaba las fronteras de Polonia. Días antes las fuerzas aéreas polacas habían disminuido drásticamente y los nuevos reclutas no tenían ni un ápice de entrenamiento militar; menos de un mes después ocupaban la capital del país, ingresando con un desfile militar como si fuesen héroes. El presidente de Polonia había abdicado a la fuerza alemana, y éstos ingresaron como libertadores, a una ciudad pacífica que creía que sus sufrimientos habían terminado al fin, pero estaban equivocados.

El avance por tierra de los alemanes había sido tan rápido que los rusos, que antaño habían firmado el pacto de no agresión y la repartición de Polonia con los Alemanes, apenas tuvieron tiempo para ocupar los territorios que les correspondían en la parte oriental.

Leonel y Kaisha, quienes habían sido enviados a Varsovia para entablar negociaciones con Polonia, observaron la entrada de la milicia luego de dos semanas de asedio de la ciudad. Unos cuantos días después de su llegada, el gobierno capituló ante Alemania; sus esfuerzos conjuntos con el embajador del Vaticano habían sido en vano, ya que el presidente había cortado comunicación con la santa sede a raíz de la petición de proveer los alimentos necesarios y el apoyo requerido en enfrentamientos futuros que los cruzados pudiesen tener. No tuvo tiempo de retractarse, pues fue capturado para ser utilizado por Ribentrop.

Al día siguiente de aquel acontecimiento, recibieron un telegrama proveniente de Toledo que sólo decía retorno. Los alemanes habían reafirmado el pacto de no agresión con Roma gracias a la habilidad del embajador François de Rue, por tanto, ellos no tenían nada que hacer allí.

Se dirigieron hacia la estación de trenes vestidos con ropas seglares, con pasaportes e identificaciones falsos y los billetes y las tarjetas del visado romano en sus maletas; gracias a esta última tarjeta era la única forma en la que lograrían salir, pues los alemanes ya habían tomado los puntos fronterizos de la zona y Roma tenía un pacto de neutralidad con los primeros.

Un soldado de uniforme y boina gris con chaqueta oscura subió al vagón que ocupaban los miembros del S.S.O.D., tras él otros cinco más también subieron, pidiendo las identificaciones y los pasaportes de cada pasajero. Entre estos últimos, una pareja y su recién nacido se hallaban a dos asientos al frente de distancia de Kaisha y Leonel.

−Sus pasaportes –Gritaron los alemanes, sin querer mostrar un poco de voluntad para explicar lo que querían decir en polaco o algún otro idioma.

El marido, temblando, entregó a los soldados los documentos solicitados mientras la mujer con el niño en brazos veía que el grueso poblacional del tren era bajado a fuerza junto con sus posesiones.

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−Tu pasaporte no está vigente, ella puede salir, pero tú no. –Proclamó el soldado; la mujer parecía ignorar lo que el alemán decía en su lengua materna, mientras que el marido era completamente consciente de aquellas palabras, o al menos lo simulaba bastante bien. –Bájate del tren.

El hombre intercambió un par de palabras a su esposa, mientras ella soltaba a llorar; quizá, lo más seguro, era que le había pedido separarse.

Leonel miró aquella escena, cerrando sus puños fuertemente, intentando pensar en una manera para ayudarles. Su acompañante se dio cuenta y tomó su brazo con aquella larga y delicada mano enguantada en blanco, tratando de serenarle.

Sabían que tenían órdenes que cumplir, que no debían intervenir de más en la vida de la minoría por el bien de la mayoría… pero aun así, demonios que dolía ver ese tipo de escenas que les llevaban hasta sus recuerdos más oscuros en los que fueron ellos los protagonistas de alguna separación.

Entonces, otro soldado se acercó a ellos, impidiendo ver el desenlace de tan desgarradora escena.

−Sus pasaportes. –Ambos extendieron sus documentos, incluso la tarjeta de visado de la santa sede. El soldado sólo las miró, y dudando de su autenticidad, llamó a uno de sus superiores.

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Luego de unos minutos les devolvieron amablemente aquellos papeles falsamente legales. Sobra decir que la mujer, aun llorando con su hijo en brazos, permanecía sentada junto a la ventana, mirando como su marido se colocaba entre todos aquellos que habían sido catalogados como personas no aptas para viajar.

Kaisha, temiendo que la joven saliera del tren en un arrebato, fue a sentarse junto a ella, ofreciéndole un hombro en el cual podía llorar.

Miraron con impotencia cómo es que bajaban a otras decenas de pasajeros de los trenes, personas que huían de su propia patria ante la inminente ocupación; media hora después, la oruga mecánica reanudaba su marcha junto con las lágrimas de la madre primeriza.   

Por otro lado, los planes que tenían los alemanes para Polonia no eran precisamente de reconstrucción. Hyedrich había recibido órdenes directas de Himmler para germanizar el país, y junto a Wagner y Franz, planeaban llevarlas a cabo en el menor tiempo posible, así que el futuro para aquellos que se quedaban en su madre patria era incierto.

Se podía adivinar que aquella joven madre nunca volvió a ver a su marido.

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