Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 1: En las Tierras del Sol

Parte 6

 

 

− ¿No crees que estén haciendo demasiado escándalo por una simple mocosa? – Preguntó una voz un tanto ronca a su interlocutor: un anciano de bata blanca, piel arrugada y cabellos grises trenzados a la usanza aztlana. Este anciano, cuyo nombre era Tonatiuh Xochitlahuac, dejó lo que estaba haciendo frente a una especie de pantalla conectada a un grueso y gran teclado y volteo a ver al dueño de aquella voz áspera.

−Era la princesa, después de todo. –Respondió el viejo luego de dar un vistazo rápido a su acompañante y regresar inmediatamente a su trabajo.

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−Ah… pues no era la única. Ya sabes, el viejo rey puede hacer otra princesita blanca igual a ella, también tiene otras dos oficiales; podría tomar incluso una de sus bastardas para suplir a Cihuametztli, debe tener algunas, ¿no crees? –La burla se escuchaba claramente en su tono de voz, resoplando al final de su declaración para dar más peso a sus palabras. El anciano nuevamente volteó hacia su interlocutor con la mirada llena de reproche, observando los ojos rojos y el cabello blanco del joven junto a él. Éste joven, de no más de dieciséis años, medía cerca de un metro setenta y era tan delgado que parecía que una ventisca podía levantarlo en vuelo, su rostro era el de un ángel, más sus expresiones y la mueca que emulaba una sonrisa le hacían parecer el mismo demonio. Su piel, sus pestañas, ojos y cabellos carecían completamente de melanina: era un albino puro; este joven, al contrario que muchos de aquellos que compartían su suerte, podía ver perfectamente durante el día y la luz solar no le afectaba en lo más mínimo, ¿cómo era eso posible? Pues era gracias a la ayuda del hombre que estaba frente a él.

−Sabes que la favorita de Nezahualcóyotl ya no puede engendrar, y lo otro es imposible. –La sonrisa burlona del joven albino permanecía intacta; de alguna manera se regodeaba de las palabras del anciano mientras tomaba un mechón de su blanco y largo cabello y lo arrojaba hacia atrás, pues le estorbaba.

−Cierto, la perra perdió eso también… Me pregunto si estará sufriendo, apuesto a que sí. Espero que lo haga. Espero que llore desesperada y se pudra en el infierno.

−Mikiztlak… −El anciano, acostumbrado a ese retorcido humor del albino, simplemente soltó un suspiro y le miró, preguntándose hasta cuándo dejaría el joven a un lado la amargura y el odio. – ¿Qué te ha traído tan pronto? No han pasado ni tres días.

−Necesito que analices esto. –Sacó del bolsillo de sus pantalones una caja de madera, extendiéndola hacia el Dr. Tonatiuh; dentro de aquella caja se hallaba un molar manchado con ceniza gris, como la que se produce al incinerar a un cadáver. – Compara lo que encuentres con mi mapa genético.

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− ¿De dónde sacaste esto? ¿Otra vez emprendes una búsqueda que ya sabes es en vano? –Al oír a Xochitlahuac, el rostro del joven de ojos rojos mostró una mueca clara de disgusto. Era como mirar a un rottweiler a punto de atacar.

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− ¿De qué hablas, viejo? Yo no tengo nada que ver con esa zorra maldita que me donó como si fuese un hámster para tus experimentos. Si piensas que es porque quiero comprobar si ella es o no la ramera que me parió, no lo necesito, desde hace bastante tiempo alguien me ayudó a esclarecerlo. No jodas, ni insultes mi inteligencia; esto es parte de mi trabajo. Pediste que resolviera el caso con los talentos que me diste, simplemente lo hago.

El anciano y el joven se miraron fijamente; Mikiztlak, quien era el único de pie, volvió a acomodar su largo cabello con notoria molestia.

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− ¡Maldita sea!, este jodido país y su costumbre del cabello. Debería cortarlo.  −Puedes trenzarlo.

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−No molestes, es demasiada energía desperdiciada hacer eso. Me largo; anciano, vendré en un par de días por los resultados, tengo cosas que hacer. Por cierto… con respecto a Xoxo, ¿crees que debería ir a por él?

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−No es necesario, aunque su investigación base se desarrolló gracias a su trabajo conmigo en los laboratorios de la universidad, nuestro trabajo por separado es completamente diferente.

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−Ah, ¿en serio? ¿Por eso el perro de Xocoyotzin vino a verte? Deben estar ansiosos por usar a tus muñecos. –El anciano asintió.

−El proyecto guerreros del sol fue posible gracias a su intervención, de todos modos.

−Cierto… olvidaba que de alguna manera también le debo eso a esa gente. −El joven albino supo entonces que ya no tenía nada que hacer con la vieja pasa arrugada. Salió de la sala computacional y se dirigió al área donde su dormitorio se encontraba, dentro de aquel complejo que en realidad no debería de existir. Joder, que la vida era una porquería. ¿Por qué continuaba trabajando para ese montón de arrugas aún a pesar de todo el poder y la inteligencia que le habían otorgado a costa de su propio sufrimiento? Oh, eso era porque él deseaba exponer la maldad y la oscuridad existente bajo la fachada próspera del imperio.

Mikiztlak, habiendo vivido bajo el ala del laboratorio militar en donde Tonatiuh Xochitlahuac trabajaba desde hace décadas, sabía muy bien sobre los proyectos de éste. Aún recordaba su infancia entre agujas, pruebas y acondicionamiento psicológico para lo que vendría siendo su actual trabajo. Todavía le pesaba en el alma el hecho de que, al principio, él mismo creyera que no era más que otro clon, uno de esos muñecos que Tonatiuh había creado, que de alguna forma había algún defecto en él y por esa razón parecía tener mayor consciencia de sí mismo. Esos muñecos morían antes de llegar a la madurez, y toda su vida había temido la llegada de aquel día donde se desplomaría y desaparecería. Cuando se enteró de su humanidad, en el momento en que supo que su nacimiento no había sido gracias a las máquinas, incubadoras y hormonas que estaban a disposición del científico, de alguna manera se sintió peor que uno de esos clones. Él, Mikiztlak, había nacido de una mujer, había sido procreado y tirado a la basura como una placenta. Desde su nacimiento no era más que un mero desecho que usaban para crear más mierda como él.

La mujer que le había dado la vida también le había condenado a vivir entre las sombras; y a pesar de tenerle cerca, a pesar de tener la autoridad para que pararan los experimentos a los que le sometían, le había dejado solo. ¿Creían que él nunca se daría cuenta de quién era ella? Maldición, como si las personas con el gen del albinismo abundaran en Aztlán.

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Ella era una maldita ramera, una traidora que no merecía siquiera llamarse puta. Ella era su madre, la que ahora cargaba el título de la favorita de Nezahualcóyotl, y el trabajo que debía resolver era la muerte de su propia hermana.

−Maldita sea, que la vida realmente es una mierda.

Al llegar a su área personal, repleta de estantes de libros (la gran mayoría de temas acordes a ciencias y armas) y sólo decorada con un escritorio, un armario, una cama individual y una silla, se dirigió hacia la estructura de madera del segundo y revolvió entre uno de los cajones inferiores buscando algo.

Cuando encontró aquel objeto que necesitaba, que no era más que una identificación, tomó un cambio de ropa en color blanco y unos zapatos a juego. Se trenzó el cabello, mechón por mechón, añadiendo numerosas cuentas de cristal blanco semitransparente, tardando lo suficiente para considerarlas perfectas, como si un profesional las hubiese hecho. Con el cabello ya recogido, se colocó unos lentes de montura gruesa sin aumento, redondos y lo suficientemente grandes como para ocultar parte de sus rasgos faciales.

Una bata de laboratorio que usaba frecuentemente le esperaba tras la puerta, en un perchero. Así, vestido como un médico, tomó un estuche metálico con una serie de jeringuillas y lo metió al bolsillo trasero de sus pantalones. Entonces, de esta manera comenzaba su juego, un nuevo movimiento que se debía dar en el hospital de veteranos.

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