Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 1: En las Tierras del Sol

Parte 5

 

 

El cuerpo inerte de la niña había sido envuelto con hojas, puesto en posición fetal y pasado por todos los rituales que estipulaba la tradición[1]. Debido a la distancia entre Londres y Tenochtitlán, la incineración de la princesa se llevó a cabo en un templo erigido a Mictlantecuhtli dentro de las propiedades de la embajada de Aztlán en Inglaterra.

El prometido de Cihuametztli, el príncipe Harry de Windsor, acudió colérico y devastado a los rituales funerarios junto a la familia real y los hermanos mayores de la joven fallecida, quienes se encargarían de llevar las cenizas de la princesa a su tierra natal para ser enterradas en el templo mayor. Entre ellos, vestido a la usanza londinense, Tezozomoc se acercó a su cuñado para dar el pésame como lo estipulaba la etiqueta.

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−Fueron los franceses… −le había dicho de pronto durante la ceremonia. El joven le miraba con compasión, como si sintiera a la lejanía la muerte de su propia hermana. –Aunque Scotland Yard se encuentra investigando, sé muy bien que sin la ayuda de la mujer guerrero que luchó contra los terroristas no se puede avanzar… ella debe recuperarse y declarar, ella debe ayudarnos a vengar su muerte.

Pero Janinzitzic estaba en coma aún. No podía decir nada aunque lo deseara. Esa mujer guerrero era la única que sabía lo que Cihuametztli había vivido en sus últimos instantes.

Si hubiesen sido otros tiempos, Sihua Tecuani habría sido muerta a manos de los príncipes para acompañar a su protegida al otro mundo, hacia Cincalco; pero esas prácticas ya no se llevaban a cabo. Ahora ella era una guardiana en el mundo de los sueños, alguien que navegaba entre la vida y la muerte para continuar con su rol en aquellas tierras, acompañando a los difuntos hasta que estos decidieran regresarla al mundo de los vivos o dejarla continuar con ellos hasta Totatiuichan.

Tezozomoc, de piel tostada y ojos castaños y serenos, miró al príncipe con lástima. Era verdaderamente terrible el pensar que aquellos que viven en las tierras del viejo continente no aceptaran la muerte como algo natural. Su hermana había vivido y fallecido como una guerrera, ascendiendo así al mundo de los muertos acompañada por su guardaespaldas, a quien pensaba liberaría del camino hacia el Cincalco, tierra de los niños fallecidos, hasta que llegara a su destino, en aquel viaje de cuatro años.

Y aunque lo que pedía Harry de Windsor no era descabellado, aún no era tiempo, tampoco era tan fácil. En este mundo civilizado y poderoso, donde las guerras entre las naciones podían traer más desgracias que beneficios, las cosas no eran tan sencillas. Los príncipes y los reyes debían saberlo, nada de las pretensiones sentimentales debían nublar la vista de los gobernantes, so pena de perecer en el infierno de la revolución social.

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−En algún momento, Príncipe de Britania, usted comprenderá que las cosas en el mundo real son tan duras como la piedra, y que sólo se pueden aminorar con la calma de un río de fluir constante. Aunque mi opinión no sea la imperante, debe saber que ésta es la verdad.

− ¡Señor, ella era su hermana! —Más aún, ella era a la muchacha que él, Harry de Windsor, amaba. Aquellos pequeños paseos a la luz de luna, las cartas donde ella mostraba toda su sensibilidad y las lecturas mientras disfrutaban el té… Todos aquellos recuerdos que tuvo con aquella niña que se había ganado su corazón con mera inocencia y bondad le llovían sobre su alma atormentada por el peso de nunca haber dicho que él realmente la adoraba, que sus sentimientos no eran el artífice que debía ser por haber sido prometidos sin preguntarles.

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−Antes que un hermano, soy un príncipe. De todas formas, mi opinión en este asunto no tiene nada que ver con lo que ocurra en el futuro. Olvide mis palabras por favor. Perdone, debo retirarme…

Harry miró con desdén la espalda de su ex cuñado, pensando en aquellas palabras duras cuestionando su liderazgo. Pero al final, todo aquello se resumía en palabras, pues ¿qué podía saber Tezozomoc, quien no conocía la aflicción de su corazón? El príncipe Azteca podía ser un genio, un erudito y un humanista,  pero sin la comprensión de los sentimientos del otro, no era más que un hipócrita rendido ante su propia lógica y voluntad, sin pensar en los demás.

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Harry se escudaba en sus sentimientos y sensaciones, empatizando así con el pueblo; mientras que Tezozomoc se escudaba en su lógica y su propia conciencia, anteponiendo las necesidades del pueblo sin tratar de empatizar con el mismo.

Ellos eran tan diferentes… lo único que compartían era aquella ingenuidad sobre la dualidad blanco y negro. En el mundo, nunca hay absolutos.

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El príncipe de Britania sólo esperaba que la espada de la venganza llegara a él tarde o temprano para empuñarla; sabía que aún después de que los años pasaran, y después de que tuviese a otra como reina, él no podría olvidar a la niña albina que le pedía ser su lazarillo en días soleados.

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Aquella misma semana, aún con el luto por la princesa prometida en toda Britania, Tezozomoc emprendió el viaje hacia Aztlán, llevando consigo las cenizas de Cihuametztli y a la guardiana del camino hacia mictlán: Janinzitzic.

***

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Nezahualcóyotl VII vestía los trajes tradicionales del guerrero de su reino: un tocado de plumas, la armadura de acero y platino, las espadas, la lanza y el escudo. El humo del incienso se levantaba mientras caminaba con la urna de las cenizas de su hija, flores de cempasúchil adornaban la fachada del Templo Mayor, y donde antaño había estado el muro de sacrificios a Huitzilopochtli, ahora se levantaba una estatua de Quetzalcóatl y Coyolxauhqui. Bajo los pies de esta última fue donde el regente depositó las cenizas de su niña. La ira se podía ver en su mirada azulada, y la sed por venganza se podía palpar en su ser.

Tezozomoc miraba a su padre con cierto dolor en el pecho. Sabía que aquella mirada, aquella furia guerrera, no traería más que desgracias a su pueblo. Guardó un sollozo interno, rogando a Quetzalcóatl trajera serenidad y sabiduría a su padre. Y si es que Huitzilopochtli había intercedido en todo esto, pedía que la bendición y los favores del dios de la guerra estuvieran del lado del Emperador Nezahualcóyotl.

De entre los deudos, un hombre de mandíbula fuerte, alto y con un gran parecido a Nezahualcóyotl se acercó a éste; como acto de consuelo, colocó su mano en su hombro y ambos se miraron, como tratando de comprenderse más allá de las palabras y los gestos que pudiesen enviarse el uno al otro.

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Tezozomoc miraba a la lejanía, esperando que la avaricia y el deseo de poder de su tío no avivaran más el fuego interno de su padre; temiendo por lo peor, se acercó sigilosamente hacia ellos de forma que no lo vieran, junto a un monolito de piedra donde se colocaban ofrendas para el templo, depositando una moneda de plata y emulando una oración.

−Dame la orden, hermano.

−Tienen siete meses… Si para ese momento no han encontrado a los culpables puedes invadir el Imperio francés como lo habías deseado, Xocoyotzin.

El joven hombre, hermano menor del emperador, tuvo una leve sonrisa de satisfacción. Había soñado con este día, cuando Nezahualcóyotl por fin se diera cuenta del potencial que tenían y de que era necesario expandirse, como lo habían hecho sus ancestros.

−Y hermano, acude a Tonatiuh… Tiene el mismo lapso de tiempo para terminar con sus pruebas. −Escuchar lo último hizo que las esperanzas de grandeza de Xocoyotzin aumentaran aún más.

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−Es un hecho, mi señor. — Xocoyotzin reverenció a su hermano, mientras éste caminaba hacia la estatua de Mictlantecuhtli y dejaba una moneda de jade en la boca del xoloscuintle representado al lado. Esperaba que con ello el alma de su hija pudiese partir tranquila hacia el Mictlán.

Tezozomoc desde siempre había temido de su tío, y con las palabras que había escuchado en aquel lugar de dioses, comenzó a desconfiar aún más, haciéndole ver que los malos consejos y las mentiras también podían ser un acto de traición. Decidió guardar para sí mismo su pensamiento e investigar los planes de Xocoyotzin, quien antaño fomentaba la alianza entre Francia y Aztlán y quien ahora deseaba destruir todo aquello en lo que había trabajado arduamente. Otro nombre se añadió a la lista que debía investigar, no sabía por qué, pero presentía que Tonatiuh era referente al doctor Xochitlahuac; decidió irse en aquel momento para no levantar sospechas, pues ya había logrado escuchar cosas importantes, cosas que podían ayudarle para evitar una guerra.

Lo que Tezozomoc ignoraba es que la guerra era inminente, no sólo el gran imperio al que pertenecía podía iniciar una, tampoco tenía el poder suficiente para frenarla, simplemente debían elegir si participaban desde el principio o esperaban a que la fatídica desgracia llegara hasta sus fronteras mientras soñaban, como él, tiempos de paz.

Momentos después, Nezahualcóyotl se alejó de ahí con su séquito siguiéndole, dejando atrás a su amada hija para ir al encuentro de la paz que necesitaba, dejando también en el lugar a su hermano, quien tomó una flor de Cempasúchil para empezar a jugar con ella.

Era una pena que la situación se hubiese dado de esta manera, pero tal como lo veía Xocoyotzin, los sacrificios eran necesarios para obtener el progreso.

−Esta fue la primera y la última vez que fuiste de utilidad a tu reino, Cihuametztli. —Y arrojando los pétalos de la flor que había deshecho previamente, se despidió del Templo, fastidiado por los funerales de su sobrina y la gente que empezaba a aglomerarse para presentar ofrendas a la princesa y al templo.

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La segunda mujer de Nezahualcóyotl, Xochiquetzin, le miró a lo lejos con desprecio. Para ella, Xocoyotzin era quien debía haber muerto.

En cuanto a Janinzitzic… ella seguía durmiente en la casa de los médicos que era específicamente para los guerreros de élite. Sus padres iban a visitarle cada pocos días, ignorantes de la revolución social en la que el mundo parecía empezar a sumergirse.

 

 


[1] Los rituales funerarios Aztecas eran complejos y tenían especificaciones para cada tipo de persona. La única característica que tenían en común era la costumbre de envolver al difunto en hojas secas de maguey u otra planta de hojas grandes y gruesas, y guardar al difunto en posición fetal en vasijas para luego incinerarles. Los restos pasaban a enterrarse en algún templo (si el difunto era noble) o en el hogar.

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