Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 1: En las Tierras del Sol

Parte 4

 

 

Nació bajo el nombre de Janinzitzic, pero a lo largo de su vida se lo habían cambiado varias veces; cuando niña fue raptada por unos chinos en uno de los pueblitos cercanos a Tehuantepec y llevada junto a su hermano menor a algún puerto de Oaxaca, donde les trasladaron en barco junto con cientos de niños más hacia las tierras del imperio de Xin[1].

−No tengas miedo −le había dicho a Kiawilloh, su hermano menor, enjugando sus lágrimas. −Pronto regresaremos con pa’ y ma’

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No lo hicieron. La vida es cruel y no por desear algo el universo confabulará para otorgártelo; esa era una realidad que aprendieron duramente a una edad prematura, cuando ambos tenían que haber jugado, reído y amado sin preocuparse por la maldad del hombre adulto.

Pero es que la vida es una puta. No una puta fácil como las que se encuentran en los barrios bajos de cualquier ciudad, no; la vida es una de esas putas que se hacen pasar por mojigatas para luego sacarte el corazón aun latiendo.

Los primeros años de cautiverio fueron terribles, perdió a Kiawilloh por una fallida castración, la llevaron a un prostíbulo donde tanto niños como niñas servían para los retorcidos intereses de la gente rica del lugar. Nunca supo bien donde se hallaba, ni siquiera recordaba su nombre en ocasiones. En aquel lugar le llamaban Mei mientras le despojaban del poco interés que tenía en continuar con vida. Algunas veces había intentado escapar, trepando por los muros o haciendo huecos poco a poco en las maderas que hacían de piso, hasta que le descubrían y le golpeaban.

Llena de odio contra la vida y contra los dioses, planeaba febrilmente el momento en el que se hiciera con algún cliente lo suficientemente estúpido para comprarla y escapar, no sin antes incendiar el lugar.

Aún podía recordar su primer cliente.

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Sus ojos rasgados le hacían un genérico de los que le sucederían, gordo como la mayoría de los que frecuentaban aquel tipo de lugar, rancio como las pasas a punto de pudrirse, cruel y sádico como los dueños del local.

El hanfu oscuro del hombre que la empezaba a tocar se deslizó sin miramientos, bajo los pliegues de grasa que tenía por estómago estaban el par de piernas más delgadas que había visto… Era en lo único que pensaba, pues nunca quiso revisar aquello que sabía tenía bajo la gran panza abultada.

Ella, sentada en los cojines coloridos que adornaban la pieza del prostíbulo, ya desnuda y temerosa, no se atrevía a subir la vista para ver la cara u otras partes del hombre que estaba a su lado.

Recordaba que las uñas de los pies de ese ser estaban amarillentas y gruesas, y que las manos torpes de aquel hombre abruptamente abrieron sus piernas.

Entre gritos y súplicas, Mei perdió la virginidad a los cinco años siendo golpeada, rasgada y dejada casi muerta entre los suaves cojines de plumas de ganso y forro de seda. Lo único que recordaba antes de caer era el rostro de aquel hombre sádico que había pagado un millón de yuan por ella, y tras él, el fondo de unas aves azules volando, pintadas en un panel tradicional. Ella quería ser una de aquellas aves, yendo hacia el sol y flotando entre las nubes.

Ese fue el inicio de cientos de hombres que pasaron sobre ella, unos peores que otros, a excepción de uno.

Kuan-yin era un hombre delgado que siempre parecía enfermo; cada ocasión que iba a visitar a Mei llevaba golosinas y regalos, y nunca la tocaba. Se dedicaba a vestirla como a una muñeca tradicional, pasando horas peinando su cabello, pintando sus labios con bálsamos de color durazno y adornándole con joyas que parecían reales. Casi siempre la llevaban a una vieja casa a las afueras de la ciudad donde estaban cuando Kuan-yin pedía por ella; en aquel lugar ella podía pasear por los jardines y olvidar su triste vida a cambio de ser contemplada.

Kuan-yin siempre parecía extasiado con la vida de Mei, a la que llamaba por el nombre de Xian. Se regocijaba en verla comer, dormir y jugar, recordando a su primer amor… Tenían los mismos ojos, y aunque la piel morena de Mei le hacía completamente diferente, sentía que eran parecidas en muchas cosas.

Xian, igual que Mei, era esclava. Xian también había sido abusada, y Xian había muerto a manos del padre de Kuan-yin.

También, gracias a los traslados hacia la casa de su benefactor, quien solía llevarla un día de cada mes, conoció a Wei Fang.

El chico era chino y de los pocos eunucos sobrevivientes; como ella, siempre estaba sumido en el mutismo del silencio y tal vez por ello se entendieron fácilmente. El pequeño había sido incautado por una deuda que su padre había adquirido al dueño del local, y le estaban preparando para convertirse en el guardián de aquel recinto a la depravación y la lujuria.

Mientras seguía los pasos que sus captores le marcaban, se había convertido en el guardián personal de Mei.

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Ellos sólo se veían a través de las rejas de madera del cuarto de castigos cuando Mei no era solicitada por Kuan-yin, donde Wei Fang tenía la obligación de vigilarle y pasar los precarios alimentos que la sostenían con vida; las pocas veces que tuvieron mayor contacto fue mientras disciplinaban a la niña, encargándose el joven de limpiar las heridas y tratarlas para evitar cicatrices.

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La mayoría de aquellas palizas correctivas eran por su renuencia a la docilidad. Ella luchaba, estaba en su sangre no rendirse. Mordía, arañaba y a veces arrancaba partes del cuerpo del cliente; con el tiempo y con los golpes ella fue cayendo poco a poco en la catatonía del victimizado. Mei y Wei Fang  desarrollaron un lenguaje no oral, donde se entendían uno al otro, planeando cosas fatuas y esperanzadoras cuando se dieron cuenta que luchar no les servía de nada y sólo hacía las cosas más difíciles.

¡Es tan fácil rendirse a la oscuridad cuando el camino sólo te conduce hacia ella! Pero aun así, con una pequeña luz o esperanza que se guarde en el corazón todavía se puede renacer. Si bien, en aquella época Janinzitzic se había dejado tragar por el desamparo, el odio y el desconsuelo, aún guardaba para sí misma una parte de aquella inocencia que los niños poseen en el interior. Se negaba a entregarlo también, esa era la única batalla que no se resignó a perder, al contrario de Wei Fang. Pero es que Janinzitzic tenía a su Kuan-yin.

Ella llegó a adorar a aquel hombre que, poco a poco, la llevaba cada vez más tiempo consigo; observó junto a él las estaciones, anhelando que un día se decidiera a comprarla. Incluso cuando ella, sin entender el por qué, se desnudó frente a él e intentó besarle, él no la tocó más allá de despejar su cabello del rostro y devolver el gesto de una forma tierna. Era por esos motivos que ella lo amaba, y esperaba que algún día esos días bellos fuesen cotidianos.

Pero también se daba cuenta que Kuan-yin la miraba con tristeza, y se le veía cada vez más apagado. Los lentes circulares del joven señor cada vez se le veían más grandes debido a que perdía más peso, y se volvía más pálido, como el mármol.

Un día, Kuan-yin miraba a la pequeña mientras yacían recostados en los pisos de madera frente a la puerta que daba al jardín,  ella parecía querer alcanzar las estrellas que se podían ver desde ahí con sus manos y él se deleitaba al percatarse como el fresco de la noche la obligaba a ruborizarse; en ese momento, cuando la mano pequeña de Xian tomaba la mano pálida y huesuda de Kuan-yin, éste último sintió que debía hacer algo más que mirar y velar por ella por unos cuantos días al mes… Xian, no, Janinzitzic merecía ser feliz por lo que le quedaba de vida.

—He estado pensando… —La niña miró a su benefactor con angustia, ella temía que dijera que ya no la necesitaba, que la abandonaría porque ya era demasiado grande, demasiado impura o demasiado estúpida. Ella temía que hubiese pasado algo por su culpa y por ello la devolvería y nunca más regresaría a su lado. Si ocurría eso, ella creía que ya no podría aguantar más la vida. —Ah, no te preocupes, quita esa cara… No es nada malo, yo… no sé cómo decirlo… estaba pensando en que tal vez sería bueno comprarte, así ya no tendrías porqué irte. Te quedarías a mi lado para siempre.

—¿En serio? —Janinzitzic no podía creer lo que sus oídos escuchaban, ella al fin sería libre de aquel terror nocturno en el Hong Baié. Ella no tendría que esperar nunca más largos días para volver a estar en el cielo junto al ángel Kuan-yin. —Eso sería fantástico… Es lo que más quiero en este mundo. — El corazón de Janinzitzic latía con tanta fuerza, que parecía que iba a salirse de su sitio.

—Deberías aspirar a más que esto, mi pequeña… provengas de donde provengas, puedes aspirar a lo que sea, pues aunque te quiten todo lo que tengas tu corazón siempre será tuyo.

—No, mi corazón es del amo Kuan-yin.

—Aún eres muy joven… —El muchacho llevó la mano de Janinzitzic hacia sus labios, hasta ese momento ella no lo había soltado, y luego de aquella muestra de cariño, parecía apretar su mano con más fuerza. —Aprenderás mucho aquí, serás libre.

Janinzitzic sonrió, y emocionada, contó a su mejor amigo y primer amor todo lo que su corazón guardaba, y los anhelos que secretamente se había hecho todos esos años en los que Kuan-yin la abrazó protectoramente; éste le miró con tristeza, o quizá con cansancio, mientras le escuchaba. Sabía que todo podría convertirse en humo, y la ilusión romperse, pero él, Kuan-yin, cabeza de familia de los Yangwu, cumpliría su promesa y daría felicidad a su querida Xian.

Xian fue comprada una semana más tarde, enviada a la casa de siempre, vestida con ropa lujosa y adornos que parecían verdaderas joyas costosas. Kuan-yin había contratado gente nueva antes de que llegara su nueva inquilina a la casa de campo y enviado a los antiguos criados a la casa principal con un juramento de silencio con respecto a los hechos que habían ocurrido durante su descanso. Había sido cuidadoso para que sus nuevos mayordomos y doncellas no supiesen el pasado de la niña Xian, a quien hacía pasar por una hija bastarda suya que también estaba enferma.

Con el nuevo nombre, Xian pudo salir a los pueblos cercanos sin volver a aquel donde había sido esclavizada; se dio cuenta de que estaba mucho más lejos de lo que pensaba de aquella cámara infernal y que estaba mucho mejor así. Aprendió a leer y escribir, a tocar la flauta y hacer operaciones matemáticas, observaba los astros cada noche y buscaba libros sobre su pueblo, vivió tranquila esperando el regreso de Kuan-yin cada vez que éste regresaba a la capital por cuestiones de negocios.

Ella y Kuan-yin, quien la retrataba seguidamente en lienzos blancos que parecían ventanas y usaba extrañas pinturas que olían raro, vivieron felices por un par de años, hasta que de pronto el joven amo ya no pudo levantarse.

Unos meses más tarde, Kuan-yin murió.

—Perdóname… —le había dicho a la niña como últimas palabras.

La familia Yangwu, al descubrir a la hija bastarda del joven Kuan-yin, se horrorizó. Por temor a las habladurías que pudiesen darse si la sociedad se daba cuenta de que el anterior jefe de la familia había albergado a Xian en su casa, la encerraron y la regresaron al lugar de sus pesadillas vendiéndola como prostituta; allí, ellos se enteraron que en realidad ella no era una bastarda, si no una pequeña prostituta que había cohabitado con el noble Yangwu. Sin poder cambiar su destino, a pesar de sus llantos y lamentos, había vuelto al prostíbulo de Hong Baihé.

Volvió a encontrarse unos días después con Wei fang. El muchacho parecía bastante diferente a como lo recordaba… era de esperarse, pues Janinzitzic había abandonado Hong Baihé a los siete años, y ahora estaba en la edad donde la flor de la adolescencia empezaba a brotar, mientras que el eunuco, a pesar de haber crecido, estaba algo bajo y delgado para su edad, que ya rondaba por los quince años.

La mirada del eunuco, vacía y oscura, se posaba seguidamente en la joven doncella que apenas cumplía los diez años; él era el encargado de vigilarla y evitar que se escapara, pero Wei Fang no había olvidado los gestos de amabilidad de la ahora llamada Xian. Recordaba cómo cada vez que salía hacia la casa de su protector, la niña regresaba con comida para él, incluso, una vez le entregó una moneda que él había enterrado en el patio, con la esperanza de que de alguna manera pudiese juntar el dinero suficiente para pagar su libertad.

Por ello, decidió contemplar a Xian en sus planes de escape. Sabía que ella era miserable tanto como él, y juntos podrían hacerse pasar como jóvenes recién casados en los pueblos cercanos.

Aprovechó cada momento en el que les dejaban a solas para explicarle sus planes, dando gracias a los dioses de que Xian no hubiese olvidado aquel lenguaje de señas que habían desarrollado hacía ya bastantes años.

Durante la fiesta de año nuevo de aquel año, mientras los fuegos artificiales adornaban el cielo y los clientes ebrios yacían con las mujeres del local, Wei Fang y Xian se escabullían bajo el cuarto de castigos, donde las piedras del muro se habían removido lo suficiente para escapar. Aquellas monedas que el eunuco había reunido durante toda su vida se encontraban en el estómago del vigilante nocturno en forma de sake barato y la sed de venganza de Janinzitzic yacía personificada en un charco de sangre saliendo de la cabeza de un hombre obeso y borracho sobre los cojines de plumas de ganso y seda. Aquellos cojines tan bellos colocados frente al panel de las aves azules en ese cuarto donde vivió esclavizada y donde conoció lo que era la maldad. Esa habitación que se incendiaba rápidamente gracias a la madera y el alcohol.

Aquella noche corrieron como nunca, sin mirar atrás, mientras el fuego se levantaba y el guardia nocturno se despertaba de un sueño de ebrio a causa del alboroto, arrepintiéndose de haber aceptado el regalo del niño eunuco.

En el momento en el que los dueños del prostíbulo se percataron de su ausencia, ellos vagaban por las montañas, siempre siguiendo hacia el norte gracias al conocimiento de Xian de la zona, sin detenerse a descansar ni dormir. Al cuarto día llegaron a una granja donde una familia les dio trabajo a cambio de alimento.

Esa familia no era de Xin, tampoco parecían europeos o aztecas, más bien era una extraña mezcla de un hombre nipón con una mujer hindú. Los jóvenes contaron su odisea luego de que temieran ser descubiertos al enterarse el señor Akito de que en el pueblo buscaban dos ladrones que parecían ser aquellos que habían acogido. La mujer, que había vivido una situación similar, creyó en sus palabras y les acogió por un par de semanas más, hasta que un día Akito llegó con un amigo vestido de negro.

El hombre de negro llevaba bajo el abrigo un colgante plateado con una gran cruz, único símbolo que le distinguía como cristiano. Pidió que le contaran con detalle lo que recordaban, nombres, fechas, rostros… todo era importante. Para el hermano Armand, como se había presentado a sí mismo, aquellos niños eran la prueba viviente que el vaticano necesitaba mostrar al emperador de Xin de la violación al acuerdo de no esclavitud y derechos infantiles entre las naciones. Tanto el Vaticano como el Imperio Aztlán sospechaban de la red de trata que Xin manejaba internamente, y en aquella ocasión unieron fuerzas por primera vez para detener el rapto de niños en la zona.

Si bien, las relaciones diplomáticas entre Xin y el Aztlán siempre habían sido cordiales, las sospechas de que el gobierno del primero encubría una red de secuestro y esclavitud infantil (los cuales siempre eran sustraídos de tierras Niponas, Hindúes, Rusas y Aztlanas) caía como un balde de agua fría a aquel comercio milenario que tenían entre sí. El emperador, en ese entonces Moctezuma XII, no podía hacerse de la vista gorda ante el problema que la sociedad le recordaba a cada momento, por tanto envió a un par de espías al terreno aliado donde se toparon con la sorpresa de que el vaticano ya tenía años inmiscuido en poner a luz el asunto.

Y así, luego de contar lo que sabía y tratar de no hablar sobre su querido Kuan-yin, Janinzitzic regresó a su nación escoltada por una hermana del vaticano y un guerrero azteca, marcada por la oscuridad de su pasado, a los diez años. Ella veía a los cristianos como sus principales salvadores, y de alguna forma adoptó sus creencias como si hubiesen sido desde siempre las suyas; pero fue cuando regresó a su país que entendió que el infierno la perseguiría donde quiera que se encontrara.

Con su pasado a cuestas, a pesar del amor y la felicidad que sus padres sintieron cuando les regresaron a su pequeña, sabía que la vida en su tierra no le sería fácil; su padre estaba seguro que, al menos en la comarca donde vivían, nadie desearía desposar a una jovencita como ella pues había sido marcada con la deshonra de la prostitución aunque no hubiese sido por voluntad.

Ante ella sólo se abrían dos futuros: el sacerdocio en algún templo o el regreso a la prostitución bajo el ala de los templos destinados a las mujeres de los guerreros[2]. Ella no quería ninguno, quería luchar, quería erradicar todo aquello que dañara a sus seres queridos o al imperio… Y así decidió unirse al cuerpo femenino de la milicia.

−Seré una mujer guerrero. −Promulgó con convicción, ingresando a los catorce años al tepuchcalli.

Recibió el mismo trato que los hombres en el pabellón de mujeres: baños en la madrugada con agua helada, caminar sobre espinas durante horas, educación militar del imperio… De cerca de trescientas féminas que ingresaron, sólo se graduaron cien luego de quince años de educación.

La bienvenida a los cuerpos oficiales se trató de la histerectomía de regla sin anestesia, la cual recibió sin inmutarse.

Con ello, se ganó el nombre de Sihua Tecuani.

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Sihua Tecuani creía en el dios de los cristianos, que veía como una de las transfiguraciones de Quetzalcóatl pero también creía en los dioses de sus antepasados, ello desembocó en una especie de cristiandad exótica llena de santos y oraciones tanto en lengua latina como en náhuatl. Su fe era tan grande que no veía nada de malo en la intervención del vaticano en las investigaciones de los Guerreros del Imperio, y llevaba consigo un rosario enredado en su muñequera derecha.

Aquella pequeña muestra de religiosidad bien pudo haber sido castigada en las entrañas del ejército en las tierras del imperio, pero Sihua Tecuani no se encontraba allí.

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Desde hacía un par de años tanto Janinzitzic como la princesa Cihuametztli, última hija de Nezahualcóyotl VII y la más querida, vivían en Britania; entre la el población de Aztlán se rumoraba que la niña era la encarnación de la diosa de la luna Coyolxauhqui, pues había nacido albina… a causa de esta simple razón, la pequeña era desconocida para sus súbditos. Ella era una presencia fantasma en el cuadro de la familia real, no porque sus padres la rechazaran o porque era producto de la segunda esposa del emperador, más bien se debía al consejo de los sacerdotes aztlanes para mantenerla pura.

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Cihuametztli, una jovencita de doce años, era menudita y bajita, de no más de metro y medio de altura, contrariamente a su guardaespaldas Janinzitzic quien medía casi el metro ochenta; debido a su condición, a pesar de que su albinismo no era extremo, tenía ciertos problemas de la vista, aunque ella nunca usaba anteojos. La princesa se hallaba en Londres a causa de las pretensiones de matrimonio que la reina Victoria tenía para con ella, y su guardaespaldas vestía de civil… en sí vestía las ropas civiles masculinas a la moda inglesa, las cuales le permitían llevar los cuchillos de obsidiana de vibración ultrasónica y otras armas consigo de manera oculta. La rutina siempre había sido la misma en los últimos años: salir en las tardes a alguna reunión social, estudios de etiqueta inglesa por la mañana y en algunas ocasiones, cuando el clima siempre cambiante de la ciudad permanecía oscuro y nublado, la joven princesa salía de paseo camuflada en ropas sencillas.

Para Janinzitzic los primeros meses de su misión fueron un infierno… ella deseaba servir a su nación de una forma más contundente y aguerrida, no cuidar a una princesa frágil destinada a ser la consorte del hijo del heredero al trono británico; con el tiempo fue comprendiendo que el hecho de proteger a la débil jovencita, de la forma que fuese, era proteger el futuro de su nación. Cihuametztli le necesitaba porque no tenía a nadie a pesar de ser una princesa, pues ella era la encarnación de la debilidad envuelta en un color blanco tan puro que deslumbraba y se hallaba en tierras que no eran suyas, pretendiendo un amor que quizá nunca sentiría. La vida de la joven albina se le antojaba triste y algo trágica, le hacía recordar a la suya propia y a Kuan-yin.

La princesa, con su halo de inocencia prepuberal, soñaba siempre despierta mirando el cielo nocturno lleno de nubes o las flores de las habitaciones en la residencia que ocupaba en Londres. La reina Victoria le había acogido bastante bien, e incluso aquellos que le atendían habían sido escogidos personalmente por ella… De alguna manera la niña se acostumbró a la vida de aquella capital en poco tiempo, y pidió a su padre estudiar en la escuela para señoritas que había sido fundada por la nobleza británica; la respuesta había sido un quizás, pero siendo ella tan terca al final había convencido a Nezahualcóyotl VII, quien la veía ya como la esposa del príncipe Harry de Windsor.

Lo que Sihua Tecuani nunca imaginó es que en uno de aquellos días nublados y lluviosos tan cotidianos, impregnados del aroma de Fish and chips de los puestos ambulantes frente a los centros comerciales de la gran urbe, un atentado le arrancaría de las manos a aquella que había jurado proteger con su vida.

El mediodía era húmedo y el sonido del tañido de las campanas del Big Ben resonaba como un eco infinito bajo las nubes grises, acompañado del calmo río; la pequeña plaza comercial que visitaban frecuentemente se levantaba con sus techos de altas cúpulas cristalinas y vitrinas llenas de objetos de primera calidad. Algunos vendedores ambulantes y actores callejeros amenizaban el cuadro; a Cihuametztli le llamó la atención las coloridas flores que una pequeña rubia (como las que abundan en Londres y tan parecida a ella misma que podrían haberles confundido) llevaba en su cestillo; si no fuese por la precisión sobre la ascendencia de Cihuametztli, se le podía confundir con una de aquellas genéricas niñas rubias europeas. La princesa se acercó vivazmente hacia la vendedora, como lo hacen los niños ante un descubrimiento maravilloso.

Cerca de ahí, dos hombres de traje gris hablaban entre ellos en un idioma extranjero, a Sihua le parecía que era francés. Salieron de la tienda en la que se encontraban de prisa, olvidando un paquete. Iba a llamarles, pero su atención fue captada por Cihuametztli.

Al otro lado de la calle un gato saltó desde una cesta de verduras vacía; se sentó en un pequeño tramo de la acera y dispuso a asearse… la imagen del felino hizo que la princesa olvidara por el momento a la pequeña vendedora de flores y corrió hacia el lado contrario sin tomar precauciones, dirigiéndose al lugar donde la frutería y el gato con porte aristocrático se hallaban.

Un ruido fuerte y sordo se escuchó. El aire se volvió fuego.

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Las palomas volaban frenéticamente con el sonido de las detonaciones, cristales volaban como pequeñas mariposas que se incrustaban en la piel de quienes osaban atravesarse en su camino hacia el caos; el olor de piel quemada provenía de la espalda del escudo humano con forma de mujer, quien corrió inmediatamente nació el rugido de la explosión hacia la princesa. Inmune ante el dolor, sacó de su chaqueta la lanza retráctil de punta de diamante y activó las cuchillas de obsidiana de sus muñequeras, lista para un ataque frontal. Semejante a una fiera acorralada, cubrió con su dañado cuerpo a la princesa, quien sangraba profusamente de una herida en la cabeza hecha quizá por la lluvia de cristales y pequeñas rocas que el edificio derruido por la explosión había hecho caer momentos antes.

− ¡Fallamos! ¡Mierda! ¡Plan B!

Los mismos hombres que había visto antes,  quienes se habían resguardado en algún lugar seguro durante la explosión y sus consecuencias, le atacaron con pistolas de flechas eléctricas capaces de penetrar el escudo electromagnético que la lanza de Janinzitzic emitía gracias su recubrimiento en la punta. La guerrera logró desviar un par con las cuchillas de obsidiana, pero una tercera le atravesó el hombro.

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Aquellos dos hombres eran franceses, y tenían como objetivo a Cihuametztli.

Sangrante, decidió llevar a sus oponentes lejos del lugar, sabiendo que pronto llegaría la policía local junto a la ayuda médica. Con toda la fuerza que disponía, empuñó la lanza y la dirigió hacia el hombre más cercano, activando las descargas eléctricas y apuntando a su oponente; el hombre más alto volvió a disparar, retrocediendo ante los rayos que emanaban del arma de Sihua Tecuani. Ellos no llevaban algún equipo que evitara la electrocución, en ese aspecto eran simples civiles y ella tenía la ventaja. Los llevó a un callejón sin salida luego de una persecución apasionada donde los rayos eléctricos calcinaban todo aquello que tocaban, desde hidrantes hasta cabinas telefónicas. Cuando al fin les tuvo acorralados, los hombres sonrieron descaradamente para luego caer frente a ella. Habían mordido una cápsula de cianuro.

Ambos hombres, tirados en el piso, se retorcían gracias a la asfixia que el cianuro comenzó a provocar en su sistema; eran como un par de orugas desagradables retorciéndose, luchando por morir rápidamente, pero eso no ocurriría.

No hasta que Janinzitzic, llena de furia e impotencia, blandió nuevamente su lanza contra ellos en medio de un grito de desesperación.

El sonido de los rayos de alto amperaje y un par de cuerpos convulsionándose fue lo único que logro escucharse luego de que el grito callara.

Momentos después, Janinzitzic también cayó de bruces contra el suelo. La sangre de sus heridas seguía manando a borbotones, haciéndole caer en un shock fulminante.

Otro sonido sordo se escuchó a la lejanía, el de un edificio derruyéndose. Polvo fino había llegado hasta donde se encontraba, y las sirenas de los bomberos y las ambulancias gritaban incesantemente, martillando los tímpanos de la mujer seminconsciente. Lo último que pudo ver fue su mano tratando de agarrarse de algo, como si con eso pudiera recuperar fuerza.

El rosario que llevaba en sus muñequeras se había roto, y lo que quedaba de él estaba cubierto de una capa de sangre que se expandía poco a poco. Unas gotas de lluvia comenzaron a lavar los vestigios de la pelea que se había librado momentos antes, como si el cielo comenzara a llorar.

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Entre los escombros del pequeño centro comercial y entre los cadáveres de algunos clientes y tenderos, el cuerpo quemado de una rubia niña reposaba, siendo acariciada por la lluvia tal cual gesto materno ante una herida.

 

 


[1] Por la fonética en náhuatl, pensé que ellos probablemente dirían Xin o Xina a china. Además, creo que suena un poco mejor de esa forma. De todos modos a lo largo de la historia se van alternando ese par de nombres.

[2] Como los guerreros de Elite (salvo los Guerreros Águila que pertenecían a la nobleza y por tanto debían perpetuar su sangre por medio de alianzas entre sus casas) tenían prohibido el formar una familia, ya que les distraía de sus obligaciones para con su nación, había un templo específico donde muchas mujeres ejercían una especie de prostitución-ritual disfrazado de sacerdocio. Aquellas mujeres traían a luz a muchos niños, los cuales crecían sin un padre debido a la misma regla de no formar una familia. El mismo sistema se encargaba tanto de la madre como del infante hasta que éste llegaba a la edad de adultez, que era a los 14 años, en la que debía ingresar a una escuela para aprender lo debido. La mayoría de esos niños se transformaban en guerreros. En cuanto a las mujeres guerrero, obviamente debían de buscar un método para evitar que se embarazaran, por tanto les practicaban la histerectomía. Con respecto a su sexualidad, la podían ejercer con quienes quisieran, siempre y cuando fuesen relaciones fugaces.

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