Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 1: En las Tierras del Sol

Parte 3

 

 

Nikola Tesla había sido satanizado en el viejo continente y los pueblos asiáticos, nadie escuchaba a aquel loco que atrevía a retar al Anglosajón Thomas Alba Edison; nadie, salvo el Emperador Cuauhtémoc X quien le acunó en su corte y le tomó como uno de sus maestros. A cambio de la acogida, la nacionalización, y por supuesto los recursos para llevar a cabo sus invenciones, Tesla dejó al Imperio tecnologías impensables para las personas del otro lado del mar. Mientras en las naciones e Imperios Europeos la electricidad era asunto de ricos y nobles, en el de los guerreros aztecas el alumbrado y los beneficios de la electricidad eran disfrutados incluso por el más miserable de los macehuales[1]. Esta energía eléctrica sin cables ni riesgos mortales era la que operaba la lámpara principal de la habitación que ocupaba el Padre André en la embajada del Vaticano en Tenochtitlan.

Habían sido dos horas de viaje en tren y una hora completa en convoy militar; se sentía presionado y ofuscado por la poca libertad para moverse e investigar en el Imperio, sin embargo prefería obedecer las órdenes de sus anfitriones pasivamente a desatar algún tipo de hostilidad entre sus respectivas naciones.

Publicidad Y-AR

Desde que el tratado de Hispania-Tlalquitepec fue firmado, donde se le devolvía la independencia a las tierras Áfrico-Españolas luego de las guerras libradas contra una España aliada con el Vaticano, éste último no era del todo confiable para los líderes de Aztlán. Cruentas guerras se habían librado cuando los hombres del imperio expulsaron a los españoles de sus tierras y arribaron montados en sus barcos con sus extrañas armas en el año de 1494 al Magreb[2] y la costa este de África. Diversos factores ayudaron a los aztlanes a ganar las tierras que ocuparon en el continente, desde su avanzada tecnología militar gracias al comercio con los habitantes de las islas niponas y el amurallado imperio Chino siglos atrás hasta su filosofía en pro de la guerra y la sabiduría. Fue el emperador Moctezuma II quien, convencido por un joven genio de su imperio llamado Tlacaélel[3], envió a sus tropas de elite a surcar los mares para enfrentar al enemigo que recién había arribado a sus costas. Primero conquistar a ser conquistados, era la razón de tal viaje. En aquellos tiempos, tanto la invasión de los Musulmanes en su pleno apogeo como los ataques de los hombres provenientes más allá del mar diezmaron aún más a los pobladores que años antes habían prácticamente desaparecido a causa de la peste. Si bien, en aquel entonces el Vaticano era quien erigía y derribaba coronas, fue poco lo que pudo hacer para defender a sus fieles.

Casi dos siglos más tarde, gracias a las revueltas sociopolíticas de la época, la Hispania Africana y las zonas cercanas que eran dominio de Aztlán y Britania como nación aliada, lograron su independencia con ayuda del Vaticano y los cruzados (el brazo armado de la Santa Inquisición cuya directora había sido la Cardenal Catalina Ricci nombrada directamente por su Santidad el Papa Benedicto XIV). Eso era lo que había ocurrido cuando la política del Vaticano era extremista y consideraba a todo aquel no practicante un hereje; luego de las declaraciones del Gran Papa Reformista Pío VI, donde proclamaba la cristiandad como el amor a sus semejantes creyentes o no, de cualquier raza, sexo e inclinación política, la Imagen de la Iglesia pasó a ser la de un Órgano Humanista Internacional y tomó posesión de su actual labor: la conciliación y el mantenimiento del orden entre los pueblos fieles.

André, mirando por los coloridos cristales del ventanal, suspiró pensando en cómo serían las cosas si el mundo fuese un poco menos violento. Ordenó los papeles que tenía en el escritorio, ya con la tinta completamente seca y a la espera de ser lacados para su pronto envío. Aunque en el Imperio la privacidad de terceros era bien resguardada, imaginaba que tratándose de políticas externas aquella consideración hacia su persona no existiría en lo más mínimo. Entre aquellas hojas gruesas y amarillentas habían sido añadidos un par de fotogramas de los ignotos; el sacerdote, como buen británico, había sabido ocultar la turbación que le acechó al ver el rostro en carbón de uno de aquellos secuestradores: sin duda era Abraham D. Swifth, y si él estaba implicado en esto tanto el Barón Manfred Von Richthoften y Rudolf Diels eran los presuntos cerebros de todo aquello…

− ¿Pero para qué querrían la sangre de un cadáver? −No podía saberlo a ciencia cierta, sólo podía hacer conjeturas. La teoría más razonable tenía que ver con la droga asesina, aunque optó no poner nada de eso en el informe. Para Aztlán y Britania simplemente sería el conciliador político.

Al menos por el momento podía hacer medianamente bien su trabajo, por tanto la Cardenal Angela Amazzentti Di Leopardi y el Director de la Inquisición Giovanni Carducci podrían estar tranquilos, el plan de mandarle a él a causa de su nacionalidad les había aliviado del peso de la fricción entre el vaticano y sus actuales anfitriones.

Sintió que la brisa nocturna de la ciudad de Tenochtitlán, impregnada por el agua de los canales, acariciaba las cortinas de algodón y su rostro inmediatamente abrió los ventanales del balcón; la embajada del Vaticano, tan distinta a las construcciones aledañas (algunas de los tiempos donde ambos mundos aún no sabían de la existencia del otro, otras tantas de la ola arquitectónica donde Aztlán mezcló la arquitectura mora con la propia y muchas de la nueva era), se sentía abandonada… todos los edificios eran tan diferentes entre sí y sin embargo guardaban correlación, a excepción de aquel edificio pensado por y para los hijos de la Santa Sede, con sus cúpulas y estructuras emulando aquellas viejas catedrales de Roma y Florencia.

Publicidad Y-M3

Esta cierta construcción se sentía tan sola como a veces le ocurría a nuestro sacerdote Británico de cabellos cenizos y ojos de jade.

Pensó en aquello que había vivido, en la gente que le había dejado atrás, en solitario… porque el Padre Radcliffe había amado y había perdido. ¿Cuántos años habían pasado? Aquella persona debería estar burlándose de él al verle en su actual actitud. ¿Lo estaría haciendo bien? Siempre tenía las mismas preguntas sin respuesta rondando por su cabeza. La brisa nocturna le volvió a besar la piel, llevando sus dudas a la lejanía por el momento.

Decidió irse a descansar, al día siguiente visitaría la universidad nacional de Aztlán, exactamente iría al instituto de ciencias médicas. Desde hacía más de tres meses que vivía temporalmente en la embajada había solicitado poder asistir a uno de los simposios que el Dr. Zeia Etzalan daba sobre la nueva ciencia: neurobiología. Estaba algo ansioso, como un médico graduado tenía curiosidad sobre las teorías y los nuevos métodos de investigación sobre el cerebro humano; sentía que si el hombre era capaz de desentrañar los misterios de su sistema de soporte vital podría encontrar a Dios mismo.

Dios dentro de nosotros, en  nuestra estructura… en lo que nos hace racionales.

¿Será acaso que el plan divino para cada uno no era más que el desarrollo existencial de las intrincadas y laberínticas conexiones cerebrales? Si uno estudiaba y descifraba aquel órgano vital… ¿podría saber qué le espera en la vida al ser humano? Su personalidad, sus pensamientos, su inclinación moral, sexual o política ¿se encontraba todo eso ya establecido o predispuesto a desarrollarse desde la formación in útero?

Expectante, ansioso e ilusionado, olvidando y dejando de lado aquellos motivos profesionales que le habían traído a Aztlán, salió muy temprano en la mañana hacia el recinto de ponencias de la facultad.

Publicidad M-M3

El edificio de piedra mezclaba los estilos arabescos con la arquitectura de la nueva era, de estructuras metálicas y cristal; tras aquel auditorio techado otro edificio un poco más moderno y de cerca de unos veinte pisos se levantaba tranquilamente entre el follaje y los monolitos de ónix de las áreas verdes. Jacarandos y árboles frutales estaban dispersos entre las construcciones y la gran biblioteca, imponente mole hecha de piedra a la vieja usanza con sus cientos de escalones externos para llegar a su entrada en lo más alto, aderezaba la visión de aquella ciudad perdida en medio de la gran urbe de Tenochtitlan.

Otras decenas más de estructuras símiles se alzaban en la ciudad universitaria; las casas de estudiantes, siempre cercanas a las facultades, daban vida a aquella visión de cuento hecho con piedra, acero, flores y cristales… Las batas blancas de los médicos en formación, con sus cabellos trenzados y adornados con cuentas del mismo color; los vestidos y las cuencas ocres de los arquitectos, y así sucesivamente con cada cromática insigne de cada facultad… Ese era un desfile variopinto de estudiantes, jóvenes ávidos de conocimiento que iban de un lado a otro frenéticamente, sin detenerse a observar el hermoso y policromático caos que creaban.

Publicidad M-M4

André se fijó en todo eso, tan atentamente como si deseara absorber los detalles más insignificantes y pequeños. Le recordaba a sus días en la Real Academia de Medicina, aquel lugar donde pasó sus primeros años junto a esa persona que ahora no podía ni nombrar, porque los recuerdos pesan… pesaban tanto que parecía que en algún momento le ahogarían.

Sumirse en el recuerdo de aquel rostro y aquellos ojos que eran tan parecidos a los suyos le traía una especie de ahogamiento psicosomático, lo único que podía ofrecerle a sus propios recuerdos era un momento, un flash entre todo lo que debía recordar para no olvidarse a sí mismo. La cara de André no era más que nostalgia pura en algunas ocasiones, cuando rompía aquella promesa y ese flash momentáneo de pronto se hacía con su persona por más tiempo del que podía soportar.

Publicidad M-M3

Entonces, para romper el hechizo que su propia mente le había puesto, se dio una palmadita en el rostro, y continuó caminando, mirando todo e intentando no volver al estado anímico anterior. Miró el edificio, al que debía ingresar, ya frente a él y subió la extensa rampa hacia la entrada.

Publicidad M-M4

Atravesó las puertas de cristal y tras subir unos pocos escalones, murmurando para sí mismo la molesta costumbre de los aztlanes sobre las escalinatas y los lugares altos, se encontró en medio de cientos de personas de todos los lugares del país, incluso algunos extranjeros. A fuerza de su trabajo para santa roma no conocía a ninguno; algunas bellas mujeres médico de la región se paseaban con su cabello trenzado y su bata ceñida a medio cerrar pues el recinto era fresco, a pesar de encontrarse en plena estación veraniega.

Publicidad M-M1

Cinco minutos antes de que empezara el evento entraron a la sala de conferencias.

Publicidad Y-M1

Las gradas estaban dispuestas como los viejos anfiteatros griegos: en forma de semicírculo en torno al escenario, unos pocos micrófonos se alzaban a la mitad del mismo, esperando a la persona que habría de utilizarles.

André tomó asiento justo a la mitad, le parecía el mejor lugar para escuchar y ver al conferencista. Sabía que había tenido suerte, o más bien que las influencias de la Santa Sede habían movido los hilos para cumplir uno de sus caprichos… fue cuando entró el Dr. Zeia Etzalan que pensó su viaje había valido la pena.

El anciano doctor tenía los ojos ya hundidos por el paso de los años y muchas arrugas ya surcaban su rostro, sin embargo se le miraba jovial y su andar era de un hombre al que aún no le pesaban los años. Por su frente corrían algunos pequeños cabellos que se habían salido de sus compactas y delgadas trenzas, decenas de ellas, adornadas a la vieja usanza aztlanita.

Cuando el anciano doctor comenzó a hablar, sintió que todo lo que le habían contado sobre él no le hacía mérito.

Neurobiología… ese era el nombre de aquella nueva rama científica en la que el viejo y arrugado Dr. Etzalan había sido pionero desde hacía algunas decenas de años y de la cual se hablaba recientemente. Ese era el nombre de una ciencia del futuro que podría mejorar las cosas en el mundo.

Publicidad Y-AB

 

 


[1] Macehual era el estrato social más pobre en la civilización azteca. Incluso aunque podían ascender en el escalafón social, no se les permitía llegar a la nobleza. Lo más alto a lo que podían aspirar era a convertirse en un Guerrero de Elite.

[2] Marruecos

[3] Tlacaélel existió realmente, siendo un genio en varios ámbitos, destacándose en el militar.

5 1 voto
Calificación de este Capítulo
Mantente Enterado
Notificarme
guest
0 Comentarios
Respuestas en el Interior del Texto
Ver todos los comentarios