Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 1: En las Tierras del Sol

Parte 2

 

 

La agitación social se podía sentir incluso desde las afueras de la ciudad, que era un caos de bullicio y temor; días antes, en el pequeño distrito de Mapaxtlán[1], un par de hombres presuntamente británicos habían asesinado a uno de los sabios más reconocidos del imperio y se rumoraba que el mismo Emperador Nezahualcóyotl VII hervía de nervios a causa del acto terrorista. Hacía más de doscientos años que tanto el Imperio de Aztlán como los países libres de Europa y los Imperios Asiáticos no tenían tal fricción política… sobre todo porque el líder de Aztlán sabía que si el Vaticano se enterase sobre las investigaciones que el sabio Tonatiuh Xochitlahuac llevaba a cabo, aquella relativa paz firmada por las naciones del viejo continente y el imperio del nuevo continente moriría.

Pero es que el tiempo apremiaba.

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Hacía casi diez años, el Rey Friedrich del imperio Austro-Germánico había sido asesinado; sin heredero alguno, los levantamientos civiles no tardaron e incluso la fría relación que la nación ya tenía con el Vaticano, único órgano independiente de Europa que podía contener la paz entre las naciones, dio sus últimos suspiros. La república se había alzado en meses y luego de enfrentamientos internos, el nuevo canciller electo (un hombre hasta cierto punto ridículo) había dado su primer paso: el cese del pago a los daños al Imperio Francés por la última batalla librada en las zonas limítrofes estipulado en el tratado de Versalles de 1924; ciertamente que el Imperio Austro-Germánico no sólo no se había quedado con las tierras, si no también debía pagar indemnizaciones por los daños ocasionados.

Lo peor es que, semanas más tarde del levantamiento del nuevo canciller, comenzaron rumores extraños.

La política de la ahora llamada Deutsche Republik se tornaba cada día más violenta; niños soldados rondaban por las calles bajo el nombre de las Juventudes Hitlerianas, e incluso la política radicalista del NADSP se había convertido en la nueva bandera nacional: el repudio racial empezaba a brotar, y de manera exponencial, crecía. Tales situaciones habían llevado al Emperador de Aztlán a tomar medidas preventivas, apremiando las investigaciones de sus científicos, pues la militarización de un país naciente no sólo podría traer problemas a sus vecinos, si no al imperio mismo.

Los países europeos, inclusive el Vaticano con su política neutral, eran los principales clientes del Imperio Azteca en cuestiones de minerales y materias primas, por tanto no era de extrañar la preocupación que al emperador le aquejaba.

Si el mundo caía en una crisis económica y política, Aztlán también se vería afectado.

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Quizá por ello accedieron los altos mandos militares a colaborar con el enviado del Vaticano.

Desde hacía más de cien años el estado era más que laico; un reino donde la religiosidad pública estaba prohibida a pesar de que el mismo era altamente tradicionalista. Quizá ese tipo de contradicción cultural y su férrea disciplina tanto económica como social le habían hecho lo que era ahora: una potencia mundial.

Y en medio de aquella muchedumbre perteneciente a una sociedad de dioses ocultos y exaltaciones a la moral y el humanismo, el Padre André Radcliffe destacaba con su hábito clerical y su sombrero de ala ancha que le cubría del sol. Aunque casi nadie se atreviera a mirarle era un foco total de atención, sobre todo porque iba escoltado por un grupo de Guerreros Jaguar[2], vestidos con su pulcro uniforme con placas metalizadas, plumas y casco correspondiente a su rango. Sus lanzas electromecánicas relucían con el sol y la espada ultrasónica de filo de obsidiana que portaban en el cinto aderezaba ese cuadro de poder físico y cívico.

Formar parte de cualquier brigada, ya sea incluso de la guardia local, era un camino de dolor, sufrimiento y lealtad. Los guerreros de élite, como la tradición lo estipulaba, no podían casarse; incluso cuando se aprobó la inclusión de cuerpos femeninos (quienes pasaban por el mismo entrenamiento duro y sanguinario que los hombres) se dictaminó una ley por la cual se les practicaría una histerectomía a todas las graduadas. En el imperio, quien caminaba por la senda del guerrero lo hacía hasta la muerte; quizá por ello no era extraño que se les respetara a tal grado que no se les podía ver a la cara.

Temoc, uno de los Guerreros que acompañaba al joven Padre André, le llevó directamente a los laboratorios de investigación criminal donde sabios de la región especializados en diversas áreas estudiaban las pocas huellas que los asesinos habían dejado. El edificio era de piedra tallada y los interiores brillaban en verde jade. A los laboratorios y bodegas forenses se ingresaba por un sinnúmero de escalones, renuentes los arquitectos del Imperio en agregar elevadores a la bella estructura; cuando llegaron al destino el pobre Padre André respiraba con dificultad y sus claros cabellos se habían liberado de la coleta donde los apresaba. No habrá que aclarar que la cara del padre era un poema al cansancio… intentando salir a flote de la vergüenza de su estado físico, tomó compostura y sonrió desfachatadamente.

La gente que trabajaba en los laboratorios forenses llevaba largas túnicas blancas con mangas hasta los codos y guantes especiales que parecían hechos de caucho. Como la tradición lo dictaba ninguna de aquellas personas se había cortado nunca el cabello por lo tanto lo portaban trenzado, adornado con cuentas de cristal azulado que denotaba su rango de sabios de la ciencia. Temoc guió al padre hasta uno de aquellos sabios, un hombre ya anciano con lentillas de media luna sobre su nariz ancha y gruesa.

−Le presento al Jefe de Sabios de las Ciencias de los Muertos,  Cuautli Teopanzolco. Su señoría, el hombre es el sacerdote André Radcliffe.

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Aunque el anciano era al menos dos cabezas más pequeño que él, para André era la viva imagen de la dignidad humana. Sereno, el hombre canoso les llevó hasta su mesa de trabajo, lugar donde descansaban plácidamente unos envases de cristal con un par de especie de agujas largas con bifurcaciones en el extremo sin punta.

−Todas las pruebas pertinentes se han hecho, estoy completamente seguro que esto proviene de armamento del Imperio Francés, la aleación es la misma que utilizan, y no se diga del modelo.

André se quedó pensando un momento… ¿El Imperio Democrático Francés secuestrando a un sabio de la ciencia de Aztlán? Era descabellado, pues los pasaportes y el acento de los secuestradores eran contundentemente anglosajones. Tanto la nación francesa como la británica perderían mucho más de lo que podrían obtener al enfrentarse al Imperio de los guerreros sol. Exponiendo su caso, Temoc sonrió satisfecho mientras declamaba algo que le dejó helado.

–Por supuesto que sabemos que no han sido ellos. Por las marcas en las flechas puedo decir que fueron disparadas por armas que no pertenecen a los franceses. Sus disparadores nunca dejan huellas irregulares, siempre son rectas y simétricas; y estas están llenas de estrías completamente diferentes a las normales.

André pensó preocupado… ¿quién se beneficiaría si Aztlán y Francia rompían sus lazos? Su respuesta no le agradó en lo absoluto.

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− ¿Quiere ver el cuerpo? Tengo entendido que usted también es médico.

−Oh… sería bastante bueno si me lo permitiera.

Le llevaron hacia el otro extremo de la cámara, donde otras (odiadas) escaleras le esperaban. Estas llevaban directamente al área de los muertos: la morgue.

La habitación era más amplia de lo que parecía, con un diseño lo bastante práctico como para albergar a cientos de cadáveres en ella. Filas de frigoríficos mortuorios se mostraban frente a ellos, como gruesas paredes que distribuían el área en cinco cubículos, cada uno con un par de amplias puertas de cristal. Cada celda mortuoria poseía letreros que podían ser cambiados, todos con caracteres simplificados de la escritura náhuatl. Incluso las mismas puertas de acceso tenían aquel sistema, sin algún indicio de otro lenguaje más impreso en (por lo menos) letras pequeñas.

Llegaron hasta el cubículo tres, donde el médico forense se divertía diseccionando el cadáver de una anciana. Parecía que los centros mortuorios separaban a los cadáveres por edades y no por motivos del deceso.

−Buenas tardes señores. —la sonrisa del joven parecía una máscara algo repulsiva bajo un grueso cristal del tipo fondo de botella de sus gafas; a primera vista, asemejaba más uno de los tan comunes mestizos que un aztlán puro. Aquella severa mueca desaparecía y regresaba rítmica y nerviosamente mientras vigilaba con ojos bovinos a sus visitantes.

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–Buenas tardes Kishiyi. Te presento al padre André Radcliffe, del Vaticano; viene por solicitud de la corona Británica.

−Un gusto, Padre; como puede darse cuenta, tengo las manos ocupadas. —El hombre extraño de unos treinta años volvió a sonreír nervioso tras el grueso cristal de sus grandes gafas redondas, levantando las manos como demostración física de su afirmación.

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− ¿Qué hay con ella? −Comentó el viejo Cuautli mirando al cadáver sobre la mesa, al que Kishiyi parecía bastante apegado.

−No cabe duda de que fue negligencia y abandono de los hijos. El tribunal no será piadoso. —El forense seguía con su actitud nerviosa y algo esquiva; a André le parecía un tanto repugnante la forma arqueada en la que caminaba para acercarse a ellos y la mirada que nunca se quedaba quieta.

−Eso espero. Por ahora quisiera que nos mostraras a nuestro amigo célebre. −El anciano le extendió un par de guantes a Radcliffe mientras el espectro viviente llamado Kishiyi devolvía a su compartimento a la anciana maltratada y mientras hablaba, buscaba como si estuviese ciego, tocando cada uno de los cajones mortuorios, el amigo que buscaba.

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− ¿El Gran Sabio? Fascinante caso… Ya estaba muerto cuando le dispararon, unos pocos minutos antes colapsó a causa de un paro respiratorio. Encontré sustancias extrañas en su cuerpo, entre ellas una especie de droga que en grandes cantidades puede ser fatal. No parecía ser de los que consumían sustancias ilegales, por lo que pienso que no quería que lo atraparan con vida… —El forense abrió las manos como cuando se hace un gran descubrimiento, con fuerza tomó la manija del cajón mortuorio que se encontraba frente a él, y la jaló para dejar salir el objeto del debate que se estaba llevando a cabo. Allí estaba el cuerpo, de un color cercano al púrpura, con la mirada fija en un punto desconocido…

– ¿Qué droga? —André estaba bastante curioso; no podía evitar mirar el cadáver, pensando en que al menos pudieron haber cerrado los ojos y la boca.

−Desconocida, sintética… de la misma familia que la morfina, pero con efectos devastadores. Podría ser en lo que estaba trabajando; envié muestras a la facultad de ciencias médicas. −terció Cuautli.

−Las heridas de proyectil parece que fueron hechas a corta distancia… −comentó el sacerdote, mirando fijamente los orificios en el pecho y la cabeza del difunto.

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−Exacto. El informe de la trayectoria de los proyectiles dice que la víctima ya se encontraba en el piso, así que el asesino le disparó por cólera o para rematarlo. En mi experiencia, más de un disparo descarta la segunda teoría.

−No quería que hablara en caso de sobrevivir… y en el estado en que se hallaba no le servía de nada. Primero disparó al pecho, pero para cerciorarse decidió también darle uno en la cabeza.

−Se nota que tiene práctica en esto, Padre Radcliffe.

−Oh… No mucho, la verdad es que he hecho algunos informes como este antes de tomar el sacerdocio, trabajé un par de años en Scotland Yard tras graduarme en Londres; y luego la Santa Inquisición me tomó como médico forense para resolver casos entre naciones en conflicto por la misma razón. No es un trabajo que demande tanto y tengo la oportunidad de viajar.

−Volviendo al tema, también quiero que vea esto. −Señaló el antebrazo del cadáver, el cual por el rigor mortis no se podía mover fácilmente para colocarle hacia arriba.

− ¿Una herida de aguja médica?

–Una segunda herida. No estoy muy seguro si se hizo antes o después de haber fallecido. Es interesante, ¿no?

Por todos los demonios, que es el infierno de interesante… −pensó Radcliffe. Tenía muy pocas pruebas, pero su intuición le decía algo desde lo más profundo de su ser, con esa voz tentadora y acosadora que siempre se le presentaba. —¿Podría tomar algunas fotografías?

—No es necesario, con gusto facilitaré las que he tomado yo… —nuevamente aquella voz insegura llegó a sus oídos, interceptando sus deseos y trastocándolos.

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Sin duda, aunque por un lado le causaba algo de pena, André odiaba a Kishiyi.

 

 


[1] Aquí, el autor decidió que la distribución del territorio del imperio sería por distritos y alcaldías, muy parecido a una república, más existe una corte de ancianos junto con el señor de las tierras (quien es un gobernador nombrado por el Tlatoani mismo). Este sistema es pensado para tener una autonomía en caso de que ocurran desastres pequeños o a una escala local.

[2] Los guerreros Jaguar formaban parte de la élite militar en el antiguo imperio Azteca, sólo los guerreros Águila les eran superiores, puesto que los Guerreros Jaguar eran formados por gente que no necesariamente era de ascendencia noble (un macehual podía ser un Guerrero Jaguar), a diferencia de los Guerreros Águila, quienes pertenecían al estrato social más alto.

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