Empire, Blood and Gold

Volumen 1: En las Tierras del Sol

Capítulo 1: En las Tierras del Sol

Parte 1

 

 

Debido al comercio entre el Imperio y el viejo mundo, sobre todo tratándose de Britania, no era de extrañarse el topar con muchachitos aztecas de ojos de color y la piel aceitunada o blanca, contrastando con las ropas autóctonas del lugar; de hecho, era una visión completamente normal en las ciudades capital donde el comercio florecía satisfactoriamente. Muchos de aquellos niños, educados tradicionalmente, cargaban cestillos de flores o ayudaban con las compras y ventas a sus tutores, quienes se encargaban de su educación hasta que aquellos pequeños estaban en edad de entrar a los tepuchcalli o los calmecac[1]. Incluso el mismo emperador era producto de una mezcla, pues era de dominio público que el huey Tlatoani Nezahualcóyotl tenía los ojos de color del mar y era tan alto como los señores de las islas del otro lado del océano.

Los antiguos habitantes de Aztlán creían que Quetzalcóatl encarnado era blanco y barbado, como los habitantes de las islas Británicas, y aunque sabían que estos últimos eran hombres tomaron como buena señal el hecho de que sus aliados se asemejaran tanto a su deidad principal, por tanto asumieron que de alguna manera estaban “emparentados” con aquella nación; después de algunos años de comercio y buenas relaciones, los hombres ilustres del Imperio se mezclaron con las hijas de los nobles rurales y de los hombres comunes de Britania, haciéndolas sus concubinas o (si la joven era hija de alguien importante) sus esposas, incluso a pesar de la reticencia que tenían los británicos de mezclar su sangre con la de otras naciones. Y no sólo sangre de éstos conformaban la línea de los guerreros sol, sino también se habían mezclado con los hispanos, los habitantes de todos los territorios conquistados en Europa y África, e incluso algunos pueblos árabes con los que tenían comercio comúnmente.

Y era con estos últimos con quienes tenían una relación política y comercial más estrecha en las zonas costeras, por tanto no era de extrañarse el ver a hombres y mujeres arábigo-musulmanes caminar por las calles vestidos como suelen hacerlo en sus tierras. Es en el pequeño puerto de Tlallihueyatl, cerca de las tierras de Sesécatl y Xalapa, donde la mayoría de los comerciantes del medio oriente y norte de áfrica arriban en sus barcos cargados de grandes tesoros; entre la algarabía de sus mercados, plazas y lugares turísticos siempre se podían ver a estos hombres tan parecidos al habitante del imperio promedio con sus vistosas y excesivas ropas y su mujer o mujeres detrás.

Una de esas parejas de extranjeros tan comunes se encontraba haciendo algunas compras en uno de los mercados de la ciudadela portuaria; el hombre, de tez tostada, fornido y de una altura de casi dos metros, llevaba la indumentaria típica de su pueblo en tonos oscuros pese al húmedo calor sofocante del puerto. De la misma manera su mujer, una jovencita de no más de 20 años, caminaba tras su esposo con la cabeza y parte del rostro envueltos en una hiyab[2] blanca, del mismo color que su caftán[3] con adornos plateados; las figuras femeninas se insinuaban a través de las delgadas telas de seda y algodón, balanceándose al compás del viento y de los pasos de la joven de ojos castaños.

−No me agrada esto Said, ¿por qué no sólo dejaron que el bretón hiciera todo el trabajo? —la mujer miraba los pies de los transeúntes, sin poder levantar la cara para observar lo que le rodeaba, habló en voz baja con su acompañante en lengua beréber.

−Recuerda que sólo es un humano, y nosotros sólo venimos a mirar el paisaje. ¿No necesitabas vacaciones Haydé?

−No imaginaba que las famosas vacaciones se trataban de esto.

Publicidad M-M1

Siguieron caminando por el mercadillo de flores y hierbas medicinales, la mujer continuaba con la cabeza gacha y el hombre la tomándola de la mano y haciendo preguntas a los dueños de los puestos en la lengua del imperio. Sólo entre marido y mujer se cruzaban palabras en variados dialectos árabes, alternándolas a sabiendas que había hombres en aquel lugar que hablaban alguno de los idiomas en el que se expresaban.

Publicidad Y-M1

Al final llegaron al puesto de Tanesi, una anciana de cabellos blancos y tan largos que casi tocaban el suelo; ella era la matrona de los vendedores de hierbas del mercado, por tanto sabía lo que entraba y salía del mismo con tanta certeza como las propiedades de las plantas que mercaba.

Said reverenció a la anciana y, hablando en la lengua de los fieles de Alá, preguntó por el refinado de una hierba; aquel refinado era tan extraño y poco común que la mujer se sorprendió que un fiel del dios de las prohibiciones preguntara por ello. El hombre explicó que la necesitaba para un tratamiento que la madre de su mujer requería, pues los dolores de un cáncer maligno la hacían blasfemar y que era preferible el darle paz a su alma a través de un mal menor como aquella droga, que traería fin a su sufrimiento.

La anciana, dubitativa, negó una primera vez el saber donde se podría localizar, más las lágrimas de Haydé conmovieron su corazón.

−Se de alguien que podría ayudarles… —la vieja sabía muy bien lo que era el dolor de perder a un ser querido, quizá por ello le habían ablandado. Recordaba a su marido que años antes se había ido por un padecimiento parecido, y seguidamente se preguntaba si había obrado bien en ignorar el sufrimiento que tenía y obligarle a luchar hasta el final. Venían de una casta de guerreros, pero la lucha era imposible de ganar, ¿por qué le había llevado a los extremos? La anciana sentía que aquellas cosas que creía enterradas hace mucho tiempo regresaban. Ahora, ella sólo velaba por sí misma, pues hasta la maldición en forma de dolencia le había arrebatado a su único hijo. Tanesi entonces estaba sola, y envidiaba a la madre de la mujer árabe… la envidiaba porque ella todavía tenía a alguien, a una persona que no era egoísta y que le llevaría por el camino al que no pudo llevar a su Xolótl, y por el que ella no tenía derecho a transitar.

La vieja y arrepentida Tanesi les envió a las tierras de Sesécatl, con el joven Xoxo Tecuisij; este joven de origen mixteco había estudiado con el sabio Tonatiuh, el supremo maestro de Médicos y Herboristas de Aztlán. Tenían que presentarse como sus enviados; la anciana les extendió una hoja de papel con algo escrito en ello: era el nombre del refinado que buscaban en lengua mixteca, un dialecto que ya muy pocos hablaban en el imperio desde que el náhuatl se había promulgado como lengua oficial. Nadie en todo Aztlán podía hacer el trabajo que necesitaban salvo pocas personas, y Xoxo Tecuisij era una de ellas.

Salieron del lugar satisfechos de su suerte, encaminándose a Sesécatl, poblado que estaba a cincuenta minutos del lugar. Tanesi les había indicado una casa de paredes encaladas a las afueras del pueblo, justo a un par de tiros de piedra de la casa de los médicos; a la pareja de musulmanes no les fue difícil dar con el lugar pues estaba fuera del poblado, rodeada de platanares y flores tropicales. Un pequeño invernadero de cañas y vidrios artesanales se alzaba asemejando un granero inglés, desde fuera se podían ver algunas hierbas y hongos utilizados en la medicina tradicional; conectado al invernadero, una habitación de paredes de piedra y puerta de madera reforzada con metal se ubicaba como única entrada.

Pasando los platanares, el invernadero y la cerquita de piedras apiladas, se encontraba la casita blanca con la fachada llena de enredaderas y pájaros en jaulas de mimbre; tocaron a la puerta varias veces, más nadie atendió el llamado. En todo el trayecto, desde los platanares hasta la casa, no se había escuchado mayor ruido que el de las aves gorgojando y el agua de la pileta corriendo; a Said le pareció extraño y decidió dar un rodeo de reconocimiento mientras Haydé intentaba abrir la puerta sigilosamente con algunas herramientas que sacó del bolso que llevaba atado a la cintura.

−Parece que hubo una pelea. −Comunicó Said a la mujer mientras ella abría la puerta al fin. Había un par de ventanas forradas con malla de alambre, rotas, en la parte trasera de la casa y, desde fuera, se podían ver cosas desordenadas, muebles astillados y objetos varios regados como los que aparecen luego de una trifulca de taberna.

Publicidad Y-M1

Entraron a la casita sigilosamente, pero no había nadie ya. Por los rastros de sangre oxidada y la comida descompuesta y con larvas se podía decir que, al menos, la casa había sido desalojada hacía una semana. Haydé maldijo para sus adentros, era el segundo que se les escapaba de entre las manos. Lo preocupante era que a este le habían obligado a abandonar sus tierras a la mala por lo que pudo observar. Era fácil adivinar el por qué nadie había percatado hasta ahora su desaparición: el muchacho era todo un ermitaño y parecía que prefería encerrarse en sus investigaciones a socializar. A eso se le sumaba la vergüenza de ser expulsado de la escuela de médicos.

−Los otros dos científicos restantes están bajo el ala del Emperador, dudo mucho que se atrevan siquiera a poner sus pies en Tenochtitlan, no son tan estúpidos a sabiendas que tienen el localizador electromagnético y todas esas armas de rayos Tesla. −Said, quien rebuscaba entre los cajones de los muebles de toda la casa, había dejado de expresarse en árabe y hablaba claramente el lenguaje oficial del Vaticano. −Les vino bastante bien que hubiesen expulsado al muchacho, caray… este trabajaba directamente con Xochitlahuac.

− ¿Crees que el chico esté implicado?

−No lo sé, pero si fue llevado a rastras eso quiere decir que probablemente no. ¡Ah! ¡Qué suerte! Mira, ya tenemos respuesta a algunas de nuestras interrogantes. −Said mostró a Haydé un puñado de llaves que habían sido escondidas en un compartimento en falso de uno de los cajones del escritorio del pequeño estudio de la casa. −Quizá sean del invernadero, sabes, es sospechoso que aquella puerta estuviese más reforzada que cualquiera de esta casucha.

−Claro, ir y revolverlo todo es una excelente idea… Leo, no sabemos si el imperio no se percatará de nuestra intervención.

Publicidad M-M1

Said, o mejor dicho el padre Leonel Fernández de Hita sonrió hacia Haydé.

−No seas aguafiestas Kaisha, no estás actuando como una buena esposa. −La joven lanzó una mirada asesina a su interlocutor y salió del lugar. Ya tendría tiempo para reñir con Leo otro día, por ahora tenían mucho trabajo que hacer. Estas vacaciones sin duda eran terribles.

Salieron de la pequeña casita de adobe y cal para adentrarse al húmedo y artificial clima del invernadero.

−No parece gran cosa.

Ambos sacaron de sus respectivos bolsos una especie de guantes de caucho, esperaban que esa fuese una medida suficiente de seguridad para evitarse problemas con Aztlán; la mujer creía que ya era suficiente con el embrollo del último secuestro que habían investigado como para que las sospechas del Imperio Azteca terminaran de señalar al vaticano finalmente. Y no era para tanto su preocupación, pues aunque las relaciones entre las respectivas naciones eran buenas, se sentía fría la diplomacia y la cooperación era más una fachada a regañadientes por parte de Aztlán que una realidad ideal.

Publicidad Y-M1

Kaisha miró alrededor de aquel laboratorio improvisado. Un extractor de aire, frigoríficos, una autoclave y otras máquinas que nunca había visto adornaban el área. Algunos matraces con sustancias varias estaban cuidadosamente colocados en una mesa de madera, probablemente construida a mano; los líquidos rosáceo y violáceo brillaban con los pocos rayos del sol que se adentraban por pequeños orificios que tenía el techo hecho de palmas, carrizo y cortezas de árbol. Al otro lado había papeles regados con fórmulas indescifrables para ella, con una caligrafía bastante deficiente y unos pocos diagramas y pictogramas desconocidos; una vieja libreta con tapas forradas de cuero curtido en rústico estaba bajo aquel remolino de papel y tinta. Parecía, como todo lo que se habían encontrado antes: una artesanía.

Leonel, por otro lado, revisó el bote de basura. Miles de trocitos de papel, algunos vidrios y una que otra fruta mordida a medio podrir era lo que contenía.

−Nuestro genio tenía desórdenes alimenticios, y se equivocaba a menudo… algo temperamental también, ¿viste los rayones de la mesa? Podría jurarte que más de una vez destruyó todo lo que estaba sobre ella.

−Es extraño…

− ¿Qué?

−El contenido de estos papeles también está en la libreta, copiado con meticulosidad. No hay indicios de que alguna de las páginas fuese arrancada anteriormente, pero sí ocurrió esto con las últimas hojas. —Kaisha mostró a Leonel sus descubrimientos, tenía una corazonada y reconocía que nunca fallaba en ese tipo de cosas.

−… Quizá él ya sabía que podrían venir a por su cabeza.

Publicidad Y-M3

− ¿Entonces para qué quedarse?

Publicidad M-M1

−La otra posibilidad es que hubiese descubierto algo que no era de su agrado. −Leonel pensó en los cientos de pedazos de papel en la basura.

−Nos llevaremos sus desechos, puede que ahí esté la respuesta. También habrá que tomar un poco de lo que contienen los matraces.

Tomaron todo lo que necesitaban de aquel laboratorio improvisado y limpiaron luego su rastro; Leonel miró a su alrededor, como si pensara en algo. Luego, en una especie de arranque de furia, destrozó todo lo que se hallaba en aquella habitación, haciendo añicos los envases de cristal, revolviendo aún más los diversos papeles y volteando los cajones del archivador.

− ¡Kyaah! ¡¿Qué haces ahora, semejante animal?!

−Destruyo cualquier indicio de nuestra presencia, haremos creer a la guardia civil que los secuestradores también estuvieron aquí.

− ¿Y el polvo acumulado? –ella torció el labio en claro descontento. Sus castaños ojos miraban al hombre de manera reprobatoria y acusadora.

−Para eso tenemos el aspirador. Sólo necesitamos darle reversa… Ja, ¡y tú decías que mi manía con la limpieza era inservible! Mira ahora.  –Leonel salió del edificio con dirección hacia su automóvil.

Kaisha pensó que dios era muy injusto al enfrentarle con semejante hombre.

Publicidad Y-AB

 

 


[1] Tepuchcalli y calmecac eran las escuelas donde los niños aztecas asistían para aprender lo concerniente a su entorno: la vida política, religiosa y social de su comunidad. Los tepuchcalli eran donde los niños de clase media o baja asistían, mientras que los calmecac estaban destinados sólo a los miembros de elite de la sociedad. De igual manera, la enseñanza estaba dividida entre niños y niñas, y a la vez, entre noble y gente común.

[2] Es el velo que usan las mujeres musulmanas en la cabeza.

[3] Vestido árabe que cubre casi todo el cuerpo, usualmente hecho con telas frescas y en colores brillantes, adornado con hilos dorados o plateados con numerosos motivos vistosos.

5 1 voto
Calificación de este Capítulo
Mantente Enterado
Notificarme
guest
2 Comentarios
Mas Votados
Mas Recientes Mas Antiguos
Respuestas en el Interior del Texto
Ver todos los comentarios