The End of Melancholy

Volumen 1

Capítulo 8: No Me Olvides

Parte 4

 

 

Con el árbol detrás de ella, Layla empezó a hablar con voz sosegada:

— A menudo soñaba con una triste habitación en donde se encontraba un viejo reloj de madera, cuyo “tic-tac” se escuchaba sin cesar como si me recordara cada segundo que perdía mi existencia. No es un sueño como tal, ya que yo pasé internada en ese lugar durante varias semanas, así que el funesto lugar y el olor a viejo que emanaba el cuarto se sentían tan reales para mí. Me agobiaba ese sentimiento de tristeza que provocaba este recuerdo…

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» Aquella vez, cuando estabas golpeando a tu tío pude ver lo grave que resultaba tener la habilidad de ver la muerte de las personas. El terror y la rabia se mostraban muy claramente en tu rostro, no sé qué es lo que viste o experimentaste, definitivamente tú estabas sufriendo demasiado, pero la violencia no era la solución. Sin importar mi seguridad fui directa a detenerte, no obstante me golpeaste con el bate.

» Debido a lo que pasó se me prohibió siquiera a mencionar tu nombre, no supe nada de ti desde entonces. Me recuperé en poco tiempo del golpe, por suerte no era algo tan grave como parecía…

— ¡Lo… siento, lo siento! —mis piernas temblaron haciéndome caer de rodillas—. En serio lo siento, ¡nunca quise hacerte daño! ¡Eras una persona muy importante para mí! Yo- yo no he dejado de culparme por mi arrebato de ira, soy despreciable, incluso pensé que te había matado… Tu recuerdo me resultaba muy doloroso, el tan solo recordar el charco de sangre que se formaba debajo de tu cabeza me hacía sentir tan miserable ¡Layla! ¡Por favor perdóname! ¡No era mi intención haberte golpeado!

— No es necesario que te disculpes —dijo Layla con ojos lagrimosos—. Eso solo fue un accidente, somos humanos, podemos cometer errores. Yo nunca sentí ningún rencor hacia ti o te culpé por lo sucedido, todo lo contrario, tenía muchas ganas de ayudarte de alguna manera, de verte, de volver a jugar contigo como lo hacíamos en la mansión, pero nunca se me permitió saber algo de ti.

» Cuando llegué a este lugar sentí que ya había perdido todo, incluso la esperanza de seguir viviendo.

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— ¿La esperanza… de seguir viviendo? —repetí entre sollozos.

Ella asintió en silencio y continuó:

— Poco tiempo después de haber regresado a esta ciudad, el estado emocional de mi padre empeoró. Como ya sabrás mi madre murió debido a una extraña enfermedad. La muerte de ella hizo que mi padre se sintiera deprimido, impotente y desamparado. Su tristeza sobrepasaba a la mía hasta llegar al punto de suicidarse… Lo encontré ahorcado en mi casa cuando su vida estaba a punto de expirar ¿Por qué tomó esa decisión? Me preguntaba constantemente.

» La familia que más tarde me adoptó empezó a sospechar de mí. Algo no estaba bien conmigo y mis ojos fueron el motivo de esa sospecha, éstos adquirieron un tono rojizo que aumentaba de intensidad con el paso de los meses. Así fue que llegué a este hospital, me hicieron varios estudios y entonces se descubrió la verdad.

» Yo había heredado la extraña enfermedad de mi madre. Cuando se alcanza una etapa terminal, los ojos se vuelven de un color rojo…

— Eh… ¡Imposible! —me levanté y exclamé con voz temblorosa—. ¡Eso es mentira!

Ella se va a morir… no…

— Ya no había nada que hacer —dijo ella negando con la cabeza—. Nunca se encontró la cura para mi madre y tampoco para mí. No era ningún tipo de cáncer conocido ni tampoco alguna enfermedad de la que se haya tenido registro antes. Cuando me enteré, mi mundo se derrumbó casi por completo.

» Primero había perdido a mi madre, luego a mi padre quien desesperado por enterarse del corto futuro que me esperaba y sin ninguna esperanza de salvarme decidió ponerle fin a su vida, luego te perdí, mi mejor amigo, y como si no fuera suficiente, la familia que me adoptó me trató de mala manera e hicieron que me recluyeran en este lugar.

» Ellos me despreciaban y se alejaban temerosos cuando me veían a los ojos. Decían que mis ojos estaban malditos. Nadie me quería, todos me ignoraban o temiendo lo peor con tan solo dirigirme la palabra.

» Pensé que ya no valía la pena seguir viviendo, ¿para qué prolongar mi triste existencia? Estaba claro para mí que de seguir en esa situación nadie me recordaría cuando diera mi último aliento, es más, una vez me pregunté si alguien lloraría mi muerte y entonces no supe qué responderme.

» No había cura para mi enfermedad, mi vida carecía de sentido y a nadie yo le haría falta, la única persona a quién le podía importar ya no se encontraba a mi lado.

» Postrada en la cama miré fijamente el techo deseando que todo terminara muy pronto, pero entonces… Las cosas cambiarían. Una dulce melodía de violín llegó hasta mí, era un sonido tan alegre, tan lleno de vida que pareció alumbrar por completo la habitación donde me encontraba. Abstraída por ese agradable sonido salí de la habitación, caminé por los corredores del hospital y al llegar al patio me encontré con un joven rubio quien era el que estaba tocando el violín, aquí mismo, bajo este árbol.

» Desde entonces cada día él, quien se llamaba Joseph, tocaba su violín muy alegremente y yo siempre llegaba para escucharlo. A los pocos días nos hicimos amigos y empezamos a hablar sobre muchas cosas.

» Durante nuestras conversaciones descubrí que él también tenía una enfermedad terminal, hecho que terminó acercándome más a él ya que podía entender mi situación, pero el violinista llegó a más, él me mostró lo valioso que puede ser la vida.

» — La vida es valiosa porque es efímera —me dijo una vez—. Cuando algo importante para nosotros llega a ser tan frágil, es cuando la cuidamos y atesoramos más. Puede sonar contradictorio que el valor de la vida resalte más por su lado opuesto, la muerte, pero así funciona el mundo. Todo está regido por las cosas opuestas que se complementan. Luz y oscuridad, día y noche, alegría y tristeza, inicio y final, bondad y maldad, vida y muerte… Por esta razón hay que aprovechar cada segundo, vivir sin remordimientos; nuestras vidas pueden compararse con la flama de una vela, una flama muy débil que en cualquier momento puede apagarse por tan solo una suave brisa. Si ésta flama logra sobrevivir lo suficiente todavía quedará el límite de la cera, llegará un momento en que se acabe… ¡Pero ese no es el final! Antes de que se acabe la vela, puedes ocupar su flama para encender una nueva.

» El final de una cosa puede significar el inicio de otra.

» Fue gracias a Joseph que durante mi estadía en este lugar yo aprendí sobre el valor de la vida. Decidí ser alguien alegre como él, una persona que sea capaz de dejar una huella en el corazón de la gente. Él me enseñó a tocar el violín y me contó muchas divertidas experiencias que él había vivido.

» Un día, al final de la temporada de otoño, Joseph me regaló su violín y me aconsejó que buscara metas que cumplir, que me hiciera notar ante los demás y que pensara en la muerte como el fin de un ciclo nada más, que hiciera amigos, que haga todas las cosas que disfrute hacer y que compartiera mi alegría con las personas. Él fue una gran persona, me sentí muy triste cuando me enteré de su muerte al día siguiente de haberme regalado el violín, pero se hizo claro para mí, él regresó al inicio de un nuevo ciclo.

» Así pues, la Layla que ves ahora no es la misma niña melancólica que recordabas. ¿Fue un cambio muy drástico, verdad? Hasta llegué a pintarme el cabello de rubio en su honor, je, je, je. Por lo menos hace juego con el color de mis ojos…

— No es justo —dije entre lágrimas—. Cuando al fin nos reencontramos…

— Este es mi destino —contestó ella jugando con un mechón de su cabello—. Ya cumplí todos mis objetivos, mis deseos…

— Cuánto… —dije nervioso por saber la respuesta a mi pregunta—: ¿Cuánto tiempo te queda?

— Necesito ir a donde están mis padres —expresó Layla ignorando otra de mis preguntas.

— ¿A dónde? —luego rectifiqué dándome cuenta de la obvia respuesta—. Te refieres al…

Ella asintió con una amarga sonrisa.

***

 

 

— Asegúrate de comer bien —dijo Layla mientras caminaba sujetando uno de mis brazos—. Yo ya no podré cocinar para ti.

— Pero si siempre dejabas que la carne se quemara —declaré.

— ¿¡Eh!? Bu- bueno… Eso siempre era por tu culpa —Layla me presionó brevemente los labios—. Pervertido, je, je, je. Hacías que me pusiera nerviosa.

— ¿Mi culpa? Tú eres muy descuidada.

— Mmm…

— Todo este tiempo que pasamos juntos fue como un sueño.

— Para mí también lo fue —contestó la chica rubia—. Un hermoso sueño. Uno que se hizo realidad.

Se escuchó un murmullo a nuestras espaldas.

— Oye, de verdad es ella.

— Eh, no es cierto…

Eran las voces de un par de niños quizás de siete años. Ellos nos rodearon y los vimos de frente. Se trataba de un niño con camiseta sin mangas gris, short azul, de cabello negro rizado, desarreglado y algo más largo de lo normal, estaba acompañado de una niña de apariencia más cuidada, tenía un vestido amarillo, su largo cabello castaño estaba amarrado en dos coletas, un peinado muy parecido a la Layla melancólica de mi infancia.

— Ves, te lo dije —declaró el niño—. ¡Es Layla!

— ¡Oh, Layla! —exclamó la niña sorprendida.

— ¡David! ¡Sara! —dijo Layla a viva voz—. ¡Chicos, qué alegría verlos!

La chica rubia se agachó y frotó su mano contra el cabello del niño.

— Uh… —la niña parecía estar a punto de llorar—. Nos dijeron que te fuiste a vivir muy lejos…

— ¡Eso no se hace! —dijo el niño pareciendo resentido—. Te fuiste sin despedirte de nosotros…

— Ah, con que eso les dijeron… bueno, todo pasó repentinamente, en serio perdón por no haberme despedido, pero ya que están aquí… ¡Vengan para acá!

Layla extendió los brazos y los niños se abalanzaron hacia ella rompiendo en llanto.

— ¡Buuuaaahh!

La niña, Sara, fue la que lloró más.

— Esos niños están muy apegados a ti —comenté conmovido por la escena—. Fue cruel no haberte despedido de ellos.

Sabía muy bien el dolor de no poder despedirse.

— No tenía de otra —contestó la chica con una voz ligeramente temblorosa—. Ya no nos pongamos tan sentimentales —dijo dirigiéndose a los niños—. Y cuéntame Sara, ¿cómo te han resultado las clases de violín que te di?

— Uhh… —la niña sollozaba—. Siento que no estoy mejorando…

— Eh, vamos, no te desanimes. Tampoco fui mala enseñando ¿Entonces la vez que me dijiste que te gustaba el sonido del violín era mentira?

— ¡Claro que no! ¡Me gusta mucho la música! ¡Quiero tocar muy bien como tú!

— ¡Ah, bueno! Si realmente amas las cosas que haces, verás que vas a ser capaz de conmover el corazón de las personas ¿Y… que te pareció el regalo que te dejé por tu cumpleaños?

— ¡Me gusta mucho!

— Buena chica, je, je, je. Espero que cuides mucho de ese violín…

— Sara —interrumpió el niño—. ¡Vamos a avisarles a todos que Layla ha regresado! Nuestros hermanos estarán felices cuando lo sepan.

— ¡Sí!

El par de niños empezaron a correr.

— ¿¡Ehhh!? —exclamó Layla—. ¡David, Sara! ¡Esperen! ¡No tienen que hacerlo! —los niños se alejaron haciendo caso omiso a la chica—. Cielos… esto puede volverse algo alborotado… —ella se mostró preocupada.

— ¿Acaso no estás feliz de ver que hay gente que te ha extrañado? —inquirí.

— Bueno, si estoy muy feliz, pero…

— ¿Pero?

— Uhm… no podemos perder más tiempo ¡Vamos, sígueme!

Layla empezó a correr sujetándome del brazo. Yo solo me limité a ser arrastrado, una vez más, tratando de no tropezarme. Estuvimos corriendo durante varios minutos.

¿Por qué parecía tener tanta prisa?

Al final de nuestra pequeña carrera llegamos al cementerio.

Su helada piel se apartó de mi cuerpo.

— ¿Estás segura de entrar? —pregunté—. Tampoco tengo prisa por regresar a la ciudad, podríamos quedarnos aquí y hasta estoy interesado en conocer a tus amigos. No quisiera irme…

— Descuida —contestó ella meciendo su largo cabello de izquierda a derecha—. Hay que seguir adelante.

Y así, ella se adentró al cementerio mientras yo seguía sus pasos.

El lugar estaba en sumido en una inquietante tranquilidad, Layla y yo éramos los únicos en ese momento. Solo se escuchaban nuestros pasos y el suave murmullo del viento invernal.

— Esos niños —me aventuré a decir—. ¿No están enterados de tu condición?

— Así parece, es triste ver que no sepan la verdad.

— Yo tampoco sé toda la verdad —declaré—. ¿Cómo fue que llegaste hasta el mismo lugar donde yo me encontraba? —pregunté recordando aquel día lluvioso cuando la salvé de ser atropellada.

No solo esa pregunta tenía en mi mente.

¿Por qué el memento mori primeramente no funcionó con ella?

¿Por qué nadie le había ayudado antes?

¿Por qué ella no recordaba nada?

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¿Qué explicación había para todo esto?

Su enfermedad terminal… ¿tenía algo que ver?

Como era de esperarse, la chica rubia no contestó mi pregunta. Yo seguía sus pasos detrás de ella sin pensar en nada más que no fuera en los misterios que la rodeaban.

Un paso adelante, y uno más.

Layla se detuvo y se arrodilló frente a unas lápidas.

— Mamá, Papá —dijo ella llorando—, he regresado.

Tragué saliva. Algo me estaba causando temor.

Con pasos dudosos me acerqué a ella y pude distinguir los nombres inscritos en las lápidas:

Chris y Rosie B…

Efectivamente eran los nombres de sus padres, pero el hecho que hizo que se me helara la sangre y que mi corazón latiera deprisa fue ver una tercera lápida en medio.

Un escalofrío recorrió mi espalda al ver el nombre de Layla inscrito en aquella lápida.

— ¿Eh? Eso… no puede ser… —dije retrocediendo completamente estupefacto—. ¡Eso no puede ser posible!

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— Lo es —dijo ella calmando su llanto—. Yo ya no pertenezco a este mundo.

La chica rubia se levantó decididamente y se giró para verme a los ojos mostrándome una triste mirada acompañada de una leve sonrisa.

— Me aseguré de vivir mi vida plenamente —continuó Layla, yo escuchaba sin que mi cuerpo reaccionara—. Hice buenos amigos, compartí valiosas experiencias a pesar de que mis intentos por saber algo de ti nunca dieron frutos. Cuando mi momento de partir llegó repentinamente, me preocupé, tuve miedo. Todavía me quedaba hacer realidad un deseo que estaba muy arraigado en mi corazón. Rogué por volver a verte, ayudarte, poder compartir mi alegría contigo y también… despedirnos adecuadamente.

Mis lágrimas se desbordaron, mi cuerpo temblaba. Completamente atónito por lo que estaba sucediendo, fui incapaz de asimilar que esto estaba pasando de verdad.

«… yo no voy a vivir contigo para siempre…»

Esa frase reverberó en mi mente.

— Por favor… —musité lleno de miedo—. No te vayas…

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— No Erick, no sigas… de verdad has sido muy egoísta.

Sus palabras punzaron mi pecho. El lugar quedó sumido en un anormal silencio, incluso el viento había dejado de soplar.

Todo lo que había hecho por ella no lo hacía desinteresadamente, ¿realmente mis actos podían considerarse altruistas? No quería admitirlo, pero… no fue del todo así.

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Vi en Layla la perfecta oportunidad para olvidarme de la terrible maldición que había caído sobre mí ya que ésta no se activaba con ella, pero a medida que pasaba el tiempo, yo me iba creando una necesidad: Tenerla a mi lado, ya que Layla me hacía sentir mejor, me recordaba que yo seguía “vivo”, para lograr mi cometido decidí fingir ayudarla e incluso después de un tiempo querer hacerla olvidar completamente de su pasado, todo solo para mi propio beneficio.

— Soy… realmente un idiota —declaré recordando las palabras de Liseth.

— Es bueno ver que al fin te hayas dado cuenta —dijo Layla con un tono de voz desanimada pero con una sonrisa—. Desde un principio me habrías podido ayudar con mi situación. Pero bueno… ya te lo dije, todos podemos cometer errores.

— Entonces, ¿este es el final?

— Este no es el final —corrigió ella—. Es el inicio de algo nuevo —dicho esto, ella soltó un largo suspiro—. Ya no me queda mucho tiempo…

Apreté mis manos al escucharla.

— ¿Recuerdas, cuando éramos niños la vez que te ofrecí un abrazo? A pesar de haberte negado, de verdad necesitabas uno, no… mejor dicho, necesitábamos un abrazo, un consuelo… Realmente mi madre tenía razón.

— Mi maldición me lo impedía —contesté recordando a la niña melancólica cuando tenía los brazos extendidos—. Y no era algo que yo pudiera controlar.

— Pero ahora eso no es ningún impedimento. Esa maldición ya no existe.

La chica extendió los brazos como aquella vez y dijo:

— Por última vez, podemos…

Inmediatamente la rodeé con mis brazos.

Nuestros cuerpos se juntaron como imanes y entonces pudimos sentir el corazón del otro latir apasionadamente, en consecuencia nos percatamos de que realmente existíamos en la misma dimensión.

Durante todo este tiempo nuestras almas no habían hecho más que perseguirse una a la otra en un inocente y extendido juego de tú las traes de solo dos personas. Un juego que ni la muerte fue capaz de interrumpir.

No pude evitar llorar al pensar en la fugacidad de ese momento.

No quería que acabara. Los finales eran muy tristes.

— Oye, cálmate —dijo ella—. No sigas, yo… Harás que yo también llore… —su voz se escuchaba temblorosa.

Ella también lloró.

Su corazón seguía latiendo. El tacto de su fría piel contradictoriamente lo sentí muy cálido. Su respiración y aliento a veces rozaba mi cuello. Su cabello rubio se entrelazaba entre mis pálidos dedos.

No tenía duda alguna. Layla realmente estaba viva. A pesar de estarnos abrazando cerca de su tumba.

— Erick —dijo ella después de este fugaz abrazo.

— ¿Sí?

— Es… hora de irme.

Quise resistirme, sin embargo dejé de abrazarla contra mi propia voluntad.

— Antes de que me vaya, me gustaría escucharlo con tus propias palabras —declaró Layla restregándose los ojos—. ¿He dejado una huella en tu corazón?

— Más que eso, has paseado en él a tu antojo, chica ruidosa e infantil…

— Je, je, je… así que pude cumplir mi última meta… —ella hizo una breve pausa para respirar profundamente—. Bien, es momento del adiós…

En ese momento sentí que me encontraba al borde de un precipicio donde abajo me esperaba un extenso océano que tanto terror me provocaba.

No quiero que esto termine…

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Sujeté uno de sus brazos, con la vista fija al suelo.

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— ¿Erick? ¿Qué haces?

Nada tiene que terminar.

— No te vayas —dije.

— Erick… oye… —ella movió el brazo—, me haces daño… suéltame.

No levanté la mirada, no quería ver la expresión en su rostro.

— Por favor, quédate conmigo.

— No… No puedo, Erick, déjame ir… me lastimas…

— Layla, te lo ruego, ¡te necesito! ¡Te quiero a mi lado!

— ¡Detente!

— Ah… no puedo.

— ¿¡Por qué te empeñas en no dejarme ir!? —exclamó Layla alterada.

— ¡Porque te necesito! —contesté a viva voz.

— ¡Te equivocas! —refutó ella—. Solo tienes miedo… Es eso, pero por favor entiéndelo, ¡tenemos que despedirnos!

— No quiero… ¡No puedo!

— ¡No sigas! Es doloroso verte de esa manera… Si sigues reteniéndome más tiempo, no podré irme…

— No es justo —repetí.

¡Slap!

Una cachetada resonó.

Totalmente pasmado, sin haber estado consciente de mis acciones, solté el brazo de Layla quien me había visto con una expresión mezclada entre el miedo y el enojo. Justo lo que no quería ver.

— ¡Lo sé! —exclamó ella con las lágrimas rodando por sus mejillas —. ¡La vida no es justa! ¡Me duele tener que admitirlo! ¡No quiero irme! Estos meses pasaron muy rápido… pero así deben ser las cosas… ¡Entiéndelo ya! ¡Debes dejarme ir para que algo nuevo empiece! ¡Ya no puedo seguir en este mundo!

— Yo… te estaba haciendo daño…

Caí de rodillas una vez más. El terror se estaba apoderando de mí nuevamente, el mismo miedo que sentía cuando era niño.

Yo posiblemente estaba a punto de hacer algo de lo cual me arrepentiría por el resto de mis días.

— Pe- perdón… —musité en voz baja, en un tono parecido a una súplica—. Te estaba lastimando…

— Ah… Erick… siempre tuviste tu lado temperamental —dijo ella recobrando la
compostura—, pero yo nunca te odiaré. No soy capaz de hacerlo, ni contigo, ni con nadie. Sabes…

» Me encantas cuando sonríes, así que asegúrate de hacerlo muy de seguido.

The End of Melancholy Volumen 1 Capítulo 8 Parte 4

 

Sus dulces labios se posaron en los míos, como si Layla me estuviera absolviendo de todos mis errores.

Ese fue nuestro primer y último beso.

Cerré los ojos.

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Seguía en el borde del precipicio, sin embargo ya no tenía miedo.

Mi cuerpo se sintió ligero. Estaba cayendo.

Se escuchó claramente cuando mi cuerpo entró en contacto con el agua.

Primero fue todo oscuro, pero inmediatamente alcancé la luz etérea. Había caído al océano, pero esta vez fui capaz de flotar.

Alcancé la paz absoluta que tanto había anhelado.

— Eres una maravillosa persona —dijo Layla luego del efímero beso—, aunque las circunstancias no han permitido que lo demuestres ante los demás, pero es tu oportunidad de cambiar. Hay que seguir adelante. Aprender del pasado, vivir el presente y forjar tu camino hacia el futuro. Vamos levántate.

Ella me levantó sujetándome de las manos, las suyas se sentían temblorosas.

— No hemos pasado mucho tiempo juntos —continuó ella con tono deprimido—, pero creo que lo aprovechamos de buena manera.

— Estás temblando —expresé viendo el temblor de sus manos.

Sus ojos carmesí perdieron la tonalidad rojiza que los caracterizaba, de igual manera su cabello paulatinamente adquirió el mismo color de cuando era una niña. El castaño del otoño.

Noté que su cuerpo se había vuelto traslúcido.

— Tengo miedo… —afirmó ella—, pero ya no tiene caso preocuparse… Erick, prométeme una cosa… Por favor, no me olvides.

— Eres una tonta —dije sonriéndole con labios temblorosos—, no seré capaz de hacerlo…

Layla asintió con la cabeza, entonces continuó:

— Ja, ja, ja, tienes razón, yo tampoco podré olvidarte. He disfrutado vivir contigo, pero espero que tengamos una oportunidad en otra vida.

— ¿Eh?

La transparencia de su cuerpo se había hecho más notable. Ella se desprendió de mis manos, se alejó retrocediendo unos pasos, luego a viva voz y con una amplia sonrisa me dijo:

— ¡Erick, tú también me gustas mucho!

— ¡Layla!

Una blanca luz me encegueció por un breve instante.

Corrí hacia donde estaba ella.

Pero… su cuerpo ya había desaparecido. Dejó de existir físicamente en este mundo.

El viento invernal se hizo escuchar de nuevo trayendo consigo el sonido de un cascabel.

Tilín. Tilín.

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La fuerza de mis pies me abandonó.

Me arrodillé frente a la tumba de Layla.

Mis dedos se enterraron en la tierra.

Sentí mi pecho oprimirse.

Un mudo llanto me invadió.

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