The End of Melancholy

Volumen 1

Capítulo 7: Altruismo

Parte 3

 

 

— ¡Ja, ja, ja! ¡Erick, mira! ¡La cara de esa chica es muy graciosa! Ja, ja, ja.

Layla no paraba de reír sentada en el suelo frente al televisor. Después de haber cenado la chica se dispuso a ver una serie animada de comedia y desde entonces no se ha despegado de la pantalla.

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Acostado en el sofá y con la vista fija en el techo yo solo escuchaba las carcajadas y alegres exclamaciones de la chica.

«… yo no voy a vivir contigo para siempre…»

Estas palabras hicieron eco en mi mente. Layla era la única persona en la que mi maldición no hacía efecto, o mejor dicho: Solo hizo efecto una vez.

¿Qué significado tiene lo que vi? me pregunté rememorando la vez cuando salvé a Layla de ser atropellada.

— ¡Erick! ¡Te lo estás perdiendo! Ja, ja, ja —expresó ruidosamente la chica con lágrimas en los ojos y dándose palmadas en las piernas.

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Giré la vista y vi el perfil del rostro de Layla. Aquellos ojos rojos destellaban intensamente de una manera sobrenatural —efecto acentuado por la luz del televisor—. A parte de Layla, nunca vi a ninguna persona que tuviera los ojos del mismo color que ella, no obstante el perfil de la chica me recordó a mi amiga de la infancia. Cuando aquella niña melancólica e inexpresiva niña frente al televisor trataba de jugar a los videojuegos que yo tenía.

Ciertamente ellas eran los lados opuestos de una de la otra. Se diferenciaban tanto como el día de la noche. Solo había algo que tenían en común:

Layla.

Qué irónica puede ser la vida, me dije cuando un pensamiento cruzó por mi mente: era como aquella vez, la chica rubia hizo el mismo tipo de aviso que mi amiga de la infancia:

Ella tendrá que irse.

Mis ojos se volvieron vidriosos y mi boca tembló. No podía permitir que una nueva desgracia sucediera. Si la amarga despedida sería inevitable, entonces esta vez…

Me despediré…

Me restregué los ojos y me dijo a mí mismo:

— ¿Con que esto es lo que llaman una “segunda oportunidad”?

— Ja, ja… ¿Erick? ¿Dijiste algo?

— No, nada —contesté y me levanté del sofá.

— ¡Ven, siéntate! —dijo ella—. Mira el programa conmigo, está muy divertido.

— Ahora no, necesito hacer una llamada.

Con pasos indecisos caminé hasta una de las ventanas de la casa, la abrí y con el celular en la mano marqué el número de Rafael. Necesitaba hablar con él.

Hasta ahora le había ocultado la existencia de Layla por miedo a que me dijera que debía hacer lo correcto: Reportarla como alguien que estaba perdida.

El antiguo mayordomo prácticamente se hizo cargo de mí desde que era un niño después de que mis padres murieran. Me brindó apoyo cuando salí del centro de rehabilitación psicológica, Rafael sabía muy bien de mi condición —el memento mori— y me ayudó a afrontar este mal regalándome un par de guantes negros.

— No contesta —expresé un poco sorprendido ya que Rafael siempre solía contestar al primer timbre, pasados unos segundos escuché el mensaje del buzón de voz. Acto seguido colgué.

Vi la hora en una esquina de la pantalla del celular: 08:00 PM. No podía estar dormido…

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Indeciso sobre si llamar nuevamente o intentar al día siguiente, me exalté al escuchar mi celular timbrar. Era el número de Rafael. Inmediatamente atendí la llamada.

— ¿Aló?

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— ¿Hablo con Erick? —la voz de una mujer se escuchó al otro lado de la línea.

— Sí, ¿Con quién estoy hablando?

— Habla Anna. Soy la esposa de Rafael, ¿se acuerda de mí?

— Eh, sí… —titubeé—, ¿su esposo está ocupado?

— No, verá… —la mujer se escuchaba nerviosa—. No tenía su número así que pensaba avisarle mañana en la escuela…

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— ¿Qué ha pasado? —interrumpí, Layla alcanzó a escucharme.

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— Mi esposo fue llevado de urgencia al hospital…

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— ¿¡AH!? No puede ser… por qué…

En ese momento, todos los sonidos a mi alrededor cesaron repentinamente, las voces de la mujer que llamaba y de la Layla se escuchaban tan lejanas a excepción del rápido latir de mi corazón.

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Sin querer, estaba empezando a pensar en lo peor.

***

 

 

— ¿Erick? Erick…

Una voz preocupada se escuchaba afuera de mi habitación acompañada por unos leves golpes en la puerta.

Lo primero que vi al abrir los ojos fue un cielo nublado que se extendía afuera de la ventana.

— ¿Erick, estás bien? Ya son las siete.

No era la primera vez que era despertado por Layla, sin embargo aquella vez estaba más desanimado que de costumbre. No importaba que fueran las siete, ese día no tenía planeado ir a la escuela.

— Sí, estoy bien —dije—, más o menos…

Los golpes en la puerta cesaron.

Me levanté de la cama bostezando, de inmediato fui a abrir la puerta.

— Buenos días —dijo ella—. El desayuno está listo —Layla me recibió con una leve sonrisa.

— Buenos días —contesté—. Perdón por haberte hecho preocupar.

— Eh, no —Layla negó con la cabeza—. No tienes por qué disculparte, cualquiera se hubiera puesto nervioso con una noticia así. Este… ¿Rafael es como tu padre, no? Debiste pasar mucha angustia durante toda la noche.

— No más que su familia —expresé.

— Así que tuvo un ataque de tos…

— Tuberculosis —corregí—. Tuvo un caso grave de tuberculosis.

— ¿Cómo está él?

— En la madrugada recibí otra llamada, su esposa me dijo que había pasado el peligro, por ahora.

— Es bueno saberlo… —ella suspiró aliviada—. Ya que no piensas ir a la escuela, ¿piensas ir a visitarlo?

— Sí, su esposa me dijo que podía visitarlo hoy, pero esperaré hasta la tarde.

— Entiendo. Bueno, ¿vamos a comer?

— Sí…

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— ¡Cambia esa cara! —me ordenó—. ¡No debes verlo con esa cara tan triste!

Layla con sus dedos índices forzó una sonrisa en mi rostro.

— ¡Vamos! —exclamó ella—. ¡Sonríe! ¡Que los sentimientos son contagiosos!

Cuando la chica rubia retiró sus dedos de mis labios, la sonrisa en mi rostro siguió presente.

***

 

 

Eran las dos de la tarde, pero el clima seguía igual que en la mañana.

— ¿No quieres que te acompañe? —preguntó Layla cuando yo estaba a punto de salir.

— No, está bien. —dije mientras me colocaba los guantes negros—. Necesito tener una conversación a solas con él

— Me gustaría que me lo presentaras algún día.

— Claro que te lo presentaré.

— Brrrrr ¡Qué frío! —expresó ella abrazándose a sí misma.

— Ahh… el invierno está llegando…

— Bueno… que te vaya bien.

— Hasta luego.

— Me compras pan dulce en el camino, por fa…

— Sí, sí.

Media hora después de un viaje en taxi, llegué al hospital central de la ciudad. El blanco edificio se alzaba ante mí. En este mismo lugar pasé un mes luego de haber sufrido el accidente en el columpio, desde ese suceso ésta sería la segunda vez que vendría a este hospital en persona —e incontables veces gracias al memento mori—.

Cuando me adentré al lugar el olor a desinfectante barato y el de muchas medicinas llegaron a mis fosas nasales, eran los mismos olores que yo recordaba de hace años.

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Fui a identificarme ante la recepcionista para averiguar el número de la habitación de Rafael, su esposa ya había dejado un mensaje de que yo, Erick Hawthorne, iría a verlo.

— Es la habitación número 45 —dijo amablemente la recepcionista—, al fondo del pasillo en el segundo piso.

— Gracias —dije y luego subí por las escaleras cercanas.

Luego de recorrer el amarillento, funesto y silencioso pasillo, di cuatro pequeños golpes en la puerta de la habitación #45 e inmediatamente la voz de un hombre sonó desde el interior:

— Está abierto, pase.

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