The End of Melancholy

Volumen 1

Capítulo 7: Altruismo

Parte 2

 

 

Al llegar a la entrada de mi casa, escuché una melodía muy conocida la cual era interpretada a través de un violín.

¿El vuelo del abejorro? pensé levantando una ceja.

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Cuando entré el sonido aumentó de volumen y vi que en la sala, Layla giraba y saltaba encima de un sofá con la postura de una violinista apasionada —demasiada apasionada—.

— Layla —dije pero ella no me escuchó—. ¡Layla! —el rubio cabello de la chica seguía girando—. ¡¡¡LAYLA!!!

— ¿¡EH!? ¿¡Erick!? —con un último giro se detuvo en seco, perdió el equilibrio y cayó ruidosamente al suelo—. Ah… Je, je, je —con una mano detrás de su cabeza, Layla sonrió apenada.

Inmediatamente fui a bajar el volumen de la televisión y cambié de canal.

— ¿Qué estabas haciendo? —pregunté seriamente.

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— Bueno —ella se levantó agitada pero sin dejar de sonreír—, disfrutaba de la música.

— ¿Disfrutar? —repuse inquieto—. No me arruines el sofá.

Un breve silencio se hizo presente.

— Eh, perdón. Me tomaste desprevenida —dijo ella asintiendo con la cabeza—. No estoy segura, pero creo que sé tocar el violín.

— ¿Violín? Uh… ¿Qué tanto empiezas a recordar? —interrumpí claramente afectado por las palabras de la chica.

La sonrisa de Layla se le desvaneció del rostro, viendo mi molestia ella habló en tono serio:

— Erick, yo no voy a vivir contigo para siempre. Es solo cuestión de tiempo… Mis recuerdos llegan en forma de fragmentos muy confusos, si no te he dicho lo que he alcanzado a recordar, es porque no lo tengo todavía claro, sobre mi vida pasada.

A pesar de que no habíamos encontrado pistas sobre el pasado de la enigmática chica — aparte del hecho de la música y el violín—, una vez que Layla haya recordado todo sobre ella, ese será el momento en el que los días viviendo juntos llegarían a su fin.

— Oye —mi voz se escuchaba temblorosa—, Layla…

— ¿Sí?

— Prométeme que no nos dejaremos de ver. No importa dónde vayas a vivir, yo te visitaré de seguido y entonces…

— De eso no estoy segura —interrumpió ella—. ¡Pero no nos pongamos tristes!

“¿Qué quieres decir con eso?” Quise preguntar, pero de alguna manera sentía temor de la respuesta que ella podría dar.

***

 

 

Mientras Layla estaba preparando la cena, yo me disponía a arreglar mis útiles de la escuela, mañana sería lunes y los exámenes se avecinaban. Últimamente había descuidado mis estudios—por diversas razones, principalmente Layla—, así que en ese momento tomé dos cuadernos y empecé a realizar las tareas que tenía pendientes.

Desde la sala podía escuchar claramente la voz de Layla que provenía de la cocina:

— Te tardaste más de lo que pensaba, ¿qué hacías?

— Me encontré con un viejo conocido.

— ¿En serio? Pensé que no tenías amigos…

No la culpo por pensar eso.

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— No es una persona —dije sin despegar la vista del cuaderno.

— ¿EH? ¿Entonces qué es?

— Tú también lo conoces.

— ¿Cómo que lo conozco? No tengo idea de lo que hablas.

Curiosamente yo me encontraba muy conversador.

— Me refiero al gato negro, ¿lo recuerdas?

— ¿¡Qué!? —rápidamente Layla corrió hacia la sala—. ¿Hablas del gato con el que jugábamos?

— Ese mismo.

— ¡No puede ser! Pensé que…

— Pues ha sido adoptado —interrumpí, luego cerré el cuaderno y continué escribiendo en otro.

— Así que al fin lo adoptaron —la expresión de Layla variaba entre el alivio y la tristeza—. Me alegro que sea así, al fin tiene un hogar… Bueno, yo tenía la esperanza de que el gatito había encontrado un hogar…

— Aunque le tocó un dueño muy extraño —refuté sonriendo amargamente.

— ¿Cómo así?

— Estudia en la misma escuela que yo, me encontré con ella y…

— ¿¡Ella!?

Vi de reojo el rostro de la chica completamente sorprendida.

— Así es —afirmé—. ¿Por qué te sorprendes?

— ¿Es… alguna amiga tuya? —preguntó ella entrecerrando los ojos.

— ¿Amiga? Claro que no.

— ¿Pero la conoces? ¿Por qué dices que es extraña?

— No tengo mucho de conocerla —dije no muy seguro de mi afirmación—. Creo que es alguien extravagante, al menos de ascendencia francesa, le gusta entrometerse en los asuntos de otras personas, tiene un aire de persona inteligente y manipuladora, es demasiado confiada principalmente, me habla tan tranquila como si lo hiciera con un amigo.

— ¡Entonces sí son amigos!

— Ya dije que no —repuse—. No tengo idea de haberla visto antes. Es una larga historia que no se me apetece contar. El caso es que me la encontré y empezó a insistir en que me uniera al club de pintura.

— ¿Club de pintura? —repitió Layla.

— Ah, sí… No es un club oficialmente reconocido, ella es la autoproclamada presidenta y con chantajes pretende que yo sea parte de ese “club” para así conseguir los miembros necesarios, creo que se necesitan cuatro miembros para que un club sea reconocido en la escuela.

— ¿Y por qué no quieres unirte al club? —preguntó ella—. Eso iría perfecto contigo.

— Bueno, no sé —pensé en mis manos y toda mi piel como el principal obstáculo—. No me sentiré a gusto en un club, por ahora.

— ¡Deberías unirte a ese club! Sabes, te falta sentido autocrítico —declaró la chica rubia de brazos cruzados—, dices que ella es extraña pero tú también lo eres.

Definitivamente ese fue un golpe bajo para mí.

— ¿Ah, sí? Tú también eres extraña —contraataqué, sin embargo ella se lo tomó con buen humor.

— Je, je, je. En esta ciudad abundan las personas extrañas ¿verdad? —dijo Layla acompañando sus palabras con una pequeña risa.

— En fin, por más que me niegue, ella sigue insistiendo, no creo sacármela de encima muy pronto —en ese instante recordé algo relacionado al asunto—. Cierto, ahora ella me salió con esto—acto seguido busqué en los bolsillos de mi pantalón—. Aquí está.

— ¿Qué es esto? —inquirió ella tomando el papel que yo le acercaba—. ¿Un concurso de pintura?

— Quiere que participe, si yo gano me dejará en paz, pero si ella gana, entonces me uniré al club.

— ¿Así que la condición es que uno de los dos gane el concurso? Sí que es una chica muy confiada —expresó ella leyendo con detenimiento el papel.

— Te lo dije.

— ¿Y no participarás?

— Es muy pronto, será el viernes, necesitaría tener en poco tiempo adelantado el cuadro para terminarlo en el concurso, así que no… —dejé de hablar y entonces como si una bujía fuera prendida encima de mi cabeza reflexioné sobre esta curiosa oportunidad.

— ¿Erick? ¿Me estás escuchando? Oye… —Layla ladeó la cabeza esperando una respuesta.

— Ahora que lo pienso —una pequeña sonrisa se me dibujó en el rostro—. Podría participar.

— ¿¡En serio!?

Yo asentí y luego de cerrar el cuaderno estiré los brazos.

— Participaré —declaré muy seguro de mí mismo—. Y ganaré.

— La confianza es algo muy contagiosa —dijo ella sonriendo.

— Puede ser —miré a la chica seriamente—. Layla, me gustaría hacerte una pregunta.

— ¿Sí?

— ¿En serio amas el sabor de la carne quemada?

— ¡¡¡EEEEHHHH!!! ¡¡¡E- es por tu culpa!!!

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