The End of Melancholy

Volumen 1

Capítulo 6: Un Apasionado Artista

Parte 5

 

 

— ¿De verdad no estoy desnuda en ese cuadro? —preguntó la tímida Layla.

— Claro que no —respondí terminando mi almuerzo.

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A pesar del pequeño incidente —la carne quemada—, Layla de alguna manera se las arregló para disimular el sabor de la carne.

— Pero para pintar o dibujar a alguien —continuó Layla—, ¿debes hacer su cuerpo desnudo, verdad?

— Por lo general así se debe empezar —declaré tranquilamente y luego fui a lavar los trastes.

Detrás de mí, Layla me siguió todavía preocupada y siguió preguntando:

— ¿Y tú… también lo haces de esa manera?

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— Por supuesto.

— ¿¡AAAHHH!? ¿¡Así que de verdad me pintaste desnuda!?

— ¿Eso es lo que te preocupa? ¿Por eso me diste una cachetada?

Hacía tiempo que no me propinaba una acompañada de un “¡Pervertido!”

— ¡Responde! —exclamó ella enfadándose de manera graciosa—. ¿Me pintaste desnuda?

— Sí —afirmé suspirando—. ¿Y qué tiene de malo? Te estoy retratando así que debo hacerlo.

— Pero… es que… —ella sujetó sus manos avergonzada y con la mirada en el suelo—, que esté desnuda… es un poco…

— No es como te lo imaginas —interrumpí—. Sí, en el cuadro tu cuerpo estaba sin ropa pero no es como si me pusiera a pintar todos los detalles a fondo si al final te pienso retratar con ropa, ¿entiendes? Otra cosa muy distinta sería hacer un desnudo artístico…

En ese momento pensé en Jasmine LeBlanc. ¿Ella habrá pintado algún desnudo artístico? Una gota de sudor frío resbaló por mi rostro recordando la primera vez que la vi en la entrada del club de pintura. Entonces pensé que debido a su personalidad Jasmine estaría encantada de ser la modelo de un desnudo artístico. No me interesaba ella, pero tenía cierta curiosidad…

— Entiendo —la chica rubia sonrió como si estuviera disculpándose—. Por un momento pensé que tenías alguna habilidad para lograr verme desnuda.

— ¿Una habilidad? —repetí—. Al parecer has visto mucha televisión.

— Así parece, je, je, je —musitó ella sonriendo apenada.

Una habilidad… Ciertamente no era capaz de ver a las personas desnudas pero sí podía ver y experimentar sus inminentes muertes.

«No es una habilidad, es una maldición» pensé recordando vagamente las desgracias que había visto debido al memento mori.

Al terminar de lavar los trastes me sequé las manos y las observé detenidamente, no podía tocar a nadie con esta piel maldita sin tener que morir en vida una vez más. El dolor, el llanto, la angustia, el miedo a la muerte… Tener que experimentar estos sufrimientos con solo tocar a alguien hubiera enloquecido a cualquiera hasta llegar a la demencia y a los pensamientos suicidas. Yo me encontraba rodeado por una densa oscuridad, pero entonces una luz empezó a perforarla.

De improviso Layla sujetó mis manos.

— ¿Puedo ver el cuadro? Por favor… —preguntó con una sonrisa reflejando curiosidad, la cual barrió los sentimientos negativos en mis reflexiones.

Sonreí ligeramente y contesté:

— No. Es de mala suerte ver un cuadro sin terminar.

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— Uh… Eso suena como una excusa —dijo ella haciendo pucheros.

— Cuando llegue el momento lo verás —aún con mis manos sujetando las de Layla continué con tono decidido—: Prometo que te dejaré deslumbrada con mi arte.

— Eh, ¡más te vale! —preguntó Layla emocionada.

— Claro que sí. Por eso hay que tener paciencia.

— Uh… pero no me gusta tener que esperar mucho…

— No puedes apresurar a un artista —declaré encogiéndome de hombros—. Toma por ejemplo a Leonardo Da Vinci, él pintó la Mona Lisa durante trece años.

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— ¿¡Quééééé!? ¿¡En serio!? ¡Eso es mucho tiempo!

— Pues ahí lo tienes y eso que Da Vinci al parecer nunca la dio por terminada…

— Pero tú no eres Da Vinci. No puedes compararte con alguien de su talla.

— Eso fue cruel…

— Ju, ju, ju —ella sonrió maliciosamente.

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