The End of Melancholy

Volumen 1

Capítulo 6: Un Apasionado Artista

Parte 4

 

 

Era domingo por la mañana en un día despejado y algo caluroso. Yo me dedicaba a cocinar. Mi vestimenta era ropa ligera: Una camiseta rosada de mangas cortas y un short corto rojo deportivo. Erick también me ayudaba con las labores especialmente los fines de semana, pero como yo me encargaba de la mayor parte él terminaba antes.

Después de haber desayunado y tomado una ducha, Erick sacó el trípode que utilizaba para pintar así como sus otros materiales de arte y el cuadro que todavía no estaba terminado.

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¿Por qué tanto secreto con ese cuadro? Es mi retrato de todas maneras…

Por lo general —según él me había dicho— pintaba encerrado en el cuarto pero esta vez necesitaba tenerme al alcance de la vista para poder retratarme, debido a esto él decidió pintar en la sala asegurándose que yo no viera el cuadro.

Yo tarareaba felizmente una melodía que conocía muy bien mientras freía unos trozos de carne de cerdo. Le agregué dos tazas de tomates triturados, un poco de cebolla, unas cuantas ramas de tomillo fresco y otros vegetales. El chisporroteo de éstos junto con el de la carne acompañaba mi tarareo. En compañía de Erick había comprado un libro de cocina en una tienda de libros usados y desde entonces antes de cocinar leía el libro y memorizaba la receta que más se me apetecía al paladar.

Al estar friendo la carne di un rápido vistazo hacia la sala y me encontré con la inexpresiva y penetrante mirada de Erick que se asomaba de vez en cuando. Inmediatamente desvié la vista avergonzada.

Desde que se dispuso a pintar, Erick no había dejado de posar sus ojos en mí. Sabía que eso hasta cierto punto era normal ya que estaba siendo retratada.

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Los movimientos de mi rubio cabello, las luces y sombras que se proyectaban en mi cuerpo, las tonalidades de colores como la de mi clara piel, el rojo brillante de mis ojos; estos y otros aspectos que son bien conocidos por una artista necesitaban ser plasmados en el retrato de una forma casi perfecta para poder reflejar mi “belleza”. Bueno, es lo que me había dicho Erick. Al pensar en eso, mi corazón latía deprisa.

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¿Soy bella para él? Bueno, hace tiempo me dijo que yo era linda…

“Solo me está retratando” me repetía en voz baja como si fuera un mantra que me permitiría mantener la serenidad al estar siendo constantemente observada, pero entonces recordé un documental acerca de pintores europeos que vi en la televisión hace algunas semanas. En este documental aprendí sobre cómo se empezaba a realizar una obra de arte que involucrara plasmar a personas. Proporciones del cuerpo, figuras geométricas, bocetos y otras consideraciones al dibujar o pintar a una persona eran necesarios.

En el arte existe una regla de oro para plasmar personas en un papel o lienzo, había que empezar con un desnudo.

“Desnudo”, ésta palabra hizo eco en mi mente, mis labios y manos empezaron a temblar. Erick había dicho que tenía un don para la pintura, pero… ¿Éste don en qué nivel se encontraba para Erick? ¿Había una razón oculta para que no se me permitiera ver el cuadro? ¿Y si estaba siendo retratada desnuda?

Mi imaginación no paraba de crear nuevas inquietantes preguntas. ¿Qué tal si la penetrante mirada de Erick ocultara alguna habilidad especial? ¿Serían los ojos del chico capaces de despojarme de toda mi ropa?

Con las manos me cubrí mi rostro mientras me planteaba estas preguntas. La idea de que mi cuerpo estuviera completamente expuesto ante los ojos de Erick hizo que sacudiera mi cabeza enérgicamente como si tratara de alejar estos pensamientos de mi imaginativa mente.

— ¡Layla! —exclamó Erick acercándose a la cocina.

— ¿¡Q- qué- qué pasa!? —pregunté con voz temblorosa.

— La carne se está quemando.

— ¡Wuuuaaaaah!

Rápidamente apagué la estufa y me exalté al ver que Erick estaba cerca de mí.

— ¿Qué te pasó? —inquirió él levemente desconcertado.

— ¡No me mires! —grité muy avergonzada mientras cubría mi pecho y entrepierna con las manos.

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— ¿Eh? ¿Qué te pasa? —él se me acercó más.

— ¡Pervertidoooooo!

¡Slap!

Resonó una fuerte cachetada.

— ¡Ay! ¿¡Qué demonios te pasa!?

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