The End of Melancholy

Volumen 1

Capítulo 6: Un Apasionado Artista

Parte 3

 

 

Me sorprendía la capacidad que tenía Layla para aprender a cocinar —o más bien solo recordaba—. Una noche después de haber cenado estofado de res me dispuse a ordenar mis materiales de pintura.

— ¿Qué estás haciendo? —preguntó Layla con los brazos detrás del cuerpo e inclinándose hacia mí con una expresión de curiosidad.

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— Ordenando mis materiales —dije comprobando el estado de los pinceles—. Mañana me gustaría pintar.

— Eh… ¿no irás a pintar algo terrorífico, verdad? —ella hizo una mueca con su boca.

— Descuida, voy a cambiar de aires, ya lo tengo decidido.

— Menos mal —dijo ella suspirando aliviada—. Erick, ¿te puedo hacer una pregunta?

— Ya la hiciste.

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— Ja, ja… Qué gracioso —expresó Layla con mirada aburrida—. ¿Te gusta mucho pintar?

Interesante pregunta. Hasta ese momento no me había cuestionado si de verdad disfrutaba pintar.

— Sinceramente no estoy muy seguro. No me molesta hacerlo pero tampoco siento que lo disfrute mucho…

— ¿¡EH!? ¿¡Cómo puedes decir eso!? —ella no parecía muy contenta con mi respuesta—. Uno persevera en lo que realmente le gusta. Aunque los cuadros que vi no eran precisamente agradables de ver, pude notar que la pintura no es algo que se te da mal, tampoco es que sepa mucho sobre arte pero sí sé que para llegar a ser alguien talentoso, toca un largo camino para lograrlo —declaró Layla entusiasmada.

— ¿Un largo camino, eh? ¿Cómo es que estás tan segura de lo que dijiste? ¿Es algo que tenga que ver con tu pasado?

— No sé, las palabras solo salieron de mi boca —dijo ella desviando la mirada.

Así que no quiere hablar del tema.

— Ahora que lo dices —seguí hablando para evitar el incómodo silencio—, podría ser que hay algo que me interesa sobre la pintura.

— Eh… ¿qué cosa?

— Detener el tiempo.

— … ¿De qué estás hablando? —ella frunció sus cejas.

— En mi opinión, la pintura, o el dibujo en general, es un método para conservar la belleza del momento de forma tan viva y hermosa. Cuando era niño, mi padre una vez me compró un cuento ilustrado. Contaba la historia de un solitario y anciano pintor quien se negaba a poner a la venta un cuadro en especial.

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» El cuadro en sí era tan hermoso y detallado. Colores vibrantes, claros y llenos de vida se mezclaban de manera tan impresionante dando la forma de una bella niña de cabello largo y ondulado carmesí, ojos grandes y azules que brillaban con intensidad como los rayos del sol, rostro pecoso y alegre, piel blanca como la porcelana, una sonrisa amplia y perfecta. Sujetaba un ramo de flores de diversos colores y en el fondo se veía un gran campo verde en donde abundaban rosas blancas y margaritas bañadas bajo un cielo tan azul como nunca antes se había visto.

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» Las sumas de dinero que ofrecían por el cuadro eran exorbitantes no obstante el anciano se negaba a vender tan majestuosa obra de arte, que conmovía el corazón de quienes tenían la grata oportunidad de apreciarlo.

— Ohhhhh —exclamó Layla muy interesada en la historia— ¿Y por qué no quería vender el cuadro?

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— El cuadro tenía un significado muy especial para el pintor —dije emocionado al recordar aquel cuento, lo estaba narrando igual como lo leí—. Una joven chica de apariencia tranquila quien era discípulo del anciano le preguntó una vez sobre el significado de aquella obra.

» El anciano artista sonrió melancólicamente al escuchar la pregunta, en su rostro se veía que ya estaba en sus últimos años de vida y entonces respondió evocando los días cuando él tenía una familia feliz.

» — Ella es mi hija —dijo él—. Su nombre es Mary y en ese entonces, cuando pinté el cuadro ella tenía seis años —la joven discípulo se sorprendió al descubrir que su maestro tenía una hija—. Ah… Qué recuerdos tan hermosos —suspiró el hombre—, ella trajo mucha alegría a mi vida.

» — Maestro —interrumpió la chica—, es la primera vez que escucho que tiene una hija, me gustaría conocerla, era tan bella de niña, me pregunto cómo es actualmente…

» — Lamento decepcionarte —dijo el pintor sin dejar de sonreír—. Ella murió una semana después de haberla pintado.

» La joven discípulo no pudo evitar mostrar su tristeza y se disculpó por haber preguntado, el anciano puso una mano en su hombro como si le estuviera consolando ya que ella lloró luego de ver una vez más el cuadro. Entonces entendió la razón del porque su maestro no se refería a su hija en forma pasada, ella seguía tan viva en el cuadro a pesar de que ya no existía en este mundo.

— Ah… qué triste —dijo Layla con la misma expresión de tristeza que la chica del cuento—. Siento pena por el anciano…

— Realmente es una historia triste —asentí—. Y pensar que era una historia para niños… Pero ese cuento me motivó aún más para seguir pintando.

— Ohhh ¿en serio?

— Sí. Recuerdo que una vez, en una clase de arte en la escuela primaria llevé el cuadro de una flor blanca junto a una flor marchita y expliqué muy emocionado sobre que la flor de la pintura era la misma que la que estaba marchita.

» Todos exclamaron diciendo que eso no era cierto ya que no se parecían en nada, pero yo les conté que pinté esa flor con la intención de preservar su belleza, cosa que logré al ver como la flor real se marchitaba con el paso del tiempo. Mientras que la de la pintura seguía tan viva como la primera vez que la vi. Al final todos se quedaron en silencio mirándome de forma extraña y solo escuché los aplausos de la maestra y una de las estudiantes. Debo admitir que me sentí algo avergonzado después…

— ¡Increíble! —dijo ella mientras aplaudía—. ¡Lo sabía! Así que de verdad eres un apasionado de la pintura.

Apasionado…

Lo mismo que me dijo Jasmine LeBlanc.

Suspiré mientras me rascaba la cabeza ligeramente avergonzado como aquella vez que expuse en primaria.

Debería corregir mis palabras, parecía que sí disfrutaba estar pintando. Pero mi pasión se había convertido en algo grotesco y horrible gracias a mi maldición.

Layla dejó de aplaudir y con la mirada perdida murmuró algo que no llegué a entender.

— Así que “detener el tiempo”… Erick, ¿qué piensas pintar ahora?

— No sé… un paisaje quizás.

— Erick.

— ¿Sí?

— ¿Qué te parecería si…? Uhm no… Erick… Quiero ser retratada.

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***

 

 

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Al día siguiente, un sábado por la tarde.

Layla y yo nos encontrábamos en la habitación donde antes no la dejaba entrar. Ahora el lugar parecía menos tenebroso; las ventanas estaban abiertas de par en par, la bujía fue reemplazada y el piso estaba trapeado.

Yo me encontraba sentado frente al trípode pintando en el lienzo y Layla estaba en frente de mí sentada con los brazos apoyados en una mesa. En ese momento ella era la modelo del retrato.

«Quiero ser retratada».

Me inquietaba su petición. Yo estaba hablando acerca de “detener el tiempo” a través de la pintura, ¿por qué justamente en ese momento pidió ser retratada? Es como si fuera… Por supuesto le pregunté para aclararme la duda pero ella dijo: “Será una experiencia interesante el ser retratada”, con lo cual evadió mi pregunta dejándome con una intriga más acerca de Layla.

Dos horas pasaron y yo seguía pintando a una velocidad más lenta de lo normal —para mí—, ya que le dije a la modelo que no era necesario permanecer mucho tiempo en la misma posición ya que yo mezclaría la realidad y los recuerdos que tenía de ella cuando la conocí. Por esta razón Layla tenía libertad de movimiento siempre y cuando no se levantara de la silla hasta que haya terminado de pintar.

Adiferencia de Jasmine o Liseth, yo no tenía una técnica de pintura en la cual me especializaba. Mis pinceladas podían ser rápidas y espontaneas, así como lentas y perfeccionistas. Ésta última forma de pintar era la que estaba empleando para retratar a la misteriosa chica rubia. Me había instruido en una diversidad de técnicas, así que yo estaba decidido por cumplir mi propósito: Quería hacer un cuadro lo más perfecto posible y para ello el óleo era el tipo de pintura adecuada.

— Erick, ¿cuánto falta? —preguntó ella interrumpiendo mis pensamientos.

— Tardaré lo que necesite tardar, posiblemente necesitaré varios días para terminarlo.

— ¿Eh? ¿¡Tengo que estar aquí por varios días!? —Layla exclamó sorprendida.

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— ¿¡Cómo crees!? Solo con estar viéndote a diario será suficiente, estoy completamente confiado de mis habilidades.

Ella suspiró pesadamente en repuesta.

A manera de pasatiempo Layla también se puso a pintar. Fue interesante ver la expresión de asombro en su rostro al combinar las pinturas acrílicas, según lo que me dijo, ella también haría un retrato —o al menos intentarlo—, para su obra utilizó el último pedazo de tela para lienzo que me quedaba.

A través de la ventana pude notar que el cielo se oscurecía gradualmente. La noche estaba llegando.

— ¡Terminé! —exclamó ella colocando el cuadro en otro trípode—, mira, aquí está tu retrato.

Me levanté a ver lo que había pintado.

Ella con una amplia sonrisa me mostró orgullosa su obra.

The End of Melancholy Volumen 1 Capítulo 6 Parte 3

 

— …

Sin palabras.

— ¿Y bien? ¿Cómo me quedó? —preguntó ella con una despreocupada sonrisa.

— Este… bueno… No está mal… podría decirse que lo tuyo es muy bueno si fuera considerado arte moderno.

— ¿Eh? —ella entrecerró los ojos—. ¿Por qué siento que eso fue un insulto?

— Para nada, solo son ideas tuyas…

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¿Qué se supone que estoy haciendo en ese cuadro? ¿Qué carajos son esas nubecitas?

— Humph… —reprimí una carcajada—. Es un cuadro único, de eso no hay duda…

— ¡Yaaay! —gritó ella satisfecha levantando un puño en alto—. ¡Tiembla ante mí Picasso!

Definitivamente ese cuadro era digno de ser presentado públicamente, hoy en día a cualquier cosa le llaman arte moderno…

— Como sea —continué—, yo también he terminado por hoy.

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— ¿Eh? ¿En serio? A ver…

— ¡No! No puedo mostrártelo hasta que esté completamente terminado.

Levanté cuidadosamente el cuadro y lo alejé de la mirada curiosa de Layla.

— Lo guardaré en un lugar seguro —dije—. Cuando lo termine te lo mostraré sin falta, solo ten paciencia.

Ella suspiró resignada en respuesta.

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