The End of Melancholy

Volumen 1

Capítulo 5: Nada Tiene que Terminar

Parte 3

 

 

— ¿Dónde estoy? —una apaciguada voz se escuchó.

Algunas candelas alumbraban la habitación sumida en la oscuridad de la noche.

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A un lado de la cama, yo estaba sentado en una vieja silla de madera, entonces vi a la chica levantarse.

— Al fin despiertas.

— ¿Erick? ¿Qué… qué ha pasado?

— Se fue la luz.

— … —ella giró la vista hacia los lados confundida—. ¿Ya… es de noche?

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— Sí, son las ocho.

— ¿Eh? ¿He estado dormida todo este tiempo?

— Sí, después de estar gritando y pataleando te desmayaste —me restregué los ojos, estaba a punto de quedar dormido de no haber escuchado su voz.

— ¿Eh? No… no estoy segura de haber hecho eso… Los cuadros… ¡Los cuadros!

— Ah, eso —aparté la vista sintiéndome incómodo—. Debo disculparme por eso, tal vez no fue algo muy agradable de ver.

— ¿Tú… los pintaste? —preguntó ella mirando por la ventana, una absoluta oscuridad reinaba en el vecindario.

— Sí.

— ¿Y por qué lo hiciste?

— …

— ¿Erick? —Layla me miró fijamente.

— Creo que se debe a mi curiosidad con el tema de la muerte… —pensé en la mejor manera de continuar sin revelar mi maldición—. Este… desde que era un niño he sentido curiosidad sobre este tema. Una vez tuve un accidente —levanté la parte frontal de mi cabello para mostrar la cicatriz situada al lado derecho superior—, me golpeé fuertemente la cabeza y pasé un mes en el hospital, mis padres me dijeron que por poco yo muero…

Enmudecí y acerqué mi frente a la chica. Layla levantó una mano hacia la cicatriz y la tocó, después ella preguntó:

— ¿Te duele?

— No, más bien duele recordar.

— Ya veo… Por cierto… ¿y tus padres? —inquirió ella.

— Ellos murieron en un accidente de tránsito.

— ¡Ah! Lo siento…

— Descuida, ya ha pasado mucho tiempo desde entonces.

Mi cabello volvió a cubrir la cicatriz.

— No necesitas continuar —Layla sonrió débilmente—. No quiero hablarte como si te conociera de toda la vida, pero creo que no te ha hecho un bien pintar esos cuadros, ¿eso no es lo mismo que estar echándote sal en la herida?

— Puede ser que tengas razón. La verdad no encontraba otra manera de mantenerme ocupado.

¿¡A quién quiero engañar!? Esos cuadros no eran más que “contenedores” de aquellas aterradoras visiones.

Ese fue mi pensamiento, el método que había empleado para sobrellevar mi maldición dio resultado —aunque no fue una forma completamente efectiva—. Impulsado por una fuerza más allá de mi entendimiento mi mano izquierda se encargaba de encerrar esas muertes en los lienzos para así evitar que mi mente siguiera albergándolas. No me atreví a decirle esto a Layla para no seguir atemorizándola, quería evitar alejarla de mi lado y seguir viviendo con ella.

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— Uh… —murmuró Layla—. ¿Dijiste que estabas obsesionado con el tema de la muerte, verdad? ¿Eso quiere decir que ya no sigues pintando ese tipo de cuadros?

— Ahora que lo dices, creo que no… Tal vez esto se deba a ti ¿No lo crees?

— ¿Eh? ¿A mí? —Layla rió en voz baja—. Pero qué cosas dices, no me hagas sonrojar…

Me sorprendió el hecho de que Layla se tomara el asunto con relativa normalidad. Ella dejó de hablar para suspirar pesadamente, se miraba algo cansada.

— ¿Estás bien? —pregunté mostrándome preocupado.

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—No te preocupes —replicó ella con otra débil sonrisa—, solo me siento cansada —su mirada quedó fija en la nada, como si estuviera soñando despierta.

Yo no lograba dejar de preocuparme por el estado anímico de Layla. Un aura inquietante de tranquilidad rodeaba a la chica rubia.

Ella se cubrió con las sábanas como si tuviera frío.

— Cansada dices… —expresé—. Te miras muy diferente.

— Hemos pasado ya un tiempo juntos, supongo que me conoces un poco más, yo también me siento diferente…

— Me estás preocupando.

— Gracias por tu preocupación, pero… es solo… —ella enmudeció apartando la vista.

— ¿Solo, qué?

— Me estaba preguntando, si todo esto fuera a terminar…

Me levanté rápidamente de la silla.

— Por qué… —sentí un gran dolor en el pecho y el nudo que se formaba en mi garganta por poco ahogaba mis palabras—. ¿Por qué piensas en eso? —finalmente pregunté apretando con fuerza mis manos.

— Todo inicio tiene un final, ¿verdad?

— Sí… ¡Espera! ¿Por qué demonios lo dices? ¡Yo, estoy cansado de los finales! Las vidas de las personas queridas para mí terminan de una mala manera, por favor… No quiero sufrir… ¡No quiero que la historia se repita!

— ¿Que la historia no se repita? Ah… tú también has sufrido mucho…

Layla se levantó de nuevo para continuar hablando viéndome directamente a los ojos:

— Pero el fin de una cosa puede significar el inicio de otra —dijo ella sonriendo con una expresión melancólica.

Una corriente de viento entró a la habitación por la ventana y meció algunos mechones del cabello de la chica, varios hilos de oro se balancearon frente a sus ojos carmesí. Su pálido rostro fue iluminado por la luz de la luna, que en ese momento salió de su escondite como si quisiera presenciar la melancolía de la chica.

Me quedé pasmado ante la belleza de Layla en ese momento. Estuve admirándola durante medio minuto hasta que por fin pregunté:

— ¿A qué te refieres con que todo esto fuera a terminar?

— Cuando estuve dormida, soñé algo muy triste y a la vez muy doloroso… Siento que eran mis recuerdos.

— Antes de desmayarte mencionaste algo de tu padre —dije.

Ella asintió con la cabeza y continuó hablando:

— Uno de esos cuadros me recordó la forma en la que murió mi padre, él murió colgado…

— ¿¡AH!? … ¿En serio son tus recuerdos?

— Todavía no lo tengo claro… Todo este tiempo que he pasado contigo lo atesoro como recuerdos muy hermosos, a pesar de no haber encontrado algo que nos ayude a descubrir realmente quién soy. Los paseos que hemos dado en las tardes los he disfrutado mucho. Siento un gran cariño hacia ti, pero… mi sueño, o más bien mis recuerdos, me hicieron darme cuenta de algo…

— ¡No digas más! —interrumpí rodeándola con mis brazos—. No pienses en esas cosas, nada tiene que terminar…

— Pero Erick, yo…

— ¡Layla! ¡No me dejes! Te lo ruego… —mi voz se escuchaba temblorosa.

— ¿¡Ah!? —suspiró ella con un tono de sorpresa—, yo- yo no sé qué decir…

En repuesta seguí abrazándola y Layla sin una respuesta clara para mi súplica, colocó una mano en mi cabeza.

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Ella empezó a acariciar mi cabello.

Se escuchaba cómo yo empezaba a llorar débilmente. Sin Layla yo no era más que un niño temeroso.

Era como la primera vez que ella me abrazó, en aquella noche lluviosa, donde yo estaba tratando de consolarla luego de haberla rescatado de la muerte, sin embargo esta vez los papeles estaban invertidos.

«— ¡No quiero estar sola! —decía ella llorando en esa ocasión—. ¡No quiero ser ignorada! ¡Es horrible!».

Ahora era yo quien tenía miedo de estar solo.

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