The End of Melancholy

Volumen 1

Capítulo 5: Nada Tiene que Terminar

Parte 2

 

 

Sentada al revés en el sofá y agitando los pies en el aire, me encontraba aburrida. No tenía nada que hacer; la casa estaba reluciente, no había nada interesante en la televisión, Erick aún no llegaba y todavía era temprano para preparar la cena.

Seguía con el temor de estar caminando sola por las calles, por esta razón solo hacía mis habituales salidas en compañía de Erick. Yo estaba muy apegada a él.
Me enrollé en el dedo índice un mechón de mi cabello pensando en lo que debía hacer.

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— Ah… Qué aburrido —expresé acomodándome correctamente en el sofá—. Se está tardando…

Casi eran las cinco de la tarde. Era la primera vez que Erick no llegaba puntual a la casa. Resoplé por la boca y me levanté súbitamente.

— ¿Qué debería hacer? —me pregunté llevando mi dedo índice a los labios. Recorrí la casa con la vista y entonces mis ojos se posaron en la puerta de una habitación.

Desde que Erick me permitió quedarme en su casa mientras él estaba en la escuela, en las noches empecé a dormir en una habitación aparte, otro cuarto era el dormitorio de Erick, pero existía una tercera habitación de la cual yo desconocía su interior. Podría decirse que era un cuarto prohibido ya que Erick no me permitía entrar debido a motivos desconocidos, ni siquiera para limpiarlo.

Me acerqué curiosa y sin siquiera dudarlo giré el pomo de la puerta sin la esperanza de que éste girara, no obstante la puerta estaba sin seguro.

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— ¿¡Eh!? ¿En serio está abierta?

Mi sorpresa aumentó mi curiosidad. Sin pensarlo abrí la puerta, que crujió tenebrosamente como si fuera parte de una mansión embrujada. Solo tenía la intención de dar una ojeada al interior, pero la habitación se encontraba sumida en una anormal oscuridad.

Abrí la puerta por completo y busqué un interruptor en la pared cerca de la puerta y lo presioné.

Una bujía fluorescente apareció encendida en el centro del techo. La habitación carecía de ventanas, o al menos eso parecía.

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Atravesé la penumbra acercándome a un trípode que sostenía un cuadro en blanco.

— ¿Qué es este lugar? —me pregunté asombrada por el extraño ambiente del lugar—. ¡Achú!—estornudé cuando poco después de haber entrado se levantara una capa de polvo alrededor de mis pies—. ¡Qué irresponsable! Debió al menos dejarme limpiar este cuarto… ¿Eh?

Distinguí débilmente una figura a mi derecha, me acerqué y forcé mi vista hasta encontrarme con un horrible rostro envuelto en agonía.

— ¡¡¡AH!!!

Debido al susto caí de espaldas.

— ¿¡Qué fue eso!? —exclamé mientras me levantaba conmocionada.

La bujía que iluminaba con una blanca luz parpadeó levemente y misteriosamente empezó a girar con lentitud permitiendo que yo pudiera ver las macabras representaciones colgadas en las paredes.

El rostro de un hombre agonizante con el cuello manchado de rojo, alguien amordazado y mutilado desde las extremidades hasta el tronco del cuerpo, una mujer saltando de un edificio en llamas, una joven desangrándose en el suelo en medio de la noche, un hombre colgado del cuello…

Éste último cuadro fue el que vi antes de experimentar un fuerte dolor de cabeza.

Tristes recuerdos aparecieron en mi mente.

— ¿¡Papá!? ¡¡¡PAPÁ!!! —grité completamente alterada con las manos en la cabeza.

Mi papá murió colgado. Recordé perfectamente la escena. Una habitación oscura. Una silla tirada en el suelo. Al buscar a mi papá en la casa lo encontré en su cuarto, con su cuerpo balanceándose. Él me estaba mirando con ojos llorosos y pidiéndome perdón.

— ¿Oye, qué crees que estás haciendo?

— ¡AH!

Me asusté y caí nuevamente al suelo, en la entrada de la habitación se encontraba Erick mirándome seriamente.

— ¡No te acerques! —grité aterrada. Mi cuerpo temblaba mostrándome desconfiada y espantada.

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— ¿Eh? Layla… Sal de ahí… —Erick se me acercó.

— ¡¡¡DIJE QUE NO TE ME ACERCARAS!!!

Al mismo tiempo que grité, la bujía explotó dejando a oscuras la habitación. Los nervios empeoraron.

— ¿¡Qué ha pasado!? —preguntó el chico—. ¿Layla? ¡Sal de ahí!

— ¡No! ¡Aléjate!

— ¡Ah! ¡Vamos!

Erick forcejeó conmigo para sacarme del cuarto, no obstante me resistí agitando mi cuerpo violentamente.

Se escucharon los cuadros caerse de las paredes.

— ¡Por favor! ¡Cálmate! —exclamó el chico.

— ¡No me toques! ¡AH! ¡VETE DE AQUÍ! ¡ALÉJATE!

Mis dolores de cabeza subieron de intensidad.

— ¡¡¡AAAHHH!!! ¡PAPÁ! ¡No te vayas!

— ¿Eh? ¿¡De qué hablas!? ¡Layla! ¿¡Estás bien!?

— ¡NO! ¡Papá! ¡No te vayas…! Papá… Por favor… ¡No me dejes! ¡Ah! ¡Papá!

— ¡Layla! ¡Hey! ¿¡Qué te pasa!?

Mi cuerpo dejó de moverse.

— ¿¡Layla!? ¡LAYLA!

La voz del chico se escuchaba cada vez más lejana, después solo quedó una oscuridad acompañada del silencio. Entonces perdí el conocimiento.

***

 

 

En una gélida y triste tarde el “tic tac” del viejo reloj de madera resonaba constantemente. Las paredes descoloridas de la lúgubre habitación eran mudos testigos del paso implacable del tiempo. Vi a través de las empañadas ventanas unas siluetas humanas que pasaban a lo lejos.

Todos decían que yo estaba maldita. Mi rostro melancólico carente de vida y mis ojos de tono rojizo incomodaba a la gente a mi alrededor, por esta razón todos se alejaban de mí.

Un muro de cristal me estaba rodeado.

Había visto a mi padre morir.

«— Perdón…»

Mi vida no hacía más que empeorar.

Poco después de haber llegado a ese hospital la esperanza que tenía por seguir viviendo me fue arrebatada por una tempestad de emociones.

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Miedo, confusión, negación, enfado.

Me di cuenta de la terrible verdad…

Una armoniosa melodía de violín resonó desde afuera. Esta cautivó mi corazón de una manera nunca antes experimentada.

A través de la ventana vi a un alto, pálido y joven rubio que en plena temporada de otoño y debajo de un árbol giraba sobre sí mismo y tocaba alegremente el violín.

Las hojas castañas caían en armonía con su alegre danza.

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